jueves, 21 de junio de 2012

MARCEL PROUST: PRECURSOR DE LAS NEUROCIENCIAS



Científicos y literatos recorren a veces un camino común. Pero en el caso de la memoria asociativa, Marcel Proust se adelantó a las neurociencias. Aunque los neurólogos dan nombres peculiares a las distintas memorias humanas, Proust ya distingía entre memoria voluntaria y memoria involuntaria al escribir En busca del tiempo perdido. De ahí el episodio de la magdalena. En cuatro páginas, el escritor francés relata cómo del recuerdo de un sentido, el gusto (el bocado de una magdalena mojada en infusión), puede surgir el recuerdo de un mundo entero. Según sus propias palabras: “todo Combray y sus alrededores […] salió […] de mi taza de té.”

Hoy en día, los neurólogos saben que la coincidencia temporal en la percepción de dos estímulos sensoriales, como el gusto y la vista, refuerza las conexiones entre neuronas. Conexiones que hace tiempo se definieron como sinapsis. La asociación del sabor de la magdalena, en el caso de Proust, se grabó en sus sinapsis con todas las imágenes que lo acompañaban y quedó guardado en un lugar recóndito de su mente. Los neurólogos llaman a eso memoria a largo plazo.

Las evocaciones del pasado se basan en las redes de memoria, estructuras maravillosas que se entrelazan con las redes que perciben los sentidos. Es por eso que si se repite uno de los estímulos asociados (en el caso de Proust, el gusto), se activa la red de memoria asociativa que permite recuperar el otro estímulo (las imágenes de Combray). Son los dos estímulos juntos los que accionan la memoria a largo plazo. El mecanismo que le permitió a Proust, el primero en explicar la memoria involuntaria, recuperar ese tiempo perdido con la escritura gracias a una magdalena mojada en té.