lunes, 6 de noviembre de 2017

UNA RADIOGRAFÍA DE LA LITERATURA MEXICANA ACTUAL

De nuevo me congratulo de una buena noticia literaria. Si en mi anterior post celebraba el surgimiento de un nuevo espacio literario, quiero dedicar esta entrada a la muy positiva aparición del primer libro de Nagari – Katakana editores: Tiempos irredentos. Se trata de una antología de seis cuentos escritos por algunas de las voces más importantes de la literatura mexicana actual: Alberto Chimal, Erika Mergruen, Isaí Moreno, Yuri Herrera, Úrsula Fuentesberain y Lorea Canales. Va acompañado de un prólogo de la prestigiosa Elena Poniatowska. En este libro, el lector se enfrenta a una radiografía de lo que se está cociendo en México en el ámbito literario, no tanto una obra que plasma totalidad, como en mi anterior reseña, porque se trata de una obra colectiva. En este sentido, no resulta menor recordar que este proyecto, su cuidada edición, las imágenes que acompañan a a los textos, obra de Mike Vargas, surge del esfuerzo de una serie de personas, organizadas en torno al proyecto Nagari, de las que sobresale en este caso Omar Villasana, poeta y editor de este volumen, dispuestas a difundir la cultura en español en el difícil mercado norteamericano. De ahí la apuesta bilingüe y el trabajo de los traductores, que también debe ser mencionado. Me refiero a George Henson (traductor y coordinador), Arthur Dixon, Silvia Guzmán y José Armando García.


Si el lector se encuentra con una radiografía de la literatura mexicana, bueno será que este reseñista radiografíe los distintos relatos que aparecen en Tiempos irredentos. El primero de los cuentos que uno se encuentra: “Frío”, de Alberto Chimal es, simple y llanamente, una demostración de porqué Chimal es uno de los mejores cuentistas de México, no solo de ahora, sino de toda su historia literaria. Contiene esa atmósfera pseudo fantástica en la que Chimal se maneja tan bien. A través de ella, el autor se permite hacer confluir la tan nombrada tradición fantástica latinoamericana —y también mexicana, que aporta grandes nombres a la lista, como Juan Rulfo o Juan José Arreola— con la vida cotidiana de su país. “Frío” narra la visita del narrador al consultorio de Cosme Valek, un peculiar curandero que trata de solucionar los problemas de reflujo de la voz que narra. La revelación final, que queda abierta y tiene tintes de identidad sexual, no oculta los entresijos del poder y la realidad política mexicana a través de alguno de los nuevos pacientes de Cosme, como Miguel Ángel, “el hombre más poderoso de México” (pág. 18).

“Eutanasia”, de Erika Mengruen, es un relato vertebrado de manera fragmentaria a partir de las habitaciones de un hospital. En él, la persona lectora se encuentra distintas realidades familiares en una cuidada simetría. Reconozco que las primeras dos historias, que contraponen la ternura a los malos tratos y la violencia de género, me sorprendieron y me parecieron una combinación sublime. Pero si este reseñista ha de ser sincero, no acabo de entender la necesidad de las dos últimas entradas, más cortas, para el perfecto equilibrio del cuento.

En “Rottweiler”, Isaí Moreno narra, desde los ojos de Octavito, la llegada de unos extraños hombres con sus perros, de raza Rottweiler, al parque que suelen frecuentar el niño y su hermana mayor: Ani. La ansiedad que va acumulando Octavito cristaliza en la amenaza que los recién llegados suponen para la sexualidad emergente de su hermana preadolescente a través del peligro que sufre Chiquis, el perrito de los niños, por culpa de los Rottweiler. La historia se cierra con un final abierto. Pero en todo momento sugiere los miedos que atenazan a la clase media mexicana en una realidad cada vez más violenta, invadida por esos extraños que han empezado a poblar su vida sin previo aviso. Se trata de uno de los cuentos que más me ha gustado. Podría llegar a compararlo sin problemas con “Casa tomada”, de Julio Cortázar, salvando las distancias estilísticas entre ambos autores. En los dos casos, la contención se utiliza con maestría.

Yuri Herrera usa en “Los otros” otra técnica muy cortazariana. El autor trabaja con dos series paralelas. Por un lado, la imagen del hombre terrible, una silueta que amenaza en todo momento al narrador. Por el otro, la historia íntima del narrador con su primera novia, a quien acompaña a unas pruebas médicas que deben certificar un cáncer. La estrategia protectora del narrador para con su ex novia se torna contra él cuando se revela el pasado secreto de ella. Mientras tanto, el “hombre terrible” ejecuta su terrible sentencia justo en el momento en el que la ex novia del narrador sale de la consulta. De nuevo, la amenaza de la violencia que se cierne sobre la sociedad mexicana es la protagonista.

La de Úrsula Fuentesberain, “Preguntas sobre la propagación del moho”, es una historia a medio camino entre la emigración mexicana a EEUU y el género. Una madre hilvana un monólogo para su pareja mientras recuerda su infancia en Arizona y el embarazo de su hijo, Daher. El peso de la ciencia en este relato es importante porque la narradora está estudiando química en la universidad, y varias reflexiones científicas se intercalan a la terrible y sorprendente revelación que espera a quien lee el cuento. De todas ellas, me gustaría destacar esta por su profundidad: “¿Sabías que dos sistemas aislados pueden permanecer en equilibrio térmico al ponerse en contacto siempre y cuando «contacto» signifique intercambio de calor, pero no de partículas?” (pág. 42)

La llegada a la edad adulta a partir del descubrimiento del sexo es el hilo que estructura “Kilimanjaro”, de Lorea Canales. La referencia a Hemingway en el título resulta más que evidente. De unos inicios en donde la sombra de la infidelidad y las obligaciones cotidianas cercan a Margarita, la narradora, esta pasa a recordar su primera relación sexual, con Alex, y la realidad sexual masculina, tan ajena a la de la protagonista en aquel momento. Las complicaciones que conlleva para Margarita esa primera relación son la antesala de lo que será su madurez sexual.


En definitiva, un buen puñado de cuentos, algunos de ellos puras joyas, que bien merecen su lugar en la librería Altamira de Miami que muestra la imagen anterior, y deberían tener mayor atención mediática en ambas lenguas (castellano e inglés), en especial, por el esfuerzo realizado por el editor, que no solo se debe medir en horas, sino también en sacrificios pecuniarios. En especial, porque Al adquirir un ejemplar de esta obra se apoya a Casa Xochiquetzal: un albergue que tiene una misión asistencial. Beneficia a un sector vulnerable de la sociedad por edad, sexo y situación social, mediante la atención de necesidades básicas en materia de alimentación, vivienda; asistencia médica, jurídica; ayuda para servicios funerarios, orientación social y promoción de los derechos humanos.

Como visión, su finalidad es ofrecer un espacio digno a trabajadoras sexuales de la tercera edad de escasos recursos y/o riesgo de calle, proporcionando vivienda, alimentación y servicios de atención médica, psicológica y asesoría legal, contribuyendo al mejoramiento y promoción de los derechos humanos para evitar todo tipo de discriminación y maltrato, desde una perspectiva de equidad y compromiso social. Asimismo, busca servir como modelo de desarrollo asistencial en su tipo, propiciando de manera ejemplar la promoción de los derechos humanos y evitando cualquier tipo de discriminación y maltrato.

Para donaciones directas a Casa Xochiquetzal via Pay Pal: mujeresxochiquetzal@gmail.com

o bien en este enlace: https://casaxochiquetzal.wordpress.com/donaciones/

viernes, 3 de noviembre de 2017

Feliz hallazgo - Nagari Magazine

Feliz hallazgo - Nagari Magazine

Utilizo este espacio que me otorga Nagari para mencionar la aparición de un nuevo lugar literario: La Moderna, una librería virtual que es a la vez editorial, obra de David Matías, académico, editor y escritor, que celebraré mediante la reseña de uno de los libros que nos ofrece. Hablo de Ojos que no ven, corazón desierto, de la mexicana Iris García Cuevas.

El libro es una colección de 12 relatos que, según la sinopsis que aparece al final del volumen a modo de nota informativa, resulta de una reedición de la obra tras haber incorporado dos nuevas piezas: “Destino trágico” y “Tampoco esta noche”. No sé cómo serían las críticas tras la primera edición del libro, de 2009, dotada en aquel caso de 10 cuentos, pero debo confesar que hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a un escrito con un afán de totalidad de la sociedad mexicana contemporánea como este. Para ser exactos, no me sucedía algo así desde que leí Los esclavos, de Alberto Chimal, que era una novela alegórica. Pero en formato de colección de relatos, debo remontarme al muy celebrado La casa pierde de Juan Villoro. Cabe ser ecuánimes. El de Villoro era un libro que anunciaba su madurez como escritor, que acabaría culminando con el éxito que supuso la obtención del Premio Herralde en 2004. La de García Cuevas es una obra que, pese a notables destellos de estilo —en especial, el último de los relatos: “Designio”, un cuento fantástico sobre el deseo y el destino en la vida cotidiana, que se resuelve con elementos de física teórica (p. 58), y citas al realismo mágico (p. 56)—, nos muestra a una escritora que se está haciendo, que ha tomado un muy buen trayecto para llegar adonde se ha propuesto, que es capaz de hilvanar símiles de una hermosura de esta guisa: “como si todavía tuviera diecisiete y la vida aún fuera una promesa” (p. 42), o expresiones como “cuando llega el alcohol se van los caballeros” (p. 34), pero que está en el camino. Viene de la novela negra pero se dirige a otra parte donde los réditos quizá no son tan instantáneos, aunque la recompensa personal sea, a mi parecer, mucho mayor.

Tal vez estas frases sean vacuas, vacías de contenido, porque estoy hablando de un libro que se pensó en más de su 85% en 2009, hace 8 años, y la autora haya redactado ya, o lo esté haciendo en estos momentos, una obra que supere a esta colección incluso en sus intenciones compositivas. García Cuevas proviene de la novela negra y la literatura policíaca, como bien se observa en su currículum. Sin embargo, en este libro, los recursos del policíaco juegan en pro de tramas más complejas, no resolubles según la dicotomía inocente/culpable. Ese hecho, unido a las referencias a la rica tradición fantástica de la literatura latinoamericana y los poliédricos personajes, hace que la persona lectora se encuentre con mucho más que relatos de literatura negra.

Yendo al meollo de la cuestión, el libro arranca con “Ojos que no ven”, excelente muestra del uso del argot por parte de la autora, y de las posibilidades de los recursos de esa literatura negra en otros ámbitos. Es muy buena la estructura de “Río revuelto”, aunque el final rompa la línea de verosimilitud en este lector. Me impresionó el diálogo final de “Gatos pardos”, un relato contado desde una voz extraída del relato negro, el ayudante del comisario. Ya por ese diálogo merece la pena leer el cuento. La voz coral que rige en “Mala hierba”, acompañada del halo de intriga, me recuerda a “A Rose for Emily” de William Faulkner. Sin embargo, el giro final de la voz narradora, aunque brillante, no alcanza el grado de lucidez del creador de la imaginaria Yoknapatawpha, pese a que pienso que este libro no trata de eso, sino del trayecto para llegar hasta allí. En “Buena sombra”, son las cartas del tarot y la predestinación las que construyen el andamiaje de la pieza, que se resuelve con un final abierto que supera el determinismo que supone conocer el futuro. “Destino trágico” es un cuento excelente, pero a mi entender abusa del efectismo. Aunque es muy bueno el recurso de novela negra que resuelve “Tampoco esta noche”, este es otro de los relatos en donde se observa un uso del efectismo que impide que la colección se eleve por encima de su ya muy notable nivel literario.  “Un poco de cariño” desgrana, con una delicadeza que embelesa, el contraste entre el impetuoso joven virgen y la meretriz experimentada pero olvidada en un rincón del prostíbulo. La idiosincrasia de la clase media se desentraña en “Poliedros conjugados” a partir del desengaño de un matrimonio, mediante el uso del cambio de focalización entre los distintos miembros de la unidad familiar y un sorprendente final. “Sueño de arena” es una pieza terrible y a la vez magnífica de la carga que lleva la mujer mexicana en esa sociedad y los abusos que sufre ya desde niña, narrada de forma excelente con el uso de una falsa primera persona. El final trágico que resuelve el triángulo amoroso que se desarrolla en “Líneas paralelas” da paso a “Designio”, cuento ya destacado que cierra el volumen.

Volviendo a la sensación de totalidad que me ha acompañado en mi lectura, esta se cimenta en la capacidad de García Cuevas de representar a todos los actores de la sociedad mexicana contemporánea. Desde el narco, hasta la mujer que cruza la frontera con los EEUU, pasando por el futbolista de la Liga MX o el realizador cinematográfico en nómina del más inesperado productor. Eso era algo que también encontré en La casa pierde y que he echado en falta en los cuentistas mexicanos que leí recientemente. Estamos hablando de una buena pieza en una nueva editorial/librería que promete, un feliz hallazgo por partida doble.

sábado, 28 de octubre de 2017

El hilo musical del Pop español - Suburbano

El hilo musical del Pop español - Suburbano


Dos cosas hay en Hilo musical (Alpha Decay, 2010), la primera novela de Miqui Otero (Barcelona, 1980) y la protagonista de la nueva entrega de esta serie sobre literatura española y cultura pop, que me gustan por encima de todo: la construcción naif del personaje narrador, y la manera cómo el autor recupera fragmentos de su pasado.

La primera estrategia se percibe desde el minuto uno, con el fulgurante arranque del muchacho que trabaja de guardia de seguridad en una nave industrial y debe huir ante el inminente robo que se está perpetrando allí. La construcción de ese personaje se complementa con el relato de su historial laboral (págs. 40-41), y su notable ingenuidad frente al personaje femenino principal: Alma.

En su fuga inicial, el narrador llega hasta Villa verano, un parque temático en la costa del Mediterráneo en el que los trabajadores van disfrazados de animales en su mayor parte. Alma es la encargada de esos disfraces. Allí se desarrolla la segunda estrategia, a través de las conversaciones con Nemo: “el Capitán”, más conocido con posterioridad como Inocente, aunque de inocente no tenga nada. Es a través de estas conversaciones como el narrador: Tristán, evoca su pasado. Habla de sus años de fracaso en la universidad junto a Valentín, de la cinta de las lentas y las rápidas, y de su infancia friqui.

Es también a través de ese personaje poliédrico: “el Capitán”, como Otero hilvana una historia del pop que hasta ahora no se había narrado, la del pop ibérico. Inocencio no es más que un vestigio de aquellos tiempos. Era el cantante y compositor de los míticos, por inexistente, Los Famosos. Y a partir de ese grupo ficticio, recupera la historia de un pop que emergió en las catacumbas del franquismo contra el poder dominante, el de Los Salvajes, Los Bravos, Los Relámpagos o Los Canarios. También se rescata la narración de locales míticos, como la Sala Price de Barcelona o Les Golfes de Vilanova i la Geltrú, o de prehistóricos concursos radiofónicos como el de Radio Madrid. Se trata de un pop en castellano que está hermanado con el que se hacía al otro lado del charco, en los países de habla hispana, como el de Los Impala, de Venezuela, que también se citan.

Hay otras referencias a los orígenes del pop en España, como los bolsilibros (libros de bolsillo de temática pulp que corrieron como la pólvora en la España de la época), la ciencia ficción, las varias citas intertextuales a Francisco Casavella (El triunfo en pág. 54), primo del autor y protagonista principal de esta serie cuando hizo su llegada a Barcelona, además de menciones a los dibujos animados de Los Picapiedra y Los Imposibles (págs. 23 y 88), aunque sean referencias anglosajonas.

Del estilo de Otero, que se me antoja muy gallego por la subordinación y el uso del humor, aunque también sea catalán, destaca el desparpajo en el uso de las metáforas: “de quien canta bingo cuando le han desahuciado y quitado la custodia de los hijos” (pág. 85). Y también el buen oído para el lenguaje de la calle. La frase: “tengo más hambre que el perro de un afilador” (pág. 48) se la oí cientos de veces a mi padre, que no era gallego sino andaluz. Además, destaca el tono de los diálogos, en donde se habla con un nítido sonido de barrio de temas como “meterse” o de los “nens” (págs. 55 y 56). Eso no supone un problema para incluir en la narración elementos más experimentales, como el uso gráfico del espacio en la página (en pág. 127 o en pág. 290).

Así que esta primera obra de Otero, se me antoja un muy buen principio y un libro fundamental en esta serie. Cierto que cualquier crítico siempre puede encontrar peros a una obra, e Hilo musical no es la excepción. Hay un momento, el de la crítica al mundo del trabajo y a los parques temáticos, que me recuerda mucho, quizá demasiado, a George Saunders, con la salvedad de que aquí se resuelva con cierta precipitación, cuando Saunders se puede pasar hasta 14 años para finalizar alguno de sus relatos. Es cierto que la trama del hilo musical resulta ingeniosa, pero la crítica social podría haberse resuelto de otra forma. Eso no es óbice para reconocer la maestría de Otero al componer, que se observa no solo en este libro sino en los siguientes (La cápsula del tiempo [Blackie Books, 2012] y Rayos [Blackie Books, 2016]). Soy un lector irredento de la obra de Rodrigo Fresán, llegando a rozar el fanatismo. Gracias a él conocí a uno de sus autores de cabecera: Kurt Vonnegut (a través de Vonnegut llegué a Saunders). Fue tras esas lecturas cuando incubé la posibilidad de narrar mi vida desde un mundo irónico y parcialmente fantástico. El hecho de que yo haya fracasado en mi intento no me incapacita para darme cuenta de que Otero sí lo ha conseguido. Lo ha hecho, además, con gran brillantez, como se observa en el arranque de Rayos, su última novela. Hilo musical es la primera entrega de ese proyecto que desde estas líneas aplaudo con ganas. 

lunes, 23 de octubre de 2017

MESTIZAJES DONOSTIA 2017

Ya debería estar allí, con unos cuantos amigos. Pero las obligaciones familiares me obligan a estar in translation.

Workshop Mestizajes
Programa del encuentro
Lunes 23 de Octubre de 2017
9:00 – 9:15 Recepción y entrega de documentación
9:15 – 9:30 Presentación - Ricardo Díez Muiño
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Donostia International Physics Center – San Sebastián
Apertura - Gustavo A. Schwartz / Víctor Bermúdez
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Donostia International Physics Center – San Sebastián
9:30 – 11:00 Materia. Ciencia. Belleza.
Pedro Miguel Echenique
Donostia International Physics Center / Universidad del País Vasco
El asno de Sancho Panza
Clara Janés
Poeta – Real Academia Española de la lengua
11:00 – 11:30 Discusión – Mesa redonda Pedro Miguel Echenique / Clara Janés
Moderador: Gustavo A. Schwartz
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
CFM / DIPC – San Sebastián
11:30 – 12:00 Café – No es un momento para descansar sino para continuar la
discusión en otro sitio.
12:00 – 13:30 Entre espacio-tiempo y cronotopo:
casi como una metáfora (casi, pero no del todo)
Catalina García García-Herreros
Universidad de Salamanca
La materialidad de la luz y de la palabra
en la obra de Andrés Sánchez Robayna
Adriana Martins-Frias
Pamplona Learning Spanish Institute - Universidad de Navarra
El papel de la investigación científica y literaria en la construcción de
una comprensión evolutiva de la materia y de nuestra relación con ella
Melisa Pierce Murray
Escultora | Cambridge U.K.
Moderador: Aitzol García-Etxarri
Donostia International Physics Center

Workshop Mestizajes
Programa del encuentro
Martes 24 de Octubre de 2017
9:00 – 10:30 El origen de la vida o cómo la materia se organiza
para dar lugar a los seres vivos
Kepa Ruiz-Mirazo
Instituto de Biofísica - Universidad del País Vasco
Redes complejas: lenguaje y creatividad
Ricard Solé
Universidad Pompeu Fabra - Barcelona
10:30 – 11:00 Discusión – Mesa redonda Kepa Ruiz-Mirazo / Ricard Solé
Moderador: Gustavo A. Schwartz
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
CFM / DIPC – San Sebastián
11:00 – 11:30 Café – Una dosis extra de cafeína para encarar la segunda sesión.
11:30 – 13:00 El modelo científico en la creación literaria: la ilusión de la verdad
Rosa de Diego
Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Écfrasis y observación científica
Luis E. Echarte
Instituto Cultura y Sociedad - Universidad de Navarra
¿Quién soy yo? El papel de los hábitos y el aprendizaje procedimental
en la identidad
Mikel Ostiz Blanco
Instituto Cultura y Sociedad - Universidad de Navarra
Moderadora: Catalina García García-Herreros
Universidad de Salamanca
15:30 – 17:30 Visita a los Laboratorios de Investigación
Centro de Física de Materiales / Donostia International Physics Center

Workshop Mestizajes
Programa del encuentro
Miércoles 25 de Octubre de 2017
9:00 – 10:30 ¿Somos conscientes de nuestro cerebro?
Nicola Molinaro
Basque Center on Cognition, Brain and Language
¿Personajes o personas?: La representación literaria
de la conciencia y su estudio cognitivo
Isabel Jaén Portillo
Portland State University - USA
10:30 – 11:00 Discusión – Mesa redonda Nicola Molinaro / Isabel Jaén Portillo
Moderador: Víctor Bermúdez
Donostia International Physics Center – San Sebastián
11:00 – 11:30 Café – Aún queda café para encarar la última sesión.
11:30 – 13:00 La perspectiva afectiva de la materia en el “Proyecto Nocilla”
de Agustín Fernández Mallo
Carlos Gámez Pérez
University of Miami
¿Qué es qué? Posibles alternativas a la tradicional concepción
esencialista de la persona literariamente ilustradas
Alma López Vale
Departamento de Filosofía - UNED
La entropía del lenguaje y el lenguaje de la entropía
Lawrence S. Johnson
Moderador: Víctor Bermúdez
Donostia International Physics Center – San Sebastián
13:00 – 13:15 Cierre
Gustavo A. Schwartz / Víctor Bermúdez
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Donostia International Physics Center – San Sebastián

Conferencias Públicas Mestizajes
Programa del encuentro
Museo San Telmo
Lunes 23 de Octubre de 2017
18:00 – 19:20 Materia, Literatura y Ciencia
Luisa Etxenike
Escritora – San Sebastián
José Edelstein
Departamento de Física de Partículas – Universidad de Santiago de Compostela
Moderador: Gustavo A. Schwartz
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
CFM / DIPC – San Sebastián
19:20 – 19:40 Intervalo
19:40 – 21:00 La materia y la escritura: caminos de ida y vuelta
Menchu Gutiérrez
Poeta
Germán Sierra
Departamento de Bioquímica y Biología Molecular
Universidad de Santiago de Compostela
Moderador: Carlos López de Silanes de Miguel
Neurólogo y Doctor en Historia de la Ciencia
Hospital Universitario de Torrejón - Madrid

Conferencias Públicas Mestizajes
Programa del encuentro
Museo San Telmo
Martes 24 de Octubre de 2017
18:00 – 18:40 Lenguaje y pensamiento: sobre la búsqueda de la lengua perfecta
Jordi Fortuny
Departamento de Filología Catalana y Lingüística General - Universidad de Barcelona
18:40 – 19:20 Dinámicas no lineales, bifurcaciones y azar en la literatura digital
Belén Gache
Escritora y Poeta - Madrid
Moderador: Kepa Ruiz-Mirazo
Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
19:20 – 19:40 Intervalo
19:40 – 21:00 Evolución, vida, complejidad y conciencia
Juan Ignacio Pérez Iglesias
Director de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco
Xurxo Mariño
Profesor de Fisiología - Universidad da Coruña
Moderador: José Edelstein
Departamento de Física de Partículas
Universidad de Santiago de Compostela

Conferencias Públicas Mestizajes
Programa del encuentro
Museo San Telmo
Miércoles 25 de Octubre de 2017
18:00 – 19:20 Materialidad de la conciencia: lazos de música y poesía
Elixabete Etxebeste
Filosofía y Estética de la Música y Etnomusicología - Musikene
Amalia Iglesias
Filóloga, poeta y periodista cultural
Moderador: Víctor Bermúdez
Donostia International Physics Center – San Sebastián
19:20 – 19:40 Intervalo
19:40 – 20:20 Neurociencia, Lectura y Literatura
Manuel Carreiras
Director Científico del Basque Center on Cognition, Brain and Language
20:20 – 21:00 Literatura neuroconsciente: poetas pensando que piensan
Vicente Luis Mora
Escritor, poeta y crítico literario
Moderadora: Isabel Jaén Portillo
Portland State University - USA

viernes, 6 de octubre de 2017

Un testimonio profundo - Nagari Magazine

Un testimonio profundo - Nagari Magazine


En su última novela: Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, Sergio Galarza (Lima, 1976) narra en clave autobiográfica la relación con su madre. Como ha sucedido recientemente con escritores que han alcanzado notable resonancia mediática, como Karl Ove Knausgård, Galarza no hace uso de subterfugios y narra directamente a partir de sus recuerdos, pero siempre con su madre como protagonista, una madre a la que acaban de diagnosticar un cáncer en fase terminal.

Se cuenta así la infancia de Galarza, la complicidad inicial de aquel niño y su madre (aunque era el padre quien tal vez estuviera más cerca), y la posterior separación de aquel muchacho de la secundaria que quería ser rebelde y, por tanto, mal estudiante y futuro bohemio. El autor se apoya en metáforas futbolísticas que se inmiscuyen hasta en la escritura, una escritura que acabará justificando por su madre: “No disfruto más escribiendo un párrafo con sustantivos sólidos de bajo y batería, adornados con adjetivos como punteos delicados de guitarras de palo, que salvando un gol en la línea o metiendo un pase entre las piernas.” (p. 18) No en vano, el fútbol es uno de los nexos de unión entre madre e hijo. El otro va a ser la literatura, a partir de los gustos comunes (Ribeyro, Bryce Echenique) y la pulsión narradora, pasional en el caso del hijo, comedida cuando se trata de la madre.

Por en medio la persona lectora se encuentra con las peripecias del emigrante. Podría decirse que puede ser habitual en la literatura reciente. Pero Galarza lo narra de una forma tan ajena a los tópicos, describiendo la situación de su hermana en EEUU, humanizando a los policías o describiendo el proceso de las cartas de invitación en España, una montaña de requisitos que cada vez crece más, que ese es uno de mis pasajes preferidos.

Capítulo aparte merecen los secretos familiares, a los que el autor dedica una sección completa del libro. De entre ellos, sobresalen las infidelidades del padre, narradas siempre de forma velada y sobrellevadas con dignidad por la madre. Es a través de esa dignidad como la persona lectora conoce, además del carácter de la progenitora, la realidad familiar de los abuelos maternos de Galarza, también compleja.

En líneas generales, el autor utiliza un estilo muy conciso y contenido, casi periodístico, para narrar, con una sintaxis poco subordinada, pero con fogonazos de lirismo que aparecen en mitad de la narración: “preguntándose si no caería en el desconsuelo para gente desesperada que se traga cualquier sintaxis desnutrida de sudor como si fueran revelaciones divinas” (p. 48). Esto es así hasta la última parte, la cuarta: “Adiós, mamá”, en que el autor pone toda la carne en el asador. Contrasta notablemente con la anterior, en donde Galarza ha descrito el último viaje a Madrid de su progenitora. En ese fragmento la escritura es ligera y agradable. En la parte final, en cambio, es descarnado. Desgrana los detalles de los últimos días de la enfermedad de su madre y se despide. Pero elige muy bien los pasajes. Clava las descripciones. Es un fragmento muy emotivo, que da a entender que Galarza se entrega cuando debe entregarse, lo que muestra lo acertado de la estructura narrativa. El libro se cierra con la declaración de intenciones del autor: “Esto es una biografía que el lector puede interpretar como quiera” (p. 157). Quizá sea el único pero que se le puede encontrar al libro. Este lector entiende que para Galarza resulta importante resaltar en su despedida el rechazo a las mentiras para cerrar el texto. Pero no creo que sea necesario explicitar ahí el pacto autobiográfico. Es cierto que el autor avisa antes. Pero lo hace de una forma más tibia, a través de esas metáforas futbolísticas (p. 18). Se asume que la persona lectora ha aceptado leer hechos verídicos, así que el pacto ya se había producido de antemano, y es la razón de tan destacada obra.

sábado, 30 de septiembre de 2017

El roquer que corría tras la literatura - Suburbano

El roquer que corría tras la literatura - Suburbano


La estrella de rock deja la guitarra apoyada entre el suelo y la pared, formando un triángulo en el que se crea una sombra del instrumento que lo define, y toma la novela que se encuentra sobre la mesilla. La ojea y se detiene a leer algunos pasajes especialmente significativos. Sabe que su gesto es sencillo como una melodía pop, pero también significativo. No es común el paso de los acordes rítmicos a las letras de un libro. Y justo ese fue el paso que dio Sabino Méndez, compositor de una de las bandas españolas más conocidas durante la década de los 80 en España: Loquillo y Los trogloditas. Lo dio en 2000 con la publicación de las memorias: Corre rocker: crónica personal de los ochenta (Espasa). Y continuó con el ensayo Limusinas y estrellas (Espasa, 2003), para pasar a la narrativa en 2006 con Hotel Tierra (Anagrama) y la recientemente publicada Literatura universal (Anagrama, 2017), Historia del hambre y la sed (Espasa, 2006) entre medio.

En una serie que empezó hablando de la cultura pop de Madrid, para pasar a la de Barcelona, resulta necesario tratar al hombre que ha vivido con un pie en cada una de las dos ciudades. El rocker que nació y creció en la Ciudad Condal, pero se hizo famoso en la capital del reino. Si, además, este firmó clásicos del rock en español como “Cadillac solitario”, “Voy a ser una rock’n’roll star” o “Rock suave”, se comprenderá la justicia de que transite esta serie.

Méndez no es ni mucho menos un prototipo. Se da muy poco el caso del músico de éxito que se aparta de su carrera para retomar el éxito con las letras, esta vez, en las páginas de un libro, como se observa en los fiascos literarios de Morrissey (no así en el caso de Nick Cave y su excelente The Death of Bunny Munro). Y no puede decirse que Méndez haya alcanzado con la literatura el éxito que obtuvo con sus canciones, himno musical de toda una generación, la de la “Movida”.

De todos sus libros, notables, bien escritos, es quizá Corre rocker el que más sobrecoge. También es el escrito que tiene una relación más directa y evidente con el rock junto a Hotel Tierra, que es un dietario. Se trata de unas memorias en donde narra su paso de Barcelona a Madrid, primero en los autocares que utilizaban los muchachos que hacían la mili, después en la primera clase de cualquier tipo de transporte. Describe el ambiente musical de aquella España, con notables perfiles de colegas de profesión, como Julián Hernández, de Siniestro Total, Poch, de Derribos Arias, o Ana Curra, de Parálisis Permanente; y con críticas a algunos, como Manolo García, de El último de la fila. También explica su relación con el líder de su grupo: Loquillo, de una forma tal, que el libro supuso la ruptura entre ambos (la ruptura personal, porque Méndez estaba apartado de Los trogoloditas desde finales de 1989 por sus problemas con las drogas). El libro presenta a José María Sanz, aka Loquillo, como alguien interesado y corto de miras que se aprovecha de las oportunidades que surgieron en el mundo de la cultura con la llegada de la democracia a España. Se trata de un retrato tan descarnado, sin concesiones, que no es de extrañar el corte abrupto entre ambos. No hubo reconciliación hasta 2005, cuando se habló de llevar al cine las memorias de Méndez y la productora forzó un acercamiento, lo que dice poco de Sanz y apuntala las tesis de Méndez. ¿Qué hubiera pasado si no hubiese habido la producción de material mediático de por medio, con sus consiguientes promociones, aunque estas acabaran no llegando a buen puerto?

La crónica personal de los ochenta que compone Méndez, incluye también su relación con las drogas, conocida por el público, dadas las desavenencias que produjo en el seno de su banda. Como en el resto del libro, el autor no tiene pelos en la lengua y traza un relato sincero y creíble de la presencia de las drogas duras, y más concretamente, la heroína, en el circuito musical español. Más allá del espectro maldito que esta droga suele proyectar en el panorama de la música rock, Méndez la describe como el único salvavidas para solventar la ansiedad que producen las giras, los lanzamientos discográficos y las tensiones del mundo de la música popular. Perlas de esos pasajes son sus relaciones con Nina Be, o la anécdota del camello que se hizo amigo de Johnny Thunders.

Pero a lo que a este lector más le emocionó de esas memorias en su momento, fue su relación con la literatura. En Corre rocker se revela la pasión de Méndez por la narrativa (en especial, por la obra de Alfredo Bryce Echenique) a través de sus estudios de filología hispánica, que es lo que va a desembocar en la carrera literaria del autor, y que es el tema central de Literatura universal: los libros como la heroína que permite lidiar con la ansiedad que produce la vida. Sin embargo, del tono de ese y otros libros también se entrevé la razón de su falta de empatía con un mayor número de lectores: su terrible soberbia. Lejos quedan las historias del muchacho de barrio que ansía triunfar pese a los reveses que obtiene de la vida, que tan bien se reflejaban en las letras de sus canciones. Los narradores de Méndez son tipos que creen haberlo leído todo y haberlo vivido todo y que esperan que asumas que son unos triunfadores. Y, ¿desde cuando la buena literatura narra la historia de triunfadores ante el drama que supone la tragicomedia de la vida? ¿Acaso triunfan Don Quijote, Leopold Bloom o Arturo Belano? Sí, pero desde otra perspectiva. Estamos hablando de literatura.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Las vidas de los otros - Nagari Magazine

Las vidas de los otros - Nagari Magazine


Después de mucho tiempo de querer cumplir con la promesa que le hice su autor, por fin encuentro un hueco para dedicarme a la lectura de El Asturiano, la novela de José Luis Fernández Ortega. La sensación predominante, una vez finalizada la lectura, es una suerte de emociones encontradas, como las que tiene el protagonista de Volver a empezar, la película que supuso para José Luis Garci (Madrid, 1944) el premio Óscar a la mejor película extranjera del año 1983. Aquella historia del asturiano que volvía a su tierra con la triste mirada violácea de los astures tras un largo exilio, como consecuencia de la Guerra Civil española, tiene paralelismos con la novela de Fernández Ortega. En ambas se saborea el regusto melancólico del retorno a esos paisajes de olas cantábricas, riscos agrestes y cielos nublados. La novela contiene carencias que la película atacaba sabiamente. Pero superadas esas limitaciones, que aquí se matizarán, a partir de un cierto momento, el libro se lee bien, ha envuelto a este lector y, sobre todo, consigue su objetivo, que es el de levantar acta de una vida, la de Calixto: El Asturiano.

Para empezar, cabe decir que, aunque el texto esté bien escrito, el lector se topa con erratas y expresiones confusas, como la confusión ortográfica que existe en torno al sonido s, que aparece más de una vez (“Haz hecho bien” en p. 16), la enumeración de sustantivos anglosajonizada (“sobre su hombro y brazo”, p. 19), que elimina el artículo propio del español que acompaña a los nombres por razones de género, o los simples fallos tipográficos (“regresar si mayor dilación”, p. 20), además de algunas cacofonías, entre otras cosas. Errores subsanables con una corrección de estilo final y una atención más continua en el estilo de un autor que en otros pasajes es capaz de esta guisa: “el cielo es prístino” (p. 53). Pero el mayor defecto de la primera parte del libro es la ausencia de tensión. Inspirarse en el entorno familiar, en personas de carne y hueso que se han conocido, y en historias orales, encierra el peligro de la condescendencia. Creo que en ciertos momentos el autor peca de eso. Es difícil ver a la estructura básica de la sociedad, como lo ha sido la familia en los últimos 2000 años, como un grupúsculo carente de conflicto con las luchas de poder que se dirimen en su seno. Si a ello se añade el poco tiempo del que disfrutamos hoy en día, de forma que las novelas deben enganchar al lector desde el primer minuto si no quieren caer en el olvido, esos dos argumentos lastran el inicio de El Asturiano. El autor trata de subsanarlo con el recuerdo reiterado de una pelea del protagonista, que vuelve a su memoria en sueños y es la escena que cataliza los dos viajes del Asturiano a Cuba desde su tierra natal. Pero se me antoja insuficiente, a veces por repetitivo y otras por previsible.

Curiosamente, a partir de un punto de la narración si se observa ese conflicto (concretamente, a partir de la parte V, en la página 118), y el interés por el escrito es creciente a partir de ahí hasta el final. Se trata del pasaje en el que se cuentan las vicisitudes de esa pelea, el enamoramiento de Calixto y María Elena, el subsiguiente viaje de polizón de Calixto y la primera llegada a Cuba, en paralelo con el inicio de la Guerra Civil española, que afectará años más tarde y de forma dramática a los hijos del protagonista. A partir de ahí la historia de Calixto y su familia enganchó a este lector con la tensión que se genera entre Eulalia, la segunda mujer del protagonista, y los hijos del primer matrimonio recién llegados a Cuba, con la angustia de los damnificados en el conflicto civil español que desconocen la suerte final de algunos de los suyos, con la progresión de José Danilo en el trabajo, con las descripciones del trabajo del pailero en aquella Cuba prerrevolucionaria…

Me sorprende que el autor no haya iniciado la narración ahí, pudiendo incluir los pasajes adecuados de la primera parte de la novela, a modo de flashback, más adelante, técnica que no es ajena a Fernández Ortega en la segunda parte, y que maneja con soltura. Esa estrategia estructural, a mi entender, haría ganar muchos enteros a un libro que se lee con gusto y despierta el interés por el motivo principal del libro: la recuperación de una de las tantas vidas anónimas que han sustentado la historia de la humanidad.

Este último punto me lleva a una reflexión más general. Recientemente se ha revelado un éxito el tratamiento literario de lo autobiográfico, en especial, con autores como Karl Ove Knausgard, Elena Ferrante o Sergio del Molino. Mi muy admirado Rodrigo Fresán lo critica en una entrevista que aparece en la versión impresa de la revista Jot Down. Pero con la acumulación de relatos biográficos se abre una puerta a la autoría colectiva y a relegar por fin al autor a otro tipo de función creativa ajena al estrellato cultural. Bien es cierto que, con la excepción de Ferrante, que ha tratado de mantener su anonimato, los otros autores están muy lejos de cualquier tipo de autoría colectiva. Al contrario, hacen profesión de autoría y de su construcción mediática en sus relatos autobiográficos y en sus opiniones. Sin embargo, a mi parecer ese cambio es solo cuestión de tiempo. La ficción que defiende Fresán estuvo sacralizada en la literatura desde el inicio de la modernidad. El gran autor elaboraba buenas ficciones y el relato popular, que también contenía elementos ficticios, resultaba inferior y mediocre. Creo que es hora de reconsiderar ese juicio. Recientemente leí Brooklyn Follies, de Paul Auster. Aunque es un novelista irregular, ese escrito, que se construye desde una estructura oral que recuerda al David Copperfield de Dickens, es muy sugerente en su apuesta por narrar las vidas de los otros. El libro finaliza, precisamente, con esa propuesta, la de recopilar las vidas de las personas anónimas para familiares y amigos. Es lo que ha logrado Fernández Ortega con sumo interés, obviando ahora esas matizaciones subsanables que aquí se mencionaron.

martes, 29 de agosto de 2017

La trayectoria pop de un rompepistas - Suburbano

La trayectoria pop de un rompepistas - Suburbano


Esta serie continúa la radiografía de la cultura pop en la literatura española en Barcelona en una trayectoria lógica. Tras hablar del Watusi, resulta de recibo hablar ahora de Kiko Amat (Sant Boi del Llobregat, 1971). Conocí a Amat tras entrevistarlo para el monográfico de Nagari sobre Barcelona, aunque sabía de su obra previa y de ahí mi interés en hablar con él. Después hemos coincidido un par de veces. Pero en la última pareció sinceramente incómodo y no me acerqué ni a saludarle. Supongo que se trata de Barcelona, de la atmósfera nociva que se respira en los ambientes literarios de una ciudad que, como afirma uno de sus personajes, “te hace hibernar” (El día que me vaya no se lo diré a nadie, p. 194).

Así las cosas, como no tengo deudas con el autor, ni espero nada de él, este no es un texto que pretenda congraciarse, ni hacerle un guiño, ni dar jabón, ni nada por el estilo, sino un ejercicio de crítica honesto y justificado. Amat es un símbolo de la cultura pop en la literatura catalana escrita en castellano, tanto desde la literatura como desde la prensa escrita, no solo por la reivindicación de ciertos autores, sino por el uso sistemático de las citas musicales que realiza, y es de justicia que aparezca en esta serie.

Aquí trataré sobre las novelas en las que Amat pone a la cultura pop en el foco central: El día que me vaya no se lo diré a nadie (2003), Cosas que hace BUM (2007) y Rompepistas (2009), dejando fuera su último trabajo de ficción: Eres el mejor, Cienfuegos (2012), todas en Anagrama.

Cabe decir que el primero de los libros: El día que me vaya no se lo diré a nadie, resulta bastante irregular, como es propio de una primera novela. Al carácter naif del personaje masculino se contrapone la dureza de la protagonista femenina: Octavia. Pese al esfuerzo imaginativo que realiza el narrador omnisciente, el libro se me antoja cursi, no por el previsible encuentro sentimental que al final queda abierto, sino por esa apología de la paternidad y la salud que aparece en mitad de una elucubración de Julián (El día que me vaya no se lo diré a nadie, pp. 144-146), y que más recuerda a los atávicos deseos de descendencia de mi padre que al proyecto de un escritor pop. Pero cabe reconocer que la reivindicación de los clásicos del soul (Smokey Robinson, Curtis Mayfield), y de algunas bandas míticas del pop anglosajón (Go Betweens) que realiza el narrador es la propia de un autor que se declara mod. A esa marca de la casa cabe añadir la mención a escritores pertenecientes a los Angry Young Men, como John Osborne. La capacidad de estructurar una trama con distintos personajes y elementos argumentales que operan todos una función en el texto sirve para acabar de componer un cóctel más prometedor que tangible.

En esta línea cronológica que aquí trazo, se observa un notable salto de calidad en la segunda novela: Cosas que hacen BUM. Para empezar. el arranque corta el aliento, además de servir al autor para reivindicar su anglofilia a través del relato biográfico del ficticio Pànic Orfila, alter ego Situacionista y a posteriori vorticista del autor. Pero en los momentos en los que el narrador toma aire, la construcción de las frases destila un tono poético que escaseaba en el primer trabajo: “El septiembre de aquel año fue fresco y dulce, y por las noches el viento traía en brazos a un invierno aún niño, débil, que crecía poco a poco, desnutrido.” (Cosas que hacen BUM, p. 47). También se observa una mayor profundidad en las reflexiones: “Las palabras, por falsas que sean, tienden a quedarse grabadas en la mente. La duda nace de esas palabras” (Cosas que hacen BUM, p. 79).

El escrito narra la biografía de ese alter ego: Pànic, en clave de novela pulp de aventuras. Y créanme que, hasta bien mediado el libro, la historia es atractiva y engancha. Pero a partir del momento en que en el texto se organiza el triángulo amoroso entre Pánic, una joven estudiante universitaria llamada Rebeca, y una pequeña revolucionaria vorticista de nombre Elvira, se diluye la tensión. Y los diálogos, hasta ese momento con chispa, se dejan llevar por los tópicos: “Lo que te jode es que Elvira esté conmigo ahora” (Cosas que hacen BUM, p. 245). A este lector le da la impresión de que el autor engarza, una tras otra, una serie de anécdotas personales sin ninguna estructura que bien podrían haber buscado acomodo en una de las múltiples posibilidades que permite la literatura testimonial, pero no en una novela.

Ahora bien, la selección musical vuelve a ser excelente. La apuesta por el soul y el sonido Motown es más alta aquí si cabe (Cosas que hacen BUM, p. 28). Se observan, también, una serie de coletillas que, con su sistemática repetición, dotan de oralidad al texto. Y a las referencias a los Angry Young Men —en este caso, La soledad del corredor de fondo de Sillitoe—, Amat incorpora los cómics de la Marvel, las sagas de cf y los policíacos de Graham Greene. El compromiso con la cultura pop es evidente, aunque también un cierto clasismo suburbial a la hora de describir a personajes como el “Cansao” (Cosas que hacen BUM, p. 165).

La línea cronológica me hace avanzar y me lleva hasta Rompepistas. A este lector se le antoja que esa es la verdadera primera novela del autor, que los dos trabajos previos son ensayos que le acaban dotando de las estrategias narrativas para escribir Rompepistas. Es la política habitual de su sello: Anagrama, que suele creer en sus autores y darles confianza cuando nadie los conoce y todavía están por hacer, hasta que empiezan a producir obras significativas.

El caso es que esta novela me gusta, me gusta mucho. Se trata de un Bildungsroman de un joven punk adolescente que se enfrenta a los problemas que conlleva la madurez (sentimentales, identitarios, de enfrentamiento generacional con los padres) en un territorio que nunca se menciona por su nombre pero que se intuye que se trata del Sant Boi natal de Amat. Es un relato que hacía falta en la historia de la cultura pop ibérica, tan propensa a contar las vicisitudes de Kaka de Luxe y otras “movidas” de niños bien, pero incapaz de pergeñar una biografía del primer grupo punk español: La Banda Trapera del Río, nacida en Cornellà, muy cerca del ecosistema que describe Amat en Rompepistas.

Qué duda cabe que la historia le va al autor que ni pintada. Pero, además, los recursos que despliega en este texto están mucho más cohesionados y conforman una excelente novela. De entre todos, que son muchos, quiero resaltar la primera parte del libro, el retorno del narrador a su pueblo, un brillante ejercicio de descripción emocional del pasado a través de los sentidos. Después, el léxico de barrio, con sus lapos y su lenguaje coloquial, que el narrador resalta de forma muy ágil. Las continuas coletillas, que dotan de un excelente ritmo y una oralidad verdaderas a la voz narradora: “No preguntéis”, “Échale la culpa al boogie”, “Dar cera, pulir cera,” giros muy propios de la década de los 80. Las catalanadas de un autor de origen catalán que escribe en castellano: “el voraviu”, “¿Te has bebido el entendimiento, Magnum?”. El excelente contraste que el narrador desarrolla entre los verdaderamente “chungos” y los que están simplemente perdidos en la periferia. La estructura, el andamiaje de los recuerdos organizado, esta vez sí, de forma sólida a tres niveles que mantienen la tensión narrativa: el de la relación con Clareana, los de la infancia junto a Carnaval y la historia en sí del narrador. Y la música, la música que acompaña a un joven punk que crece en la periferia de Barcelona en los años 80: The Clash, Generation X, The Jam, The Specials, Stray Cats, sin atisbo de elitismo esta vez.

La novela es excelente aunque no cuente nada especial, como es propio de la buena literatura. Amat acaba llegando a su destino, a la trayectoria que parece haberse propuesto. En la última novela que toco aquí es capaz de enfrentarse a temas mucho más profundos de los tratados en sus entregas previas sin perder el humor ni la apuesta por la cultura pop, y eso se va a seguir palpando en el último trabajo, que aquí no disecciono por razones de coherencia temática. En Rompepistas destacan notablemente la relación con los amigos (los Skinheads por la Paz, esos titanes de clase obrera, y el inseparable Carnaval), la empatía que acaba desarrollando el narrador con el matrimonio en crisis que representan sus padres, y el final, honesto, íntimo y en sintonía con el arranque. Los narradores de Kiko Amat se han hecho mayores pero siguen teniendo la rebeldía de sus primeros libros. Con el apoyo de un estilo más contundente, más sólido, son absolutamente creíbles. Así que mejor no perder de vista los trabajos futuros del autor.

NOTA: Sí existe una historia escrita de La banda trapera del río, la de Jaime Gonzalo, publicada en 2006: Escupidos de la boca de Dios.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Descargo de conciencia - Nagari Magazine

Descargo de conciencia - Nagari Magazine


El llanto de una intelectual ante la tragedia que tuvo lugar frente a las costas de una pequeña isla italiana del Mediterráneo cercana a Malta el 3 de octubre de 2013. Así se podría resumir Lampedusa (2016), la muy breve novela de Maylis de Kerangal (Toulon, 1967).

El texto se abre con el tratamiento de la tragedia que se hace desde la perspectiva de los medios. La autora recibe inicialmente la información de los hechos a partir de lo que le llega de la radio (p. 8). De ahí pasa a rememorar una referencia a Lampedusa proveniente del mundo de la cultura: la película de Luchino Visconti El Gatopardo, que narra la historia de un decadente aristócrata, basada en la novela del mismo nombre, escrita por el también aristócrata Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La narradora da una sinopsis de la novela (p. 25) y crea un paralelismo entre la familia del protagonista (Salina) y la familia del autor (Lampedusa). Se trata de la primera referencia de ese nombre en el recuerdo de la narradora, y la comparación Salina/Lampedusa es la que sustenta la primera parte del relato. A partir de ahí, siempre con el mismo encabezamiento al inicio de cada capítulo (“en ese punto de la noche”), se inicia otro relato que describe los hitos, los productos y los espacios que conforman la modernidad europea: “Pienso ahora en esos nombres propios que son topónimos, […] en esas ciudades que se llaman Atenas o Lisboa a distintas latitudes, en esos personajes que se llaman Quijote o Gargantúa, Guermantes o Meaulnes” (p. 28). Se entra a partir de enton ces en un relato culturalista, con menciones a Chatwin (p. 33), a Estrómboli (p. 40), a Foucault (p. 47), que pretende transformar a la narradora en un ser nómada, huelga decir que por comparación con los emigrantes. A continuación, la voz que narra imagina la tragedia (p. 60).

Cabe decir que, pese a la voluntad universalista que trata de sustentar el relato, es un libro con una clara deuda con la modernidad porque se sabe producto de ella, como la emigración. Pero no se plantea preguntas. La narradora toma una pose performativa. Construye sus frases de manera muy hermosa para narrar su identificación con las víctimas de la tragedia: “Para escribir, pensé que había que captar ese canto que subsistía de un tiempo en que el libro no existía más que bajo su forma cantada y me dije que había llegado la hora de buscar a la mujer nómada” (p. 37). Pero no cae en la cuenta de que está frente a un escritorio bien equipado, protegida por los muros de su casa, y muy alejada del sufrimiento que envuelve a las personas con las que pretende identificarse, aunque su memoria pretenda negarlo. Se trata de alguien incapaz de diferenciar entre categorías tan alejadas como emigrante y extranjera, socialmente consideradas de una manera muy distinta, para sustentar su estereotipada condición de nómada. Escribe muy bien pero es incapaz de darse cuenta de que la emigración, los refugiados, las guerras, son producto de ese mismo sistema que ha permitido la producción cultural de autores como Lampedusa, o de personajes como el Quijote, que no es otra cosa sino la modernidad. La narradora en ningún momento va a la raíz del problema, ni se plantea las distintas categorías del emigrante, el refugiado y el extranjero que se construyen ya en el momento en que se funda el liberalismo, con él la democracia liberal y la noción de nación, y se incentiva la libre circulación de materias primas frente a la limitación de movimientos de las personas. Es algo que le extraña a este lector cuando observa que se menciona a Foucault para acabar citando a los grandes personajes de la historia de la cultura europea (p. 49), que tanto critica el filósofo francés en sus análisis y en su disección del poder. Por eso concluyo que se trata de un mero ejercicio de descargo poético para eliminar el cargo de conciencia, que no llega a plantearse nunca el verdadero grado de implicación que tenemos todos en el drama que está teniendo lugar en las aguas al sur de Europa.

viernes, 28 de julio de 2017

Que vuelva el Watusi - Suburbano

Que vuelva el Watusi - Suburbano


Como el matón que se esfuma en el barrio arrabalero y todos dan por muerto, para reaparecer dos años después en medio de la noche dispuesto a ajustar cuentas con nocturnidad, retomo a mi serie sobre literatura española y cultura pop con un traslado y una obra magna. El traslado es desde Madrid a Barcelona, mi ciudad natal. Y la obra no es otra que la trilogía El día del Watusi, de Francisco Casavella (Barcelona, 1963-2008), recientemente reeditada por la editorial Anagrama, y considerada la obra pionera a la hora de plasmar el influjo de la cultura pop en la Ciudad Condal.

Cabe empezar recordando que Francisco Casavella no era Francisco Casavella, sino Francisco García Hortelano. Pero la coincidencia en apellidos con el también escritor Juan García Hortelano (1928-1992), del que era un ferviente admirador, le obligó a cambiárselo. De la misma forma, El día del Watusi no es solo la obra pionera a la hora de representar la cultura pop en Barcelona. Es mucho más. Creo que no exagero si afirmo que resulta un fresco de Barcelona desde el final del franquismo a las olimpiadas de 1992, que tanto critica. Otros ya lo han dicho antes. Se Trata de un tour de force que se extiende desde las chabolas de Montjuic hasta la Barcelona del diseño y la resaca post-olímpica. No en vano, a Casavella se le ha considerado el heredero de Juan Marsé, que retratara la ciudad durante el franquismo.

Esa comparación es, hasta cierto punto, bastante lógica si se tiene en cuenta que los tres volúmenes que conforman el proyecto: Los juegos feroces, Viento y joyas y El idioma imposible, narran el ascenso y la caiga en desgracia de Fernando Atienza. Se trata de un primo cercano del Pijoaparte en lo que es la familia literaria, que debe escribir un informe encargado por Javier Trueta sobre un tal José Felipe Neyra, un supuesto playboy. Ese hipotético lector, con el que el narrador juega denominándolo con mayúscula (Lector), debe descolocarse en una primera entrega en la que Atienza narra el día que le marco la vida y que, en principio, parece no tener nada que ver con el tal Neyra. Por supuesto, es el día del Watusi, en el que se busca a ese misterioso matón-bailarín tras la aparición del cadáver de Julia, la hija del jefe del lumpen de las barracas en las que vive Atienza. Esa primera entrega es pura novela de aventuras inmersa en la Barcelona de las bandas de quinquis, las barracas y los baños de la Barceloneta. Atienza acompaña a José el Yeyé para intentar avisar al Watusi de que le andan buscando y, tras numerosas peripecias, descubre que José es un mentiroso, y que su madre es una yonqui francesa que se prostituye en la Zona Alta. También descubre el sexo y más cosas que no revelaré para evitar spoilers. Tal vez Casavella fuese el heredero de Marsé, pero en este volumen el Lector se encuentra con la mejor versión de Eduardo Mendoza, solo que con más sorna y un humor más barriobajero.

El segundo volumen cuenta el abandono de las barracas junto a su madre viuda, el ascenso en el mundo profesional bancario de Atienza desde su simple puesto de botones y archivero hasta convertirse en la mano derecha de Guillermo Ballesta, alias Boris y alias un montón de cosas más. Y la posible caída que se acaba convirtiendo en desaparición tras el intento de los jefes del banco de ingresar en la política. Aquí pretende el autor representar los convulsos tiempos de la Transición española. Eso que se ha puesto tan de moda con la llegada de la crisis económica y que Casavella narrara ya en 2002. Y a fe que él lo hace de una forma trepidante gracias a la figura de Ballesta. En el primer volumen Casavella ya demostró su capacidad para hilvanar historias dentro de la historia a partir del oído de su narrador y de él mismo. Pero en esta segunda entrega se supera con la oscura vida oculta de Ballesta y las descripciones de las vidas de unos banqueros con unos nombres muy propios de la heráldica: del Escudo, del Yelmo,… Y con la prostitución, el dinero, el intercambio de favores, el lujo y la mierda que se esconden tras el mundo de las finanzas y, por extensión, el de la política, en este período de la historia de España, como se ha acabado por demostrar. Buena parte de la tensión de esta parte se construye en torno al enamoramiento y posterior encoñamiento de Atienza hacia Tina, una chica de compañía de lujo que comparte con su jefe supremo, del Yelmo. La suerte de figuras esperpénticas que poblaron este período de la historia de España queda aquí muy bien reflejada. Cabe resaltar especialmente el personaje de Ballesta, que me parece el conde Mosca de la literatura española reciente. Soberbio.

Después de salvarse por los pelos de una detención segura, Atienza encara la tercera parte de su informe. En ella relata su vida escondida a causa de los miedos que le provocan sus actividades y sus contactos pasados. De esta forma entra a formar parte del paisaje de los bares de la noche barcelonesa, en especial los de la Zona Alta, en donde se desempeña como camello y se hace pasar por nieto de Picasso. Así conoce a Elsa, una loca. Una yonqui encantadora apasionada por seguir a los grupos de música pop de la ciudad que están apareciendo como los charcos tras la lluvia. Pero su relación, convulsa por otra parte, acaba en drama, el drama de la generación que cabalgó a lomos del caballo. Atienza remonta cubriendo su oscuro pasado de mentiras y conociendo a Victoria, la hermana de una amiga de Elsa. Esa, que parece la jugada definitiva para que Atienza acabe trepando hasta una posición social holgada, se trastoca cuando desaparece Elena, la hermana de Victoria. Es en la trama que le sucede cuando el narrador descubre la verdadera historia del día del Watusi. De ahí a revelar la verdadera identidad de José Felipe Neyra solo falta un paso, que cierra el círculo.

El día del Watusi es la obra cumbre de Casavella. Ahí se sintetizan los temas de todas sus obras anteriores: su interés por las historias de los barrios suburbiales y su gusto por la intriga y la tensión narrativa. Esto se combina por una escritura plagada de referencias, muy oral y la vez cuidada, que combina otras estrategias estructurales. Los arranques y los cierres con los que juega el autor en los tres volúmenes, por ejemplo, son magistrales. Y las conexiones entre las historias de los tres volúmenes se entrelazan, con esa continua presencia del Watusi en los tres. La novela obtuvo la aceptación de parte de la crítica, aunque también fue calificada de excesiva. Sin embargo, se la considera infravalorada. Es por esa razón que la reedita Anagrama apoyándose en algunos de sus fervientes defensores.

Se me antojan algunas posibles causas de que un trabajo tan ambicioso pasara desapercibido en algunas esferas literarias, en especial si se tiene en cuenta que los tres volúmenes aparecieron entre los años 2002 y 2003. La primera es la relación del autor con el narrador. Aunque en la trilogía aparecen rasgos de la biografía del narrador (fue botones en La Caixa sin ir más lejos, era muy alto, como el protagonista), no se trata de una autoficción en el momento en que las autoficciones copan buena parte del panorama literario español. El narrador es más viejo que el autor, y Casavella (o García Hortelano) era hijo de un maestro y no habitó las barracas que describe Fernando Atienza y sí un colegio religioso. Se trata de un texto más cercano a la novela autobiográfica, un subgénero denostado en los últimos tiempos por los autoficticios. La segunda es el carácter continuo de la narración en un momento en que lo posmoderno y lo fragmentario lo copaban todo. La tercera, en conexión con la anterior, es la imposibilidad real de la existencia de un personaje como Fernando Atienza, que desde las chabolas acaba codeándose con las élites, finacieras, políticas y culturales de una ciudad tan clasista —no así Ballesta, que me parece un personaje muy real—. Estas objeciones se subsanan pronto si se atiende a dos elementos que sí están presentes en la novela. El uso paródico del lenguaje y las subliminales menciones al simulacro, la parodia (El idioma imposible p. 105) y otros elementos de la teoría literaria. Casavella está parodiando la falsa parodia del posmodernismo, incluyendo la trama conspiratorio-paranoica de rigor, y su narrador ficticio es la clave de esa parodia. La segunda no la recordaba y la reencontré mientras releía muchos de los pasajes de la trilogía para esta reseña. Es la potencia narrativa del autor, que te mantiene pegado al texto durante páginas y páginas sin que te pares a pensar en la fragmentariedad del relato, la crisis de los discursos que pretenden representar la realidad o el carácter ficticio de los personajes, y te hace devorar una historia tras otra, tal como aparecen en la página 324 de Viento y joyas, cuando Ballesta narra su epopeya.

Dicho esto, cabe realizar algunas especificaciones para aquellos que se han dado en erigir en herederos de Casavella, entre los cuales no me incluyo. Se ha escrito mucho sobre la capacidad de utilizar la cultura pop en la narración por parte de Casavella. Sin embargo, el autor es mucho más que eso. La cultura pop aparece de una forma determinante en la última entrega: El idioma imposible. Casavella la retrata muy bien. Muchos de los grupos españoles que menciona eran bastante malos y la mayoría de ellos no han superado la prueba del paso del tiempo, cosa que no ocurre con las bandas extranjeras que figuran. Pero en ambos casos el narrador capta el espíritu, la ilusión que se vivió en aquellos años, a través de los ojos de Elsa y de la participación del protagonista en el grupo Avant-Pop. Incluye también elementos del manga y el anime al convertir a Atienza en guionista de ese género. Sin embargo, en la primera entrega deja mucho espacio para la cultura popular de la rumba y el legado de la cultura gitana en Barcelona que tanto defendió Gato Pérez, amigo del autor, junto con los ritmos y las canciones que los marines traían a los prostíbulos barceloneses, de los que el Watusi es ejemplo, y que es cultura pop, junto con las canciones de Renato Carosone (Los juegos feroces p. 90). Y en la segunda, la horterez que dominó los 70, con Abba, el desembarco masivo de la publicidad televisiva y los ecos de Los payasos de la tele en la memoria. Y lo hace con un lenguaje por momentos elevado, otras veces paródico, con respeto al léxico de la calle en los diálogos, y con una infinidad de referencias literarias, no solo pop, sino extraídas de la cultura clásica (La Divina Comedia en El idioma imposible p. 146), la literatura francesa, y hasta un relato de Borges (El idioma imposible p. 287), incluyendo la importancia de Huidrobo en la trama y el irónico uso de clásicos literarios como Stendhal o Carroll que se hace en Viento y joyas (p. 126). Se atreve, además, con el género de máxima exigencia: la poesía. Y coquetea con la crítica cultural, con la autorreferencialidad (El idioma imposible p. 285) y con el ensayo culto a través del suegro oficioso del protagonista y sus vastos conocimientos sobre el Renacimiento. Es decir, se trata de una obra total, que asimila toda la cultura de su tiempo: la popular y la que no lo es tanto, de alguien que es capaz de expresarse de esta guisa: “estuve enamorado de la chica que mintió a su hermana sobre mi persona sin estar a la altura de ella en ningún aspecto hasta que la consumió su propia ansiedad por detener el tiempo y elevarlo hasta el olvido de los antiguos males” (El idioma imposible p. 215). O que reflexiona así: “nos hemos vueltos sordos y tan ciegos que solo vislumbramos fuegos fatuos en la oscuridad del tedio del mejor de los mundos conocidos.” (Los juegos feroces p. 45) Amat ya hace referencia a esta naturaleza dual de la obra de Casavella en el prólogo, de la misma forma que Zanón referencia la división de la crítica en su momento. Sin embargo, el testimonio de Otero, familia del autor, es el más íntimo. Espero que con el paso de las nubes teóricas que tapaban El día del Watusi, pueda por fin salir de Barcelona y llegar a un mayor público esta novela radiante.

miércoles, 5 de julio de 2017

El sonido de Miami - Nagari Magazine



Pedro Medina León (Lima, 1977) lleva años investigando el sonido de Miami, las voces y las historias que pueblan la ciudad y que no aparecen en los medios convencionales ni en las series de televisión al uso. Empezó con Streets de Miami (2012), continuó con Mañana no te veré en Miami (2013), siguió con Lado B (2016) y ahora nos brinda la cuarta entrega de su proyecto literario: Varsovia (2017)

La suya es una arqueología de las voces silenciadas por la imagen festiva y fashion (si se me permite imitar su estilo por un momento), como se demuestra en el arranque del drama: el descubrimiento de un cadáver coincidiendo con el Urban Music Festival. Su territorio es Miami Beach, el otro Miami Beach. El Miami Beach que habitaran Hemingway y Capone pero degenerado, infestado de negocios de prostitución y tráfico de drogas.

En esta última entrega, Medina da un salto de calidad, con unos personajes más rotundos, que siempre se mencionan a partir de sus sobrenombres excepto el jefe de policía Pérez. De entre todos, sobresale el Comanche, un policía retirado metido a investigador privado, que debe averiguar la muerte de la Kina, una muchacha dedicada a la prostitución y la pornografía, en donde utiliza el nombre artístico de Varsovia, que aparece abierta en canal en las calles de Miami Beach. El Comanche es un tipo duro, experto jugador de billar y buen bebedor que, sin embargo, se deshace de deseo cuando está frente a mujeres hermosas. Su otro punto débil son las finanzas. Tiene contraída una deuda con su compadre: el Consorte, que regenta el bar en el que suele parar, y nunca logra la plata para liquidarla. En especial, si se embarca en investigaciones que no se pagan por puro sentimentalismo.

Y es que nadie se interesa por la suerte de la Kina en una ciudad donde los cadáveres de prostitutas no tienen ningún valor, como le hace saber Pérez al Comanche. Pero este sigue en su investigación empujado por Karina, amiga de la Kina con la que tiene relaciones, y por el impulso erótico que le supone la Polaca, otra prostituta que conoce en su investigación y que le provoca tremendas erecciones. El motor de la libido es el que le lleva tras los pasos de Pacuso, un oscuro personaje metido a productor de cine porno y otros turbios asuntos, que le acabará dando la pista de un asesinato que aquí no se revelan por razones obvias.

Se trata de una novela negra de ágiles diálogos que contiene todos los elementos del género: perdedores, tramas sórdidas, la descripción de los vicios más bajos de nuestra sociedad, y un mensaje social crítico. La versión en castellano del género que mejor ha retratado la ciudad del sur de la Florida en inglés, y del que Medina es un ferviente defensor.

Pero se trata de un castellano muy especial. Varsovia supone para el autor el perfeccionamiento de sus estrategias narrativas. En especial, el autor sublima el lenguaje de las calles de Miami. Esa mezcla entre el español de distintos rincones del cono sur y el inglés, y que lleva a la persona lectora a encontrarse frases como: “Yeah, man, estas clases de summer son candela.” (p. 16) O: “Lo que ganaba el Consorte en su part time vendiendo huevos fritos y café en Los Latinos no alcanzaba ni para pagar la luz de su efficiency.” (p. 27) Medina no se conforma en esta ocasión con el lenguaje de la calle, sino que, mediante ingeniosas estrategias literarias, introduce el español de Miami que se puede leer en la Red, y que contiene algunas de las expresiones más memorables, de las muchas que se pueden escuchar de boca de sus habitantes: “Este es un tratamiento 100% garantizado, señor García. Si después de dos semanas usted ve que no le ha servido, nos llama para atrás y desde nuestros laboratorios del sur de la Florida le enviaremos un tratamiento reforzado for free.” (p. 105)

En definitiva, una excelente arqueología lingüística de la ciudad de Miami y el drama que los hispanos viven allí. No parece que Medina se vaya a detener aquí en su afán por mapear una ciudad a través del lenguaje. Esperamos sus próximas entregas.

sábado, 1 de julio de 2017

ORGULLO

Se plantó ante su víctima ignorando las palabras de Pedro, que lo increpaba a su espalda.

-No te atreverás. Eres un cobarde.

Eso era lo que decían de él muchos en el instituto. Esa fama se estaba agazapando a su espalda como una joroba. Debía desembarazarse de ella. Así que tomó a su víctima del cuello de la camisa blanca. Pedro lo ayudó a agarrarlo. La silueta de su sombra tapó por un instante el brillo del sol en los ojos del muchacho. Temblaba. Sus hermosos labios rojos le hicieron estremecerse.

De buena gana hubiera hecho lo contrario. Pero alzó el puño armando su brazo en señal de amenaza. Si a él le perseguía la fama de cobarde, su víctima era conocida en el patio de la escuela como “la maricona”.

El muchacho cerró los ojos. Él se imaginó muy valiente. Pero en verdad se supo un cobarde. En vez de dejarse dominar por la pulsión que le corría por dentro, de darle un beso a aquellos labios que se le ofrecían temblando sensuales como los pétalos de una rosa, de hacer público su orgullo frente a los chavales que le hacían corro, descargó su puño sobre la cara de su víctima.

#historiasconorgullo

viernes, 2 de junio de 2017

Falsa veracidad - Nagari Magazine

Falsa veracidad - Nagari Magazine


Me enfrento a la lectura de la última novela de Delphine de Vigan: Basada en hechos reales (Anagrama, 2016), la nueva estrella de la autoficción francesa, por la recomendación del libro que Miguel Ángel Hernández escribe en su diario de lecturas. Debo reconocer, como el autor murciano, que las primeras treinta páginas son un ejercicio perfecto de cómo transmitir una intimidad creíble entre escritor y lector. El tono, el grado de confidencialidad, la sinceridad, la importancia de los hechos reales en la ficción, todo eso lo maneja a la perfección. Pero llegado a un punto, el libro se me presenta como un falso intento de veracidad.

La novela narra, en clave autofictica y con estructura de thriller, los tres últimos años de la autora tras el éxito de su penúltima novela: Nada se opone a la noche (2011), una obra que se narra desde la realidad de la familia de la autora. Trata, concretamente, del trastorno bipolar de la madre. Y supone un éxito inesperado que le cambia la vida a la narradora, si en principio hemos de suponer la distancia de esta con la autora.

Ese éxito la inmoviliza. Sufre los daños colaterales que siempre tienen lugar cuando se utilizan personas reales en literatura. Recibe anónimos, amenazas. Y eso afecta a su creatividad. Es incapaz de escribir una línea. Ni siquiera un correo electrónico, mientras sus hijos gemelos abandonan el hogar familiar para iniciar la universidad. En paralelo con esa crisis creativa, Delphine, que como es de recibo en la autoficción, coincide en el nombre con la narradora, conoce a una mujer: L. El único personaje que aparece en toda la novela de una forma anónima, citado por la primera inicial de su nombre. La narradora la identifica como la clave de su silencio. Pero L. no es más que un subterfugio, una máscara, el espejo donde se mira y se interroga la narradora (p. 72). Y acaba transformándose en su doble (p. 221-2). Esta estrategia, construida de una forma tan ficticia que nadie del entorno cercano de la narradora conoce personalmente a L., le permite enfrentarse al dilema entre realidad y ficción, percatarse de la necesidad de realidad que reclama hoy la ficción, asediada por otras formas, como las series de TV, o por nuevos fenómenos como la posverdad.

L. pronuncia al respecto las frases más rotundas: “Los lectores, puedes creerme, esperan otra cosa de la literatura, y con razón: esperan lo Verdadero, lo auténtico, quieren que les cuenten la vida, ¿comprendes?” (p. 78) O: “No necesitas inventar nada. Tu vida, tu persona, tu mirada sobre el mundo deben ser tu único material. “ (p. 95) Y en su defensa de la veracidad articula el ya largo debate entre realidad y ficción, que también subyace en las páginas de la novela.

Sin embargo, L. es lo peor del libro. Es cierto que más tarde se nos revelará que se trata de un personaje que proviene de la literatura. Pero ahí se observan las costuras de la invención. Si, como dice Manuel Alberca, lo más interesante del juego autoficticio para el lector es desgranar la realidad de la ficción, la novela de De Vigan no supone un ejercicio intelectual muy elevado. Creo que hubiera sido más acertado mantener a L. como un personaje fantasmagórico.

A partir de las referencias a Stephen King, la autora se empeña en construir un thriller entre su narradora y el personaje de L. Un thriller que finaliza con la narradora en el hospital, al borde de la muerte en muy extrañas circunstancias. De forma que tanto los médicos como su entorno cercano dudan de Delphine, de la narradora. Aunque al final de la novela la autora va a abogar por la ficción frente a la realidad, se intuye en el texto que Delphine, la real, la autora, ha sufrido un proceso en los últimos tres años que le ha podido llevar a una crisis de pareja con el conocido presentador francés: François Busnel, y a tener tendencias suicidas. Sin embargo, la autora solo nos ha contado las cosas de su vida que cualquiera puede conocer fácilmente: una relación sentimental que es pública, las consecuencias de un éxito literario, la llegada de los hijos a la edad adulta. Existe pudor hacia unos hechos que parecen haber sido traumáticos. Pero entonces, ¿para qué tanto artificio? ¿Por qué no trabajar con los materiales reales que han llevado a la crisis? Pese a la evidente capacidad para fabular de la autora, ¿no es más potente indagar en ese territorio dramático que supone la pérdida del deseo de vivir y cómo se ha llegado a él? Son preguntas que, desgraciadamente, no me responde la última novela de Delphine De Vigan.

sábado, 27 de mayo de 2017

Muchacho punk - Suburbano

Muchacho punk - Suburbano


Cabría preguntarse cuándo desapareció la palabra rock del vocabulario de la cultura pop. Si la clave de la cultura pop es la actitud, no hay nada con tan clara actitud rebelde como el rock. Y sin embargo, ya nadie habla de actitudes rock. Todo lo ha absorbido el pop.

A esa situación se enfrenta Gopegui en su novela Deseo de ser punk (2009). Una reivindicación de la música rebelde, dura, roquera, frente a lo blando, melódico y dulce. Es decir, una crítica a lo más pop del pop desde el rock porque: “Lo malo que tienen las canciones de mis padres es que no son del todo horribles, no son del todo pop. Pero son tan mentirosas y tan blandas.” (p. 52) La narradora se enfrenta así a La Oreja de Van Gogh, Bonnie Tyler, Los Secretos, The Beatles, Arctic Monkeys y Belle and Sebastian. Y, con el paso de las páginas, va abrazando consecutivamente a Extremoduro, a Reincidentes, a Fe de Ratas, a Leño, a Foo Fighters, a AC/DC, a Red Hot Chili Peppers y a Guns N’Roses. Para llegar finalmente a su música: los vídeos de Johnny Cash actuando en la cárcel, y el sonido roquero de Detroit personificado en Iggy Pop, protagonista de la portada y con el que se cierra la novela.

Entre medio, se teje una trama sencilla. Martina se enfrenta a sus progenitores en el momento en que muere el padre de su mejor amiga: Vera, que también es un referente para la narradora. Por primera vez, empieza a sacar malas notas y a preocupar a sus padres en el momento en que su hermano mayor ya se ha emancipado. Esto se acentúa con el duelo por la muerte del padre de Vera y la consiguiente huida, con algunos tintes de relación lésbica germinal. En paralelo, la narradora construye su rebeldía desde la búsqueda de su propia música, y esto la lleva a aliarse con distintos personajes, como los muchachos que regentan una tienda de discos, que se convierten en sus cómplices. Pero las cosas se complican cuando su padre, técnico de sonido, pierde el trabajo. Y su hermano se mete en un lío que puede hacer abortar sus planes revolucionarios. Incógnita que no se despeja hasta el final.

Para llevar a buen puerto sus propósitos, Gopegui adopta una máscara. Narra desde la voz de una adolescente de dieciséis años: Martina, que se rebela contra la música de sus padres para buscar la suya propia. Es una voz sincera, por el léxico juvenil y la sintaxis sencilla que utiliza para convertirse en una voz verosímil. Sin duda, la mejor de las estrategias desarrolladas en el escrito. Se me antoja que la clave para que funcione reside en que a Gopegui, la autora, le cuesta muy poco meterse en la piel de esa narradora. Está muy cerca, como si se hubiera imaginado a sí misma con dieciséis años en el 2009, y eso la hace creíble. La narradora combina las referencias a grupos de rock y letras de canciones con el poema más conocido del mexicano Jaime Sabines (1926-1999), una referencia culta más al alcance de la autora que de la narradora. Eso corroboraría mi hipótesis. A través de esa máscara, Martina disecciona muchas de las obsesiones de Gopegui: su particular mirada feminista, su preocupación por la injusticia social, su desprecio por las modas.

No es el único recurso. La narradora es una teconofóbica que prefiere lo analógico a lo digital (p. 85). Y afirma escribir en un cuaderno en segunda persona a un compañero del colegio: Adrián. Un muchacho con el que inicia una relación (se enrolla con él, como diría Martina) justo en la frontera entre la primera y la segunda parte del libro. Un tropo magnífico, como ya me anunciara Eloy Fernández-Porta, porque ese joven es el que más sabe de música en el instituto, el que tiene más discos. Y con ese gesto, Martina se empodera. El lugar desde el que escribe respeta además, la máxima de la narradora sobre la literatura. Esa que afirma: “Si un tipo empieza a contarme algo y me convence, sigo con él aunque su libro tenga quinientas páginas. Cuando lees, alguien está contigo contándote cosas. Y si ese alguien tiene actitud, o por lo menos intenta tenerla, le escuchas.” (p. 72)

La voz de Martina tiene actitud, una actitud roquera, algo que se reitera en varias partes del escrito (p. 89). Y trata de convencerte de su verosimilitud. Lo que no me convence es la selección musical de la autora. No quiero caer en el error de confundir voz narradora con autor. Pero si realmente la máscara que desarrolla el texto esconde a la Gopegui real, la persona lectora se enfrenta a sus gustos. Si es así, muchas veces me desorienta por estereotipada. ¿Quién considera a Bonnie Tyler como un mito del pop más allá de Dalí? O, ¿cómo es posible que padre e hija apenas coincidan en la canción “Grândola, Vila Morena” (p. 145), si no es por las afinidades políticas de la autora? Por momentos se me antoja que Gopegui confunde gusto estético con clases sociales. Y ahí no podría andar más desencaminada. Cualquier sociólogo le explicaría que los heavies de hoy en día son chicos de clase acomodada, hijos de gente con estudios medios y superiores, y no los proletarios chavales de barrio de los años 80. La novela me parece una respuesta estética a Héroes de Loriga dieciséis años después (por ejemplo, en sus críticas a lo fantasioso, a la estética del videoclip, o a Bowie). Pero un estudio histórico detallado del pop/rock anglosajón demostraría que este ha ejercido de ascensor social, de la misma forma que lo hace el fútbol en Latinoamérica. A fin de cuentas, Bowie empezó trabajando de electricista. Y el cantante de Belle and Sebastian era conductor de autobús. No se puede ser más obrero. Si esta afirmación fuera cierta, solo la podría entender por la carga elistista que toda la música anglosajona tiene en las culturas de habla hispana, solo al alcance de los niños bien, donde se pierde ese rol del ascensor social.

Por suerte, en el encuentro entre Martina, Vera y Jimena, la amiga del padre de Vera, se opera un giro que salva todo el texto. La narradora se identifica con el rock de Detroit (p. 134). Uno de los más contestatarios y politizados sonidos rock del siglo XX, personificado en MC5, en The White Stripes o en el que se va a convertir en su héroe: Iggy Pop, el líder de The Stooges. Más tarde se le unirá Johnny Cash (p. 162). Y ahí entiende este lector que Gopegui domina los referentes del pop y el rock mucho mejor de lo que parecía hasta ese instante. Y que ha estado jugando con eso más allá del estereotipo, lo que me parece muy inteligente.