viernes, 28 de julio de 2017

Que vuelva el Watusi - Suburbano

Que vuelva el Watusi - Suburbano


Como el matón que se esfuma en el barrio arrabalero y todos dan por muerto, para reaparecer dos años después en medio de la noche dispuesto a ajustar cuentas con nocturnidad, retomo a mi serie sobre literatura española y cultura pop con un traslado y una obra magna. El traslado es desde Madrid a Barcelona, mi ciudad natal. Y la obra no es otra que la trilogía El día del Watusi, de Francisco Casavella (Barcelona, 1963-2008), recientemente reeditada por la editorial Anagrama, y considerada la obra pionera a la hora de plasmar el influjo de la cultura pop en la Ciudad Condal.

Cabe empezar recordando que Francisco Casavella no era Francisco Casavella, sino Francisco García Hortelano. Pero la coincidencia en apellidos con el también escritor Juan García Hortelano (1928-1992), del que era un ferviente admirador, le obligó a cambiárselo. De la misma forma, El día del Watusi no es solo la obra pionera a la hora de representar la cultura pop en Barcelona. Es mucho más. Creo que no exagero si afirmo que resulta un fresco de Barcelona desde el final del franquismo a las olimpiadas de 1992, que tanto critica. Otros ya lo han dicho antes. Se Trata de un tour de force que se extiende desde las chabolas de Montjuic hasta la Barcelona del diseño y la resaca post-olímpica. No en vano, a Casavella se le ha considerado el heredero de Juan Marsé, que retratara la ciudad durante el franquismo.

Esa comparación es, hasta cierto punto, bastante lógica si se tiene en cuenta que los tres volúmenes que conforman el proyecto: Los juegos feroces, Viento y joyas y El idioma imposible, narran el ascenso y la caiga en desgracia de Fernando Atienza. Se trata de un primo cercano del Pijoaparte en lo que es la familia literaria, que debe escribir un informe encargado por Javier Trueta sobre un tal José Felipe Neyra, un supuesto playboy. Ese hipotético lector, con el que el narrador juega denominándolo con mayúscula (Lector), debe descolocarse en una primera entrega en la que Atienza narra el día que le marco la vida y que, en principio, parece no tener nada que ver con el tal Neyra. Por supuesto, es el día del Watusi, en el que se busca a ese misterioso matón-bailarín tras la aparición del cadáver de Julia, la hija del jefe del lumpen de las barracas en las que vive Atienza. Esa primera entrega es pura novela de aventuras inmersa en la Barcelona de las bandas de quinquis, las barracas y los baños de la Barceloneta. Atienza acompaña a José el Yeyé para intentar avisar al Watusi de que le andan buscando y, tras numerosas peripecias, descubre que José es un mentiroso, y que su madre es una yonqui francesa que se prostituye en la Zona Alta. También descubre el sexo y más cosas que no revelaré para evitar spoilers. Tal vez Casavella fuese el heredero de Marsé, pero en este volumen el Lector se encuentra con la mejor versión de Eduardo Mendoza, solo que con más sorna y un humor más barriobajero.

El segundo volumen cuenta el abandono de las barracas junto a su madre viuda, el ascenso en el mundo profesional bancario de Atienza desde su simple puesto de botones y archivero hasta convertirse en la mano derecha de Guillermo Ballesta, alias Boris y alias un montón de cosas más. Y la posible caída que se acaba convirtiendo en desaparición tras el intento de los jefes del banco de ingresar en la política. Aquí pretende el autor representar los convulsos tiempos de la Transición española. Eso que se ha puesto tan de moda con la llegada de la crisis económica y que Casavella narrara ya en 2002. Y a fe que él lo hace de una forma trepidante gracias a la figura de Ballesta. En el primer volumen Casavella ya demostró su capacidad para hilvanar historias dentro de la historia a partir del oído de su narrador y de él mismo. Pero en esta segunda entrega se supera con la oscura vida oculta de Ballesta y las descripciones de las vidas de unos banqueros con unos nombres muy propios de la heráldica: del Escudo, del Yelmo,… Y con la prostitución, el dinero, el intercambio de favores, el lujo y la mierda que se esconden tras el mundo de las finanzas y, por extensión, el de la política, en este período de la historia de España, como se ha acabado por demostrar. Buena parte de la tensión de esta parte se construye en torno al enamoramiento y posterior encoñamiento de Atienza hacia Tina, una chica de compañía de lujo que comparte con su jefe supremo, del Yelmo. La suerte de figuras esperpénticas que poblaron este período de la historia de España queda aquí muy bien reflejada. Cabe resaltar especialmente el personaje de Ballesta, que me parece el conde Mosca de la literatura española reciente. Soberbio.

Después de salvarse por los pelos de una detención segura, Atienza encara la tercera parte de su informe. En ella relata su vida escondida a causa de los miedos que le provocan sus actividades y sus contactos pasados. De esta forma entra a formar parte del paisaje de los bares de la noche barcelonesa, en especial los de la Zona Alta, en donde se desempeña como camello y se hace pasar por nieto de Picasso. Así conoce a Elsa, una loca. Una yonqui encantadora apasionada por seguir a los grupos de música pop de la ciudad que están apareciendo como los charcos tras la lluvia. Pero su relación, convulsa por otra parte, acaba en drama, el drama de la generación que cabalgó a lomos del caballo. Atienza remonta cubriendo su oscuro pasado de mentiras y conociendo a Victoria, la hermana de una amiga de Elsa. Esa, que parece la jugada definitiva para que Atienza acabe trepando hasta una posición social holgada, se trastoca cuando desaparece Elena, la hermana de Victoria. Es en la trama que le sucede cuando el narrador descubre la verdadera historia del día del Watusi. De ahí a revelar la verdadera identidad de José Felipe Neyra solo falta un paso, que cierra el círculo.

El día del Watusi es la obra cumbre de Casavella. Ahí se sintetizan los temas de todas sus obras anteriores: su interés por las historias de los barrios suburbiales y su gusto por la intriga y la tensión narrativa. Esto se combina por una escritura plagada de referencias, muy oral y la vez cuidada, que combina otras estrategias estructurales. Los arranques y los cierres con los que juega el autor en los tres volúmenes, por ejemplo, son magistrales. Y las conexiones entre las historias de los tres volúmenes se entrelazan, con esa continua presencia del Watusi en los tres. La novela obtuvo la aceptación de parte de la crítica, aunque también fue calificada de excesiva. Sin embargo, se la considera infravalorada. Es por esa razón que la reedita Anagrama apoyándose en algunos de sus fervientes defensores.

Se me antojan algunas posibles causas de que un trabajo tan ambicioso pasara desapercibido en algunas esferas literarias, en especial si se tiene en cuenta que los tres volúmenes aparecieron entre los años 2002 y 2003. La primera es la relación del autor con el narrador. Aunque en la trilogía aparecen rasgos de la biografía del narrador (fue botones en La Caixa sin ir más lejos, era muy alto, como el protagonista), no se trata de una autoficción en el momento en que las autoficciones copan buena parte del panorama literario español. El narrador es más viejo que el autor, y Casavella (o García Hortelano) era hijo de un maestro y no habitó las barracas que describe Fernando Atienza y sí un colegio religioso. Se trata de un texto más cercano a la novela autobiográfica, un subgénero denostado en los últimos tiempos por los autoficticios. La segunda es el carácter continuo de la narración en un momento en que lo posmoderno y lo fragmentario lo copaban todo. La tercera, en conexión con la anterior, es la imposibilidad real de la existencia de un personaje como Fernando Atienza, que desde las chabolas acaba codeándose con las élites, finacieras, políticas y culturales de una ciudad tan clasista —no así Ballesta, que me parece un personaje muy real—. Estas objeciones se subsanan pronto si se atiende a dos elementos que sí están presentes en la novela. El uso paródico del lenguaje y las subliminales menciones al simulacro, la parodia (El idioma imposible p. 105) y otros elementos de la teoría literaria. Casavella está parodiando la falsa parodia del posmodernismo, incluyendo la trama conspiratorio-paranoica de rigor, y su narrador ficticio es la clave de esa parodia. La segunda no la recordaba y la reencontré mientras releía muchos de los pasajes de la trilogía para esta reseña. Es la potencia narrativa del autor, que te mantiene pegado al texto durante páginas y páginas sin que te pares a pensar en la fragmentariedad del relato, la crisis de los discursos que pretenden representar la realidad o el carácter ficticio de los personajes, y te hace devorar una historia tras otra, tal como aparecen en la página 324 de Viento y joyas, cuando Ballesta narra su epopeya.

Dicho esto, cabe realizar algunas especificaciones para aquellos que se han dado en erigir en herederos de Casavella, entre los cuales no me incluyo. Se ha escrito mucho sobre la capacidad de utilizar la cultura pop en la narración por parte de Casavella. Sin embargo, el autor es mucho más que eso. La cultura pop aparece de una forma determinante en la última entrega: El idioma imposible. Casavella la retrata muy bien. Muchos de los grupos españoles que menciona eran bastante malos y la mayoría de ellos no han superado la prueba del paso del tiempo, cosa que no ocurre con las bandas extranjeras que figuran. Pero en ambos casos el narrador capta el espíritu, la ilusión que se vivió en aquellos años, a través de los ojos de Elsa y de la participación del protagonista en el grupo Avant-Pop. Incluye también elementos del manga y el anime al convertir a Atienza en guionista de ese género. Sin embargo, en la primera entrega deja mucho espacio para la cultura popular de la rumba y el legado de la cultura gitana en Barcelona que tanto defendió Gato Pérez, amigo del autor, junto con los ritmos y las canciones que los marines traían a los prostíbulos barceloneses, de los que el Watusi es ejemplo, y que es cultura pop, junto con las canciones de Renato Carosone (Los juegos feroces p. 90). Y en la segunda, la horterez que dominó los 70, con Abba, el desembarco masivo de la publicidad televisiva y los ecos de Los payasos de la tele en la memoria. Y lo hace con un lenguaje por momentos elevado, otras veces paródico, con respeto al léxico de la calle en los diálogos, y con una infinidad de referencias literarias, no solo pop, sino extraídas de la cultura clásica (La Divina Comedia en El idioma imposible p. 146), la literatura francesa, y hasta un relato de Borges (El idioma imposible p. 287), incluyendo la importancia de Huidrobo en la trama y el irónico uso de clásicos literarios como Stendhal o Carroll que se hace en Viento y joyas (p. 126). Se atreve, además, con el género de máxima exigencia: la poesía. Y coquetea con la crítica cultural, con la autorreferencialidad (El idioma imposible p. 285) y con el ensayo culto a través del suegro oficioso del protagonista y sus vastos conocimientos sobre el Renacimiento. Es decir, se trata de una obra total, que asimila toda la cultura de su tiempo: la popular y la que no lo es tanto, de alguien que es capaz de expresarse de esta guisa: “estuve enamorado de la chica que mintió a su hermana sobre mi persona sin estar a la altura de ella en ningún aspecto hasta que la consumió su propia ansiedad por detener el tiempo y elevarlo hasta el olvido de los antiguos males” (El idioma imposible p. 215). O que reflexiona así: “nos hemos vueltos sordos y tan ciegos que solo vislumbramos fuegos fatuos en la oscuridad del tedio del mejor de los mundos conocidos.” (Los juegos feroces p. 45) Amat ya hace referencia a esta naturaleza dual de la obra de Casavella en el prólogo, de la misma forma que Zanón referencia la división de la crítica en su momento. Sin embargo, el testimonio de Otero, familia del autor, es el más íntimo. Espero que con el paso de las nubes teóricas que tapaban El día del Watusi, pueda por fin salir de Barcelona y llegar a un mayor público esta novela radiante.

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