lunes, 11 de diciembre de 2017

Sinceridad filial- Nagari Magazine

Sinceridad filial- Nagari Magazine


En los distintos intentos experimentales que han enriquecido la historia de la literatura, la naturaleza individualista de la literatura occidental ha pretendido reinventar muchas veces la estructura del relato como una nueva forma de contar historias, sin pensar que esa estructura es una construcción social colectiva de las buenas historias, como demostró Vladimir Propp. Curiosamente, esas voces “experimentales” no tienen en cuenta muchas veces la dificultad que existe al tratar de explicar la experiencia desde ese corsé formal, que puede llegar a ser un ejercicio más experimental que el propio experimentalismo. Qué incómodo resulta percibir lo artificial de la crisis que acontece en el último tercio de una novela que se está leyendo con gusto, y qué provechoso resultaría utilizar esa estructura, crisis incluida, para plasmar en el caos de nuestra existencia las cosas que de verdad nos han importado. Da lo mismo que nunca se alcance la objetividad cuando el placer reside en sumergirse en lo que se cuenta. Pero para ello cabe renunciar tanto a la idealización individualista de autor como al concepto de genio, y utilizar otras varas para medir la imaginación, ya que experiencia todos atesoramos llegada una edad. Afortunadamente, hace ya unos años que la experiencia vivida, lo autobiográfico, el testimonio plasmado en el papel, están tomando protagonismo en el mundo literario. Aquí se ha tratado del tema en más de una ocasión, aunque no siempre el autor lo haya resuelto de manera brillante. Pero para hacer justicia a este autor del que voy a hablar hoy, y de la crítica en la literatura española, pues el texto ganó el Premio de la Crítica en 2011, cabría escribir sobre uno de los libros pioneros en esta tendencia. Se trata de un libro en el que asuntos familiares reales construyen el centro de la trama, no es otro sino Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968).

El tercer libro de largo aliento de Giralt Torrente —que no la tercera novela—, hijo del pintor Juan Giralt (1940-2007) y nieto del prestigioso escritor Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), está dedicado al primero. A diferencia de otros textos de esta temática que he leído, el narrador deja claro pronto que no se va a esconder tras cualquier tipo de máscara de ficción: “Hablar por primera vez con la propia voz. Una sensación nueva que aturde: no poder inventar.” (p. 13) Se aleja de forma explícita de la ambigua autoficción: “Aunque mi oficio supuestamente sea el de imaginar vidas, no puedo imaginar las distintas posibilidades de la mía.” (p. 122) Eso le va llevar a hacerse preguntas de calado sobre la escritura autobiográfica: “¿Cómo construir con la memoria una historia equilibrada cuando tan sólo disponemos de una mirada, y esa mirada está tamizada, influida además, por nuestro propio ser único?” (p. 49) A partir de ahí el autor-narrador muestra la tremenda complejidad de desnudarse ante la audiencia lectora. No pretende agradar. Y el conflicto que subyace entre padre e hijo, que es grande, se desarrolla a través de una historia de burgueses bohemios y decadentes, pese a que en muchos momentos pasen graves dificultades económicas. Además de la separación de los padres y del temprano abandono del progenitor de sus obligaciones morales, se narra la gran renuncia de la madre y el hijo: la pérdida de la asistenta interna (p. 46). Y se habla del dibujo que Joan Miró le dedicó al autor (p. 40). O se menciona la esmeralda que el autor-narrador regala a su mujer para su boda (p. 95). Ese es el nivel. Pero se agradece esa sinceridad después de leer y escuchar a tanto poeta del pueblo de familia bien que se arroga la representación de las clases bajas. Al menos Giralt no engaña a nadie. La parte en que más me carga, sin embargo, es la de las justificaciones propias y ajenas, que se pueden encontrar en las páginas 138 y 139. ¿No basta con narra la vida para que la persona lectora saque sus propias conclusiones? ¿Hay que dirigirla?

En cuanto al estilo, el uso de recursos estilísticos elevados que embellezcan el texto brilla por su ausencia. Apenas se utilizan metáforas y estas son muy contenidas (“me pregunto si mido bien el carillón de recuerdos con el que pretendo acercarme a una objetividad imposible” [p. 72]). Se utiliza muy a menudo el presente y se narra buena parte de los hechos de forma notarial, como el tono del duelo que aquí se cuenta. Se mantiene así hasta el final, pese a atravesar pasajes trágicos. Eso muestra que el autor-narrador ha pensado mucho la relación íntima entre la forma y el contenido, y en que la enfermedad del padre no apantalle el resto de la narración, el resto de su vida, como se observa desde el arranque del libro. Ya solo por ese magnífico arranque, en el que el autor avisa del uso preferencial que va a hacer de la repetición como recurso estilístico, merece leerse.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Johnny Thunders en Barcelona - Suburbano

Johnny Thunders en Barcelona - Suburbano


Una vieja estrella del rock en su declive, aguantando a duras penas la guitarra en una esperpéntica gira, puede convertirse en terreno abonado adecuadamente en un momento mítico de ese escenario geográfico, sobre todo si es de segunda fila. Las visitas de Johnny Thunders (1953-1991) a Barcelona son quizá uno de los episodios determinantes de la literatura pop recreada en la Ciudad Condal. A la que tuvo lugar en 1986 y a los múltiples yonquis y camellos que conoció el cantante de Nueva York, dedica muchas páginas Sabino Méndez en la aquí reseñada crónica: Corre, roquer, poniendo especial interés en la anécdota del yonqui que le acompañó a comprar heroína en el Chino, y que se acabó convirtiendo en el fantasma del cantante. También en una visita de Thunders a Barcelona se inspira la aclamada novela de Carlos Zanón (Barcelona, 1966): Yo fui Johnny Thunders, pero lo hace a partir de otro fugaz concierto, este escondido a mitad de camino entre el recuerdo y la leyenda, el del Magic de 1989, solo dos años antes de la muerte del cantante y guitarrista.

Thunders se apoya en un músico local: Mr. Frankie, para ocultar su deplorable estado en aquella actuación. Mr. Frankie, también conocido como Francis, es un músico de punk-rock que tiene que volver a su barrio tras haber fracasado en su intento de triunfar en el mundo de la música. Ahora es un alma rota, un ex drogadicto que tiene que volver a vivir con su padre, un anciano con un pasado también turbio. El viejo está acusado de abusar de su hija adoptiva: Marisol, hermanastra de Francis, en su tiempo enamorada del protagonista cuando era joven, y ahora embarcada en una relación con el maduro dueño de un bingo. Sera su amante el que le conseguirá un trabajo de guardia de seguridad y, más tarde, mensajero, que le permita a Francis obtener el dinero necesario para seguir viendo a sus hijos, sobre todo al mayor: Víctor, ante la demanda de su ex mujer.

Es este medio ambiente sórdido el que le permite al narrador bucear en las miserias del pasado de Francis cuando pretendía ser alguien importante: Mr. Frankie. Se suceden los excesos del pasado, las vidas rotas, las esperanzas quebradas. También ese pasado es el que introduce el rock con naturalidad en la narración: los locales roqueros de Castelldefels, la calle Escudillers, los hippies, el punk campando a sus anchas por Barcelona, un concierto a media luz el año 1993 (págs. 215-219)... La cumbre del protagonismo de la música la experimenta la canción “Debaser”, de The Pixies. Se introduce un análisis de la canción en el capítulo 33 “Chien Andalusia” (págs. 220-224); para después llevarlo a la práctica en el siguiente capítulo, en una fuga frenética que muestra claramente que el narrador ha entendido el ritmo (págs. 225-229). “Debaser” es una de las canciones más frenéticas de The Pixies, forma parte de Doolitle, el segundo LP de la banda, y puedo asegurarles que escuchar esa canción, que tantos recuerdos me devuelve, y leer ese capítulo 34 de Zanón: “Niño mutante”, provocan sensaciones hermanas. Nunca antes había tenido una experiencia tan epifánica entre literatura y rock.

El rock, sin embargo, es la banda sonora que acompaña una sórdida historia de literatura negra, una historia de barrio protagonizada por matones de medio pelo y viejos ex delincuentes que pretenden una vida más cómoda regentando negocios más respetables, como el actual novio de Marisol. Es una trama que pone a prueba a los personajes, con todas sus poliédricas caras. En ese punto, a la persona lectora le chirrían ciertas convenciones de un género artificial como es el noir. Pero eso acaba no siendo un problema. Lo más destacable en esta novela, es la construcción arquetípica de esos perdedores que habitan sus páginas. Si para este lector el problema de la narrativa de Méndez es su engreimiento, este brilla por su ausencia en el narrador de Yo fui Johnny Thunders. Para numerosos críticos, el autor se emparenta con Vázquez Montalbán. No diré que no porque existen paralelismos, pero para mí, los personajes y las descripciones psicogeográficas también recuerdan mucho a Marsé.

Estamos hablando, por tanto, de literatura. Zanón se inició como poeta, pero no es la suya una prosa poética, sino una escritura sencilla que pierde el compás en algunos momentos. Sin embargo, la fuerza de los personajes, sobre todo la del protagonista principal, Mr Frankie/Francis, compensa con creces las carencias estilísticas. Yo fui Johnny Thunders puede ser una novela negra. Pero, si se obvian los necesarios clichés del género, es una novela de la vida real, con las miserias cotidianas y los lugares oscuros de las personas que la habitamos, que a uno le traen a la memoria a amigos y a antiguas parejas, los que están y los que dejaron de estar, pero que han poblado su universo personal, y eso solo es posible gracias a una buena novela, como la de Zanón. Lástima del titubeante final. Cuando la emoción se encuentra en el punto más álgido, el narrador la disipa.

lunes, 6 de noviembre de 2017

UNA RADIOGRAFÍA DE LA LITERATURA MEXICANA ACTUAL

De nuevo me congratulo de una buena noticia literaria. Si en mi anterior post celebraba el surgimiento de un nuevo espacio literario, quiero dedicar esta entrada a la muy positiva aparición del primer libro de Nagari – Katakana editores: Tiempos irredentos. Se trata de una antología de seis cuentos escritos por algunas de las voces más importantes de la literatura mexicana actual: Alberto Chimal, Erika Mergruen, Isaí Moreno, Yuri Herrera, Úrsula Fuentesberain y Lorea Canales. Va acompañado de un prólogo de la prestigiosa Elena Poniatowska. En este libro, el lector se enfrenta a una radiografía de lo que se está cociendo en México en el ámbito literario, no tanto una obra que plasma totalidad, como en mi anterior reseña, porque se trata de una obra colectiva. En este sentido, no resulta menor recordar que este proyecto, su cuidada edición, las imágenes que acompañan a a los textos, obra de Mike Vargas, surge del esfuerzo de una serie de personas, organizadas en torno al proyecto Nagari, de las que sobresale en este caso Omar Villasana, poeta y editor de este volumen, dispuestas a difundir la cultura en español en el difícil mercado norteamericano. De ahí la apuesta bilingüe y el trabajo de los traductores, que también debe ser mencionado. Me refiero a George Henson (traductor y coordinador), Arthur Dixon, Silvia Guzmán y José Armando García.


Si el lector se encuentra con una radiografía de la literatura mexicana, bueno será que este reseñista radiografíe los distintos relatos que aparecen en Tiempos irredentos. El primero de los cuentos que uno se encuentra: “Frío”, de Alberto Chimal es, simple y llanamente, una demostración de porqué Chimal es uno de los mejores cuentistas de México, no solo de ahora, sino de toda su historia literaria. Contiene esa atmósfera pseudo fantástica en la que Chimal se maneja tan bien. A través de ella, el autor se permite hacer confluir la tan nombrada tradición fantástica latinoamericana —y también mexicana, que aporta grandes nombres a la lista, como Juan Rulfo o Juan José Arreola— con la vida cotidiana de su país. “Frío” narra la visita del narrador al consultorio de Cosme Valek, un peculiar curandero que trata de solucionar los problemas de reflujo de la voz que narra. La revelación final, que queda abierta y tiene tintes de identidad sexual, no oculta los entresijos del poder y la realidad política mexicana a través de alguno de los nuevos pacientes de Cosme, como Miguel Ángel, “el hombre más poderoso de México” (pág. 18).

“Eutanasia”, de Erika Mengruen, es un relato vertebrado de manera fragmentaria a partir de las habitaciones de un hospital. En él, la persona lectora se encuentra distintas realidades familiares en una cuidada simetría. Reconozco que las primeras dos historias, que contraponen la ternura a los malos tratos y la violencia de género, me sorprendieron y me parecieron una combinación sublime. Pero si este reseñista ha de ser sincero, no acabo de entender la necesidad de las dos últimas entradas, más cortas, para el perfecto equilibrio del cuento.

En “Rottweiler”, Isaí Moreno narra, desde los ojos de Octavito, la llegada de unos extraños hombres con sus perros, de raza Rottweiler, al parque que suelen frecuentar el niño y su hermana mayor: Ani. La ansiedad que va acumulando Octavito cristaliza en la amenaza que los recién llegados suponen para la sexualidad emergente de su hermana preadolescente a través del peligro que sufre Chiquis, el perrito de los niños, por culpa de los Rottweiler. La historia se cierra con un final abierto. Pero en todo momento sugiere los miedos que atenazan a la clase media mexicana en una realidad cada vez más violenta, invadida por esos extraños que han empezado a poblar su vida sin previo aviso. Se trata de uno de los cuentos que más me ha gustado. Podría llegar a compararlo sin problemas con “Casa tomada”, de Julio Cortázar, salvando las distancias estilísticas entre ambos autores. En los dos casos, la contención se utiliza con maestría.

Yuri Herrera usa en “Los otros” otra técnica muy cortazariana. El autor trabaja con dos series paralelas. Por un lado, la imagen del hombre terrible, una silueta que amenaza en todo momento al narrador. Por el otro, la historia íntima del narrador con su primera novia, a quien acompaña a unas pruebas médicas que deben certificar un cáncer. La estrategia protectora del narrador para con su ex novia se torna contra él cuando se revela el pasado secreto de ella. Mientras tanto, el “hombre terrible” ejecuta su terrible sentencia justo en el momento en el que la ex novia del narrador sale de la consulta. De nuevo, la amenaza de la violencia que se cierne sobre la sociedad mexicana es la protagonista.

La de Úrsula Fuentesberain, “Preguntas sobre la propagación del moho”, es una historia a medio camino entre la emigración mexicana a EEUU y el género. Una madre hilvana un monólogo para su pareja mientras recuerda su infancia en Arizona y el embarazo de su hijo, Daher. El peso de la ciencia en este relato es importante porque la narradora está estudiando química en la universidad, y varias reflexiones científicas se intercalan a la terrible y sorprendente revelación que espera a quien lee el cuento. De todas ellas, me gustaría destacar esta por su profundidad: “¿Sabías que dos sistemas aislados pueden permanecer en equilibrio térmico al ponerse en contacto siempre y cuando «contacto» signifique intercambio de calor, pero no de partículas?” (pág. 42)

La llegada a la edad adulta a partir del descubrimiento del sexo es el hilo que estructura “Kilimanjaro”, de Lorea Canales. La referencia a Hemingway en el título resulta más que evidente. De unos inicios en donde la sombra de la infidelidad y las obligaciones cotidianas cercan a Margarita, la narradora, esta pasa a recordar su primera relación sexual, con Alex, y la realidad sexual masculina, tan ajena a la de la protagonista en aquel momento. Las complicaciones que conlleva para Margarita esa primera relación son la antesala de lo que será su madurez sexual.


En definitiva, un buen puñado de cuentos, algunos de ellos puras joyas, que bien merecen su lugar en la librería Altamira de Miami que muestra la imagen anterior, y deberían tener mayor atención mediática en ambas lenguas (castellano e inglés), en especial, por el esfuerzo realizado por el editor, que no solo se debe medir en horas, sino también en sacrificios pecuniarios. En especial, porque Al adquirir un ejemplar de esta obra se apoya a Casa Xochiquetzal: un albergue que tiene una misión asistencial. Beneficia a un sector vulnerable de la sociedad por edad, sexo y situación social, mediante la atención de necesidades básicas en materia de alimentación, vivienda; asistencia médica, jurídica; ayuda para servicios funerarios, orientación social y promoción de los derechos humanos.

Como visión, su finalidad es ofrecer un espacio digno a trabajadoras sexuales de la tercera edad de escasos recursos y/o riesgo de calle, proporcionando vivienda, alimentación y servicios de atención médica, psicológica y asesoría legal, contribuyendo al mejoramiento y promoción de los derechos humanos para evitar todo tipo de discriminación y maltrato, desde una perspectiva de equidad y compromiso social. Asimismo, busca servir como modelo de desarrollo asistencial en su tipo, propiciando de manera ejemplar la promoción de los derechos humanos y evitando cualquier tipo de discriminación y maltrato.

Para donaciones directas a Casa Xochiquetzal via Pay Pal: mujeresxochiquetzal@gmail.com

o bien en este enlace: https://casaxochiquetzal.wordpress.com/donaciones/

viernes, 3 de noviembre de 2017

Feliz hallazgo - Nagari Magazine

Feliz hallazgo - Nagari Magazine

Utilizo este espacio que me otorga Nagari para mencionar la aparición de un nuevo lugar literario: La Moderna, una librería virtual que es a la vez editorial, obra de David Matías, académico, editor y escritor, que celebraré mediante la reseña de uno de los libros que nos ofrece. Hablo de Ojos que no ven, corazón desierto, de la mexicana Iris García Cuevas.

El libro es una colección de 12 relatos que, según la sinopsis que aparece al final del volumen a modo de nota informativa, resulta de una reedición de la obra tras haber incorporado dos nuevas piezas: “Destino trágico” y “Tampoco esta noche”. No sé cómo serían las críticas tras la primera edición del libro, de 2009, dotada en aquel caso de 10 cuentos, pero debo confesar que hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a un escrito con un afán de totalidad de la sociedad mexicana contemporánea como este. Para ser exactos, no me sucedía algo así desde que leí Los esclavos, de Alberto Chimal, que era una novela alegórica. Pero en formato de colección de relatos, debo remontarme al muy celebrado La casa pierde de Juan Villoro. Cabe ser ecuánimes. El de Villoro era un libro que anunciaba su madurez como escritor, que acabaría culminando con el éxito que supuso la obtención del Premio Herralde en 2004. La de García Cuevas es una obra que, pese a notables destellos de estilo —en especial, el último de los relatos: “Designio”, un cuento fantástico sobre el deseo y el destino en la vida cotidiana, que se resuelve con elementos de física teórica (p. 58), y citas al realismo mágico (p. 56)—, nos muestra a una escritora que se está haciendo, que ha tomado un muy buen trayecto para llegar adonde se ha propuesto, que es capaz de hilvanar símiles de una hermosura de esta guisa: “como si todavía tuviera diecisiete y la vida aún fuera una promesa” (p. 42), o expresiones como “cuando llega el alcohol se van los caballeros” (p. 34), pero que está en el camino. Viene de la novela negra pero se dirige a otra parte donde los réditos quizá no son tan instantáneos, aunque la recompensa personal sea, a mi parecer, mucho mayor.

Tal vez estas frases sean vacuas, vacías de contenido, porque estoy hablando de un libro que se pensó en más de su 85% en 2009, hace 8 años, y la autora haya redactado ya, o lo esté haciendo en estos momentos, una obra que supere a esta colección incluso en sus intenciones compositivas. García Cuevas proviene de la novela negra y la literatura policíaca, como bien se observa en su currículum. Sin embargo, en este libro, los recursos del policíaco juegan en pro de tramas más complejas, no resolubles según la dicotomía inocente/culpable. Ese hecho, unido a las referencias a la rica tradición fantástica de la literatura latinoamericana y los poliédricos personajes, hace que la persona lectora se encuentre con mucho más que relatos de literatura negra.

Yendo al meollo de la cuestión, el libro arranca con “Ojos que no ven”, excelente muestra del uso del argot por parte de la autora, y de las posibilidades de los recursos de esa literatura negra en otros ámbitos. Es muy buena la estructura de “Río revuelto”, aunque el final rompa la línea de verosimilitud en este lector. Me impresionó el diálogo final de “Gatos pardos”, un relato contado desde una voz extraída del relato negro, el ayudante del comisario. Ya por ese diálogo merece la pena leer el cuento. La voz coral que rige en “Mala hierba”, acompañada del halo de intriga, me recuerda a “A Rose for Emily” de William Faulkner. Sin embargo, el giro final de la voz narradora, aunque brillante, no alcanza el grado de lucidez del creador de la imaginaria Yoknapatawpha, pese a que pienso que este libro no trata de eso, sino del trayecto para llegar hasta allí. En “Buena sombra”, son las cartas del tarot y la predestinación las que construyen el andamiaje de la pieza, que se resuelve con un final abierto que supera el determinismo que supone conocer el futuro. “Destino trágico” es un cuento excelente, pero a mi entender abusa del efectismo. Aunque es muy bueno el recurso de novela negra que resuelve “Tampoco esta noche”, este es otro de los relatos en donde se observa un uso del efectismo que impide que la colección se eleve por encima de su ya muy notable nivel literario.  “Un poco de cariño” desgrana, con una delicadeza que embelesa, el contraste entre el impetuoso joven virgen y la meretriz experimentada pero olvidada en un rincón del prostíbulo. La idiosincrasia de la clase media se desentraña en “Poliedros conjugados” a partir del desengaño de un matrimonio, mediante el uso del cambio de focalización entre los distintos miembros de la unidad familiar y un sorprendente final. “Sueño de arena” es una pieza terrible y a la vez magnífica de la carga que lleva la mujer mexicana en esa sociedad y los abusos que sufre ya desde niña, narrada de forma excelente con el uso de una falsa primera persona. El final trágico que resuelve el triángulo amoroso que se desarrolla en “Líneas paralelas” da paso a “Designio”, cuento ya destacado que cierra el volumen.

Volviendo a la sensación de totalidad que me ha acompañado en mi lectura, esta se cimenta en la capacidad de García Cuevas de representar a todos los actores de la sociedad mexicana contemporánea. Desde el narco, hasta la mujer que cruza la frontera con los EEUU, pasando por el futbolista de la Liga MX o el realizador cinematográfico en nómina del más inesperado productor. Eso era algo que también encontré en La casa pierde y que he echado en falta en los cuentistas mexicanos que leí recientemente. Estamos hablando de una buena pieza en una nueva editorial/librería que promete, un feliz hallazgo por partida doble.

sábado, 28 de octubre de 2017

El hilo musical del Pop español - Suburbano

El hilo musical del Pop español - Suburbano


Dos cosas hay en Hilo musical (Alpha Decay, 2010), la primera novela de Miqui Otero (Barcelona, 1980) y la protagonista de la nueva entrega de esta serie sobre literatura española y cultura pop, que me gustan por encima de todo: la construcción naif del personaje narrador, y la manera cómo el autor recupera fragmentos de su pasado.

La primera estrategia se percibe desde el minuto uno, con el fulgurante arranque del muchacho que trabaja de guardia de seguridad en una nave industrial y debe huir ante el inminente robo que se está perpetrando allí. La construcción de ese personaje se complementa con el relato de su historial laboral (págs. 40-41), y su notable ingenuidad frente al personaje femenino principal: Alma.

En su fuga inicial, el narrador llega hasta Villa verano, un parque temático en la costa del Mediterráneo en el que los trabajadores van disfrazados de animales en su mayor parte. Alma es la encargada de esos disfraces. Allí se desarrolla la segunda estrategia, a través de las conversaciones con Nemo: “el Capitán”, más conocido con posterioridad como Inocente, aunque de inocente no tenga nada. Es a través de estas conversaciones como el narrador: Tristán, evoca su pasado. Habla de sus años de fracaso en la universidad junto a Valentín, de la cinta de las lentas y las rápidas, y de su infancia friqui.

Es también a través de ese personaje poliédrico: “el Capitán”, como Otero hilvana una historia del pop que hasta ahora no se había narrado, la del pop ibérico. Inocencio no es más que un vestigio de aquellos tiempos. Era el cantante y compositor de los míticos, por inexistente, Los Famosos. Y a partir de ese grupo ficticio, recupera la historia de un pop que emergió en las catacumbas del franquismo contra el poder dominante, el de Los Salvajes, Los Bravos, Los Relámpagos o Los Canarios. También se rescata la narración de locales míticos, como la Sala Price de Barcelona o Les Golfes de Vilanova i la Geltrú, o de prehistóricos concursos radiofónicos como el de Radio Madrid. Se trata de un pop en castellano que está hermanado con el que se hacía al otro lado del charco, en los países de habla hispana, como el de Los Impala, de Venezuela, que también se citan.

Hay otras referencias a los orígenes del pop en España, como los bolsilibros (libros de bolsillo de temática pulp que corrieron como la pólvora en la España de la época), la ciencia ficción, las varias citas intertextuales a Francisco Casavella (El triunfo en pág. 54), primo del autor y protagonista principal de esta serie cuando hizo su llegada a Barcelona, además de menciones a los dibujos animados de Los Picapiedra y Los Imposibles (págs. 23 y 88), aunque sean referencias anglosajonas.

Del estilo de Otero, que se me antoja muy gallego por la subordinación y el uso del humor, aunque también sea catalán, destaca el desparpajo en el uso de las metáforas: “de quien canta bingo cuando le han desahuciado y quitado la custodia de los hijos” (pág. 85). Y también el buen oído para el lenguaje de la calle. La frase: “tengo más hambre que el perro de un afilador” (pág. 48) se la oí cientos de veces a mi padre, que no era gallego sino andaluz. Además, destaca el tono de los diálogos, en donde se habla con un nítido sonido de barrio de temas como “meterse” o de los “nens” (págs. 55 y 56). Eso no supone un problema para incluir en la narración elementos más experimentales, como el uso gráfico del espacio en la página (en pág. 127 o en pág. 290).

Así que esta primera obra de Otero, se me antoja un muy buen principio y un libro fundamental en esta serie. Cierto que cualquier crítico siempre puede encontrar peros a una obra, e Hilo musical no es la excepción. Hay un momento, el de la crítica al mundo del trabajo y a los parques temáticos, que me recuerda mucho, quizá demasiado, a George Saunders, con la salvedad de que aquí se resuelva con cierta precipitación, cuando Saunders se puede pasar hasta 14 años para finalizar alguno de sus relatos. Es cierto que la trama del hilo musical resulta ingeniosa, pero la crítica social podría haberse resuelto de otra forma. Eso no es óbice para reconocer la maestría de Otero al componer, que se observa no solo en este libro sino en los siguientes (La cápsula del tiempo [Blackie Books, 2012] y Rayos [Blackie Books, 2016]). Soy un lector irredento de la obra de Rodrigo Fresán, llegando a rozar el fanatismo. Gracias a él conocí a uno de sus autores de cabecera: Kurt Vonnegut (a través de Vonnegut llegué a Saunders). Fue tras esas lecturas cuando incubé la posibilidad de narrar mi vida desde un mundo irónico y parcialmente fantástico. El hecho de que yo haya fracasado en mi intento no me incapacita para darme cuenta de que Otero sí lo ha conseguido. Lo ha hecho, además, con gran brillantez, como se observa en el arranque de Rayos, su última novela. Hilo musical es la primera entrega de ese proyecto que desde estas líneas aplaudo con ganas.