martes, 2 de enero de 2018

El mapa inconcluso de Barcelona - Nagari Magazine

El mapa inconcluso de Barcelona - Nagari Magazine


Conocía Barcelona Inconclusa (http://www.barcelonainconclusa.com/), el blog de Laureano Debat (Lobería, Argentina, 1981), periodista argentino afincado en Barcelona y amigo. Lo consultaba con asiduidad y había leído buena parte de sus entradas. Algunas de ellas fueron incluidas en el monográfico sobre Barcelona que publicó Nagari en papel, que yo ayudé a coordinar junto a Eduard Reboll. Así que cuando la editorial Candaya decidió publicar el libro inspirado en el espacio virtual: Barcelona inconclusa, pensaba que su lectura no me iba a sorprender. Me equivocaba. La versión en papel de la investigación periodística de Debat cristalizada en una suerte de crónicas sobre Barcelona, me muestra a un autor que ha crecido, que maneja de forma admirable los datos, que ha asimilado todas las lecturas de estos últimos años, como se observa en la primera entrada: “Barcelona como una ficción inconclusa”, que ejerce de prólogo. En definitiva, que se ha convertido en un narrador más completo, y Barcelona inconclusa, el libro, es la prueba. Teniendo en cuenta que las entradas que figuran en el escrito ya no lo hacen en la página web, el espacio virtual se convierte en una extensión que construye un diálogo con la obra física.

En los intersticios de esas líneas respiran otros libros que sé que Debat ha leído. Principalmente, se respira a Hunter S. Thompson porque el narrador de Barcelona inconclusa practica una suerte de crónica gonzo inspirada en el periodista suicida norteamericano pero con una mirada propia, más tierna. Para narrar una carrera popular, Debat se inscribe y corre los once kilómetros aunque saque el esófago por la boca. Para saber lo que ocurre en el interior de una marcha ciclista reivindicativa, aparca su vehículo de dos ruedas compartido con Bicing y alquila una bicicleta como Dios manda: “con asiento fijo y freno de pedal.” (p. 62)

También se intuyen otras obras, más enraizadas en la realidad local. Es el caso de la crónica “Flyers a la parrilla”, que recuerda Yo, precario, el libro de Javier López Menacho, pero en clave argentina. Si López Menacho diseccionaba una galería de oficios contemporáneos, a cual más esperpéntico, Debat se maneja repartiendo flyers en la confluencia entre el Passeig de Gràcia y la calle Aragón, junto a la Casa Batlló. Lo hace para un asador argentino cuyos dueños le exigen una entrega incondicional. Sin embargo, lo que el cronista extrae de esa experiencia no es un buen pedazo de carne sino finos juicios sociales sobre la ciudad, como este: “Sibaritas y mundanos son caminantes que el Passeig de Gràcia reclama, necesita y fabrica. La avenida de la burguesía catalana pujante, el emblema de la ciudad europea se mantiene vivo, sobre todo, gracias a ellos.” (p. 27)

La condición argentina recorre transversalmente el escrito y lo estructura. El primer bloque de entradas describe el aterrizaje del cronista en Barcelona. No porque conociera la historia que encierra “La vida en rouge”, deja de ser impactante. Esa crónica del joven periodista argentino que comparte piso con dos prostitutas es la que dota a Debat de voz propia. De ahí pasará a la búsqueda de trabajo, de otro piso menos ajetreado en un casting contemporáneo, hasta insertarse en la ciudad, ser un inconcluso más.

El clímax del libro se alcanza con la lectura de “Anubis se viste de Ziggy Stardust”, la investigación que reconstruye el perfil biográfico de Juan Andrés Benítez, muerto de un infarto tras ser reducido y golpeado por un grupo de mossos d’esquadra. Debat se desempeña a conciencia en esta entrada, reconstruyendo la vida del fallecido, tanto en su Jerez natal como en Londres, realizando una crítica a los medios de comunicación y estructurando el texto a partir de Pepe, el bóxer del fallecido. El autor se muestra como lo que es: un periodista como la copa de un pino. Soberbio.

Para entonces, Debat se encuentra plenamente integrado en la ciudad inconclusa. Escribe un texto sobre la industria de la moda que ha surgido con la eclosión del independentismo y se atreve con una manifestación españolista no tan multitudinaria. Hace uso de sus hábitos para componer crónicas de consumo, pero sigue utilizando su disfraz gonzo para hablar de perros o para cubrir un congreso esotérico.

Curiosamente, cuando el narrador se mete entre las baldosas del territorio que habita, es cuando siente la melancolía por la tierra natal. Lo hace escribiendo crónicas con forma esférica: un partido de la selección Argentina de fútbol en el mundial de Brasil, y la celebración por Racing de Avellaneda a trece mil kilómetros, no sin sufrimiento. Esa pequeña crisis se solventa con la crónica focalizada en algunos de los barrios más humildes de Barcelona: Ciutat Meridiana, Can Peguera. Para terminar con un muy buen cierre por partida doble. 1) El texto dedicado a uno de los eventos emblemáticos de la Barcelona comercial y emprendedora: el Mobile World Congress; y 2) la entrada “Barcelona ciudad abierta”, dedicada al festival arquitectónico Open House. En ella, el cronista se desplaza de un lado a otro de Barcelona en metro para cubrir el evento, y construye una telaraña que sirve a las mil maravillas para tejer el cierre narrativo de esta Barcelona que nunca concluye.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Sinceridad filial- Nagari Magazine

Sinceridad filial- Nagari Magazine


En los distintos intentos experimentales que han enriquecido la historia de la literatura, la naturaleza individualista de la literatura occidental ha pretendido reinventar muchas veces la estructura del relato como una nueva forma de contar historias, sin pensar que esa estructura es una construcción social colectiva de las buenas historias, como demostró Vladimir Propp. Curiosamente, esas voces “experimentales” no tienen en cuenta muchas veces la dificultad que existe al tratar de explicar la experiencia desde ese corsé formal, que puede llegar a ser un ejercicio más experimental que el propio experimentalismo. Qué incómodo resulta percibir lo artificial de la crisis que acontece en el último tercio de una novela que se está leyendo con gusto, y qué provechoso resultaría utilizar esa estructura, crisis incluida, para plasmar en el caos de nuestra existencia las cosas que de verdad nos han importado. Da lo mismo que nunca se alcance la objetividad cuando el placer reside en sumergirse en lo que se cuenta. Pero para ello cabe renunciar tanto a la idealización individualista de autor como al concepto de genio, y utilizar otras varas para medir la imaginación, ya que experiencia todos atesoramos llegada una edad. Afortunadamente, hace ya unos años que la experiencia vivida, lo autobiográfico, el testimonio plasmado en el papel, están tomando protagonismo en el mundo literario. Aquí se ha tratado del tema en más de una ocasión, aunque no siempre el autor lo haya resuelto de manera brillante. Pero para hacer justicia a este autor del que voy a hablar hoy, y de la crítica en la literatura española, pues el texto ganó el Premio de la Crítica en 2011, cabría escribir sobre uno de los libros pioneros en esta tendencia. Se trata de un libro en el que asuntos familiares reales construyen el centro de la trama, no es otro sino Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968).

El tercer libro de largo aliento de Giralt Torrente —que no la tercera novela—, hijo del pintor Juan Giralt (1940-2007) y nieto del prestigioso escritor Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), está dedicado al primero. A diferencia de otros textos de esta temática que he leído, el narrador deja claro pronto que no se va a esconder tras cualquier tipo de máscara de ficción: “Hablar por primera vez con la propia voz. Una sensación nueva que aturde: no poder inventar.” (p. 13) Se aleja de forma explícita de la ambigua autoficción: “Aunque mi oficio supuestamente sea el de imaginar vidas, no puedo imaginar las distintas posibilidades de la mía.” (p. 122) Eso le va llevar a hacerse preguntas de calado sobre la escritura autobiográfica: “¿Cómo construir con la memoria una historia equilibrada cuando tan sólo disponemos de una mirada, y esa mirada está tamizada, influida además, por nuestro propio ser único?” (p. 49) A partir de ahí el autor-narrador muestra la tremenda complejidad de desnudarse ante la audiencia lectora. No pretende agradar. Y el conflicto que subyace entre padre e hijo, que es grande, se desarrolla a través de una historia de burgueses bohemios y decadentes, pese a que en muchos momentos pasen graves dificultades económicas. Además de la separación de los padres y del temprano abandono del progenitor de sus obligaciones morales, se narra la gran renuncia de la madre y el hijo: la pérdida de la asistenta interna (p. 46). Y se habla del dibujo que Joan Miró le dedicó al autor (p. 40). O se menciona la esmeralda que el autor-narrador regala a su mujer para su boda (p. 95). Ese es el nivel. Pero se agradece esa sinceridad después de leer y escuchar a tanto poeta del pueblo de familia bien que se arroga la representación de las clases bajas. Al menos Giralt no engaña a nadie. La parte en que más me carga, sin embargo, es la de las justificaciones propias y ajenas, que se pueden encontrar en las páginas 138 y 139. ¿No basta con narra la vida para que la persona lectora saque sus propias conclusiones? ¿Hay que dirigirla?

En cuanto al estilo, el uso de recursos estilísticos elevados que embellezcan el texto brilla por su ausencia. Apenas se utilizan metáforas y estas son muy contenidas (“me pregunto si mido bien el carillón de recuerdos con el que pretendo acercarme a una objetividad imposible” [p. 72]). Se utiliza muy a menudo el presente y se narra buena parte de los hechos de forma notarial, como el tono del duelo que aquí se cuenta. Se mantiene así hasta el final, pese a atravesar pasajes trágicos. Eso muestra que el autor-narrador ha pensado mucho la relación íntima entre la forma y el contenido, y en que la enfermedad del padre no apantalle el resto de la narración, el resto de su vida, como se observa desde el arranque del libro. Ya solo por ese magnífico arranque, en el que el autor avisa del uso preferencial que va a hacer de la repetición como recurso estilístico, merece leerse.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Johnny Thunders en Barcelona - Suburbano

Johnny Thunders en Barcelona - Suburbano


Una vieja estrella del rock en su declive, aguantando a duras penas la guitarra en una esperpéntica gira, puede convertirse en terreno abonado adecuadamente en un momento mítico de ese escenario geográfico, sobre todo si es de segunda fila. Las visitas de Johnny Thunders (1953-1991) a Barcelona son quizá uno de los episodios determinantes de la literatura pop recreada en la Ciudad Condal. A la que tuvo lugar en 1986 y a los múltiples yonquis y camellos que conoció el cantante de Nueva York, dedica muchas páginas Sabino Méndez en la aquí reseñada crónica: Corre, roquer, poniendo especial interés en la anécdota del yonqui que le acompañó a comprar heroína en el Chino, y que se acabó convirtiendo en el fantasma del cantante. También en una visita de Thunders a Barcelona se inspira la aclamada novela de Carlos Zanón (Barcelona, 1966): Yo fui Johnny Thunders, pero lo hace a partir de otro fugaz concierto, este escondido a mitad de camino entre el recuerdo y la leyenda, el del Magic de 1989, solo dos años antes de la muerte del cantante y guitarrista.

Thunders se apoya en un músico local: Mr. Frankie, para ocultar su deplorable estado en aquella actuación. Mr. Frankie, también conocido como Francis, es un músico de punk-rock que tiene que volver a su barrio tras haber fracasado en su intento de triunfar en el mundo de la música. Ahora es un alma rota, un ex drogadicto que tiene que volver a vivir con su padre, un anciano con un pasado también turbio. El viejo está acusado de abusar de su hija adoptiva: Marisol, hermanastra de Francis, en su tiempo enamorada del protagonista cuando era joven, y ahora embarcada en una relación con el maduro dueño de un bingo. Sera su amante el que le conseguirá un trabajo de guardia de seguridad y, más tarde, mensajero, que le permita a Francis obtener el dinero necesario para seguir viendo a sus hijos, sobre todo al mayor: Víctor, ante la demanda de su ex mujer.

Es este medio ambiente sórdido el que le permite al narrador bucear en las miserias del pasado de Francis cuando pretendía ser alguien importante: Mr. Frankie. Se suceden los excesos del pasado, las vidas rotas, las esperanzas quebradas. También ese pasado es el que introduce el rock con naturalidad en la narración: los locales roqueros de Castelldefels, la calle Escudillers, los hippies, el punk campando a sus anchas por Barcelona, un concierto a media luz el año 1993 (págs. 215-219)... La cumbre del protagonismo de la música la experimenta la canción “Debaser”, de The Pixies. Se introduce un análisis de la canción en el capítulo 33 “Chien Andalusia” (págs. 220-224); para después llevarlo a la práctica en el siguiente capítulo, en una fuga frenética que muestra claramente que el narrador ha entendido el ritmo (págs. 225-229). “Debaser” es una de las canciones más frenéticas de The Pixies, forma parte de Doolitle, el segundo LP de la banda, y puedo asegurarles que escuchar esa canción, que tantos recuerdos me devuelve, y leer ese capítulo 34 de Zanón: “Niño mutante”, provocan sensaciones hermanas. Nunca antes había tenido una experiencia tan epifánica entre literatura y rock.

El rock, sin embargo, es la banda sonora que acompaña una sórdida historia de literatura negra, una historia de barrio protagonizada por matones de medio pelo y viejos ex delincuentes que pretenden una vida más cómoda regentando negocios más respetables, como el actual novio de Marisol. Es una trama que pone a prueba a los personajes, con todas sus poliédricas caras. En ese punto, a la persona lectora le chirrían ciertas convenciones de un género artificial como es el noir. Pero eso acaba no siendo un problema. Lo más destacable en esta novela, es la construcción arquetípica de esos perdedores que habitan sus páginas. Si para este lector el problema de la narrativa de Méndez es su engreimiento, este brilla por su ausencia en el narrador de Yo fui Johnny Thunders. Para numerosos críticos, el autor se emparenta con Vázquez Montalbán. No diré que no porque existen paralelismos, pero para mí, los personajes y las descripciones psicogeográficas también recuerdan mucho a Marsé.

Estamos hablando, por tanto, de literatura. Zanón se inició como poeta, pero no es la suya una prosa poética, sino una escritura sencilla que pierde el compás en algunos momentos. Sin embargo, la fuerza de los personajes, sobre todo la del protagonista principal, Mr Frankie/Francis, compensa con creces las carencias estilísticas. Yo fui Johnny Thunders puede ser una novela negra. Pero, si se obvian los necesarios clichés del género, es una novela de la vida real, con las miserias cotidianas y los lugares oscuros de las personas que la habitamos, que a uno le traen a la memoria a amigos y a antiguas parejas, los que están y los que dejaron de estar, pero que han poblado su universo personal, y eso solo es posible gracias a una buena novela, como la de Zanón. Lástima del titubeante final. Cuando la emoción se encuentra en el punto más álgido, el narrador la disipa.

lunes, 6 de noviembre de 2017

UNA RADIOGRAFÍA DE LA LITERATURA MEXICANA ACTUAL

De nuevo me congratulo de una buena noticia literaria. Si en mi anterior post celebraba el surgimiento de un nuevo espacio literario, quiero dedicar esta entrada a la muy positiva aparición del primer libro de Nagari – Katakana editores: Tiempos irredentos. Se trata de una antología de seis cuentos escritos por algunas de las voces más importantes de la literatura mexicana actual: Alberto Chimal, Erika Mergruen, Isaí Moreno, Yuri Herrera, Úrsula Fuentesberain y Lorea Canales. Va acompañado de un prólogo de la prestigiosa Elena Poniatowska. En este libro, el lector se enfrenta a una radiografía de lo que se está cociendo en México en el ámbito literario, no tanto una obra que plasma totalidad, como en mi anterior reseña, porque se trata de una obra colectiva. En este sentido, no resulta menor recordar que este proyecto, su cuidada edición, las imágenes que acompañan a a los textos, obra de Mike Vargas, surge del esfuerzo de una serie de personas, organizadas en torno al proyecto Nagari, de las que sobresale en este caso Omar Villasana, poeta y editor de este volumen, dispuestas a difundir la cultura en español en el difícil mercado norteamericano. De ahí la apuesta bilingüe y el trabajo de los traductores, que también debe ser mencionado. Me refiero a George Henson (traductor y coordinador), Arthur Dixon, Silvia Guzmán y José Armando García.


Si el lector se encuentra con una radiografía de la literatura mexicana, bueno será que este reseñista radiografíe los distintos relatos que aparecen en Tiempos irredentos. El primero de los cuentos que uno se encuentra: “Frío”, de Alberto Chimal es, simple y llanamente, una demostración de porqué Chimal es uno de los mejores cuentistas de México, no solo de ahora, sino de toda su historia literaria. Contiene esa atmósfera pseudo fantástica en la que Chimal se maneja tan bien. A través de ella, el autor se permite hacer confluir la tan nombrada tradición fantástica latinoamericana —y también mexicana, que aporta grandes nombres a la lista, como Juan Rulfo o Juan José Arreola— con la vida cotidiana de su país. “Frío” narra la visita del narrador al consultorio de Cosme Valek, un peculiar curandero que trata de solucionar los problemas de reflujo de la voz que narra. La revelación final, que queda abierta y tiene tintes de identidad sexual, no oculta los entresijos del poder y la realidad política mexicana a través de alguno de los nuevos pacientes de Cosme, como Miguel Ángel, “el hombre más poderoso de México” (pág. 18).

“Eutanasia”, de Erika Mengruen, es un relato vertebrado de manera fragmentaria a partir de las habitaciones de un hospital. En él, la persona lectora se encuentra distintas realidades familiares en una cuidada simetría. Reconozco que las primeras dos historias, que contraponen la ternura a los malos tratos y la violencia de género, me sorprendieron y me parecieron una combinación sublime. Pero si este reseñista ha de ser sincero, no acabo de entender la necesidad de las dos últimas entradas, más cortas, para el perfecto equilibrio del cuento.

En “Rottweiler”, Isaí Moreno narra, desde los ojos de Octavito, la llegada de unos extraños hombres con sus perros, de raza Rottweiler, al parque que suelen frecuentar el niño y su hermana mayor: Ani. La ansiedad que va acumulando Octavito cristaliza en la amenaza que los recién llegados suponen para la sexualidad emergente de su hermana preadolescente a través del peligro que sufre Chiquis, el perrito de los niños, por culpa de los Rottweiler. La historia se cierra con un final abierto. Pero en todo momento sugiere los miedos que atenazan a la clase media mexicana en una realidad cada vez más violenta, invadida por esos extraños que han empezado a poblar su vida sin previo aviso. Se trata de uno de los cuentos que más me ha gustado. Podría llegar a compararlo sin problemas con “Casa tomada”, de Julio Cortázar, salvando las distancias estilísticas entre ambos autores. En los dos casos, la contención se utiliza con maestría.

Yuri Herrera usa en “Los otros” otra técnica muy cortazariana. El autor trabaja con dos series paralelas. Por un lado, la imagen del hombre terrible, una silueta que amenaza en todo momento al narrador. Por el otro, la historia íntima del narrador con su primera novia, a quien acompaña a unas pruebas médicas que deben certificar un cáncer. La estrategia protectora del narrador para con su ex novia se torna contra él cuando se revela el pasado secreto de ella. Mientras tanto, el “hombre terrible” ejecuta su terrible sentencia justo en el momento en el que la ex novia del narrador sale de la consulta. De nuevo, la amenaza de la violencia que se cierne sobre la sociedad mexicana es la protagonista.

La de Úrsula Fuentesberain, “Preguntas sobre la propagación del moho”, es una historia a medio camino entre la emigración mexicana a EEUU y el género. Una madre hilvana un monólogo para su pareja mientras recuerda su infancia en Arizona y el embarazo de su hijo, Daher. El peso de la ciencia en este relato es importante porque la narradora está estudiando química en la universidad, y varias reflexiones científicas se intercalan a la terrible y sorprendente revelación que espera a quien lee el cuento. De todas ellas, me gustaría destacar esta por su profundidad: “¿Sabías que dos sistemas aislados pueden permanecer en equilibrio térmico al ponerse en contacto siempre y cuando «contacto» signifique intercambio de calor, pero no de partículas?” (pág. 42)

La llegada a la edad adulta a partir del descubrimiento del sexo es el hilo que estructura “Kilimanjaro”, de Lorea Canales. La referencia a Hemingway en el título resulta más que evidente. De unos inicios en donde la sombra de la infidelidad y las obligaciones cotidianas cercan a Margarita, la narradora, esta pasa a recordar su primera relación sexual, con Alex, y la realidad sexual masculina, tan ajena a la de la protagonista en aquel momento. Las complicaciones que conlleva para Margarita esa primera relación son la antesala de lo que será su madurez sexual.


En definitiva, un buen puñado de cuentos, algunos de ellos puras joyas, que bien merecen su lugar en la librería Altamira de Miami que muestra la imagen anterior, y deberían tener mayor atención mediática en ambas lenguas (castellano e inglés), en especial, por el esfuerzo realizado por el editor, que no solo se debe medir en horas, sino también en sacrificios pecuniarios. En especial, porque Al adquirir un ejemplar de esta obra se apoya a Casa Xochiquetzal: un albergue que tiene una misión asistencial. Beneficia a un sector vulnerable de la sociedad por edad, sexo y situación social, mediante la atención de necesidades básicas en materia de alimentación, vivienda; asistencia médica, jurídica; ayuda para servicios funerarios, orientación social y promoción de los derechos humanos.

Como visión, su finalidad es ofrecer un espacio digno a trabajadoras sexuales de la tercera edad de escasos recursos y/o riesgo de calle, proporcionando vivienda, alimentación y servicios de atención médica, psicológica y asesoría legal, contribuyendo al mejoramiento y promoción de los derechos humanos para evitar todo tipo de discriminación y maltrato, desde una perspectiva de equidad y compromiso social. Asimismo, busca servir como modelo de desarrollo asistencial en su tipo, propiciando de manera ejemplar la promoción de los derechos humanos y evitando cualquier tipo de discriminación y maltrato.

Para donaciones directas a Casa Xochiquetzal via Pay Pal: mujeresxochiquetzal@gmail.com

o bien en este enlace: https://casaxochiquetzal.wordpress.com/donaciones/

viernes, 3 de noviembre de 2017

Feliz hallazgo - Nagari Magazine

Feliz hallazgo - Nagari Magazine

Utilizo este espacio que me otorga Nagari para mencionar la aparición de un nuevo lugar literario: La Moderna, una librería virtual que es a la vez editorial, obra de David Matías, académico, editor y escritor, que celebraré mediante la reseña de uno de los libros que nos ofrece. Hablo de Ojos que no ven, corazón desierto, de la mexicana Iris García Cuevas.

El libro es una colección de 12 relatos que, según la sinopsis que aparece al final del volumen a modo de nota informativa, resulta de una reedición de la obra tras haber incorporado dos nuevas piezas: “Destino trágico” y “Tampoco esta noche”. No sé cómo serían las críticas tras la primera edición del libro, de 2009, dotada en aquel caso de 10 cuentos, pero debo confesar que hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a un escrito con un afán de totalidad de la sociedad mexicana contemporánea como este. Para ser exactos, no me sucedía algo así desde que leí Los esclavos, de Alberto Chimal, que era una novela alegórica. Pero en formato de colección de relatos, debo remontarme al muy celebrado La casa pierde de Juan Villoro. Cabe ser ecuánimes. El de Villoro era un libro que anunciaba su madurez como escritor, que acabaría culminando con el éxito que supuso la obtención del Premio Herralde en 2004. La de García Cuevas es una obra que, pese a notables destellos de estilo —en especial, el último de los relatos: “Designio”, un cuento fantástico sobre el deseo y el destino en la vida cotidiana, que se resuelve con elementos de física teórica (p. 58), y citas al realismo mágico (p. 56)—, nos muestra a una escritora que se está haciendo, que ha tomado un muy buen trayecto para llegar adonde se ha propuesto, que es capaz de hilvanar símiles de una hermosura de esta guisa: “como si todavía tuviera diecisiete y la vida aún fuera una promesa” (p. 42), o expresiones como “cuando llega el alcohol se van los caballeros” (p. 34), pero que está en el camino. Viene de la novela negra pero se dirige a otra parte donde los réditos quizá no son tan instantáneos, aunque la recompensa personal sea, a mi parecer, mucho mayor.

Tal vez estas frases sean vacuas, vacías de contenido, porque estoy hablando de un libro que se pensó en más de su 85% en 2009, hace 8 años, y la autora haya redactado ya, o lo esté haciendo en estos momentos, una obra que supere a esta colección incluso en sus intenciones compositivas. García Cuevas proviene de la novela negra y la literatura policíaca, como bien se observa en su currículum. Sin embargo, en este libro, los recursos del policíaco juegan en pro de tramas más complejas, no resolubles según la dicotomía inocente/culpable. Ese hecho, unido a las referencias a la rica tradición fantástica de la literatura latinoamericana y los poliédricos personajes, hace que la persona lectora se encuentre con mucho más que relatos de literatura negra.

Yendo al meollo de la cuestión, el libro arranca con “Ojos que no ven”, excelente muestra del uso del argot por parte de la autora, y de las posibilidades de los recursos de esa literatura negra en otros ámbitos. Es muy buena la estructura de “Río revuelto”, aunque el final rompa la línea de verosimilitud en este lector. Me impresionó el diálogo final de “Gatos pardos”, un relato contado desde una voz extraída del relato negro, el ayudante del comisario. Ya por ese diálogo merece la pena leer el cuento. La voz coral que rige en “Mala hierba”, acompañada del halo de intriga, me recuerda a “A Rose for Emily” de William Faulkner. Sin embargo, el giro final de la voz narradora, aunque brillante, no alcanza el grado de lucidez del creador de la imaginaria Yoknapatawpha, pese a que pienso que este libro no trata de eso, sino del trayecto para llegar hasta allí. En “Buena sombra”, son las cartas del tarot y la predestinación las que construyen el andamiaje de la pieza, que se resuelve con un final abierto que supera el determinismo que supone conocer el futuro. “Destino trágico” es un cuento excelente, pero a mi entender abusa del efectismo. Aunque es muy bueno el recurso de novela negra que resuelve “Tampoco esta noche”, este es otro de los relatos en donde se observa un uso del efectismo que impide que la colección se eleve por encima de su ya muy notable nivel literario.  “Un poco de cariño” desgrana, con una delicadeza que embelesa, el contraste entre el impetuoso joven virgen y la meretriz experimentada pero olvidada en un rincón del prostíbulo. La idiosincrasia de la clase media se desentraña en “Poliedros conjugados” a partir del desengaño de un matrimonio, mediante el uso del cambio de focalización entre los distintos miembros de la unidad familiar y un sorprendente final. “Sueño de arena” es una pieza terrible y a la vez magnífica de la carga que lleva la mujer mexicana en esa sociedad y los abusos que sufre ya desde niña, narrada de forma excelente con el uso de una falsa primera persona. El final trágico que resuelve el triángulo amoroso que se desarrolla en “Líneas paralelas” da paso a “Designio”, cuento ya destacado que cierra el volumen.

Volviendo a la sensación de totalidad que me ha acompañado en mi lectura, esta se cimenta en la capacidad de García Cuevas de representar a todos los actores de la sociedad mexicana contemporánea. Desde el narco, hasta la mujer que cruza la frontera con los EEUU, pasando por el futbolista de la Liga MX o el realizador cinematográfico en nómina del más inesperado productor. Eso era algo que también encontré en La casa pierde y que he echado en falta en los cuentistas mexicanos que leí recientemente. Estamos hablando de una buena pieza en una nueva editorial/librería que promete, un feliz hallazgo por partida doble.