lunes, 20 de junio de 2016

Fiebre de un padre muerto - Suburbano

Fiebre de un padre muerto - Suburbano


La peor de las pesadillas consiste en despertarse desgraciado, habiendo perdido todo aquello que nos importaba y sin saber cómo ocurrió. Pues bien, eso es lo que le sucede a, Caníbal, el protagonista-narrador de Fiebre, la primera novela de Matías Candeira (Madrid, 1984), publicada por Candaya con el apoyo de la Fundación Han Nefkens. Fruto de la segunda edición de la Beca de Creación Literaria que se desarrolla en torno al Máster de Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra, y que tan buenos resultados diera en su primera convocatoria con la edición de la novela Anatomía de la memoria, del mexicano Eduardo Ruiz Sosa.

Fiebre se inicia con un narrador que asiste a la muerte del padre. Un padre nunca presente y al que la voz narradora odia más que ama. Lo hace mediante un estilo efectivo, utilizando un lenguaje común. Pero les aseguro que resulta muy difícil, por no decir imposible, encontrar una palabra repetida o una cacofonía, por cuanto cabe afirmar que nos encontramos con un narrador que conoce a la perfección su oficio. Además de tratarse de la mejor forma estética para presentar el triángulo que conforman los padres y el narrador.

Este hecho, el de que nos encontramos ante un narrador de fuste, se corrobora a partir de la segunda parte de la novela: “La autopsia blanca”, con el padre ya fallecido y Caníbal iniciando una relación sentimental compleja con la enfermera que hasta ese momento había cuidado del progenitor. En esa parte del libro es cuando nos enteramos de que el narrador trabaja en una empresa de publicidad, aunque el juicio de Caníbal sobre la publicidad resulta demoledor: “los publicitarios […] hacen que la belleza, terminada y empaquetada, sepa a brebaje medicinal” (105). Resulta lógico que en esta parte descubramos sus gustos literarios, en especial, su devoción al relato “Los muertos”, de James Joyce. Y que, de forma progresiva, el texto se vaya plagando de metáforas y poesía tras la contención de la primera parte como cuando el narrador se da cuenta de que cierta “escena familiar está contaminada con raíces y anomalías que le crecen por los costados” (152). También nos enfrentamos al trauma, no ya del padre ausente, sino de la pareja que muere en extrañas circunstancias y que condiciona la vida de Caníbal, así como sus relaciones futuras. Y también del trauma de la madre, de la concepción y la crianza de un niño en soledad. Esa es, a mi entender, la apuesta más fuerte del libro, la que apunta a que todas las relaciones humanas están condicionadas por el trauma. Esa es la realidad que conforma a los personajes en este texto. Hasta el punto de que aquí es donde se resuelve el trauma que Caníbal sufre por culpa de su padre, y que le lleva a quemar todos sus recuerdos, escondidos en una oculta cabaña: “Si un padre enferma y contamina cuantas vidas puede, el hijo limpia y restaura. Si un padre miente, el hijo hace una hoguera, tan grande como ambos, para decir la verdad.” (229)

Sin embargo, aún quedan flecos. Así llegamos a la tercera y última parte del libro “¿Quién soy yo?”, en donde tiene lugar la pesadilla. Tres años borrados en la existencia de una persona. El sinsentido en el que se ha convertido la vida de Caníbal, sin apenas pistas para el lector más allá de la síntesis de los distintos motivos que han aparecido en la novela. Por encima de todo, la paternidad no resuelta pese al fuego, y su simbología planeando por encima de las demás figuras, incluido el lenguaje, que en esta parte se debate entre el texto conciso capaz de describir la crudeza y la metáfora surrealista, que aúna elementos en principio inconexos: “Llovía en todo el hospital y llovía sobre nosotros, los enfermos.” (296) El delirio se inicia desde el sueño y, dada la referencia literaria principal, desde la muerte. Y a partir de ahí se desarrolla como un virus que pretende infectar todo el argumento, cosa que a mi juicio consigue. Fantasía para la que el narrador nos ha preparado al hablarnos de fiebre y delirio unas páginas antes (179), y con la cita de Coleridge que da inicio a esta parte.

Hasta ahora, Candeira se había revelado como un excelente cuentista y un perfecto dominador de los géneros no realistas. De ahí la importancia que el narrador da a “Los muertos”. Pero tras leer Fiebre, se me antoja que el autor da un salto de calidad. Así, además de incentivarme las ganas de volver a las páginas del famoso relato de Joyce, muestra que es capaz de armar una excelente novela.

sábado, 4 de junio de 2016

La "raza" de Carlos Reyles - Nagari Magazine

La "raza" de Carlos Reyles - Nagari Magazine


Si la anterior publicación iniciaba esta serie hablando de la influencia de las teorías evolucionistas en la literatura argentina, y más concretamente, de su influencia en Facundo, de Domingo Sarmiento, en esta mostraré cómo los debates en torno al evolucionismo estaban tan presentes en la sociedad Latinoamericana como en la Inglaterra de Darwin o la Francia de Lamarck. Para ello trabajaré con la novela La raza de Caín, de Carlos Reyles y el ensayo Darwin’s Plots: Evolutionary Narrative in Darwin, George Elliot and Nineteenth Century Fiction, de Gillian Beer, que muestra la interacción mutua entre los contenidos científicos y los discursos culturales sin necesidad de echar mano del relativismo científico.


Lo más significativo del diálogo entablado entre el Facundo, la frenología y las teorías de la evolución que expuse el mes pasado es observar que los grupos intelectuales latinoamericanos estaban al día de los principales debates científicos y eso influía en sus obras narrativas, de la misma forma que Beer demuestra que el darwinismo influye y está en un continuo diálogo con la literatura victoriana de George Eliiot, Charles Dickens o Thomas Hardy. Precisamente, ese ambiente intelectual y la influencia del darwinismo son los pilares para introducir el concepto de raza en la novela La raza de Caín, de Carlos Reyles (1868-1938), y para la elección de un argumento muy evolucionista sobre la descendencia y la procreación, afín a la literatura victoriana.

En 1900, el año en que se publica La raza de Caín, el contexto cultural en el que se mueven las urbes que conforman el Río de la Plata –Buenos Aires y Montevideo principalmente– es el de las ciudades que han dejado de ser letradas para convertirse en centros de intelectuales. Ángel Rama en La ciudad letrada las define como ciudades modernizadas (57). Es la época en que se crean los museos, se inician los estudios culturales antropológicos y se fundan revistas y periódicos como la que quiere fundar el protagonista de la novela de Reyles para retratar la “vida psíquica” de Buenos Aires (126). El intelectual tiene un papel principal en estas iniciativas. En esta nueva ciudad moderniza: “La letra apareció como la palanca del ascenso social” (Rama 63), y eso lo vamos a observar con los arquetipos de origen humilde que pueblan la novela de Reyles y quieren progresar socialmente, como Jainto B. Cacio o Menchaca.

En este ambiente surge el modernismo como una respuesta al positivismo que defendiera Sarmiento en el Facundo. Eso creará un enfrentamiento entre la América sajona y la América latina que derivará en un concepto de raza que influirá a pensadores de entre-siglos como José Enrique Rodó (1871-1917), José Vasconcelos (1882-1959) o el propio Reyles. Ese rechazo dialéctico entre los EEUU y la América latina se articula en torno a categorías enfrentadas creadas por los intelectuales modernistas latinoamericanos que podríamos resumir por el enfrentamiento entre el depredador (EEUU) y el depredado (mundo hispano). De esa manera se plantea el concepto de raza en el ensayo Ariel, de José Enrique Rodó, una obra publicada el mismo año en que se publica La raza de Caín y donde el autor, a partir de uno de los personajes de la tragedia de Shakespeare: The Tempest, aboga por un mestizaje cultural heredero de la cultura grecolatina y de su espiritualidad que se enfrente al utilitarismo estadounidense. Hay un mensaje de herencia de raza en Rodó que es más cultural e histórico que biológico, y que está relacionado con una fidelidad al pasado de las naciones latinoamericanas pero poco o nada con el indigenismo. En definitiva, para Rodó raza se emparenta con civilización. Por su parte, en el ensayo de Vasconcelos, La raza cósmica, se utiliza el darwinismo de una forma estética, sin presupuestos biológicos, pues para Vasconcelos desde el espíritu de esa nueva raza cósmica opera una selección realizada a partir de presupuestos estéticos y sin intervención de la naturaleza, y a partir de ahí se alcanza el mestizaje cultural que propugna el texto.


En La raza de Caín de Reyles, el concepto de raza y la aplicación de las ideas darwinistas parecen distintos pero dan lugar a un resultado parecido. Cabe decir que, como en el caso de la literatura victoriana, que deja muy patente Beer en su libro (189), la preocupación por la raza está estrechamente relacionada con la clase social, y eso se observa con claridad en la figura del resentido social: Jacinto B. Cacio, que pretende codearse con la clase alta representada en los Crooker, y por eso intenta una relación matrimonial que lo emparente y le permita el ascenso que la sociedad no le permite.

No se puede afirmar que toda la novela sea positivista porque comparte también muchos rasgos con el modernismo canónico, incluyendo las ilustraciones que acompañan al texto, hace menciones al romanticismo, aunque sea de forma paródica, y contiene algunas escenas que se construyen desde técnicas realistas. Se trata, por tanto, de un claro producto de entre siglos.

Por otro lado, la novela de Reyles también está influida por la frenología, como el libro de Sarmiento, en especial a la hora de elaborar las descripciones por parte del narrador y al construir el recurso del “museo psíquico.” Si nos vamos a ciertos pasajes que dicta el narrador en la novela, como la descripción que hace de Menchaca (45) o la de don Pedro Crooker en su primera aparición (29) Aquí el análisis físico y el psíquico se entremezclan, condicionando el primero al segundo en las facciones. Es precisamente eso lo que realiza el narrador en su novela: un museo psíquico de los personajes que aparecen con un discurso que interacciona en muchos momentos con las teorías frenológicas, sino sobre los criminales, sí sobre la psicología que se esconde tras los rasgos físicos descritos, y en donde las piezas fundamentales del museo son Cacio y Julio Guzmán, quienes a su vez son los que acumulan más descripciones psíquicas de corte frenológico de los otros personajes a lo largo de la narración. Pero en este caso es posible afirmar que todas las descripciones que aparecen apenas inciden en rasgos que para los fisonomistas del siglo XX van a estar relacionados con el concepto de raza. Ni el narrador ni sus personajes hablan de color piel, ni de color de ojos, ni de otros rasgos físicos que van a caracterizar el concepto de raza biológica unas décadas más tarde.

Las razas de Set y Caín están enfrentadas, y el narrador las trabaja desde la interpretación posdarwinista de desarrollo antes mencionada. Pero la diferenciación de sus miembros se hace a partir del carácter, nunca a partir de los rasgos físicos. Aunque el discurso del “museo psíquico” se base en la descripción física, el énfasis se hace en las descripciones de las mandíbulas, del tamaño de la nariz y de los ojos, de las arrugas en la frente, características de interés para la frenología pero donde nunca aparecen alusiones explícitas a rasgos relacionados con la etnia del individuo. Apenas si menciona Cacio la diferenciación por mestizaje entre ambas razas: “nosotros que tenemos el espíritu hecho de los retazos de muchas civilizaciones somos la complicación y la contradicción vivientes.” (31) Pero de nuevo se apela al espíritu y no a los rasgos físicos. Por eso afirmo que en este caso el narrador realiza una construcción intelectual del concepto de raza que nada tiene que ver con la ciencia y que se trata de una categoría compleja y acientífica construida como un producto teórico en donde no se han introducido ideas biológicas y que, por tanto, se enfrenta al discurso positivista y al museo psíquico que han permitido su construcción al autor.

Partiendo de un discurso pseudocientífico como es el de la frenología, construye otro relacionado con el carácter no solo individual, sino grupal, y esa es la piedra de toque de su concepto de raza. Se trata de raza como espíritu colectivo y eso la emparenta con Vasconcelos y Rodó a su pesar. El darwinismo que afecta a esta categoría intelectual lo hace por omisión. El carácter de la raza de Set es superior porque esta no se mezcla como la raza de Caín, y cuando lo hace, acaba mal y sin descendencia, como en el caso de Guzmán. Exactamente lo contrario de lo que argüirá Vasconcelos, aunque ambos trabajen con categorías parecidas.

Así, en lo que coincide la novela de Reyles con los argumentos darwinistas de la literatura victoriana que analiza Beer es en la importancia que la herencia, la descendencia, el cambio y las políticas matrimoniales pueden tener. La selección de pareja y el juego de lucha de clases son fundamentales aquí. Reyles muestra de forma explícita que las razas de Caín y de Set no pueden mezclarse a través del fracaso matrimonial de Guzmán (Caín) con Alicia (Set). Sin embargo, también se evidencia la imposibilidad de descendencia para la raza de Set entre los de Caín con el fracaso de la política matrimonial de Pedro Crooker y la ausencia absoluta de niños en todo el texto. Dato este que, junto a las claras connotaciones negativas de una raza definida a partir del desgraciado nombre bíblico de Caín, parecen indicar que la única posibilidad con futuro para Latinoamérica sea la desaparición de la raza de Caín y su sustitución por la de Set. Esto se observa en la admiración de Guzmán hacia don Pedro, ese “hombre que sabe sufrir en silencio.” (176) Una admiración que no comparte Cacio porque piensa que don Pedro no tiene ningún objetivo vital, dado que la raza de Set no padece ni debe luchar por su existencia (200), como la de Caín, lo que muestra las incompatibilidades entre Set y Caín, pero que deja traslucir las virtudes de los Crooker: sencillez, bondad, generosidad, inteligencia y conocimiento, y que le lleva a un modelo de comportamiento ajeno a sentimentalismos y goces innecesarios, tal como lo presenta Guzmán, que llega a afirmar de él: “Es un hombre diferente[1] de nosotros y mejor que nosotros.” (193)

En definitiva, pese a las similitudes en la construcción intelectual, se puede afirmar que el punto de vista del autor implícito en La raza de Caín es contrario al de la mayoría de intelectuales de su época en cuanto a la perspectiva sobre los norteamericanos, en especial, a Rodó y Vasconcelos. Por otra parte, a diferencia de la tendencia general de la literatura victoriana, no hay posibilidad de cambio, por cuanto sugiero que Reyles no comprendió en toda su extensión las teorías de Darwin, por su construcción intelectual del concepto de raza, y por la imposibilidad de que las razas se mezclen en su novela tal como sí lo hacen en las de George Eliot. En este sentido, aunque Darwin hablara solo de forma implícita de la predominancia de la raza caucásica (Beer 111), Reyles coincide con los postulados raciales del darwinismo. Sin embargo, a la metáfora de Darwin de la “inextricable web of affinities between the members of any one class,” (415) que definen el parentesco, Reyles antepone el enfrentamiento.



[1] Énfasis del autor.

viernes, 20 de mayo de 2016

Todas las familias de cereal no son iguales - Suburbano

Todas las familias de cereal no son iguales - Suburbano


La impresión más viva que me queda tras leer Familias de cereal (Candaya), de Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981), es que me acabo de enfrentar a la última entrega de una tradición centenaria. No es otra que la del cuento argentino, que tantos buenos relatos ha reportado a las letras hispanas, y que ha sido frecuentado por autores de tanto prestigio como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Horacio Quiroga o Rodolfo Fogwill.

Cuando menciono lo de mantener la tradición, no crean que hablo de escribir como se hacía hace cien años. La tradición debe reinventarse siempre. Me refiero a aplicar esa tradición al entorno social terriblemente tecnificado que ahora nos rodea. A utilizar las cámaras de vídeo, las computadoras, la televisión o Internet para, a través de ellos, estructurar textos que preservan unos valores literarios que todos podemos reconocer. Y a ello se aplica Sánchez Bellocchio a conciencia en este libro. 

Me refiero también a no inspirarse solo en la tradición propia, sino a tomar elementos de otras tradiciones literarias, como recomendara Borges en el famoso ensayo: “El escritor argentino y la tradición”. Y a fe que Iván Ilich ronda las páginas de “Hacedor de dinero”, de la misma forma que Miranda July fisgonea en “La nube y las muertas”.

También me refiero a utilizar la teoría literaria para construir las narraciones sin que el lector lo pueda percibir. Convertir cada cuento en un ensayo de la realidad que nos rodea mientras la historia fluye por sí sola, que fue la estrategia que universalizó tanto a Borges como a Cortázar, y que es la argucia que se encuentra en “Cuatro lunas”. Una historia en donde, a través de Michel Foucault, su arqueología del saber, y un relato sobre obesidad, identidad y satisfacción personal, el narrador se pregunta por la supuesta sociedad del éxito social en la que vivimos.

Se trata en definitiva, de una reactualización que mezcla elementos pasados e innovadores de forma ingeniosa y efectiva. Y el mejor ejemplo de lo que digo se muestra al leer, casi al final del relato “Historia de la caca”, una frase como la que sigue: “Vio hojas secas, ramas, vasos de plástico, un inodoro, pedazos de mampostería. Vio la cabeza de un elefante bebé disecado con sus colmillos rotos. Vio enormes marcos de espejos, monedas, tiras de pastillas, papel higiénico usado. Vio dentaduras postizas, una bicicleta, bombachas y las aspas de un ventilador o un helicóptero.” (39) Que evoca desde el presenta la famosa frase de página y media, únicamente sustentada con el verbo ver, en la que el narrador Borges describe su visión del aleph. Una broma dialógica que parte ya del título.

Este libro, además, me ha servido para reencontrarme con un viejo conocido, el relato que lleva por título “Interrupción del servicio”, incluido en la antología Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos, publicada también por Candaya, y en la que yo participaba. En una antología uno nunca puede decir cuál era el mejor de los relatos sin que deje de ser una afirmación subjetiva, condicionada por el bagaje literario y las lecturas previas—desde luego, el mío no lo era, al menos desde mi subjetividad—. No afirmaré por tanto que el cuento de Tomás Sánchez Bellocchio sobresalía del resto, aunque recordara tanto a “Casa tomada”, de Cortázar, como corroboraron varias críticas. Sin embargo, sí puedo afirmar que aquel texto corto en el que se ponían al descubierto las miserias de la sociedad argentina era un aviso de que nos encontrábamos ante un escritor que iba a dar que hablar. Familias de cereal es la prueba inequívoca de aquellas impresiones.

Por otra parte, esta colección tiene otros nuevos momentos álgidos. Sin duda, “Disco rígido”. Un texto en donde queda claro desde el principio que hay una muerte: la muerte de un hijo que no se ha superado, que se corrobora en el diálogo en el que el padre afirma que no desea borrar nada, que no pretende empezar de cero (60). Pero lo que el lector no espera son las circunstancias y el desenlace de esa muerte con los que se encontrará páginas más tarde.

También el cuento que cierra la colección: “La nube y las muertas”. En este relato, desde una entrañable historia sobre ancianas que se enfrentan a la tecnología más actual con la ayuda de la nieta de una de ellas, que ejerce de narradora, el autor enfrenta una historia de desaparecidos en la Argentina del siglo XX mediante una pirueta estilística muy parecida a las que hicieran famoso a Roberto Bolaño.

Pero permítanme que elija “Animales del imperio” como el texto que más me ha gustado. Sánchez se conduce principalmente desde el realismo, aunque incorpore los elementos tecnológicos más novedosos, tal como antes se ha mencionado. Sin embargo, en este relato el autor se acerca al género fantástico y a la fábula para describir cómo avanza la demencia en la mente del padre del narrador. Para ello utiliza ecos de los relatos más orientales de Borges—el mismo narrador habla de “influencia borgeana” en los escritos de su padre—y, por supuesto, del Libro de las maravillas de Marco Polo.

Permítanme también que mencione el buen hacer narrativo del autor, en especial en la elaboración de los finales. Especialmente destacable el de “Fidelidad de los perros”, donde el autor reflexiona sobre la amistad y la soledad. Y remarcable también el final de “Ciudad de cartón”. Un relato donde, como su mismo nombre indica, los protagonistas se enfrentan con las contradicciones de la burguesía para enfrentar el problema de los niños cartoneros que pueblan las calles de sus ciudades.

Pero más allá de las tensiones y las perspectivas sociales, como el propio nombre del libro indica, son los lazos familiares las vigas sobre las que se construye el entramado del libro, y también lo que permite un hilo conductor entre todos los relatos. En especial la relación con los padres, más que con las madres, como se observa en la conducta sádica y violenta del narrador de “Mitad de un hermano” para con su hermanastro, con la intención de vengar la actitud del padre que los abandonó. O en el cuento que da título a la colección: “Familias de cereal”. La historia de un conflicto familiar y una separación pese a la tecnología de la que echa mano el hijo, que se verá arrastrado por sus propias limitaciones, como es común en el resto de este puñado de buenos relatos.

PALABRAS PARA ASHRAF

Ya está a la venta el libro que, por iniciativa de Juan Luis Calbarro, se creó para apoyar al artista palestino Ashraf Fayad, encarcelado por sus ideas en Arabia Saudí, y en donde colaboro con un breve escrito.



Podéis adquirir el libro en el siguiente enlace. Y aquí podéis consultar la nómina de autores. También os puede servir el código QR:



Los beneficios se destinarán a una ONG que vele por los derechos humanos en Arabia Saudí.

Este es el prólogo de la obra, en donde se desarrolla la declaración de intenciones de Juan Luis:

PALABRAS INICIALES Y PETICIÓN


De la misma manera en que solicité la colaboración de un puñado de escri­tores para llevar a cabo este proyecto edito­rial y solidario a favor del preso de conciencia Ashraf Fayad, hoy, lector, solicito tu colaboración.

Ashraf, poeta y comisario artístico, fue condenado por un tri­bunal saudí, primero, a cuatro años de prisión y, un año des­pués, a muerte, por los deli­tos de blasfemia, ateísmo y ofen­sas al islam. Su error había sido escribir versos. Reciente­mente, gracias en parte al trabajo denodado de su familia y en parte a la enorme repulsa manifestada internacional­mente, le ha sido conmutada la pena por la de ocho años de prisión más ochocientos latiga­zos, administrados en dieciséis series de cincuenta.

Las verdaderas causas de su condena parecen ser la visión crítica de la realidad que encierra su poemario
Instrucciones en el interior (2008), su posición influyente en la renovación del arte saudí (un gremio poco conven­cional al que de vez en cuando hay que recordar los límites del re­dil) y, también, que grabó y publicó imágenes de una actuación represiva por parte de la policía religiosa del régimen. Durante el proceso que lo abo­có a la muerte se había ignorado su derecho a la de­fensa de un abogado; el juez ni siquiera había hablado con el reo.

Condenar a alguien por tener o no tener una fe religiosa, o por cualquier opinión o creencia vertida en un libro, es con­trario a los derechos humanos y nos lleva de vuelta de lleno a la Edad Media. Hacerlo, además, como pretexto para elimi­nar la disidencia o la crítica es signo de qué clase de ré­gimen es el saudí.

En noviembre de 2015, cuando Ashraf fue condenado a muerte, inicié en Change.org una petición en la que muchos solicitamos al gobierno de Espa­ña que pusiese de su parte to­do lo posible para impedir este atropello. A día de hoy esta­mos cerca de reunir 300.000 firmas de apoyo; te invito, lec­tor, a unirte también a esta iniciativa y firmar la petición: su dirección elec­trónica está en la página de créditos. Gracias a una comunicación directa con el ministerio de Asuntos Exte­riores por parte de Mounir Fayad, un her­mano del condena­do que reside en Asturias desde hace ya muchos años, sa­bemos que el ministro en funciones García-Margallo está al tanto del ca­so. Todos deseamos que eso se traduzca en ac­ciones concretas.

Y a principios de marzo de 2016 inicié la producción del pre­sente volumen para su publicación en Los Papeles de Brigh­ton. Sesenta y un escritores res­pondieron al llamamiento sin hacer una sola pregunta, dedicando generosa y apresurada­mente su tiem­po y su esfuerzo para poder manifestar en es­tas páginas, con toda su energía, su apoyo a Ashraf y su convicción de que la opinión nunca puede ser delito, de que los versos no pueden ofender a nadie. Entre ellos hay al­gunos de nuestros más reconocidos poetas, narra­dores y ensayistas, acadé­micos y figuras internacionales, junto con otros au­tores no tan celebrados pero igualmente pertenecientes a lo mejor de lo que se está haciendo hoy en la literatura nacional y, desde luego, todos ellos primeros espadas de la solidaridad. Sorprende que una gran parte de los convocados hayan decidido generosamente aportar textos escritos ex profeso para este libro, lo que le añade un enorme valor literario; allá don­de las contribuciones no son inédi­tas, indico al pie la refe­rencia de su pri­mera publicación.

Quiero destacar que en la selección de los autores no hubo, ni ellos lo hubieran permitido, sesgo ideológico alguno. Aquí conviven firmas de todas las adscripciones po­líti­cas; personas de convicciones religiosas y laicas; autores preocupados por la persecución del ateísmo o por las libertades en Oriente, por la pesadilla concreta de la prisión del poeta o por el contexto geopolítico más general del conflicto entre Oriente y Occiden­te, por el momento que vive el Islam o por la interrelación en­tre las diversas tensiones que le atañen, por los ele­mentos más humanos y sentimentales del asunto o por una reflexión gene­ral sobre la necesidad de la libre opinión y de la crítica de las verdades es­tablecidas.

Son principalmente hombres y mujeres de Europa, pero tam­bién un puña­do de otras orillas. Al­gunos han escrito sobre Ashraf y otros han puesto un poema en su boca. Se han da­do convergencias reseñables, como el diálogo intertextual en­tre Isaac Goldemberg y Carlos Martínez Gorriarán en torno a la célebre afirmación de Adorno sobre la poesía después de Auschwitz. Este homenaje es también una inusual es­tafeta por la que pasan cartas dirigidas a Ash­raf, cartas para los propios hijos de los autores, como es el caso de la de Isabel Camblor, y una emo­cionante misiva del propio herma­no del conde­nado, Mounir Fayad, a los autores de este libro. Vamos de la ira indignada de Eduar­do Moga a las llamadas a la hermandad entre pue­blos de Antonio Gamo­neda o Tomás Sánchez Santiago. Todos han aporta­do su texto porque de­seaban estar aquí, sin más aspiración que manifestar su apo­yo a Ashraf y su fa­milia y a los cientos de presos de concien­cia que hoy sufren malos tra­tos y cautiverio en Arabia Saudí y otros países de su entorno. Todo el que se acerque a estas páginas podrá entender que, en la lucha por los dere­chos de todos, no estamos enfrente de nadie, sino abra­zados los unos con los otros. No es éste un libro contra nada ni nadie, sino a favor de la liber­tad.

Ahora llega mi petición, lector. Te voy a pedir, como en su día solicité a los magníficos escritores que vas a leer en las pró­ximas páginas, que compres al menos un ejemplar de
Pala­bras para Ashraf. Con la presentación del li­bro y las noticias que rodean su lanzamiento damos a conocer, hasta don­de podamos llegar, el caso de Ashraf Fayad y el de los cientos de presos de conciencia que sufren cautiverio en aquel país cada año y de los que él es, a su pesar y como otros presos políti­cos conocidos –Raif y Samar Badawi, Walid Abuljair, Alí Mo­hamed al Nimr…–, sólo un representante cualifica­do; e in­tentamos que su drama no pierda actualidad y que las auto­ridades saudíes consideren el indulto. El libro está a la venta permanentemente en Amazon y los beneficios obtenidos se­rán destinados íntegramente a una or­ganización de defensa de los derechos humanos en Arabia Saudí. Conside­ra tam­bién, por tanto, darle toda difusión posible a esta publicación y rega­lar sendos ejem­plares de este libro a tus amistades, porque la causa lo me­rece, pero tam­bién porque en sus pági­nas encontrarán unas cuantas de las mejores fir­mas del pa­norama literario español y algunos testimonios con­movedores.

Saludos cordiales.

Juan Luis Calbarro


Palma de Mallorca, 10 de abril de 2016