miércoles, 5 de julio de 2017

El sonido de Miami - Nagari Magazine



Pedro Medina León (Lima, 1977) lleva años investigando el sonido de Miami, las voces y las historias que pueblan la ciudad y que no aparecen en los medios convencionales ni en las series de televisión al uso. Empezó con Streets de Miami (2012), continuó con Mañana no te veré en Miami (2013), siguió con Lado B (2016) y ahora nos brinda la cuarta entrega de su proyecto literario: Varsovia (2017)

La suya es una arqueología de las voces silenciadas por la imagen festiva y fashion (si se me permite imitar su estilo por un momento), como se demuestra en el arranque del drama: el descubrimiento de un cadáver coincidiendo con el Urban Music Festival. Su territorio es Miami Beach, el otro Miami Beach. El Miami Beach que habitaran Hemingway y Capone pero degenerado, infestado de negocios de prostitución y tráfico de drogas.

En esta última entrega, Medina da un salto de calidad, con unos personajes más rotundos, que siempre se mencionan a partir de sus sobrenombres excepto el jefe de policía Pérez. De entre todos, sobresale el Comanche, un policía retirado metido a investigador privado, que debe averiguar la muerte de la Kina, una muchacha dedicada a la prostitución y la pornografía, en donde utiliza el nombre artístico de Varsovia, que aparece abierta en canal en las calles de Miami Beach. El Comanche es un tipo duro, experto jugador de billar y buen bebedor que, sin embargo, se deshace de deseo cuando está frente a mujeres hermosas. Su otro punto débil son las finanzas. Tiene contraída una deuda con su compadre: el Consorte, que regenta el bar en el que suele parar, y nunca logra la plata para liquidarla. En especial, si se embarca en investigaciones que no se pagan por puro sentimentalismo.

Y es que nadie se interesa por la suerte de la Kina en una ciudad donde los cadáveres de prostitutas no tienen ningún valor, como le hace saber Pérez al Comanche. Pero este sigue en su investigación empujado por Karina, amiga de la Kina con la que tiene relaciones, y por el impulso erótico que le supone la Polaca, otra prostituta que conoce en su investigación y que le provoca tremendas erecciones. El motor de la libido es el que le lleva tras los pasos de Pacuso, un oscuro personaje metido a productor de cine porno y otros turbios asuntos, que le acabará dando la pista de un asesinato que aquí no se revelan por razones obvias.

Se trata de una novela negra de ágiles diálogos que contiene todos los elementos del género: perdedores, tramas sórdidas, la descripción de los vicios más bajos de nuestra sociedad, y un mensaje social crítico. La versión en castellano del género que mejor ha retratado la ciudad del sur de la Florida en inglés, y del que Medina es un ferviente defensor.

Pero se trata de un castellano muy especial. Varsovia supone para el autor el perfeccionamiento de sus estrategias narrativas. En especial, el autor sublima el lenguaje de las calles de Miami. Esa mezcla entre el español de distintos rincones del cono sur y el inglés, y que lleva a la persona lectora a encontrarse frases como: “Yeah, man, estas clases de summer son candela.” (p. 16) O: “Lo que ganaba el Consorte en su part time vendiendo huevos fritos y café en Los Latinos no alcanzaba ni para pagar la luz de su efficiency.” (p. 27) Medina no se conforma en esta ocasión con el lenguaje de la calle, sino que, mediante ingeniosas estrategias literarias, introduce el español de Miami que se puede leer en la Red, y que contiene algunas de las expresiones más memorables, de las muchas que se pueden escuchar de boca de sus habitantes: “Este es un tratamiento 100% garantizado, señor García. Si después de dos semanas usted ve que no le ha servido, nos llama para atrás y desde nuestros laboratorios del sur de la Florida le enviaremos un tratamiento reforzado for free.” (p. 105)

En definitiva, una excelente arqueología lingüística de la ciudad de Miami y el drama que los hispanos viven allí. No parece que Medina se vaya a detener aquí en su afán por mapear una ciudad a través del lenguaje. Esperamos sus próximas entregas.

sábado, 1 de julio de 2017

ORGULLO

Se plantó ante su víctima ignorando las palabras de Pedro, que lo increpaba a su espalda.

-No te atreverás. Eres un cobarde.

Eso era lo que decían de él muchos en el instituto. Esa fama se estaba agazapando a su espalda como una joroba. Debía desembarazarse de ella. Así que tomó a su víctima del cuello de la camisa blanca. Pedro lo ayudó a agarrarlo. La silueta de su sombra tapó por un instante el brillo del sol en los ojos del muchacho. Temblaba. Sus hermosos labios rojos le hicieron estremecerse.

De buena gana hubiera hecho lo contrario. Pero alzó el puño armando su brazo en señal de amenaza. Si a él le perseguía la fama de cobarde, su víctima era conocida en el patio de la escuela como “la maricona”.

El muchacho cerró los ojos. Él se imaginó muy valiente. Pero en verdad se supo un cobarde. En vez de dejarse dominar por la pulsión que le corría por dentro, de darle un beso a aquellos labios que se le ofrecían temblando sensuales como los pétalos de una rosa, de hacer público su orgullo frente a los chavales que le hacían corro, descargó su puño sobre la cara de su víctima.

#historiasconorgullo

viernes, 2 de junio de 2017

Falsa veracidad - Nagari Magazine

Falsa veracidad - Nagari Magazine


Me enfrento a la lectura de la última novela de Delphine de Vigan: Basada en hechos reales (Anagrama, 2016), la nueva estrella de la autoficción francesa, por la recomendación del libro que Miguel Ángel Hernández escribe en su diario de lecturas. Debo reconocer, como el autor murciano, que las primeras treinta páginas son un ejercicio perfecto de cómo transmitir una intimidad creíble entre escritor y lector. El tono, el grado de confidencialidad, la sinceridad, la importancia de los hechos reales en la ficción, todo eso lo maneja a la perfección. Pero llegado a un punto, el libro se me presenta como un falso intento de veracidad.

La novela narra, en clave autofictica y con estructura de thriller, los tres últimos años de la autora tras el éxito de su penúltima novela: Nada se opone a la noche (2011), una obra que se narra desde la realidad de la familia de la autora. Trata, concretamente, del trastorno bipolar de la madre. Y supone un éxito inesperado que le cambia la vida a la narradora, si en principio hemos de suponer la distancia de esta con la autora.

Ese éxito la inmoviliza. Sufre los daños colaterales que siempre tienen lugar cuando se utilizan personas reales en literatura. Recibe anónimos, amenazas. Y eso afecta a su creatividad. Es incapaz de escribir una línea. Ni siquiera un correo electrónico, mientras sus hijos gemelos abandonan el hogar familiar para iniciar la universidad. En paralelo con esa crisis creativa, Delphine, que como es de recibo en la autoficción, coincide en el nombre con la narradora, conoce a una mujer: L. El único personaje que aparece en toda la novela de una forma anónima, citado por la primera inicial de su nombre. La narradora la identifica como la clave de su silencio. Pero L. no es más que un subterfugio, una máscara, el espejo donde se mira y se interroga la narradora (p. 72). Y acaba transformándose en su doble (p. 221-2). Esta estrategia, construida de una forma tan ficticia que nadie del entorno cercano de la narradora conoce personalmente a L., le permite enfrentarse al dilema entre realidad y ficción, percatarse de la necesidad de realidad que reclama hoy la ficción, asediada por otras formas, como las series de TV, o por nuevos fenómenos como la posverdad.

L. pronuncia al respecto las frases más rotundas: “Los lectores, puedes creerme, esperan otra cosa de la literatura, y con razón: esperan lo Verdadero, lo auténtico, quieren que les cuenten la vida, ¿comprendes?” (p. 78) O: “No necesitas inventar nada. Tu vida, tu persona, tu mirada sobre el mundo deben ser tu único material. “ (p. 95) Y en su defensa de la veracidad articula el ya largo debate entre realidad y ficción, que también subyace en las páginas de la novela.

Sin embargo, L. es lo peor del libro. Es cierto que más tarde se nos revelará que se trata de un personaje que proviene de la literatura. Pero ahí se observan las costuras de la invención. Si, como dice Manuel Alberca, lo más interesante del juego autoficticio para el lector es desgranar la realidad de la ficción, la novela de De Vigan no supone un ejercicio intelectual muy elevado. Creo que hubiera sido más acertado mantener a L. como un personaje fantasmagórico.

A partir de las referencias a Stephen King, la autora se empeña en construir un thriller entre su narradora y el personaje de L. Un thriller que finaliza con la narradora en el hospital, al borde de la muerte en muy extrañas circunstancias. De forma que tanto los médicos como su entorno cercano dudan de Delphine, de la narradora. Aunque al final de la novela la autora va a abogar por la ficción frente a la realidad, se intuye en el texto que Delphine, la real, la autora, ha sufrido un proceso en los últimos tres años que le ha podido llevar a una crisis de pareja con el conocido presentador francés: François Busnel, y a tener tendencias suicidas. Sin embargo, la autora solo nos ha contado las cosas de su vida que cualquiera puede conocer fácilmente: una relación sentimental que es pública, las consecuencias de un éxito literario, la llegada de los hijos a la edad adulta. Existe pudor hacia unos hechos que parecen haber sido traumáticos. Pero entonces, ¿para qué tanto artificio? ¿Por qué no trabajar con los materiales reales que han llevado a la crisis? Pese a la evidente capacidad para fabular de la autora, ¿no es más potente indagar en ese territorio dramático que supone la pérdida del deseo de vivir y cómo se ha llegado a él? Son preguntas que, desgraciadamente, no me responde la última novela de Delphine De Vigan.

sábado, 27 de mayo de 2017

Muchacho punk - Suburbano

Muchacho punk - Suburbano


Cabría preguntarse cuándo desapareció la palabra rock del vocabulario de la cultura pop. Si la clave de la cultura pop es la actitud, no hay nada con tan clara actitud rebelde como el rock. Y sin embargo, ya nadie habla de actitudes rock. Todo lo ha absorbido el pop.

A esa situación se enfrenta Gopegui en su novela Deseo de ser punk (2009). Una reivindicación de la música rebelde, dura, roquera, frente a lo blando, melódico y dulce. Es decir, una crítica a lo más pop del pop desde el rock porque: “Lo malo que tienen las canciones de mis padres es que no son del todo horribles, no son del todo pop. Pero son tan mentirosas y tan blandas.” (p. 52) La narradora se enfrenta así a La Oreja de Van Gogh, Bonnie Tyler, Los Secretos, The Beatles, Arctic Monkeys y Belle and Sebastian. Y, con el paso de las páginas, va abrazando consecutivamente a Extremoduro, a Reincidentes, a Fe de Ratas, a Leño, a Foo Fighters, a AC/DC, a Red Hot Chili Peppers y a Guns N’Roses. Para llegar finalmente a su música: los vídeos de Johnny Cash actuando en la cárcel, y el sonido roquero de Detroit personificado en Iggy Pop, protagonista de la portada y con el que se cierra la novela.

Entre medio, se teje una trama sencilla. Martina se enfrenta a sus progenitores en el momento en que muere el padre de su mejor amiga: Vera, que también es un referente para la narradora. Por primera vez, empieza a sacar malas notas y a preocupar a sus padres en el momento en que su hermano mayor ya se ha emancipado. Esto se acentúa con el duelo por la muerte del padre de Vera y la consiguiente huida, con algunos tintes de relación lésbica germinal. En paralelo, la narradora construye su rebeldía desde la búsqueda de su propia música, y esto la lleva a aliarse con distintos personajes, como los muchachos que regentan una tienda de discos, que se convierten en sus cómplices. Pero las cosas se complican cuando su padre, técnico de sonido, pierde el trabajo. Y su hermano se mete en un lío que puede hacer abortar sus planes revolucionarios. Incógnita que no se despeja hasta el final.

Para llevar a buen puerto sus propósitos, Gopegui adopta una máscara. Narra desde la voz de una adolescente de dieciséis años: Martina, que se rebela contra la música de sus padres para buscar la suya propia. Es una voz sincera, por el léxico juvenil y la sintaxis sencilla que utiliza para convertirse en una voz verosímil. Sin duda, la mejor de las estrategias desarrolladas en el escrito. Se me antoja que la clave para que funcione reside en que a Gopegui, la autora, le cuesta muy poco meterse en la piel de esa narradora. Está muy cerca, como si se hubiera imaginado a sí misma con dieciséis años en el 2009, y eso la hace creíble. La narradora combina las referencias a grupos de rock y letras de canciones con el poema más conocido del mexicano Jaime Sabines (1926-1999), una referencia culta más al alcance de la autora que de la narradora. Eso corroboraría mi hipótesis. A través de esa máscara, Martina disecciona muchas de las obsesiones de Gopegui: su particular mirada feminista, su preocupación por la injusticia social, su desprecio por las modas.

No es el único recurso. La narradora es una teconofóbica que prefiere lo analógico a lo digital (p. 85). Y afirma escribir en un cuaderno en segunda persona a un compañero del colegio: Adrián. Un muchacho con el que inicia una relación (se enrolla con él, como diría Martina) justo en la frontera entre la primera y la segunda parte del libro. Un tropo magnífico, como ya me anunciara Eloy Fernández-Porta, porque ese joven es el que más sabe de música en el instituto, el que tiene más discos. Y con ese gesto, Martina se empodera. El lugar desde el que escribe respeta además, la máxima de la narradora sobre la literatura. Esa que afirma: “Si un tipo empieza a contarme algo y me convence, sigo con él aunque su libro tenga quinientas páginas. Cuando lees, alguien está contigo contándote cosas. Y si ese alguien tiene actitud, o por lo menos intenta tenerla, le escuchas.” (p. 72)

La voz de Martina tiene actitud, una actitud roquera, algo que se reitera en varias partes del escrito (p. 89). Y trata de convencerte de su verosimilitud. Lo que no me convence es la selección musical de la autora. No quiero caer en el error de confundir voz narradora con autor. Pero si realmente la máscara que desarrolla el texto esconde a la Gopegui real, la persona lectora se enfrenta a sus gustos. Si es así, muchas veces me desorienta por estereotipada. ¿Quién considera a Bonnie Tyler como un mito del pop más allá de Dalí? O, ¿cómo es posible que padre e hija apenas coincidan en la canción “Grândola, Vila Morena” (p. 145), si no es por las afinidades políticas de la autora? Por momentos se me antoja que Gopegui confunde gusto estético con clases sociales. Y ahí no podría andar más desencaminada. Cualquier sociólogo le explicaría que los heavies de hoy en día son chicos de clase acomodada, hijos de gente con estudios medios y superiores, y no los proletarios chavales de barrio de los años 80. La novela me parece una respuesta estética a Héroes de Loriga dieciséis años después (por ejemplo, en sus críticas a lo fantasioso, a la estética del videoclip, o a Bowie). Pero un estudio histórico detallado del pop/rock anglosajón demostraría que este ha ejercido de ascensor social, de la misma forma que lo hace el fútbol en Latinoamérica. A fin de cuentas, Bowie empezó trabajando de electricista. Y el cantante de Belle and Sebastian era conductor de autobús. No se puede ser más obrero. Si esta afirmación fuera cierta, solo la podría entender por la carga elistista que toda la música anglosajona tiene en las culturas de habla hispana, solo al alcance de los niños bien, donde se pierde ese rol del ascensor social.

Por suerte, en el encuentro entre Martina, Vera y Jimena, la amiga del padre de Vera, se opera un giro que salva todo el texto. La narradora se identifica con el rock de Detroit (p. 134). Uno de los más contestatarios y politizados sonidos rock del siglo XX, personificado en MC5, en The White Stripes o en el que se va a convertir en su héroe: Iggy Pop, el líder de The Stooges. Más tarde se le unirá Johnny Cash (p. 162). Y ahí entiende este lector que Gopegui domina los referentes del pop y el rock mucho mejor de lo que parecía hasta ese instante. Y que ha estado jugando con eso más allá del estereotipo, lo que me parece muy inteligente.

jueves, 4 de mayo de 2017

Pertenecer - Nagari Magazine

Pertenecer - Nagari Magazine


Llega a mis manos Pertenencia: Narradores sudamericanos en Estados Unidos, una antología de autores latinoamericanos no caribeños residentes en los “States”, compilada por Melanie Márquez Adams y Hemil García Linares, y me alegra mucho reencontrarme con compañeros y amigos. Con las palabras de Fernando Olszanski en el prólogo, quien afirma que la idea del libro “fue siempre convocar a narradores de origen sudamericano que residan en Estados Unidos y que nos puedan contar, a través de la ficción, cómo es vivir en el gran país del norte, sin olvidarnos de dónde venimos” (p. 11). Con la prosa autobiográfica y atormentada de ese judío errante que escarba en las zonas oscuras de su familia, como es Gabriel Goldberg y su fragmento de La mala sangre (Interzona). Con la fuerza narradora de Pedro Medina, arrolladora en este caso, tal vez el mejor de sus textos hasta el momento, que en “La casa desaparecida” ha pulido sus armas hasta la excelencia, elevando a nivel literario el dialecto del español que se usa en Miami, en una historia sobre el desarraigo y el abandono del hogar. Con la escritura de Vera, a medio camino entre lo diarístico y lo inventado, cuestionándose continuamente las fronteras entre realidad y ficción en su “Notebook”. O con la solvencia del Chascas Valenzuela, en este caso adentrándose en el drama del SIDA con “El filo de tu piel”, un fragmento de su próxima novela.

Pero, para mayor regocijo, es gracias a estas páginas que ahora releo, como no solo reencuentro, sino que también descubro. Descubro la prosa kafkiana, precisa y profunda de Ariel Dorfman, prestigioso escritor argentino-chileno-estadounidense que no había podido leer hasta ahora, conocido por La muerte y la doncella, la narración simbólica del drama de la represión de las dictaduras en Latinoamérica. En “El evangelio según San García”, Dorfman compone un relato sobre el poder y cómo amenaza a los que se atreven a pensar por sí mismos y elegir sus mentores. Asimismo, descubro a otro judío-latinoamericano-americano como es Isaac Goldenberg, quien en “A Dios al Perú” se ríe de su condición de judío, de su condición de emigrante, de su condición de indígena, y de la religión en un cierre antológico. Descubro la prosa poética y el carácter diletante de Roger Santiváñez en sus “Impresiones filadelfianas”. Descubro el léxico nítidamente latinoamericano para describir lo más oscuro y a la vez deseable, que desarrolla la ecuatoriana Elssie Cano en el fragmento de novela Mi maravilloso mundo de porquería. Descubro el drama de otros emigrantes, en este caso balcánicos, tan desarraigados como los latinoamericanos, en las palabras que desarrolla el peruano José Castro Urioste en “Sasha”. Descubro el influjo de los Billies en el Perú adolescente de Hemil García Linares, uno de los compiladores. Un sugerente relato de la introducción de la cultura pop en Latinoamérica, tal como la trata en “¿Dónde se fueron todos?” También descubro al uruguayo Jorge Majfud, que retrata con una gran veracidad al emigrante mexicano pobre frente a los ojos del gringo de clase media en un fragmento de su novela inédita: Tequila, y que titula “Germán”. Y al también peruano Jack Martínez Arias, que en “Ruinas del Midwest” narra una historia desgarradora pero con tonos pop y un hermoso relato en torno a The Smiths.

Así que reencontrar y descubrir son las dos acciones que mi mente articula en torno a esta antología mientras la leo (o la releo). Son más de los que aquí menciono, los autores que conforman Pertenencia hasta un total de veinte. Todos ellos unidos por ese sentimiento que revela el título, y que articulan mediante historias más o menos elípticas, en su mayoría fragmentos de novela, de esa condición que algunos de sus conciudadanos quieren etiquetar de “aliens”. Ante el incierto futuro que les espera a estos autores, es el momento de leerla.