lunes, 14 de mayo de 2018

Otras narrativas - Nagari Magazine

Otras narrativas - Nagari Magazine



Breve, así consideré la literatura del escritor peruano-americano Salvador Luis (Lima, 1978) al valorar su anterior libro de relatos: Shogun inflamable. En su nueva entrega: Otras cavidades (Elektrik Generation), sigue siendo breve, pero ha añadido nuevas características a su estilo, además del sadismo que ya presidía su anterior libro, lo que enriquece su escritura y también la literatura escrita en español con nuevos referentes hasta ahora ajenos.

El primer atributo, aunque no es nuevo porque ya figuraba de forma enmascarada en sus anteriores obras, es la intertextualidad. Entre las historias cortas de Salvador Luis la persona lectora encontrará a un César Aira que se enfrenta a un segundo César Aira (“Animales sin salida”); a Zelda, la mujer de F. Scott Fitzgerald (“La desquiciada bailarina Zelda Sayre”); y a un Thomas Pynchon con tendencias psicopáticas (“Status panicus”). Salvador Luis, muy aficionado a la cultura pop, incluye a estos personajes literarios en su particular universo pop junto a Charles Mason y otros nombres que aparecen en sus libros anteriores. Estos personajes literarios reales, ahora de papel, llevan al autor a enfrentarse a una serie preguntas metaliterarias sobre el entramado de la ficción. En el caso de Zelda y su relación con Scott, por ejemplo, el narrador se pregunta: “¿quién es el personaje y quién el autor? ¿Existe un universo sayriano que contiene el universo de Fitzgerald? ¿Existe Scott sin Zelda?” (p. 18) Esos elementos metaliterarios conformarían el segundo de los atributos de las narraciones de Otras cavidades. El tercero es la experimentación, muy del gusto del autor, aquí ampliada con el uso del texto en la página, tal vez con la idea de la pantpágina de Vicente Luis Mora en mente a la hora de componer los relatos. El fragmento es el protagonista de la página en “Un tiburón en el patio”. Pero es especialmente en “Late Victorian Holocaust”, el último cuento y el más extenso, también el que más me gustó, donde, además de experimentar con imágenes y espacios, y jugar con referentes de la cultura pop, se observa mejor la importancia del fragmento en la escritura de Salvador Luis, otorgándole todo el protagonismo: “Una apertura en negro que absorbió la placidez de nuestra bohemia citadina” (p. 154). En el estilo del autor no es el único recurso experimental. También se identifica a partir del uso de listas (“Coreografía para principiantes de coreografía”, “Querida madre”) A todos esos atributos se une el Salvador Luis más psyco killer (psycho killer literario, se entiende), el de “Voz de un aliado”, “En las zanjas” o “El primer cementerio” —“Status panicus” sería una síntesis entre el anterior Salvador Luis y el autor que se nos presenta a través de estos relatos—; y su gusto por la ciencia ficción (“El Nuevo Teatro Anatómico”, “Versus”, “Post-Apocalyptic City [of Amoeba and Dust and Wind]”), la fantasía (“Coreografía para principiantes de coreografía”, “Un tiburón en el patio”) y el terror (“Querida madre”); y por todos los subgéneros considerados como periféricos por la literatura en español en el pasado, sin menospreciar la profundidad en sus planteamientos (“Arthur Shopenhauer y el meltdown”). No en vano “Versus”, otro de los relatos más destacables nos hace pensar sobre nuestra fanática dependencia de la tecnología en un mundo programado por su obsolescencia.

En cuanto a la escritura, como en sus anteriores entregas, el estilo de Salvador Luis sigue siendo sencillo pero complejo y conciso. Se trata de una suerte de disección de las sombras que se ocultan tras los seres humanos, plagada de pequeños detalles que cambian la percepción de quien lee. Los recursos, sin embargo, se han ampliado, Salvador Luis sigue siendo un maestro de la brevedad, pero ahora incluye más elementos vanguardistas extraídos de su experimentación, y los combina con otros, como los diálogos sin acotaciones (“Versus”), la enumeración, el fragmento, un uso más vanguardista de la página y las imágenes, o el monólogo interior que ya utilizaba con maestría. En definitiva, la literatura de Salvador Luis forma parte de esas otras narrativas que, desde la experimentación y la asimilación de la periferia, acabarán por transformar la narrativa mainstream en español.

viernes, 27 de abril de 2018

Su lucha - Suburbano

Su lucha - Suburbano



En su Diccionario de las artes, Félix de Azúa utiliza una historia para ilustrar la categoría “artista”. Recurre a una anécdota, la de los judíos que eran transportados en largos trenes de mercancías hasta los campos de concentración del Tercer Reich. Los viajeros forzosos se organizaban en aquellos compartimentos opacos, sin ventanas, para que uno de ellos pudiera llegar hasta lo más alto del vagón. Allí había unas rendijas que permitían ver el exterior. El elegido narraba el trayecto. Solo aquellos que capturaban la atención de los demás con su narración permanecían en esa posición de privilegio. Azúa compara a estos elegidos con el concepto de artista, con la función del artista en la sociedad.

Es importante retener esta imagen a la hora de valorar la producción desde la literatura del yo que está teniendo lugar en este momento. De la misma forma que no se puede hablar de ese tipo de literatura en 2018 sin hablar de Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968), el escritor noruego que, en 2009, a sus cuarenta años recién cumplidos, decidió poner negro sobre blanco toda su vida en una autobiografía en seis volúmenes que abarca más de tres mil páginas, y que ha recorrido con un éxito prodigioso las audiencias literarias mundiales, aunque con una recepción no exenta de polémica.

El recurso fundamental que utiliza Knausgård es el no recurso. No hay máscaras tras las que esconderse. El autor se presenta al lector exponiendo su intimidad de forma peligrosa, presentando sus amores y desamores, sus borracheras, sus actitudes, su vida familiar y, sobre todo, la conflictiva relación con su padre. Todo ello le ha granjeado una serie de quejas públicas —de su primera mujer, de otros escritores— y alguna demanda judicial —de la familia de su padre—, además de un éxito literario sin precedentes para un autor noruego. Ha vendido casi medio millón de ejemplares de la primera entrega de su lucha: La muerte del padre, en un país de cinco millones de habitantes. Aunque se vendieron poco más de treinta mil ejemplares en EEUU, un país donde el consumo de libros es elevado, ha conseguido la admiración de nombres tan destacados como Zadie Smith, Jeffrey Eugenides o Jonathan Franzen. Sus obras se han traducido con notable resonancia a varios idiomas, en castellano en Anagrama, que el mes que viene publicará la sexta y última entrega, la que más relaciona la polémica cita que titula la saga con el escrito histórico de Hitler.

Pero una obra tan extensa que se publica en tan poco tiempo —el escritor necesitó tan solo de dos años, escribiendo más de diez, a veces hasta veinte páginas al día— también ha encontrado detractores. A partir de la metodología del autor, resulta evidente que se trata de una prosa sencilla, que solo por momentos brilla con comparaciones poéticas del tipo:

“Lo que yo percibía de las habitaciones era lo muerto, lo que se me resistía, y no como la muerte en el sentido de vida que se interrumpe, sino como ausencia, de la misma manera que la vida está ausente de una piedra, un vaso de agua, un libro. La presencia de nuestro gato Mefisto no era lo bastante fuerte como para reprimir este aspecto de las habitaciones, yo sólo veía el gato en la habitación vacía, pero si entraba algún ser humano, aunque sólo fuera un bebé, eso desaparecía. Mi padre llenaba las habitaciones de desasosiego, mi madre las llenaba de dulzura, paciencia, melancolía, y, a veces, cuando volvía muy cansada de trabajar, también de una suave y sin embargo notable subcorriente de irritabilidad. Per, que jamás pasaba de la entrada, la llenaba de alegría, ilusión y sumisión. Jan Vidar, que hasta ahora era el único de fuera de la familia que había entrado en mi habitación, la llenaba de terquedad, ambición y camaradería. Lo interesante surgía cuando había varias personas juntas, porque no cabía más que una, máximo dos huellas de voluntades en una habitación, y no siempre la más fuerte era la que más se notaba. La sumisión de Per, por ejemplo, la cortesía que mostraba hacia las personas adultas, resultaba a veces más fuerte que ese carácter lobuno de mi padre” (La muerte del padre, pp. 121-122).

También es lógico que apenas haya trama en la historia normal de un hombre normal, tal como la ha definido el propio autor. Pero eso conlleva monotonía. Algunos lectores desengañados se han quejado del aburrimiento que les provoca la lectura de las obras del noruego. Sin embargo, ¿se puede considerar que la escritura de Knausgård es un bluf? ¿No se encuentra ningún tipo valor literarios en su literatura?

Para responder a estas preguntas solo puedo echar mano de mi experiencia lectora, como el autor noruego echa mano de su experiencia vivida para escribir sus libros. Debo decir que la primera entrega de la serie me pareció difícil. Cuesta entrar en un libro que empieza reflexionando sobre la muerte en la sociedad contemporánea para pasar de un salto a algunas vivencias infantiles del autor. Ese es el volumen en que a este lector le queda la impresión de la aburrida existencia de Knausgård, sobre todo, en el fragmento en el que narra su primera borrachera, un fin de año. ¿Quién no ha pasado por lo mismo? ¿Es ese un acto existencial heroico que merezca una narración? Sin embargo, la segunda parte, donde narra el descenso a los infiernos del padre, muerto por una complicación médica tras unos años de absoluta dejadez etílica, junto a la dramática decadencia de la abuela paterna, da algunas pistas del estructurado plan que el escritor noruego tiene y anima a continuar la lectura.

Por suerte para este lector, la segunda entrega es completamente distinta. Empieza con un ritmo endiablado en el que se observan desde primera fila las vivencias de un matrimonio con tres hijos en sus vacaciones. Es una escena sencilla pero no exenta de las tensiones en las que se reflejan la ansiedad, la rabia y el resentimiento de la vida cotidiana. Cualquier padre se vería reflejado en ese extenso pasaje. En el tercero de los libros, Knausgård se sumerge en su infancia y en la desgarradora existencia con un padre maltratador. Para las siguientes entregas, el autor evoca su experiencia como docente en el norte de Noruega con apenas dieciocho años —la cuarta— y deja sus inicios como escritor para la quinta.

De todas las posibles virtudes literarias de la autobiografía de Knausgård, yo resaltaría la planificación que desarrolla a lo largo de ella. Ese plan mental que mencioné previamente. El autor elije los recuerdos de forma que acaban convirtiendo los textos en novelas. Y estructura los volúmenes de manera que hasta que la persona lectora no está bien entrada en la mitad de la saga, no descubre el grado de crueldad que el autor sufrió de su padre. Con anterioridad apenas ha ido dejando adelantos. No debe ser fácil cuando estás contando tu vida de corrido. Has de tenerlo todo ya muy claro en tu cerebro. También resaltaría la construcción de los personajes, en especial, la del padre, que no solo protagoniza la primera entrega con su muerte y la tercera con las palizas de la infancia, sino que aparece desde distintos prismas en todos los libros. Es así como el autor nos da una visión poliédrica de un personaje fascinante pero terrible, un ser que se consume en una agonía que se sintetiza en la rigidez y la arbitrariedad durante la infancia y adolescencia del narrador, para pasar a atenuarla mediante la autodestrucción a partir de la separación de su mujer y el posterior compromiso con el alcoholismo pasados los 40 años. Se trata de una respuesta individualizada a lo insoportable de la existencia que el autor solo describe sin entrar en juicios más profundos en una narrativa que, por otra parte, está plagada de juicios.

La obra de Knausgård es un reflejo de la reacción social que, ante el simulacro de ficción que parece querer copar la realidad, ha empezado a emerger en la literatura y entre los lectores. Es un hecho del que ya advertía el escritor Miguel Ángel Hernández a raíz de su reseña sobre la última novela de Delphine de Vigan: Basada en hechos reales, que abunda en este debate, una realidad que en su momento me pasó desapercibida a la hora de valorar La mala sangre, la novela de Gabriel Goldberg, escritor argentino radicado en Miami, que es otro gran exponente de esa literatura. Otra cosa es que esa narración “auténtica” lleve a la monotonía y, en el caso de Knausgård, esté escrita con una sencillez que no será del gusto de los lectores estilísticamente más exigentes.

En conclusión, lo que más me gusta de Mi lucha no es la voz del narrador, sino la mirada a través de la cual nos presenta una vida particular, que todos sabemos que se inspiran en la realidad sin ambages. Esa mirada entronca con el valor estético más reseñable: la capacidad de elevar esa monotonía a un nivel superior, tal como hace el narrador de la anécdota de Félix de Azúa, el hombre que va camino de su holocausto, pero es capaz de narrar de forma poética aquello que pasa por delante de sus ojos.

martes, 10 de abril de 2018

Un diario del dolor - Nagari Magazine

Un diario del dolor - Nagari Magazine


La columna de hoy trata de La hora violeta (Mondadori, 2013), el escrito que diera a conocer al gran público al periodista y escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979). El entramado del libro es duro. Se trata del diario de un año del autor, desde que a su hijo de meses le diagnostican una leucemia muy agresiva hasta su muerte antes de cumplir los dos años.


Cabe calibrar la valentía de una persona que se pone a escribir desde un dolor tan grande como el que experimenta el narrador del libro, cuya distancia con el autor en este caso es mínima. Sin embargo, lo que más impresiona no es la historia, desgarradora en sí misma, sino la falta de odio con la que se conduce el narrador, y mucho más, teniendo en cuenta el personaje ácido que se ha creado del Molino en facebook. Es cierto que el inicio del relato es más sarcástico. Deja entrever la mala leche del ciudadano que tiene que sufrir un desengaño médico, como el protagonista de Breaking Bad ante el diagnóstico de cáncer en el episodio piloto. Pero pasado el primer tercio del texto, resulta impresionante la mirada descargada de ira del narrador, como impresionante es la descripción del mundo de la ciencia médica que nos envuelve cuando caemos enfermos: estadísticas, máquinas, batas blancas que esconden personas en su interior. Para aumentar el mérito, se añade la forma en la que el autor nos transporta hacia un desenlace que ya sabemos resulta muy elegante.

El libro no hace juicios. Es decir, sí los hace, del entorno, de la opinión de amigos y familiares, de los paisajes que contempla debido a los viajes que conlleva el tratamiento médico de su hijo, del personal médico que los atiende. Pero nunca de la enfermedad del hijo, nunca del dolor de la familia, nunca del drama de la muerte. Hay una mirada muy humana de las doctoras que ayudan a Pablo, de las personas que apoyan a los padres fuera del hospital, de los padres que comparten la planta de oncología infantil. Se trata de la mera descripción del dolor de un padre ante el sufrimiento de un ser querido: su hijo. Pablo.

Del Molino es, además de un sólido narrador, un excelente periodista. Eso se intuye en el episodio en que recuerda su cobertura de las víctimas aragonesas de los atentados del 11M en Madrid (p. 65). Hilvana una historia con los padres de un joven fallecido entonces, que muestran tanto la dificultad de la tarea como el tacto en el tratamiento del tema. Quién le iba a decir que años más tarde debería enfrentarse a la tragedia humana en primera persona.

Sin embargo, no todo fueron luces en la lectura. Debo reconocer que me choca la sintaxis en muchos pasajes del escrito. Me refiero a esa sintaxis entrecortada que inicia las frases sin partícula verbal o con pronombres relativos que la persona lectora se encuentra en frases del tipo: “Un bebé de menos de un año dormido en un sueño inquieto, dolorido y pálido” (p. 37). Se trata de una forma de escribir muy común hoy en día. Muy usada por los periodistas. Sin ir más lejos, una reciente columna de Elvira Lindo abunda en esas oraciones entrecortadas. Yo mismo las usaba a menudo en mis primeras publicaciones hasta que el consejo siempre sabio de mi tutor: George Yúdice, me recordó la importancia de la partícula verbal en una frase como la castellana, que no requiere de sujeto.

Puedo entender la idoneidad de ese recurso en literatura. A fin de cuentas, yo también soy un fanático de Joyce. Y creo que en muchos fragmentos del libro el autor lo utiliza con buen criterio para transmitir su malestar, su sufrimiento, la experiencia que le quiebra por dentro, como en la frase: “Por que el remedio no lo mate como ha matado a otros antes que él” (p. 44). Son otros pasajes más sosegados, como el citado más arriba, los que me sorprendieron. Pero llegué al final de la lectura, allí donde el autor confiesa que, pese a su devoción por Umbral, de quien disecciona su Mortal y rosa (p. 177), el texto ha pretendido ser escrito como un diario, con la inminencia de la escritura apresurada que conlleva el dolor; para mantener la esencia de los sentimientos que tanto él como su mujer han tenido que experimentar en este doloroso trance. Se entiende que es la escritura la que ha conseguido aguantarlo de pie en todo momento, la sinceridad de la escritura sin pararse a pensar en los recursos o en las formas. Y en ese instante breve de conocimiento no le quedan a este lector más palabras para enjuiciar la obra, sino la admiración.

sábado, 31 de marzo de 2018

Juegos de memoria - Suburbano

Juegos de memoria - Suburbano


Y llegamos a la última. Unos proyectos se acaban y comienzan otros. Aquí termina mi serie sobre literatura española y cultura pop. Aquí se inicia una nueva serie sobre literaturas del yo. Ambos campos convergen en Juegos reunidos, de Marcos Ordóñez, periodista y escritor, crítico de teatro en Babelia.

Por un lado, Juegos reunidos es el libro en el que el autor trata sus años jóvenes, a partir de un híbrido entre la autobiografía y las técnicas de autoficción. Estamos hablando otra vez de Barcelona. Estamos hablando de los años 70. El final del franquismo. El inicio de la transición. Es el desembarco sin cortapisas de la cultura pop en la geografía española. Eso se observa muy bien en el libro. La voz narradora hace mención al verano del amor (1969), y lo junta con citas a Agatha Christie, Simon & Garfunkel, los helados Camy, los tebeos de Ibáñez o las radioseries. Es una radiografía de la fiesta del consumo que se inició en España con el desarrollismo, y que resulta la antesala del desembarco pop. La carga de melancolía es notable. Todas esas menciones se notifican en el escrito como pérdidas en este relato de formación. También se notifica otro tipo de influencias más cultas, que parecen trazar el recorrido intelectual, como la colección completa de premios Nadal (p. 40).

Con la muerte del dictador, los movimientos contraculturales empiezan a campar a sus anchas. Con ellos arriba la cultura pop de los hippies, que el protagonista abraza con ganas, junto a la literatura de Manuel Vázquez Montalbán, en esa serie de paralelismos que traza de continuo el libro entre la cultura literaria y las otras culturas, más o menos populares, como el cine francés, mientras el protagonista se va convirtiendo en el periodista que luego será. En ese camino de formación se cruzarán producciones como American Graffiti, la primera película de George Lucas, o el recuerdo de los seriales radiofónicos, o la figura de Jaime Gil de Biedman (1929-1990), o las revistas de tendencias de una adolescencia precoz (la revista Fans).

Como arqueología de una Barcelona que desgraciadamente ya no existe, y como testimonio de los hábitos de consumo cultural de aquella generación, la novela me parece magnífica. Donde le veo peros es en el uso de la literatura del yo. Manuel Alberca ya menciona a Ordóñez en El pacto ambiguo como un autor ambivalente en el uso de la autoficción y la autobiografía refiriéndose a un libro anterior: Una vuelta por el Rialto. Alberca habla de un autor valiente que se atreve a narrar su propia vida, pero a partir de toda una serie de artificios que acaban descolocando al lector. Esa carencia también la encuentro en Juegos reunidos. Parece que el autor le tenga miedo a su propio yo. Por ejemplo, en el fragmento en que narra su llegada al mundo de la juventud y su salida de casa, lo hace a partir de otra voz narradora, la del primo del supuesto protagonista, que no se llama Marcos, como cabría esperar, sino Mario. Así, el autor está narrando su vida y, a la vez, no está narrando su vida. Está narrando la de un tal Mario que no es más que un trasunto del autor, y lo hace a partir de una voz interpuesta que debería dotar estos episodios de una mayor objetividad. Para qué, si páginas más tarde volverá la voz en primera persona, Patricia será de nuevo la Pepita que era al inicio de la narración, y Mario es de imaginar que vuelve a convertirse en Marcos con su misma voz. Se me antoja que todo el esfuerzo y la valentía que Ordóñez pone en desnudarse y narrarnos con gracia los episodios más importantes de su vida se difumina con este tipo de estrategias. Eso podremos contrastarlo con las futuras entregas de esta serie, cuando descubramos a autores que se enfrentan y resuelven de otra forma ese tipo de conflictos. Esto no ha hecho más que comenzar. Bienvenidos.

sábado, 3 de marzo de 2018

Una novela sobre la decadencia del pensamiento europeo - Nagari Magazine




El pasado 14 de febrero, día de San Valentín, tuve el placer de presentar en la librería 22 de Girona el libro Hojas (Sloper, 2017), reciente ganador del XIV Premio Café 1916, obra del escritor Andreu Navarra (Barcelona, 1981). Navarra es un reconocido ensayista pese a su juventud, con obras como El regeneracionismo. La continuidad reformista (2015) o El ateísmo. La aventura de pensar libremente en España (2016), entre otras. De la lectura del libro y la conversación con su autor surge este texto, que pretende sintetizar tanto la experiencia lectora como el estimulante intercambio de ideas.

Se trata de una novela estructurada en forma de diario íntimo, en la que un viejo filósofo, una farsante en palabras de su autor, se refugia en Ámsterdam tras la estela del pensamiento de Baruch de Spinoza, y de prostitutas que le hagan compañía. El texto tiene una carga notable de ironía, como se destila de frases del tipo: “De todas fomas, era francesa. / Dicen esas cosas. Luego nada.“ (36) O por la escena de porno-terrorismo anticolonialista que termina con una agresión de un emigrante musulmán (90-92). Es una ironía que se combina con toda una serie de aforismos que componen una suerte de análisis cultural de la sociedad occidental: “El turista corriente exprime las ciudades y renuncia a respirarlas.” (58) También con sencillez de estilo: “el aristocratismo supremo”, en donde el autor esconde recursos brillantes, como el uso reiterado del pronombre ‘yo’, en coherencia con un texto supuestamente escrito en francés y después traducido.

A partir de la cita de la primera página del libro: “he venido a buscar putas” (9), podría hablarse del carácter provocativo del narrador. Con esta pregunta se inició el debate. Navarra nos explicó que su protagonista se inspiraba en Emile Cioran (1911-1995). El Cioran que convivió con los situacionistas en París, aunque el protagonista de la novela sea húngaro con pasado comunista y no rumano con pasado fascista. También nos recordó que fue Fernando Savater quien divulgó en España la obra de este filósofo rumano que acabó muriendo de Alzheimer en París y hablando de amor mientras se iba de putas, como el protagonista de su diario íntimo.

La construcción de la sintaxis rota de la obra también es contemporánea de Cioran. Navarra reconoce haber leído la novela El amor, de Marguerite Duras, y comprender que el texto no iba a ninguna parte si no comenzaba a romper la sintaxis, a cortar las frases y a impregnar de caos la materia filosófica de la novela. Es más, el autor afirmó que sus tres autores de cabecera son la Duras, Thomas Bernhard y Pío Baroja.

Solventada la relación entre autor y narrador, Navarra entró a diseccionarnos la relación de un escrito de inspiración histórica con la contemporaneidad. Señaló que se trataba simple y llanamente de un anacronismo. Su protagonista pretende analizar el mundo de ahora desde la década de 1970.

Es a través de esa estrategia como debe asimilar el lector uno de los grandes temas del libro: la filosofía. Son varios los nombres de filósofos que le vienen a la mente al que lee la novela además de Cioran. Para mi uno fue Nietzsche, aunque Navarra lo considera demasiado adolescente. Él prefiere a Schopenhauer. Pero, sobre todo, Spinoza, que es la luz que guía a ese narrador decadente, hasta el punto de que no se sabe bien si ha escogido viajar a Ámsterdam para encontrar prostitutas o para hablar de Spinoza. Según Navarra, buen conocedor de la tradición anticlerical española, si destrozas la idea de Dios, como hizo Spinoza, y la canjeas por la de naturaleza, te conviertes en un materialista. Es en esa faceta, la del ensayo, donde el autor quiso rendir méritos a su maestro, el historiador y ensayista Ricardo García Cárcel (Requena, 1948), lo que dio lugar al animado debate que cerró el acto.