martes, 26 de junio de 2012

LA MENTE CUÁNTICA DE PENROSE


Desde la revolución editorial que supuso La Tercera Cultura, postulada por Brockman, los libros dedicados a la divulgación científica publicados en el ámbito anglosajón suelen contener propuestas muy ambiciosas, especialmente explicativas y dirigidas al gran público.


Es el caso de La nueva mente del emperador, publicado en 1989 por el conocido matemático Roger Penrose en su versión en inglés. Allí pretendía postular la idea de la mente cuántica frente a la de la mente como una máquina algorítmica. Y es cierto que el libro contiene buenas sugerencias. Por ejemplo, al concebir la paradoja del gato de Schrödinger como lo que es, un experimento exclusivamente imaginario, nunca contrastado, el autor propone resolverla de la misma forma, mentalmente. Así, la superposición de estados del gato estaría en nuestra cabeza, como las múltiples vidas que vamos desechando en nuestra existencia con nuestras propias decisiones. También se expone la idea de la conciencia como una entidad cuántica.

Sin embargo, el texto contiene dos errores importantes en su exposición:
  1. La idea principal de Penrose, la de la conciencia cuántica, nunca se apoya en datos experimentales. Se defiende siempre de forma especulativa.
  2. Su novedosa tesis solo aparece al final del libro. Hasta entonces ha sumergido al lector en páginas y páginas de erudición científica: física newtoniana, neurología, darwinismo, relatividad, cosmología y mecánica cuántica. Si bien es cierto que estos contenidos están relacionados con el ensayo, y que en los libros de la Tercera Cultura hay que darle una visión global al lector, Penrose peca de exceso enciclopédico. Muchas de esas teoría van a ser irrelevantes en su tesis final.

Son los pecados de la producción masiva de divulgación científica. El autor siempre piensa que debe explicar al lector todo desde el inicio del Big Bang y a veces es incapaz de demostrarlo. Tal vez el lector medio guste de ilustrarse, pero si se sumerge en la lectura de libros de este tipo, tampoco es un profano. El interés suele ser el mayor motor para el aprendizaje. El lector gusta de convencerse y sabe que en ciencia el método dialéctico no basta. Y eso no lo tuvo en cuenta Penrose.