viernes, 20 de mayo de 2016

Todas las familias de cereal no son iguales - Suburbano

Todas las familias de cereal no son iguales - Suburbano


La impresión más viva que me queda tras leer Familias de cereal (Candaya), de Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981), es que me acabo de enfrentar a la última entrega de una tradición centenaria. No es otra que la del cuento argentino, que tantos buenos relatos ha reportado a las letras hispanas, y que ha sido frecuentado por autores de tanto prestigio como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Horacio Quiroga o Rodolfo Fogwill.

Cuando menciono lo de mantener la tradición, no crean que hablo de escribir como se hacía hace cien años. La tradición debe reinventarse siempre. Me refiero a aplicar esa tradición al entorno social terriblemente tecnificado que ahora nos rodea. A utilizar las cámaras de vídeo, las computadoras, la televisión o Internet para, a través de ellos, estructurar textos que preservan unos valores literarios que todos podemos reconocer. Y a ello se aplica Sánchez Bellocchio a conciencia en este libro. 

Me refiero también a no inspirarse solo en la tradición propia, sino a tomar elementos de otras tradiciones literarias, como recomendara Borges en el famoso ensayo: “El escritor argentino y la tradición”. Y a fe que Iván Ilich ronda las páginas de “Hacedor de dinero”, de la misma forma que Miranda July fisgonea en “La nube y las muertas”.

También me refiero a utilizar la teoría literaria para construir las narraciones sin que el lector lo pueda percibir. Convertir cada cuento en un ensayo de la realidad que nos rodea mientras la historia fluye por sí sola, que fue la estrategia que universalizó tanto a Borges como a Cortázar, y que es la argucia que se encuentra en “Cuatro lunas”. Una historia en donde, a través de Michel Foucault, su arqueología del saber, y un relato sobre obesidad, identidad y satisfacción personal, el narrador se pregunta por la supuesta sociedad del éxito social en la que vivimos.

Se trata en definitiva, de una reactualización que mezcla elementos pasados e innovadores de forma ingeniosa y efectiva. Y el mejor ejemplo de lo que digo se muestra al leer, casi al final del relato “Historia de la caca”, una frase como la que sigue: “Vio hojas secas, ramas, vasos de plástico, un inodoro, pedazos de mampostería. Vio la cabeza de un elefante bebé disecado con sus colmillos rotos. Vio enormes marcos de espejos, monedas, tiras de pastillas, papel higiénico usado. Vio dentaduras postizas, una bicicleta, bombachas y las aspas de un ventilador o un helicóptero.” (39) Que evoca desde el presenta la famosa frase de página y media, únicamente sustentada con el verbo ver, en la que el narrador Borges describe su visión del aleph. Una broma dialógica que parte ya del título.

Este libro, además, me ha servido para reencontrarme con un viejo conocido, el relato que lleva por título “Interrupción del servicio”, incluido en la antología Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos, publicada también por Candaya, y en la que yo participaba. En una antología uno nunca puede decir cuál era el mejor de los relatos sin que deje de ser una afirmación subjetiva, condicionada por el bagaje literario y las lecturas previas—desde luego, el mío no lo era, al menos desde mi subjetividad—. No afirmaré por tanto que el cuento de Tomás Sánchez Bellocchio sobresalía del resto, aunque recordara tanto a “Casa tomada”, de Cortázar, como corroboraron varias críticas. Sin embargo, sí puedo afirmar que aquel texto corto en el que se ponían al descubierto las miserias de la sociedad argentina era un aviso de que nos encontrábamos ante un escritor que iba a dar que hablar. Familias de cereal es la prueba inequívoca de aquellas impresiones.

Por otra parte, esta colección tiene otros nuevos momentos álgidos. Sin duda, “Disco rígido”. Un texto en donde queda claro desde el principio que hay una muerte: la muerte de un hijo que no se ha superado, que se corrobora en el diálogo en el que el padre afirma que no desea borrar nada, que no pretende empezar de cero (60). Pero lo que el lector no espera son las circunstancias y el desenlace de esa muerte con los que se encontrará páginas más tarde.

También el cuento que cierra la colección: “La nube y las muertas”. En este relato, desde una entrañable historia sobre ancianas que se enfrentan a la tecnología más actual con la ayuda de la nieta de una de ellas, que ejerce de narradora, el autor enfrenta una historia de desaparecidos en la Argentina del siglo XX mediante una pirueta estilística muy parecida a las que hicieran famoso a Roberto Bolaño.

Pero permítanme que elija “Animales del imperio” como el texto que más me ha gustado. Sánchez se conduce principalmente desde el realismo, aunque incorpore los elementos tecnológicos más novedosos, tal como antes se ha mencionado. Sin embargo, en este relato el autor se acerca al género fantástico y a la fábula para describir cómo avanza la demencia en la mente del padre del narrador. Para ello utiliza ecos de los relatos más orientales de Borges—el mismo narrador habla de “influencia borgeana” en los escritos de su padre—y, por supuesto, del Libro de las maravillas de Marco Polo.

Permítanme también que mencione el buen hacer narrativo del autor, en especial en la elaboración de los finales. Especialmente destacable el de “Fidelidad de los perros”, donde el autor reflexiona sobre la amistad y la soledad. Y remarcable también el final de “Ciudad de cartón”. Un relato donde, como su mismo nombre indica, los protagonistas se enfrentan con las contradicciones de la burguesía para enfrentar el problema de los niños cartoneros que pueblan las calles de sus ciudades.

Pero más allá de las tensiones y las perspectivas sociales, como el propio nombre del libro indica, son los lazos familiares las vigas sobre las que se construye el entramado del libro, y también lo que permite un hilo conductor entre todos los relatos. En especial la relación con los padres, más que con las madres, como se observa en la conducta sádica y violenta del narrador de “Mitad de un hermano” para con su hermanastro, con la intención de vengar la actitud del padre que los abandonó. O en el cuento que da título a la colección: “Familias de cereal”. La historia de un conflicto familiar y una separación pese a la tecnología de la que echa mano el hijo, que se verá arrastrado por sus propias limitaciones, como es común en el resto de este puñado de buenos relatos.

PALABRAS PARA ASHRAF

Ya está a la venta el libro que, por iniciativa de Juan Luis Calbarro, se creó para apoyar al artista palestino Ashraf Fayad, encarcelado por sus ideas en Arabia Saudí, y en donde colaboro con un breve escrito.



Podéis adquirir el libro en el siguiente enlace. Y aquí podéis consultar la nómina de autores. También os puede servir el código QR:



Los beneficios se destinarán a una ONG que vele por los derechos humanos en Arabia Saudí.

Este es el prólogo de la obra, en donde se desarrolla la declaración de intenciones de Juan Luis:

PALABRAS INICIALES Y PETICIÓN


De la misma manera en que solicité la colaboración de un puñado de escri­tores para llevar a cabo este proyecto edito­rial y solidario a favor del preso de conciencia Ashraf Fayad, hoy, lector, solicito tu colaboración.

Ashraf, poeta y comisario artístico, fue condenado por un tri­bunal saudí, primero, a cuatro años de prisión y, un año des­pués, a muerte, por los deli­tos de blasfemia, ateísmo y ofen­sas al islam. Su error había sido escribir versos. Reciente­mente, gracias en parte al trabajo denodado de su familia y en parte a la enorme repulsa manifestada internacional­mente, le ha sido conmutada la pena por la de ocho años de prisión más ochocientos latiga­zos, administrados en dieciséis series de cincuenta.

Las verdaderas causas de su condena parecen ser la visión crítica de la realidad que encierra su poemario
Instrucciones en el interior (2008), su posición influyente en la renovación del arte saudí (un gremio poco conven­cional al que de vez en cuando hay que recordar los límites del re­dil) y, también, que grabó y publicó imágenes de una actuación represiva por parte de la policía religiosa del régimen. Durante el proceso que lo abo­có a la muerte se había ignorado su derecho a la de­fensa de un abogado; el juez ni siquiera había hablado con el reo.

Condenar a alguien por tener o no tener una fe religiosa, o por cualquier opinión o creencia vertida en un libro, es con­trario a los derechos humanos y nos lleva de vuelta de lleno a la Edad Media. Hacerlo, además, como pretexto para elimi­nar la disidencia o la crítica es signo de qué clase de ré­gimen es el saudí.

En noviembre de 2015, cuando Ashraf fue condenado a muerte, inicié en Change.org una petición en la que muchos solicitamos al gobierno de Espa­ña que pusiese de su parte to­do lo posible para impedir este atropello. A día de hoy esta­mos cerca de reunir 300.000 firmas de apoyo; te invito, lec­tor, a unirte también a esta iniciativa y firmar la petición: su dirección elec­trónica está en la página de créditos. Gracias a una comunicación directa con el ministerio de Asuntos Exte­riores por parte de Mounir Fayad, un her­mano del condena­do que reside en Asturias desde hace ya muchos años, sa­bemos que el ministro en funciones García-Margallo está al tanto del ca­so. Todos deseamos que eso se traduzca en ac­ciones concretas.

Y a principios de marzo de 2016 inicié la producción del pre­sente volumen para su publicación en Los Papeles de Brigh­ton. Sesenta y un escritores res­pondieron al llamamiento sin hacer una sola pregunta, dedicando generosa y apresurada­mente su tiem­po y su esfuerzo para poder manifestar en es­tas páginas, con toda su energía, su apoyo a Ashraf y su convicción de que la opinión nunca puede ser delito, de que los versos no pueden ofender a nadie. Entre ellos hay al­gunos de nuestros más reconocidos poetas, narra­dores y ensayistas, acadé­micos y figuras internacionales, junto con otros au­tores no tan celebrados pero igualmente pertenecientes a lo mejor de lo que se está haciendo hoy en la literatura nacional y, desde luego, todos ellos primeros espadas de la solidaridad. Sorprende que una gran parte de los convocados hayan decidido generosamente aportar textos escritos ex profeso para este libro, lo que le añade un enorme valor literario; allá don­de las contribuciones no son inédi­tas, indico al pie la refe­rencia de su pri­mera publicación.

Quiero destacar que en la selección de los autores no hubo, ni ellos lo hubieran permitido, sesgo ideológico alguno. Aquí conviven firmas de todas las adscripciones po­líti­cas; personas de convicciones religiosas y laicas; autores preocupados por la persecución del ateísmo o por las libertades en Oriente, por la pesadilla concreta de la prisión del poeta o por el contexto geopolítico más general del conflicto entre Oriente y Occiden­te, por el momento que vive el Islam o por la interrelación en­tre las diversas tensiones que le atañen, por los ele­mentos más humanos y sentimentales del asunto o por una reflexión gene­ral sobre la necesidad de la libre opinión y de la crítica de las verdades es­tablecidas.

Son principalmente hombres y mujeres de Europa, pero tam­bién un puña­do de otras orillas. Al­gunos han escrito sobre Ashraf y otros han puesto un poema en su boca. Se han da­do convergencias reseñables, como el diálogo intertextual en­tre Isaac Goldemberg y Carlos Martínez Gorriarán en torno a la célebre afirmación de Adorno sobre la poesía después de Auschwitz. Este homenaje es también una inusual es­tafeta por la que pasan cartas dirigidas a Ash­raf, cartas para los propios hijos de los autores, como es el caso de la de Isabel Camblor, y una emo­cionante misiva del propio herma­no del conde­nado, Mounir Fayad, a los autores de este libro. Vamos de la ira indignada de Eduar­do Moga a las llamadas a la hermandad entre pue­blos de Antonio Gamo­neda o Tomás Sánchez Santiago. Todos han aporta­do su texto porque de­seaban estar aquí, sin más aspiración que manifestar su apo­yo a Ashraf y su fa­milia y a los cientos de presos de concien­cia que hoy sufren malos tra­tos y cautiverio en Arabia Saudí y otros países de su entorno. Todo el que se acerque a estas páginas podrá entender que, en la lucha por los dere­chos de todos, no estamos enfrente de nadie, sino abra­zados los unos con los otros. No es éste un libro contra nada ni nadie, sino a favor de la liber­tad.

Ahora llega mi petición, lector. Te voy a pedir, como en su día solicité a los magníficos escritores que vas a leer en las pró­ximas páginas, que compres al menos un ejemplar de
Pala­bras para Ashraf. Con la presentación del li­bro y las noticias que rodean su lanzamiento damos a conocer, hasta don­de podamos llegar, el caso de Ashraf Fayad y el de los cientos de presos de conciencia que sufren cautiverio en aquel país cada año y de los que él es, a su pesar y como otros presos políti­cos conocidos –Raif y Samar Badawi, Walid Abuljair, Alí Mo­hamed al Nimr…–, sólo un representante cualifica­do; e in­tentamos que su drama no pierda actualidad y que las auto­ridades saudíes consideren el indulto. El libro está a la venta permanentemente en Amazon y los beneficios obtenidos se­rán destinados íntegramente a una or­ganización de defensa de los derechos humanos en Arabia Saudí. Conside­ra tam­bién, por tanto, darle toda difusión posible a esta publicación y rega­lar sendos ejem­plares de este libro a tus amistades, porque la causa lo me­rece, pero tam­bién porque en sus pági­nas encontrarán unas cuantas de las mejores fir­mas del pa­norama literario español y algunos testimonios con­movedores.

Saludos cordiales.

Juan Luis Calbarro


Palma de Mallorca, 10 de abril de 2016

miércoles, 4 de mayo de 2016

Facundo o los preámbulos del evolucionismo - Nagari Magazine

Facundo o los preámbulos del evolucionismo - Nagari Magazine


Inicio hoy, desde mi columna mensual en Nagari, una serie de entradas sobre la—estrecha—relación de la ciencia y la tecnología con la literatura hispanoamericana. Si bien realizaré alguna mención a la literatura española, me voy a concentrar especialmente en la literatura hecha en Latinoamérica. Alternaré esta serie con mis habituales reseñas y otros comentarios, aunque mi intención es construir un cuerpo sólido en torno al tema. También mencionar que no incidiré de forma profunda en los temas científicos que trataré, apenas apuntaré las ideas y así, el lector curioso podrá seguir ese hilo por su cuenta. Son muchas y buenas las publicaciones sobre divulgación científica que se están editando en los países de habla hispana, y a mí me interesa más hablar sobre literatura. El primero de los libros que trataré, será el Facundo, de Domingo Sarmiento (1811-1888).
Si bien el Facundo, un texto fundacional de la literatura argentina, está influido por la figura de Alexander von Humboldt (1769-1859), de quien se copia la estructura del libro de viajes científico moderno, y por la frenología, también está emparentado con las teorías de Charles Darwin (1809-1882) sobre la selección natural. Este ensayo histórico, que va a resultar fundamental para entender los motivos gauchísticos en Jorge Luis Borges y la literatura ambientada en Entrerríos que practica Ricardo Piglia, que recibe el título alternativo de Civilización o barbarie, es una crítica frontal al gobierno de Juan Manuel Rosas, y para ello se basa en la biografía de uno de sus caudillos: Juan Facundo Quiroga. 
En su libro, Sarmiento plantea que existe una raza civilizada y capaz de civilizar, por tanto superior, como es la europea, que estaría representada en Humboldt, y otra raza bestial y salvaje, capaz de destruir la labor civilizadora de los primeros, representada por Quiroga y, por ende, por Rosas. Existe en el autor el convencimiento de una superioridad europea frente al legado indígena, de talante claramente racista, no solo con las poblaciones indígenas americanas (“[e]sto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido.” [28]) Es decir, la sociedad civilizada—en contraposición a la bárbara—es aquella que en el momento de escribir Sarmiento ostenta el poder en el mundo, y esta es la europea, tal como se puede ver por el poderío demostrado por Gran Bretaña o Francia. Por tanto, hay que copiar sus modelos e imponer sus instituciones, incluida la democracia liberal, para lograr un grado parecido de poder geopolítico, y esa imposición es ideológica.
Para transmitir esa ideología, Sarmiento realiza una estrategia literaria muy significativa, identificada por J. Andrew Brown en el libro Test Tube Envy. Se estructura un texto no científico como el Facundo, como si de un texto divulgativo de la ciencia y no estrictamente científico se tratara. Para ello se utiliza la frenología para describir físicamente al personaje. Se trata de una teoría pseudocientífica postulada por el médico alemán Franz Joseph Gall, que establecía que el cerebro era el órgano de la mente y que las distintas aptitudes mentales estaban representadas por diferentes partes del cerebro, de forma que era posible determinar el carácter de una persona, en especial, sus posibles tendencias criminales, gracias a su forma del cráneo y sus facciones. Esta supuesta teoría científica, ahora en desuso, arribó a la Argentina de la mano de la labor divulgativa de la revista La abeja argentina en la década de 1820, si no es que era ya conocida antes entre las élites culturales, mostrando los caminos que solían recorrer las teorías científicas para divulgarse por el territorio latinoamericano. Divulgativo es también el uso que le da Sarmiento, pues en muy breve espacio expone la teoría y su aplicación, no solo a la fisonomía de Quiroga, conocido como “el Tigre de los Llanos” (77-78), sino también a la estructura social y territorial de la Argentina (30), en donde se observaría más detalladamente la influencia estilística de Humboldt, por cuanto me atrevo a sugerir su uso como discurso divulgativo mucho más que como discurso científico.
El rédito que se obtiene al utilizar el recurso de la frenología es el de dotar de autoridad al texto. Este es uno de los puntos que destaca Brown. A partir de aquí, todo lo que se deriva del texto es esa aplicación de autoridad, en donde va a quedar claro que la cultura europea es superior a la indígena y esa es la razón por la que se debe imponer políticamente. Y la que explica “esa falta supina de capacidad política e industrial” (9) de los pueblos hispanoamericanos y el uso de metáforas científicas (“la pampa es un malísimo conductor.” [25]) Así, en la primera parte del texto se desarrolla esa autoridad argumentativa, para pasar a exponer la dicotomía ciudad/pampa, Europa/América indígena, progreso/retraso y, en definitiva, civilización/barbarie. Evidentemente, Sarmiento se postula por la ciudad: “el centro de la civilización argentina, española, europea.” (29) Nos encontramos con un texto de corte positivista que, una vez científicamente autorizado, justifica todas sus afirmaciones desde el ideario moderno (escuela, industria, progreso, democracia liberal, Europa), critica al romanticismo, respalda el afrancesamiento del grupo político al que pertenece, y deja para la última parte del libro la muerte de Quiroga y la demostración de que Rosas está tratando de eliminar esa supremacía europea en la Argentina, sustituyéndola por la barbarie.
El Facundo sale publicado en 1845 mientras que la obra fundamental de Darwin, On the Origin of Species, lo hace 14 años después, en 1859. Así que difícilmente haya podido influir de forma directa a Sarmiento. Sin embargo, sí encontramos una conexión en el contenido ideológico del Facundo, a partir de las mismas redes divulgativas que introdujeron la frenología en el Río de la Plata, que harán lo mismo con conceptos como evolución, raza o selección natural. Esto se explica porque las teorías de Darwin aparecieron inmersas en un debate que se había iniciado a principios del siglo XIX sobre la clasificación de los seres vivos y las bases de una nueva ciencia, la biología,[1] en donde se incluían los conceptos de raza, supremacía y evolución. Esta última es una palabra que, precisamente, necesitó de su propia “evolución” en el sustrato cultural europeo hasta llegar a Darwin, pues el término “evolución” aparece por primera vez para referirse a especies biológicas en la década de 1830, y el de selección natural es un neologismo acuñado por Darwin, según Beer.
Precisamente, de todas las premisas utilizadas por Darwin en su teoría, es la de la selección natural, que no es otra cosa que el hecho de que los individuos menos adaptados a un medio ambiente concreto tienen menos probabilidades de sobrevivir y reproducirse, y así dejar sus rasgos de forma hereditaria a las generaciones venideras, la que va a dar lugar a mayores interpretaciones en el campo de las ciencias sociales.

Lo que pone en contacto al Facundo con la teoría de Darwin es cierta interpretación que se dio a esta última a partir de esa supuesta selección natural y su aplicación al concepto de desarrollo para las poblaciones humanas. Tal como expone Gillian Beer en el ensayo Darwin’s Plots: Evolutionary Narrative in Darwin, George Elliot and Nineteenth Century Fiction, la idea de desarrollo extraída de las teorías de Darwin conllevó que se considerara a los europeos como a los humanos que habían adquirido el más alto grado de desarrollo. El resto de culturas fueron concebidas como sociedades retrasadas que debían ser educadas como a un niño para alcanzar el grado de desarrollo adecuado (111). 
Encontramos aquí la misma ideología que preside el Facundo, con la preminencia de la cultura europea y la necesidad de corregir las otras culturas de forma prescriptiva, si bien no se les acaba tachando de bárbaros. De esta forma, a partir de ese debate sobre la superioridad de unas especies sobre otras que se inició antes de la publicación de On the Origin of Species, y que la obra de Sarmiento muestra que llego a Latinoamérica, las ideas evolucionistas influyeron a Sarmiento a la hora de escribir el Facundo, como se demuestra al analizar la ideología del texto y cotejarla con algunas ideas derivadas de las teorías de Darwin.




[1] Jean-Baptiste Lamarck acuña el término “biología en 1802.

jueves, 21 de abril de 2016

Marina Perezagua: “El lenguaje del horror es fundamental” - Suburbano

Marina Perezagua: “El lenguaje del horror es fundamental” - Suburbano


La que fuera gran promesa de la literatura española con la publicación del libro de cuentos Criaturas abisales (Los Libros del Lince, 2011), pero sobre todo, de la colección de relatos Leche (Los Libros del Lince, 2013), es ya una realidad. Con la publicación de su primera novela: Yoro (Los Libros del Lince, 2015), desarrolla todo un universo narrativo en torno a la crueldad, el amor y el dolor del que ya habíamos dado cuenta en nuestro anterior número. Hemos charlado con ella de esta y otras cosas en la siguiente entrevista:

PREGUNTA- No sé si debo preguntar esto a su autora pero, ¿cuál es la verdadera criatura que se gesta en Yoro, la criatura imaginaria que se encuentra en la psicología de la narradora, la niña desaparecida que esta busca, cuyo nombre coincide con el título del libro, o la novela en sí?

RESPUESTA- Pienso que lo interesante es pensarla como la gravidez de estas tres circunstancias. El embarazo psicológico deja de ser psicológico cuando se revela el final de la historia, y al mismo tiempo pensar en la novela en sí como criatura responde a un proceso metaficcional que en este texto en concreto tiene más sentido, pues se cuenta un embarazo a través del embarazo mismo, no sólo a través de la novela como trasunto del embarazo.

P- ¿Cuál es el grado de documentación para una obra tan exhaustiva como la tuya, que pretende abarcar buena parte de la historia de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI? En este sentido, ¿podrías citarnos cuáles han sido las fuentes más útiles para tu trabajo narrativo?

R- En realidad pienso que la documentación fue anterior al proceso de escritura, y que por ello salió la novela. Ya tenía el material y se formó naturalmente. Había vivido en Japón y tuve la oportunidad de contar con testimonios de hibakushas. Anteriormente también había leído bastante sobre el proyecto Manhattan, así que ambos lados de la historia se fundieron sin demasiada dificultad. Leí sobre todo no ficción, desde los clásicos HIROSHIMA o DEATH IN LIFE, hasta informes militares del proyecto Manhattan.

P- Me ha sorprendido tu perspectiva sobre la ciencia del siglo XX. La literatura española suele moverse entre la condescendencia, la ironía o la ignorancia del sujeto científico. ¿De dónde crees que has sacado tu personal punto de vista?

R- Qué risa, no sabía que tenía un personal punto de vista. Pues la verdad es que no lo sé. Imagino que haber tenido un padre científico podría influir, o estudiar en la academia norteamericana, donde las humanidades, mal que bien, tienen a una visión algo más plural de las letras.

P- Después de dos libros de relatos (Leche y Criaturas abisales) con gran éxito de crítica, te acabas de enfrentar a una narración de largo aliento. Aunque se observan en ella rasgos característicos de tu literatura, como tu obsesiva relación con Japón o la reelaboración de experiencias biográficas desde la ficción, ¿qué diferencias observas entre la construcción de una novela y la de un libro de relatos?

R- Principalmente, en la novela tenía dos preocupaciones: el crecimiento de los personajes y el buen manejo de la tensión. La tensión es necesaria en el cuento, pero más fácil de manejar por la menor longitud. Pero, en general, por mi carácter más bien obsesivo, me he sentido más libre con la novela. Todo es siempre mejorable, pero en un cuento uno tiene la sensación de que puede alcanzar la perfección, y quizá sea una quimera, pero ésa es la sensación, mientras que en una novela larga la perfección es claramente un espejismo, y esto me ha relajado un poco.

P- Háblanos de Japón. ¿Por qué es un espacio tan recurrente en tus textos?

R- Desde pequeñita mi madre me contaba historias populares japonesas. Mi familia por parte de padre es de Coria del Río, descendientes lejanos de japoneses. Una vez un vecino del pueblo me dijo que su padre se había muerto queriendo volver a Japón, aunque nunca había ido. Me pareció maravilloso, porque yo crecí con esa misma sensación de pertenecer un poquito a esa cultura, de querer regresar aunque nunca hubiera estado. No fue hasta años más tarde cuando me fui con mi pareja en aquel momento, japonés, a vivir allí por un tiempo.

P- Y ya puestos, háblanos de las cosas que de verdad te importan cuando escribes.

R- Me importan mis personajes, quererlos mucho, que sean libres, que sean honestos, que no piensen en lo que yo quiero, ni mucho menos en lo que quiere un lector determinado. Que tengan vida por sí mismos porque ellos son mi gran compañía. Es como quien construye robots, llega a tener una relación muy personal con ellos, y a mí me pasa algo parecido, son bastante reales en mi vida, por eso no tiene sentido que se parezcan a mí o tengan mi voz, porque yo los creo para no tener que hablar conmigo misma.

P- Por un momento, cuando había superado la mitad de la novela, ante la mezcla de géneros pero la ausencia de parodia o pastiche, me dio la impresión de que estabas proponiendo una estética que superara el posmodernismo. Una propuesta en donde pudiera tener lugar el compromiso político. ¿Podrías detallar cuál es tu apuesta estética y cómo participa Yoro de ella?

R- Ay ay ay… yo no sabría responder a eso. Realmente no sé leerme a mí misma, y cuando escribo tampoco tengo una apuesta concreta. Sí imagino que el compromiso político es parte de ella, pero no lo es de un modo consciente. Quizá la rabia contra las Naciones Unidas vino en parte por haber pasado por una época en la que conocí a varios de sus miembros y quedé profundamente decepcionada, y luego una época en la que conocí a varias de sus víctimas. No sé si eso es político, quiero decir, era una rabia muy personal que se coló en el texto, pero no estoy segura de haber querido denunciar nada.

P- Tú novela se presenta con un subtítulo que reza: “Un viaje al corazón de la crueldad y del amor”. En este sentido, y enlazando con la pregunta anterior, ¿qué papel juega el lenguaje del horror en tu novela y en tu proyecto narrativo?

R- Ese subtítulo, en realidad, lo escribió mi editor, Enrique Murillo, pero sí, el lenguaje del horror es fundamental, y lo es por esa parte de la temática que podría ser un melodrama si el lenguaje no lo salvara. A veces todo es una cuestión de lenguaje. El melodrama es un drama al que se le ven las costuras, y hay que evitar esas costuras. Por momentos YORO es muy dura con temas de la cotidianeidad, reales, pero por momentos, y si no fuera por el lenguaje, podría ser una historia de amor incluso cursi. El amor es lo que salva a la novela de caer en el último infierno, pero al mismo tiempo el lenguaje es lo que salva al amor de caer en la cursilería que, en un mundo así, sería más que nada una impostura.

P- ¿Qué proyectos literarios tienes para el futuro?

R- Estoy muy emocionada con mi nuevo proyecto. Si todo sigue como hasta ahora se publicará en septiembre. Es una idea muy simple, por eso prefiero no decir nada, porque con una palabra ya lo diría todo, pero me emociona mucho porque para mí es un reto lingüístico. Se trata de una novela humorística.

10- Para finalizar, ¿me podrías dar el nombre de tres escritores/as que te hayan influido especialmente, al menos uno de ellos iberoamericano?


R- Céline, Jose María Arguedas, José Watanabe.

sábado, 2 de abril de 2016

Conversación con Sergio Ramírez. Carlos Gámez Pérez - Nagari Magazine

Conversación con Sergio Ramírez. Carlos Gámez Pérez - Nagari Magazine

Foto de Glenda Galán

“Yo era un escritor o un intelectual que hizo lo que pudo por servir a la revolución en la que creía. Y lo hice desde mi propio terreno”

Con motivo de la concesión del reciente premio Carlos Fuentes en su segunda edición al escritor nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe 1942) y la publicación de su último libro: Juan de Juanes (La Pereza y Alfaguara México), tuve una charla con este narrador de largo aliento que ha publicado más de cuarenta libros a lo largo de su vida, entre novela, relato, ensayo, misceláneas y cuento infantil, de los que cabe destacar Margarita, está linda la mar, Sombras nada más y Adiós muchachos. Teniendo en cuenta su pasado como vicepresidente de Nicaragua tras el triunfo de la revolución sandinista, resulta evidente que la política, el poder y la literatura se entremezclan en esta charla.

PREGUNTA: Querría empezar hablando de su libro de memorias y ensayos breves, Juan de Juanes (La Perea Ediciones). Me interesan mucho esas experiencias que relata usted en el libro sobre el escritor. Por ejemplo, el pasaje en el comenta su distancia con las armas y el hecho de que usted no es comandante ni nada parecido cuando lo presentan como tal. ¿Cómo observa un escritor, o un escritor en ciernes, la violencia que se sufre y la violencia que se ejerce en procesos políticos como los que le tocó vivir?

RESPUESTA: Yo siempre vi la revolución como un llamado a filas, y cada uno hacía lo que podía. A fin de cuentas, en esas situaciones el prestigio lo adquieren los que empuñan las armas. Y aunque no las hayan empuñado, se disfrazan de militares, con esa aura heroica que da el verde olivo. Yo conozco a varios, conozco a comandantes de la revolución en Nicaragua que no habían pegado ni un tiro y simplemente se vestían de verde olivo. Quizá yo pasé más riesgos que algunos de ellos, porque yo me pasé la clandestinidad en Nicaragua desarmado varios meses, porque yo no sabía disparar. Qué hacía con armas. Y quizás si hubiera llegado a matar a alguien todavía tendría ese cargo de conciencia como el Aureliano Buendía de García Márquez. Yo siempre me vi como un civil, y ahora veo que yo no era militar. No tenía esa vocación, ni tenía esa atracción. Yo era un escritor o un intelectual que hizo lo que pudo por servir a la revolución en la que creía. Y lo hice desde mi propio terreno.

P: En Juan de Juanes también me chocó observar que es paradójica la atención que el poder tuvo por algunos de los escritores del Boom, como todo lo que relata usted en torno a la figura de Gabriel García Márquez, al que acudían a escuchar presidentes y hasta reyes. ¿Qué cree usted que coincidió en ese caso para que se diera la paradoja de que la literatura fuese la novia a la que todos querían agasajar?

R: García Márquez fue un escritor que tuvo más poder político en América Latina que muchos políticos sin haber ejercido ningún cargo público. A lo largo de su carrera desfilaron ante él presidentes y presidentes y yo bromeaba con él diciéndole que era el único presidente vitalicio rodeado de expresidentes. Él era un imán. Los presidentes contemporáneos lo buscaban para tomarse la foto con él. Era un prestigio. No es que él quisiera estar a la altura de ellos, era al revés. Y él disfrutaba de esa situación. Le satisfacía mucho que el poder lo buscara. Disfrutaba mucho de ese ambiente. Se habla mucho de la relación de Gabo con Fidel Castro. Pero es que la relación de Gabo con Fidel Castro no fue única. No fue con el único jefe de estado, con el único caudillo con quien él se relacionó. Torrijos le tenía una gran admiración. Hablando con Gabo de esto, yo recuerdo que me dijo: “Mucha gente piensa que mi personaje político es Fidel. Y no es así, mi personaje político es Torrijos. Yo algún día voy a escribir sobre Torrijos”. Nunca lo hizo. Pero él tenía una gran empatía con Torrijos. Yo recuerdo que una vez llegó Gabo de visita a Panamá y el presidente se acercó al aeropuerto a recibirlo, y lo montó en su carro, y lo llevó de visita por toda la ciudad. Estas situaciones se derivaban del prestigio que Gabo tenía.

P: Ahondando más en la relación entre el poder y la literatura, usted siempre ha tenido una posición muy equidistante en el tema del poder. No ensalzó la revolución como escritor cuando usted estaba implicado en ella, y tampoco la defenestró cuando se salió de la política. Desde España siempre se le ha considerado a usted como un intelectual, un escritor que estuvo muy implicado en política pero llegado el momento la dejó y se dedicó en exclusiva a su carrera literaria. Sin embargo, me interesa mucho su perspectiva del análisis del poder, como la que realiza en su novela Sombras nada más, o en Adiós muchachos. Me interesa mucho más Adiós muchachos por los diversos destinos de la generación de jóvenes latinoamericanos que se rebelaron en 1968. Porque me pareció muy curioso observar que usted pertenecía a una generación de jóvenes que pretendía cambiar el mundo, que en España tuvo sus problemas con el franquismo. Pero lo que me pareció más interesante del libro es que mientras ustedes, los jóvenes nicaragüenses, alcanzaron el poder en 1979, sus compañeros, los jóvenes mexicanos, acabaron duramente represaliados. Y años después, dos de esos jóvenes, que son Daniel Ortega y usted mismo, terminan teniendo conversaciones con el presidente de México. Me pareció paradójico observar cómo ustedes están negociando con un político que, sin ser el culpable directo de la matanza de Tlatelolco, porque entonces no era quien estaba al frente del gobierno, sí es un representante del partido político desde el que salieron esas órdenes. Pero este señor está intentado apoyarlos a ustedes, quiere ayudar al joven gobierno nicaragüense. Y me pareció una de las paradojas del poder: gente que forma parte de la misma generación, depende cómo se desarrollen los acontecimientos, se encuentra en unos circuitos que, si hubieran ido las cosas de manera distinta no hubieran frecuentado. ¿Vio el germen de cómo analiza usted el poder en sus novelas?

R: Eso tiene mucho que ver con lo que es la historia del PRI en México. La evolución misma del PRI como partido. El PRI consolida a las distintas fuerzas que han peleado la Revolución, después de la purga de Zapata y de Villa. Los caudillos de la Revolución al final se ponen de acuerdo y forman un solo partido, que es la maquinaria política que elimina a Vasconcelos, el intelectual, cuando este se quiere oponer a Obregón, el caudillo, y Calles, su ayudante. Se trata de un caudillo con atributos militares. No podía ser entonces de otra manera. El PRI sigue evolucionando a lo largo de los años, con gobiernos de derechas, con gobiernos de izquierdas. Llega al gobierno el general Cárdenas, uno de los mejores gobiernos que ha tenido México nunca. Será recordado entre otras cosas por nacionalizar el petróleo y por acoger a toda la emigración republicana española. Es un hombre que hasta su muerte tuvo posiciones muy de izquierdas. Luego vienen otros gobiernos corruptos, se van alternando. Con el PRI pasa lo mismo que pasa hoy en Cuba, que de repente hay intelectuales muy críticos que hablan del pasado, cuando se reprimía a los homosexuales, cuando el caso Padilla, como si hubiera sido otro gobierno, como si se hubiera tratado de un régimen completamente diferente. Pero la verdad es que se trata del mismo. Yo conozco a muchos escritores cubanos que caen en esta posición crítica hacia el pasado. Pero por supuesto, no se atreven a meterse con el presente, aunque ese es otro tema. Pero eso pasa también en México, en México hay distintos gobiernos, siempre vemos intelectuales en cargos de gobierno, no en cargos políticos verdaderamente, pero como embajadores: Octavio Paz, Carlos Fuentes. Luego renuncian porque el siguiente gobierno ya no les parece adecuado. Es un solo partido dividido en distintos rostros, en distintos espejos. Si vamos al gobierno de Echeverría, por ejemplo. Echeverría es el ministro del Interior, el secretario de Gobernación cuando Díaz Ordaz da la orden de disparar contra los estudiantes en Tlatelolco. Luego es el sucesor de Díaz Ordaz. Pero cuando Echeverría llega al gobierno, su política es antipinochetista. Directamente rompe relaciones con Pinochet, acoge a los exiliados chilenos, después acoge a los exiliados uruguayos y argentinos. Es decir, hay una especie de esquizofrenia. No podemos decir que el gobierno de Echeverría sea un gobierno de izquierdas hacia lo interno. Pero lo es hacia lo externo. Es decir, su posición hacia el exterior simpatiza con la izquierda. Y se necesita todo esto para poder explicar cómo nosotros somos bien recibidos por López Portillo. López Portillo fue absolutamente solidario con la revolución nicaragüense, hasta el punto de la complicidad, y esto lo cuento en el libro. México nos prometió que rompería relaciones con Somoza cuando nosotros lo decidiéramos. Y así lo hizo. Y luego, cuando triunfó la revolución, su ayuda fue ilimitada. Siempre estuvo dispuesto a apoyarnos. Y esa es la realidad de la historia. Mucha gente puede decir que Carlos Andrés Pérez era un corrupto, que es una de las bestias negras de la historia de Venezuela, y yo no puedo decir lo mismo. Carlos Andrés Pérez fue un hombre muy generoso con la revolución. Él estuvo siempre apoyándonos.

P: Ya para finalizar, y dada la temática de su último libro, Juan de Juanes, en el que realiza una disección de los egos de los escritores, ¿me podría dar algunos consejos para los lectores de cómo domesticar el ego?


R: ¡Ja, ja, ja! Eso depende de la personalidad de cada quien. Yo creo que lo primero que hay que hacer, y eso uno lo tiene o no lo tiene, es reírse frente a la vanidad. Sobre todo porque al que no se ríe se lo come la vanidad, se lo come la soberbia, que son perros muy bravos que pueden acabar devorándolo a uno. Entonces, yo creo que la risa es un buen intermediario. Yo siempre me he reído de la vanidad, de la solemnidad. Me he reído de la gente que se toma muy en serio. Hay escritores que se toman muy en serio y eso de tomarse tanto en serio es una verdadera vaina. La primera cura es eso: desprenderse de uno mismo, poderse ver a distancia y poder reírse de uno mismo para no caer en las tentaciones de la vanidad y la vanagloria que siempre son muy fuertes.