sábado, 6 de abril de 2019

La vida en tercera persona - Suburbano

La vida en tercera persona - Suburbano



La literatura es siempre una pulsión. Pero dentro de todas las corrientes que pretenden gobernar esa pulsión, no queda nada claro por qué una persona empieza a escribir sobre su vida, se utiliza a sí misma como objeto narrativo. Ese viaje maravilloso en submarino hasta las entrañas de la identidad, de difícil explicación, es el que están sustentando toda esta serie de narrativas del yo.

John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940), premio Nobel de literatura, en 2003, con una decena de ensayos y más de 10 novelas a sus espaldas, algunas con el reconocimiento unánime de crítica y público, como Desgracia (1999), no lo necesitaba. Y, sin embargo, se puso a escribir sobre su existencia. Lo hizo en 3 volúmenes: Infancia (1997), Juventud (2002) y Verano (2009). Lo hizo, también, alejándose del yo narrativo. Los dos primeros libros están escritos en tercera persona. El último riza el rizo: un biógrafo académico del autor se entrevistas con las personas que, al parecer, marcaron su vida. Toma notas y a partir de ahí transcribe sus testimonios. Agárrense, en toda la tercera narración: ¡el autor está muerto! Literal, no en el sentido de Roland Barthes.

De todos los escritores contemporáneos, Coetzee es quizá el que con más crudeza disecciona los sentimientos, los anhelos y las contradicciones humanas, además de hacer uso de un fino análisis intelectual de la realidad. Basta con leer Hombre lento (2005). En la narración novelada de sus memorias tampoco hace concesiones, esta vez consigo mismo. De ahí la razón de sus recursos. Con la tercera persona logra llegar a unos niveles de autocrítica a los que pocos escritores serían capaces de llegar. Y con los múltiples narradores de su última entrega, se distancia por completo de sí mismo. Es más fiero que Per Olov Enquist, también tratado en esta serie, que utiliza el mismo recurso narrativo, y mucho más incisivo.

En el primer volumen, el tratamiento del niño que ignora a su padre y ama a su madre, pero no puede demostrárselo por esa sociedad machista en la que vive es conmovedor por lo de terrible que se oculta tras las palabras de ese narrador distante. De la misma forma, la dictadura infantil que imponen los afrikaners en el colegio se muestra como una suerte de dominación cultural racista y cruel. El autor pertenece a ese grupo étnico por parte de padre, aunque este ha luchado en la gran guerra al lado de los ingleses. Pero a la hora de definir su religión se equivoca y se menciona católico. Es entonces cuando sufre en carnes la persecución que los protestantes de origen neerlandés ejercen sobre judíos y católicos. También se lee la mirada curiosa, inquisitiva, afectuosa hasta cierto punto del niño Coetzee por la gran comunidad sudafricana: los africanos de origen, los negros (pp. 93 y 101), tan maltratados en aquellas tierras. A grandes rasgos, esas son las tramas del primer volumen, junto con el descubrimiento de la lectura (de Enid Blyton a los clásicos) y la tensión entre la vida en el campo y en la ciudad, a la que regresan los Coetzee para que el padre intente una carrera de abogado en solitario y fracase estrepitosamente. Con ese fracaso se cierra la primera narración.

La segunda: Juventud, se inicia de nuevo en Sudáfrica. Pero enseguida cambia el foco de la acción a Londres. Las ansias por convertirse en un bohemio (pp. 10-11), un poeta, son el motor que lleva al joven Coetzee a dejar su país y embarcarse en la aventura europea. No es para nada lo que él esperaba. Se convierte en un eficiente y aburrido programador informático que trabaja primero para IBM y después para la más flexible empresa que colabora con el Ministerio de Defensa británico, mientras realiza un doctorado para la Universidad de Ciudad del Cabo sobre Ford Madox Ford y es incapaz de poner en limpio su vida sentimental (pp. 66-70). Aquí reaparecen sus filias por los rusos y sus fobias por los ingleses en plena crisis de los misiles de Cuba (p. 84), además del cricket, omnipresente en la primera parte de su vida. Aunque esta es la historia de formación del joven Coetzee como escritor en un mundo cambiante y revolucionario, como es el de la década de 1960, y aunque la tensión entre el matemático que deja de serlo y el poeta que se transforma en narrador es tema de máximo interés para mí por mi mochila personal, este es el volumen que menos me ha interesado; tal vez porque se fundamenta en un estilo triste y notarial que no es el que suelo esperar de este viejo escrito sudafricano, ahora australiano, y que tanto admiro, no solo por su escritura y su altura intelectual, también por su honestidad, que tal vez esté detrás de sus decisiones artísticas aquí también.

Y llegamos así al castillo de fuegos de artificio que supone la última de las tres entregas: Verano. El relato de la amante judía casada con un importante hombre de negocios del que se libera con Coetzee como sujeto interpuesto, de la tía cariñosa que trata a ese miembro especial de la familia, de la madre brasileña de una joven alumna del profesor Coetzee, de dos antiguo colegas del autor, un hombre y una mujer, que lo conocieron en circunstancias diferentes, junto con una amalgama de notas y fragmentos confusos que inician y cierran el relato. Voces de otros para componerse a uno mismo, en sintonía con la construcción de personajes que realiza Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. Todo compuesto por un biógrafo con veleidades artísticas que hace ejercicios de composición. Pero que, con todo, acaba armando un retrato vital del Coetzee adulto muy veraz.

El Transbordador: Una propuesta fantástica - Nagari Magazine

El Transbordador: Una propuesta fantástica - Nagari Magazine


No será hasta que desaparezcan, como vaticinaba Ray Bradbury en Fahrenheit 451, que los echaremos de menos. Me refiero a los libros, y a las propuestas que nos sugieren, que parecen estar cada día más olvidados si no llevan la firma de personajes mediáticos en esta sociedad que estamos viviendo. Es por eso que quiero dedicar la columna de este mes: abril, el mes del libro por antonomasia, cuando se conmemoran los fallecimiento de Miguel de Cervantes (1547-1616) y William Shakespeare (1564-1616), no a un ejemplar ni a un autor, sino a una propuesta. No es otra que la de Ediciones El Transbordador, una pequeña editorial radicada en Málaga que apuesta decididamente por géneros que en la literatura española peninsular suelen estar maltratados. Hablo de la ciencia ficción, del terror y de la fantasía.

A todos los tratan en El Transbordador con cariño, con valentía, y con una cuota mayoritaria de autores nacionales. Iniciaron su andadura con la obra de Miguel Córdoba (Remscheid, Alemania, 1975): Ciudad de heridas, en octubre de 2015, y desde entonces no han hecho más que expandir sus límites. Han apostado por unas obras de género particulares y propias, como Kitschfilm, de Carlos Piegari, o Pánikas, de Pilar Pedraza, que es lo que hace falta en la creación de género por estas lares, para dejarla crecer con independencia de lo que dictan el mercado o los grandes centros globales de producción, para que se convierta en producción imaginativa autóctona, que no es baladí.

En el género se plasma la imaginación de una sociedad. Forma parte de la esencia de su espíritu. Es, hasta cierto punto, una apuesta política. Si esta es copia de otra, difícilmente llegará al público lector, que no verá reflejados sus ansiedades y sus miedos, su materia interior compartida, en los textos. Este hecho, del que fue un maestro Edgar Poe, capaz de iniciar géneros que han llegado llenos de vitalidad hasta nuestros días en una sociedad como la estadounidense que apenas empezaba a balbucear sus primeras propuestas en el ámbito cultural mundial, muchas veces se obvia. Pues bien, no lo obvian en El Transbordador, donde llegan a publicar una biografía de Poe (Edgar Allan Poe: El delirante de Baltimore, obra de Roberto García-Álvarez), en la misma colección donde encontrarán el libro de teoría-ficción Homo Tenuis, de mi muy admirado Francisco Jota-Pérez (Barcelona, 1979).

Este mes de abril que justo ahora empieza, y al que he dedicado la columna por su estrecha relación con los libros, los editores de El Transbordador apuestan fuerte por 3 autores catalanes que estarán firmando en Sant Jordi. El primero de ellos es Ferran Valera, que alcanzó un meritorio éxito con su novela corta: La danza del gohut, una novela corta de género fantástico, y ahora publica El arcano y el jilguero. De los tres, este joven abogado que pergeña historias en universos fantásticos, es la apuesta más fuerte del sello. A su aplaudida novela corta, ahora le sigue un relato más largo, una novela grimdark que hará las delicias de los amantes del género. Los otros dos autores, sin embargo, no desmerecen. Son Daniel Pérez Navarro, con Ritos salvajes, y Àlex Marín Canals, con La sombra y la pared.

Buena lectura.

sábado, 2 de marzo de 2019

Las clavículas de las niñas prodigio - Suburbano

Las clavículas de las niñas prodigio - Suburbano



En la última entrada hablaba de la literatura del yo desde una perspectiva femenina. Lo hacía a partir de la autora que más espacio ha ocupado en el ámbito internacional reciente. Pero no puedo obviar la transformación que la sociedad española ha experimentado en los últimos tiempos con la mujer en el centro, también en el ámbito de la literatura, mucho más en la del yo.

Es larga la tradición literaria feminista hispana, en especial en su rama latinoamericana. Pero he querido centrarme en la literatura española peninsular por el impulso social que ha tomado allí el discurso feminista, hasta el punto de convocar manifestaciones multitudinarias el pasado 8 de marzo, y generar movimientos de ultraderecha dispuestos a enfrentar sus tesis, como Vox.

Para mi texto de hoy he elegido dos novelas recientes, muestras del signo de los tiempos. La primera es una joven promesa, Sabina Urraca (San Sebastián, 1984), contrastada periodista que debutó literariamente con Las niñas prodigio (Fulgencio Pimentel, 2017), una autoficción en la que sintetiza su existencia. La segunda es una solvente escritora que se ha convertido en una de las voces de referencia en la literatura española: Marta Sanz (Madrid, 1967). Sanz suele trabajar la crítica social desde la hibridación de géneros. Ha practicado la novela negra y el relato de época. Pero en Clavícula (Anagrama, 2017) se enfrenta de manera explícita con su autobiografía, con su enfermedad y con su condición de mujer.

La primera de las dos novelas es un arrebato de visceralidad. Urraca nos introduce en una infancia a la par traumática y fascinada por los traumas. Por la violencia mental de los niños (“Cuchillitos” [p. 71]). Por la emergencia de una sexualidad siniestra. Por la relación con Chori, ese chico gallego con el que se cartea. Y, sobre todo, por su amor a Henri, un amigo vasco-francés de los padres que vive con ellos en la isla (Tenerife), en una narración donde los límites entre la sexualidad y el tabú quedan borrosos. Lo hace desde el cortijo semiabandonado en el que se ha recluido para escribir la narradora. Las letras que surgen de esas muñecas, plasmadas sobre un teclado que se alimenta como puede de la electricidad que llega, están impregnadas por esa infancia y por un sentimiento ambivalente: el deseo y el rechazo a la maternidad, que se plasma desde el inicio, cuando la narradora asiste a un parto (p. 9). Ese recorrido femenino ,desde la infancia hasta la edad adulta, pasando por los episodios en la pubertad, la narradora lo traza con el tono del terror, con el amenazante aliento de la sangre menstrual de las vírgenes, con la mirada del sadismo, con una combinación entre el testimonio y la extrañeza, y con un estilo brillante. Se trata de un ejercicio de empoderamiento de la autora después de que la narradora nos haya mostrado a personajes como Sara (p. 114), siempre a manos de las decisiones de los hombres. Solo al final se me hace un poco largo un libro que he leído con intensidad. Y después de reflexionar sobre su ambición, que no es poca, pues pretende sintetizar ese manojo de nervios, sentimientos, deseos y frustraciones que es una persona, me pregunto cuál será la próxima obra de la autora tras haber dejado el listón tan alto.

Clavícula es un escrito muy diferente. La narradora levanta acta de una parte muy especial de la intimidad: las dolencias, la enfermedad. Lo hace de una forma tan desgarrada que me recuerda a Stendhal. La suya es una declaración “en carne viva” (p. 50), que por momentos le hace sentirse culpable, como sucede cuando una narración habla sin pudor de personas vivas, en la que intercala otros textos, en su mayoría extraídos de experiencias viajeras. La narradora se siente la única culpable, una privilegiada que es infeliz. Suerte de su esposo, que es el bastón en el que se apoya la enferma para seguir caminando hasta el cierre del libro, cuando en la mención a los padres emerge, sutil, la figura del marido (p. 201); porque los médicos que se representan en el texto no parecen ser un alivio. También hay espacio para la identificación con los obreros que es una constante en su obra  (p. 22). Pero, especialmente, la hay con todas aquellas mujeres que sufren, con todas aquellas mujeres que enferman, con todas las mujeres que se enfrentan con la humillación de sus médicos, no importa el sexo de estos. Se encara, en definitiva, al patriarcado desde la enfermedad (p. 98). De ahí la mención a Elvira Navarro y su novela: La trabajadora (p. 35). La voz narradora ataca el escrito desde la experimentación, poniendo hincapié en que no va a hacer uso de las estructuras del suspense (pp. 164-165); solo que no entiendo que entonces requiera mentar al lugar manido que es la autoficción al inicio del libro (“Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado [p. 11]). En cierta forma, estas letras son un reencuentro: el reencuentro con la persona que conocí para una entrevista que salió publicada en Quimera. Acababa de publicar Daniela Astor y la caja negra (Anagrama, 2013). Yo llegué como todo entrevistador que se precie, con algunas preguntas punzantes camufladas en una serie de interrogaciones reflexivas. Ella desmontó mi leve campo de minas con una inteligencia y una sutileza apabullantes. Fue entonces cuando mis sentidos se abrieron a la persona que tenía delante. Me había documentado para ese encuentro no solo con escritos, también había consultado las imágenes de la autora. La persona que hablaba delante mío con esa increíble perspicacia aparecía muy desmejorada. Se trataba de una autora que se consumía por su literatura, por hacer de su literatura un ejercicio de excelencia. Pues bien, Clavícula es el documento que certifica ese sufrir. En definitiva, y a modo de conclusión, el feminismo está ofreciendo en España buenas semillas para las persona lectoras. He aquí dos buenos ejemplos.

sábado, 2 de febrero de 2019

Periferia redentora - Nagari Magazine

Periferia redentora - Nagari Magazine


El territorio desde el que se decide narrar es uno de los elementos básicos de la propuesta de cada escritor. En la literatura argentina esa es una elección fundamental. Si Jorge Luis Borges escribe desde esa Pampa imaginaria o desde ese Buenos Aires lunfardo también imaginario, Julio Cortázar lo hace desde su Paris, Ricardo Piglia desde Entre Ríos y César Aira desde el bar que frecuenta a diario durante una hora.

Matias Crowder (La Plata, 1973) escribe desde un territorio distinto al de la mayor parte de los escritores argentinos contemporáneos. Ahí reside su originalidad, periférica también en lo vital (el autor lleva años afincado en Girona). Crowder opera siempre con una lógica parecida en su construcción literaria. Busca un territorio mítico y, desde ahí, narra una historia polémica. Siempre se trata de un territorio periférico, ajeno a los centros de la cultura de su país de nacimiento, en buena medida, emparentado con el Entre Ríos de Piglia. Eso le permite explorar regiones dolorosas y conflictivas de la reciente historia argentina. Si en La duna, su anterior novela publicada en España, situada cronológicamente durante la Campaña del Desierto, se enfrentaba con el genocidio que sufrieron los indígenas argentinos, por culpa de las políticas eugenésicas de Domingo Sarmiento y al afán expansionista del general Julio Argentino Roca, en Los jueves de redención (La discreta, 2018) se atreve con el drama de los desaparecidos, que golpeó a la sociedad argentina en la década de 1970, durante la dictadura militar. Concretamente, se enfrenta con los asesinatos cometidos por los militares cuando dejaban caer a los presos políticos desde aviones en vuelo.

Para ello, se “inventa” el territorio en el que caen esos cuerpos desde el cielo, los llovidos en la novela. Es un territorio que ya existe: el Delta del Paraná, precisamente, en la provincia de Entre Ríos; y dentro del Delta, construye el territorio imaginario de Los Álamos, el pueblo al que pertenecen los protagonistas. Se trata de gente de procedencias diversas: huidos de la gran ciudad, nacidos allí que viven del contrabando, traficantes de droga que trabajan con los jóvenes hippies que vienen de Buenos Aires en busca de fiesta, que en sus tránsitos por el Delta empiezan a tropezarse con unos cuerpos caídos del cielo, maniatados (p. 54), ya muertos, que los horrorizan pese a tratarse de tipos curtidos. La trama se trastoca con el encuentro de un caído vivo que el narrador, Abelino, por entonces un niño, ha visto ya en sueños; un elemento onírico que conecta a Crowder con el realismo mágico, como ya sucedía en La duna. Así es como entra Guillermo Argüello en la narración. Cuando salva la vida del hijo de Ana Prado, se convierte en un ser mitológico: El Llovido. Será el desencadenante de la detención de La Flaca y de Abelino por los celos que provoca en Moreno, que colabora con los militares. Es la hora más oscura del relato. Pero la figura de Guillermo también aparecerá en la venganza poética que cierra la historia, desde la que se opera la redención.

Uno de los elementos que determinan ese espacio es el lenguaje coloquial, bien matizado por el autor en una novela donde prima lo oral. Otro nada despreciable es el uso que se realiza de la cultura popular en la narración, junto a los mensajes institucionales de la Junta Militar (p. 140). Esas citas de artistas televisivos de la época y, sobre todo, del Mundial de 1978, marcan el carácter periférico del Delta, donde la producción cultural viene de un lugar ajeno y se recibe con aparatos (televisores, radios) en un lugar tan cercano a la naturaleza. A modo de ejemplo, la cita de “Pepe Galleta, el único guapo en camiseta, de Canal 13” (p. 112).


La novela está escrita como una crónica. Abelino nos va contado la historia a partir de las cintas grabadas que conserva, las entrevistas que realiza con distintos testigos con los que ha ido contactando durante su investigación, el diario de Guillermo y sus recuerdos. Se trata de un ejercicio complejo y trabajoso, estructurado desde la oralidad de las voces que concurren, que conlleva un notable esfuerzo, lo que a veces dificulta la lectura, porque es mucha la información y muchas las voces que se comprimen en cada capítulo. Pero esa dificultad no apantalla la realidad de la obra. Se trata de una novela que te golpea, tanto por la forma como por el contenido.

miércoles, 2 de enero de 2019

Una historia visionaria - Nagari Magazine

Una historia visionaria - Nagari Magazine



Un desagradable desengaño reciente me llevó, por suerte, hasta las páginas de Berlín-Barcelona Kabarett, la primera novela de Juan José Rastrollo (Elche, 1968). Así es la vida, caótica; un mal recuerdo te puede dirigir a una buena experiencia. Tal fue la lectura. Allí me reencontré con la buena literatura, de léxico abundante y sintaxis compleja, articulada en frases como: “De puntillas, volvió al camerino y ahogó el rubor de su desnudez en una bata de seda adamascada que le ofrecía una corista.” (p. 69) También me topé con una proposición literaria que apuesta por la experimentación junto con la inteligibilidad y la documentación rigurosa. Una delicia, créanme.

De todos los recursos del autor, me gustaría destacar ese uso de la experimentación a partir de una estrategia muy sencilla: el diario de notas de Barroso, en el que apunta los temas y los posibles recursos con que enfrentarlos de una forma que juega con la sintaxis, la tipografía y la disposición de la página, como se observa por primera vez en p. 64. También quiero hacer mención a las excelentes reflexiones del buen lector que es Rastrollo (pp. 84-85), que abruma con su erudición literaria, tanto de las tradiciones germánicas como de las hispanas.

El libro narra una historia dantesca, producto del aprendizaje de Rastrollo al lado del poeta y académico José María Micó. Delfín Barroso, un seminarista en ciernes, ve desfallecer su vocación religiosa frente a sus intereses literarios y realiza una escapada relámpago a Berlín. Allí conoce a una hermosa artista de cabaret: Úrsula, y a su novio ruso: Gávril. Con ambos inicia una relación multisexual que le provocará serias dudas identitarias. También comienza el diario que leemos, recopilado por otra voz mediante la técnica del manuscrito encontrado.

Estamos en el verano de 1931; así que Alemania está inmersa en la República de Weimar, contemplando el ascenso endiablado del nacionalsocialismo, y en España acaba de caer la monarquía. Rastrollo, gran conocedor de la cultura de cabaret y amante de aquel Berlín histórico, disecciona esa época con una notable carga de autoconciencia (pp. 146-147) y profusa documentación, apabullante por momentos: todo el malestar sociopolítico de la Alemania de Weimar, y también el ambiente variopinto de los cabarets de aquel Berlín. Pero quizás lo que más impresiona es el retorno de Delfín a Barcelona, son las narraciones de la declaración de la República Catalana por parte de Lluís Companys. Toda esa parte Impresiona por los paralelismos con los hechos vividos en otoño de 2017. Teniendo en cuenta que esta novela gana la IIª Edición del Premio Literario Miguel de Unamuno en el verano del mismo año, oraciones como: “¿Hay algo menos revolucionario que leer al pueblo un discurso ajeno, redactado a vuela pluma desde el balcón de las instituciones?” (p. 137) se antojan reveladoras. Aunque a mi entender, el autor no llegue a resolver la complejidad del conflicto político que plantea, se trata de un relato histórico que se convierte en visionario, y que contrasta con la versión idealizada y mestiza que tiene Barroso de la Ciudad Condal, y que quiero creer que coincide con la mirada del autor. No es otra sino esta:

Disfrazado de figurín, emprendo un camino de perdición a través de un periplo de ramblas que va de la llamada de los Pájaros, a la de las Flores, a la del Liceo, hasta llegar a la de los Capuchinos de Santa Mónica, centro neurálgico del pecado y del tráfago de cuerpos. […] En ella anidan todos los bares, music halls, dancings, cafés-cantante y cabarets golfos de la ciudad. […] Es ése el hábitat de la Barcelona plural y mestiza que me atrae. Ese fruto de intercambios y ósmosis de la clientela bohemia, literaria, burguesa, obrera y canalla. De la convivencia fecunda entre mujeres y hombres llegados de mundos diversos con sus ropas raídas y el orgulloso tizne roñoso de su piel ocupando espacios compartidos, democráticos y plurales (p. 121).