martes, 4 de septiembre de 2018

La red de todos - Nagari Magazine

La red de todos - Nagari Magazine



Hoy he dejado la literatura a un lado y he sacado al teórico que también llevo dentro para hablar de redes, comunicación y cultura digital. A fin de cuentas, tengo un doctorado en estudios culturales con mucha tinta dedicada a la cultura digital española; así que no me vendrá mal reflexionar sobre el último libro de Javier López Menacho: SOS. 25 casos para superar una crisis de reputación digital.

¿Por qué?
Porque se trata de un libro ameno a la par que profundiza en la realidad social de las redes digitales y la sociedad que subyace a ellas, además de estar avalado por el sello editorial de la UOC, siempre prestigioso en este tipo de contenidos.

¿Pero quién es ese tal Javier López Menacho para hablar de redes sociales y reputación digital?
Pues, además de ser un reconocido escritor nacido en Jerez de la Frontera en 1982, con varios títulos y premios literarios en su haber, de los que destaca el libro de crónicas Yo, precario (Libros del Lince, 2013), ha colaborado en medios como La Marea, CTXT o Qué leer. Además, codirige el medio digital La Réplica: Periodismo incómodo. También se desempeña como Community Manager.

¿Eso qué significa?
Que, por una parte, es un autor capaz de desarrollar un estilo ágil, claro y ameno, que engarza frases como “Poco deja poso, y el poso que deja es poco” (p. 13); y, por la otra, su experiencia en los medios y como profesional digital le permite analizar los casos que presenta de una forma amplia, que ameniza con unos gráficos personalizados.

¿Y de qué trata el libro?
Pues, a través de 25 casos en que diferentes personas y empresas sufrieron distintas crisis de reputación digital, López Menacho describe lo que sucedió y cómo reaccionaron los implicados. La tesis general, tal como explicita el autor en el prólogo, consiste en “reflexionar sobre el ámbito digital y las repercusiones sociales y económicas que genera intervenir en el mismo.” (p. 18) López Menacho aboga por una sociedad regida por valores solidarios, que rechaza mensamente economicistas. Y la verdad es que se extrae una idea global de lo que ha sido la red en estos últimos años. A partir de ahí, el autor reflexiona sobre la forma en que hubiera debido reaccionar un profesional de la comunicación digital en cada caso, y expone lo que para él resulta la clave de cada uno de estos casos prácticos. Un experto en marketing digital debería leer todos los ejemplos que aparecen. Yo no lo soy, y puedo permitirme elegir los que me parecen más impactantes para este análisis. Por ejemplo, el Celebgate, el caso del robo de imágenes privadas que sufrió Apple y que afectó a actrices famosas como Emma Watson o Becca Tobin.

¿Y qué otros casos figuran?
Pues muchos y variados. Algunos los desconocía por completo, y que visibilizan los valores de la franja más joven de la sociedad y sus hábitos de consumo, como en el caso de Dave Carroll con United Airlines, compañía que le rompió la guitarra e ignoró sus reclamaciones, uno de los que más me han gustado, lo que muestra mi desconocimiento de algunos fenómenos que han tenido lugar recientemente en la esfera digital. Otros han sido muy conocidos a nivel global, como el ciberacoso que sufrió Justine Sacco por una broma de mal gusto sobre el SIDA, África y el color de piel, que muestra las barreras invisibles que existen entre el mundo privado y el de las redes sociales. O el enfrentamiento que llevó a una discusión más global entre la marca de alimentos para niños Hero y la periodista Samanta Villar, a raíz de un tuit de esta última sobre su experiencia como madre. O el favorito de López Menacho, el de la marca de calzado Pompeii para afrontar un problema en la distribución de sus ventas, que en el análisis destila los valores del autor. En este sentido, el libro es un dechado de documentación, con numerosas referencias a enlaces que permiten entender el contexto de la situación y complementan las explicaciones de López Menacho.

¿Crees que debería leérmelo?
Pues desde una columna como esta, donde la percepción del mundo de la cultura se realiza en red, y que lleva por título enlaces, para enfatizar que la cultura actual se basa en los enlaces que la conectan con otros ámbitos, me parece imprescindible.
En este libro no encuentras únicamente controversia cibernética. También te topas con un sólido análisis del discurso en medios, no solo digitales, no solo en redes sociales, también en cabeceras periodísticas como El País. o magazines culturales como Jot Down y la polvareda que levantó un tuit de esta publicación sobre el asesinato del embajador ruso en Turquía. A ello cabe añadir las polémicas generadas por cadenas de TV como Cuatro o Telecinco.

¿Pero es tan magnífico como dices?
Bueno, cualquier lector encontrará puntos en los que no coincidirá, como suele pasar en estos casos. Yo creo que todos los ejemplos que trata resultan pertinentes y muestran el abanico de conflictos con los que alguien se puede encontrar en internet. Pero, por otro lado, me gustaría que tratara fenómenos como Cambridge Analytics o la emergencia de usuarios que hacen del odio su marca digital y, en vez de una crisis de reputación, lo que obtienen es un notable éxito de audiencia y público, como Donald Trump. Los cambios del futuro son muy volátiles. En una columna reciente, el catedrático de economía Antón Costas escribía sobre el hecho de que en este período histórico estamos asistiendo al fin de la aristocracia del dinero, una aristocracia que se posicionó tras el final de la Segunda Guerra Mundial y se acabó consolidando con el final de la Guerra Fría, con instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, cuando se impuso a los regímenes comunistas europeos. Internet es el lugar donde se están jugando la reputación para convertirse en la nueva aristocracia los distintos candidatos al poder futuro, como muy bien demuestran la figura y la obra de Steve Bannon, ex asesor de Trump, y el papel de las marcas ahí resulta fundamental. Por eso son tan necesarios los análisis de López Menacho para el futuro, más allá de la lectura de los profesionales del marketing. Espero que el autor siga investigando en adelante casos que relacionen estas controversias.

Pues gracias.
Las gracias, en todo caso, al autor, Espero que esta reseña sea la mitad de entretenida que la lectura del libro lo ha sido para mí.

sábado, 1 de septiembre de 2018

El quinteto de Bernhard - Suburbano

El quinteto de Bernhard - Suburbano



Si nos ponemos a escribir sobre narrativas autobiográficas, por narices hemos de hablar de Thomas Bernhard (1931-1988) y su magnífico quinteto de narraciones del yo: El origen (1975), El sótano (1976), El aliento (1978), El frío (1981) y Un niño (1982) —algunos lectores y críticos incluyen dentro de este conjunto autobiográfico El sobrino de Wittgenstein, pero la publicación editorial reciente parece haberse ceñido a estas 5 obras—, magníficamente vertidas al castellano por Miguel Sáenz, traductor de los más insignes escritores alemanes contemporáneos. Si la magna narrativa autobiográfica de Karl Ove Knausgård (1968), aquí reseñada, está bien, sobre todo por su ambición, pero deja que desear en aspectos estilísticos, la obra de Bernhard es simplemente brutal. No en vano, existe una jerarquía. El primero cita al segundo varias veces en la novela que inicia Mi lucha: La muerte del padre.

Bernhard, nacido accidentalmente en los Países Bajos (Heerlen) como hijo ilegítimo de un campesino austríaco al que nunca conoció y la hija de un escritor socialista austríaco, vierte en sus textos autobiográficos toda su dura infancia, en algunos momentos extrema, hasta la mayoría de edad. El autor se inició como poeta, para pasar con posterioridad a la novela y el teatro. Cuando inicia su trabajo autobiográfico, en 1975, está en la plenitud de su carrera, y eso se observa a las claras en la alta calidad de su quinteto del yo.

En el primero de los libros: El origen, habla de su paso por Salzburgo para estudiar la secundaria y recibir lecciones de canto por consejo de su abuelo, el también escritor Johannes Freumbichler. Allí se refleja la desesperación de Bernhard en el internado Johanneum al no apreciar diferencias entre la educación nacionalsocialista anterior al final de la guerra, y la posterior educación católica (Relatos autobiográficos, p. 83). Su resentimiento hacia la ciudad de Salzburgo es notable, llegando a incidir en su carácter destructivo para la creación, hasta el punto de afirmar: “la ciudad ya no es para él una hermosa naturaleza y una arquitectura ejemplar sino nada más que una impenetrable maleza humana, hecha de abyección y vileza y, cuando camina por sus calles, no camina ya rodeado de música, sino que se siente nada más que repelido por el lodazal moral de sus habitantes” (p. 18). En Pútrida patria, W. G. Sebald (1944-2001) habla del papel de la destrucción en el proyecto de Bernhard, como una consecuencia lógica del desmoronamiento del proyecto ilustrado. Y es cierto que, a través de descripciones como la citada, el escritor austríaco se aplica a llevar las incongruencias de la modernidad hasta su último extremo.

En El sótano, Bernhard narra su abandono de los estudios para empezar a trabajar con un comerciante en el peor barrio de Salzburgo, el poblado de Scherzhausefeld, un lugar que los habitantes de la ciudad consideran como una leprosería (p. 143). Ese descenso al sótano del comercio que se menciona ya en el título se convierte en la salvación de Bernhard según las palabras del autor. Su relación con su abuelo que, desde el primer volumen autobiográfico, se presenta como el gran aliado de Bernhard, por encima de la madre, se resiente por un momento en su nueva vida de comerciante. Pero la solidez de las convicciones del autor, el rédito que saca de su experiencia con los más desfavorecidos, estrato al que a partir de entonces asumirá pertenecer, y su retorno a las clases de música, en este caso, de canto, lo reconcilian con el abuelo y con la vida. Este es el texto en donde más se plantea la tensión entre lo inventado y lo recordado, imprimiendo tintes de autoficción en su autobiografía (p. 140).

La emergencia vital queda truncada en El aliento. Allí se narra el ingreso en el hospital de Bernhard por unos problemas respiratorios que lo acompañarán hasta su muerte. Coincide con la recaída del abuelo, que también tiene que ser ingresado en Grossgmain, el mismo centro hospitalario en el que se encuentra Bernhard, aunque en otro pabellón del hospital, y con la reconciliación con la madre, que viene a visitarlo esporádicamente al hospital. El escrito narra los problemas de Bernhard con los médicos y su rebeldía innata. La parte más sobrecogedora del libro es su testimonio de la muerte, al ser ingresado en la habitación del hospital para enfermos terminales, dada la supuesta gravedad con la que accede al centro médico. Por los ojos del narrador autobiográfico van apareciendo figuras que abandonan esta vida de una forma que compunge el corazón del muchacho que comparte lecho al lado. Para colmo de dramatismo, el libro finaliza con la muerte inesperada del abuelo.

Bernhard prepara a la persona lectora para lo que tiene que venir. El frío es el culmen del dramatismo. El texto se inicia con las consecuencias de la muerte del abuelo y, en seguida, sin apenas dar tiempo al lector, anuncia la desgracia: el cáncer que ha contraído la madre. Este es el libro de reconciliación entre la madre y el hijo, también es la parte del total que trata de indagar en el padre, sin apenas éxito. En paralelo, los problemas pulmonares del autor se recrudecen. Es ingresado en Grafenhof, una institución exclusivamente para enfermos de pulmón y para tuberculosos. Allí tiene que someterse a un férreo tratamiento. Piensa que morirá, pero se recupera por el poder de la fuerza de voluntad y por el recuerdo del abuelo. No podrá asistir a la muerte de su madre, que agoniza en otra institución médica. Pero será capaz de reunirse con ella antes de que esta fallezca para mostrarle sus primeros poemas. Ha decidido seguir la obra de su abuelo una vez este ha fallecido, aunque, como afirma: “Mi abuelo había dicho siempre la verdad y se había equivocado totalmente” (p. 340), lo que abre la puerta al absurdo en su obra. Es el inicio de una vocación que Bernhard honrará, haciéndola llegar hasta cumbres muy elevadas. Ese hecho atenúa la tragedia.

Un niño, la última de las 5 entregas, es una síntesis. Se trata de mi favorito entre los 5, si es que se puede crear una comparación en un trabajo tan excelso. Se inicia a partir de un recuerdo, el del niño que, con 7 años, arrebata la bicicleta a su tutor, aprende a mantener el equilibrio sobre ella y se lanza hacia Salzburgo sin éxito. Ese fracaso, cuyas consecuencias teme el niño, le sirve al autor para rememorar su infancia junto a sus abuelos a través de Viena, la Alta Austria y Baviera, y su difícil relación con su madre por el notable parecido con su padre (p. 412). Los recuerdos del niño que se transmiten a través de la palabra son muy vistosos. Las narraciones sobre los orígenes familiares de los abuelos resultan amenas (p. 417). También hay momentos dramáticos, como los problemas escolares o la incorporación a un centro para niños difíciles en el oeste de Alemania. Pero, en general, este es un texto iluminador, que incluye el retorno a los estudios musicales, finaliza la serie y alumbra ya el nacimiento de un escritor.

Esta breve sinopsis de las temáticas de los 5 volúmenes no permite incluir lo más impactante de la lectura de la obra autobiográfica de Bernhard. No es otra cosa que el estilo, la escritura, la capacidad del autor de recrear en la persona lectora una vida a partir de la continua repetición de unas palabras que se convierten en motivos musicales, que se repiten en el oído del lector a partir de frases largas y un único párrafo que una vez tras otra se enfrenta con el detalle del recuerdo para volver a las mismas escenas, los mismos traumas, los mismos recuerdos. Esa técnica es fundamental para afrontar la distancia entre lo que se piensa y lo que se vivió, que Bernhard se plantea una y otra vez (p. 17). Lástima que esa musicalidad de las palabras siempre se pierde en parte en una traducción, pese al excelente trabajo de Sáenz. En todo caso, no es excusa para dejar de sumergirse en esta espléndida lectura, el quinteto autobiográfico de Bernhard.

martes, 7 de agosto de 2018

Mandíbula materna - Nagari Magazine





De las 10 citas que inician el libro, tres son las de Edgar A. Poe, H. P. Lovecraft y Mary Shelley. Otras 3 son de Lacan, George Bataille y Julia Kristeva. Así que ya saben de qué va esto, de terror, pero articulado por una persona que domina la teoría literaria. Y así es, Mandíbula, la tercera novela de Mónica Ojeda, va de terror, del terror a hacerse mayores de un grupo temible de adolescentes, alumnas de un elitista colegio femenino, pero articulado de una forma sólidamente literaria, y con ecos sociológicos de El señor de las moscas.

El escrito arranca con un alto grado de intriga, y con el hecho contrastado de que Miss Clara, la profesora de lengua y literatura, recién aterrizada en el colegio, acaba de raptar a una de las chicas, a Fernanda, para darle un escarmiento. El lector se cuestiona por las razones de esta situación anómala, mientras descubre los juegos sádicos de este grupito de adolescentes, lideradas por Annelise. Esas razones están bien trenzadas en las relaciones entre las muchachas y la profesora pero, por motivos obvios, no las revelaré.

La persona lectora se encontrará mucho trauma adolescente, y mucho miedo en ese paso de pubertad. Pero no solo entre Annelise, Fernanda, Ximena, Analía y las gemelas Fiorella y Natalia, las integrantes de ese grupo de púberes fascinadas por las historias de terror y el Dios Blanco, también en la historia de Clara, la profesora, recién aterrizada en el colegio, y que esconde un episodio de vandalismo perpetrado contra ella por unas antiguas alumnas, y una relación muy tóxica con su madre, ya fallecida.

Pero a mí, la novela de Ojeda me ha parecido algo más que eso. A este lector la ha dado la impresión de que se enfrentaba a un texto moral, un escrito que criticaba la sociedad ecuatoriana, con sus desigualdades sociales, a partir del comportamiento de un grupo de adolescentes caprichosas y unos docentes trastornados. A mí, el texto me ha recordado a la operación que Mario Vargas Llosa perpetró con la sociedad peruana a partir de novelas como La ciudad y los perros o Los cachorros. Si la sexualidad ocultaba ese mundo moralmente corrompido en el nobel peruano, en Ojeda, son el sadismo, el terror y las odiosas relaciones con los adultos, las que articulan la crítica. De ahí citas como la que sigue:

“En su casa todas se sentaban muy bien e iban a la iglesia y comían con cuatro cubiertos y dos tipos diferentes de copas y usaban servilletas de tela y jamás decían malas palabras y sonreían con recato y se mantenían secas y limpias y rezaban antes de dormir y antes de comer y, en silencio, pensaban en historias de terror que de verdad asustaran porque asustarse era emocionante hasta cierto punto, pero nunca hasta el punto de Annelise, que quería mirarse de frente con el cocodrilo del manglar aunque Fiorella le hubiese dicho que tenía la lengua como el cadáver de un cóndor en los roquedales.” (p. 90)

El personaje de Annelise es el más inquietante. Se trata de un personaje maquiavélico, capaz de mover los hilos de la trama desde la crueldad y el morbo a partir de las debilidades de los otros (otras en este caso). El perfil siniestro siempre encierra un gran magnetismo para los lectores. A fe que Ojeda lo consigue activar con Annelise, mientras construye una notable empatía en torno a Fernanda.

En definitiva, quien se atreva a adentrarse por los siniestros pasadizos que propone Mandíbula, se encontrará con un excelente ejercicio literario de una autora que conoce el oficio, desarrollado con un notable uso del lenguaje, y una capacidad asombrosa para componer la trama desde distintos planos con estrategias narrativas distintas para cada uno de ellos, que alterna en cada capítulo: una focalización rayana al flujo de conciencia, el uso de voces y sonidos externos en el desarrollo mismo de la narración que me han recordado a alguno de los recursos que utiliza George Saunders en 10 de diciembre, la conversación sin acotaciones, el diálogo donde solo conocemos la voz de uno de los interlocutores, el ensayo literario. Y, por encima de todo, la metáfora de la mandíbula que da título al libro, la imagen de la madre, protectora y destructora a la vez, que toda mujer parece llevar dentro.

lunes, 30 de julio de 2018

Grande Vilas. Grande Ordesa - Suburbano

Grande Vilas. Grande Ordesa - Suburbano



La secuencia lógica de mi serie, que rompí en la pasada entrega, pretendía comparar la literatura del yo escandinava, a la que dediqué mis dos primeras entradas, con el mismo fenómeno en España, a partir del enorme éxito que ha acarreado la publicación de Ordesa, de Manuel Vilas (Barbastro, 1962). Philip Roth, el azar de su muerte, se cruzó por medio, como la muerte de los padres de Vilas se cruza por la trayectoria literaria del autor aragonés para que acabe escribiendo esta novela.

El libro de Vilas es un huracán, un terremoto en una literatura tan pudorosa y católica como la española, donde los que practican la autoficción siempre esconden su intimidad. Lo deja claro el mismo autor en este artículo. Lo explicita en Ordesa: “No me importa exhibir la vida de mi padre. Aunque en España nadie quiere exhibir nada. Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó.” (p. 127) Eso es mucho decir en un libro que parece no tener estructura más allá de los recuerdos del autor=narrador (en este caso), con los que la persona lectora tropieza de forma caótica.

Desde la cita inicial y la primera frase: “Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas” (p. 9), este lector se ha encontrado un escrito arrebatador. No soy el único que lo ha dicho a estas alturas, así que solo puedo sumarme a las múltiples voces que han quedado subyugadas por el verbo de Vilas.

Es largo el camino que ha recorrido el autor desde aquella discusión con el también escritor Diego Doncel (Malpartida de Cáceres, 1964). En Lausana. Allá por 2012, en un congreso en homenaje a Juan Goytisolo donde el malogrado escritor expatriado no apareció por motivos de salud. En aquella ocasión, Vilas afirmaba que el mercado siempre acaba acogiendo al buen escritor, y lo ejemplificaba en la figura de Roberto Bolaño. Ahora su perspectiva ha cambiado. No hay más que ver las duras críticas que vomita sobre el capitalismo (pp. 14-18). La crisis económica le ha pasado factura. Pero también la vida, a partir de las experiencias que él mismo relata, algunas arrebatadoras, como la borrachera que coge cuando le conceden el crédito con el que comprará su piso; o el encuentro con el campeón español de boxeo ya fallecido: Perico Fernández. Sus borracheras, su alcoholismo, se detallan en la narración, a veces con imágenes muy hermosas: “Quien ha bebido sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo” (p. 91) Pero siempre acompañadas del dolor del que se sabe enfermo.

Vilas construye desde la poesía, de ahí esa supuesta desestructuración, que ilustra muy bien a partir del personaje real de la madre, una persona caótica y desordenada, como el propio narrador, en su caso, a la hora de exponer los hechos. En realidad, Vilas siempre mantiene el mismo proyecto desde sus primeros libros en prosa, como España (2008). Fue una forma de escribir que se inició con él y con la obra narrativa de Fernández Mallo (A Coruña 1967), tal como postuló en su momento Eloy Fernández Porta. Se basaba en utilizar la poesía como una guía para la narrativa, a partir de una estructuración poética de las novelas. Que la prosa de Vilas bebe de su poesía está más que claro. Eso se observa a la perfección en el epílogo de este libro que hoy reseño, donde los lectores encuentran numerosos poemas escritos con anterioridad a Ordesa, pero de los que mama Ordesa. Por eso cuesta encontrar la estructura interna del relato. Pero existe. Es poética.

Lo que sucede en Ordesa es que el yo de Vilas ha llegado al centro de ese proyecto para relatar la historia de sus padres desde la memoria. A partir de ese entramado reconstruye la vida de la clase media española durante el franquismo. Pero es una historia poética, o donde la poesía se convierte en la protagonista y los padres en símbolos líricos, como simbólicos son los nombres que da a las personas que aparecen en el texto, todos grandes de la historia de la música clásica. Vilas funda el mundo a partir de esos nombres y de las palabras de su padre, como si fuera un Dios (p. 97). Interpela a los que ya no están presentes, pese a que: “El hecho de que jamás pueda volver a hablar con ellos me parece el acontecimiento más espectacular del universo, un hecho incomprensible” (p. 121). Y construye la vida de las personas de forma simbólica a partir de los objetos de consumo: el aceite de oliva de la madre, el coche del padre. Son siempre objetos baratos y, sin embargo, sobrenaturales (p. 175). A fin de cuentas: “El pasado son muebles, pasillos, casas, pisos cocinas, camas, alfombras, camisas. Camisas que se pusieron los muertos.” (p. 218) Resulta un recorrido lógico. Pero es, además el camino a través del que Vilas acaba dando una vuelta al calcetín que llevaba en Lausana, en su discusión con Doncel. Ahora es el buen escritor quien acaba domando al mercado con esos recuerdos, aderezados con hermosas imágenes, un mercado gris y deprimente como era el de la clase media-baja durante el franquismo.

Y todo este recorrido sirve para comprender que el verdadero Vilas, si es que eso existe, dada la complejidad de las personalidades humanas, es alguien que tiene miedo: “en lo más hondo de mi psicología reina el miedo.” (p. 40) Ese miedo se huele página a página, imagen a imagen, en Ordesa: “No puedes renunciar a la catástrofe, es el gran orden de la literatura, el viento de la maldad y el viento de todas las cosas que han sido.” (p. 197)

En conclusión, por la fuerza de las palabras del texto, y la inteligencia en el uso del lenguaje, de la sintaxis, que rompe cuando le da la gana con una potencia abrumadora, de las metáforas, de las imágenes, Ordesa es el libro del año. La grandeza de Vilas, que se reinventa a cada paso, sigue creciendo. Eres grande, Vilas, muy grande.

martes, 3 de julio de 2018

Un paseo por un puñado de buenos relatos - Nagari Magazine

Un paseo por un puñado de buenos relatos - Nagari Magazine



Una vez más, inicio esta columna con una lectura muy sugerente. Me duele mucho haberla atrasado tanto. Me duele tener la mesa de mi despacho dominada por una altísima hilera de libros que me gustaría leer ya. El (poco) tiempo me impide hacerlo. Por eso me duele escribir sobre un libro que salió hace un año, obra de un autor al que sigo hace tiempo, del que ya hablé aquí. Pero es mucha la cantidad de obras que se publican. Y no ha sido hasta este mes cuando he podido leer Un paseo por la desgracia ajena, una colección de 17 cuentos, último trabajo publicado de Javier Moreno (Murcia, 1972).

Para empezar, escribiré sobre el título. Pocas veces una frase acierta tanto con el contenido de un libro como la que se utiliza para encabezar el texto de Moreno. Se trata de un acierto más destacable, si cabe, si tenemos en cuenta que se trata de una colección de piezas sueltas. Pero no hay lugar a dudas, “un paseo por la desgracia ajena” es el tema del libro.

El autor, matemático y profesor de matemáticas, no rehúye los asuntos matemáticos y filosóficos que pueblan sus anteriores obras. Sin ir más lejos, en la primera pieza: “Boca abajo”, el protagonista se interroga por la ley de probabilidades y cómo describe nuestra existencia (p. 10). Y en “El discurso del método” un narrador muy peculiar nos lleva a la reflexión filosófica. También utiliza esa ciencia ficción en tiempo real de la que hizo uso en su anterior novela y que llevó a algunos críticos a compararlo con Michel Houellebecq (en “Phoenix”, “Selfie-vamps” y “ELLO”). Pero lo que prima en este texto es la miseria de la existencia humana y cómo el autor la enfrenta a partir de estrategias narrativas. Moreno sigue indagando en el dolor cotidiano de las personas, como ya hacía en Acontecimiento, a través de su propia experiencia y de la imaginación.

Cabe decir que La escritura de Moreno me sigue impresionando tanto como la primera vez que le leí. Me refiero a ese estilo limpio, conciso que no encierra ni una frase mal escrita. En este libro, dada su naturaleza, ese estilo se combina con distintas estrategias narrativas. De esta forma, la persona lectora se encuentra con el asombroso caso de una figura del doble que no protagonizan los personajes, sino las camisas que se pone (“Dos camisas iguales”). O descubre un original juego de narradores en “El arquitecto y la modelo” para plasmar la incomunicación que existe entre el ideal y el deseo.

He dejado para el final los tres cuentos que más me han gustado. Uno es “La criada” trasunto de “Casa tomada”, de Cortázar, en el que un acomodado padre de familia se deja vencer por la alegría de su asistenta, que se bate en retirada tras la cortante respuesta de ella a una invitación: “Usted ya me paga” (p. 35). El uso del absurdo en este relato es sublime. Otro relato excelente es “Dos parejas”, por la cuidada estructura de dos hombres creadores y dos mujeres analistas que ponen sobre la mesa el discurso feminista con un desenlace final sorprendente. Y me quiero despedir con “Gota de ámbar”, el segundo cuento de la colección. El terrible final, que no revelaré, como es lógico, se me antoja la síntesis del buen hacer de Moreno. El relato se cierra con la frase justa después de que a la persona lectora se le ha presentado a través de la lectura el peor de los dramas, que Moreno hila mediante un narrador, unos diálogos medidos y unas escenas que hacer presentir lo que está por venir. Se trata de un cuento redondo, de los que dan envidia, que muestran el talento, la originalidad, la imaginación y la capacidad de introspección de su autor. Espero que Moreno siga obsequiándonos con muchos más textos de este nivel en el futuro. Espero poder leerlos en cuanto salgan. ¡Ojalá!