domingo, 30 de noviembre de 2014

Anatomía de la postmemoria-Suburbano


El uso de la postmemoria en la narrativa, la narración histórica de un personaje que no vivió en primera persona los hechos sino que los recopila, es un recurso que se ha utilizado con éxito en los últimos tiempos para tratar de volver a iluminar momentos traumáticos de la historia. Ese es el recurso utilizado por W. G. Sebald, que se enfrenta al trauma del holocausto desde la perspectiva del hijo de los cómplices. Y también es el punto de vista del observador del enfrentamiento fratricida que supuso la Guerra Civil española en Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Sin embargo, este recurso apenas se había utilizado para analizar los conflictos y la historia que vivió la izquierda latinoamericana, entre otras cosas porque se trata de un movimiento que aún hoy se enfrenta a sus críticos de forma abierta. Sin embargo, parece ser la hora de retomar ciertos conflictos, entre otras cosas, para no reproducir errores.
Dos son los autores que tratan de forma emblemática las revueltas de los estudiantes mexicanos que se extendieron por el país en 1968 y que acabarían en tragedia. Una es Elena Poniatowska en la La noche de Tlatelolco, que lo hace desde el género testimonial. La otra es la obra del Roberto Bolaño, en especial las novelas Los detectives salvajes, que lo hace de forma tangencial, y Amuleto, que utiliza una perspectiva frontal. Ya escribí en mi bitácora hace unos meses sobre las ventajas que presenta la ficción frente al género testimonial para este tipo de momentos traumáticos, concretamente para los hechos acaecidos en Tlatelolco. En este sentido, aunque Bolaño era un maestro a la hora de utilizar los distintos géneros narrativos, se puede considerar que su manera de plantear un tema que vivió de cerca es el recuerdo melancólico de una oportunidad pasada que ya se esfumó.
A estos dos tratamientos acaba de unirse, y por la puerta grande, Anatomía de la memoria (Candaya 2014), la flamante primera novela de Eduardo Ruiz Sosa, y me enorgullece dedicar esta reseña en el número que celebra el quinto aniversario de Sub-Urbano a un autor que creo que va a dar mucho de que hablar en el futuro en las letras mexicanas. Eduardo Ruiz aborda la novela desde la postmemoria precisamente, pues Salomón, el cronista, se ve impelido a recopilar la historia de Los Enfermos, un grupo revolucionario que en los años en los que tiene lugar la matanza de Tlatelolco pretendió plantar cara al gobierno mexicano. El narrador, Estiarte Salomón, busca a los supervivientes de aquella época para reconstruir la biografía de Juan Pablo Orígenes por encargo del Ministerio de Cultura. Se trata, por tanto, de un narrador al que en principio ni le van ni le vienen los acontecimientos que le están narrando: es el sujeto de la posmemoria por excelencia. Por eso presenta la historia como si de un manual de anatomía se tratara, de anatomía de la memoria, que es el tropo que estructura la novela, aunque la decisión también esconde un homenaje a Robert Burton y suAnatomía de la melancolía, citada en numerosos pasajes del libro. Sin embargo, el poeta al que se dedica el estudio tiene un doble, Pablo Lezama, que en las primeras páginas del libro nos dice: “Estamos hablando de que Plabo Lezama soy yo. Juan Pablo Orígenes es un invento del libro” (22), por cuanto el tratamiento de los recuerdos se realiza siempre desde la ficción, lo que entroncaría el texto con Bolaño, con quien Ruiz comparte además, las imágenes del desierto, el uso de una estética no realista cargada de elementos oníricos y los curiosos nombres de los personajes.
Uno de los pasajes más complejos del libro de Poniatowska a la hora de explicar los sucesos de Tlatelolco es el que describe cómo se construye la figura del traidor entre los detenidos tras los sucesos de la Plaza de las Tres Culturas. Entre los testimonios se acusa a un tal Sócrates de ser el infiltrado de la policía entre las organizaciones estudiantiles (120). Pero de las voces que aparecen en el libro el asunto no queda claro, precisamente, porque la autora da la palabra al supuesto traidor y los hechos quedan confusos. También hay un traidor y un linchamiento en la novela de Eduardo Ruiz, también es un suceso confuso. Pero en este caso, el autor da una respuesta poética a esa juventud traicionada en la figura de la amante que busca a su amado entre los detenidos, que no revelaré aquí para no descubrir una de las tramas mejor armadas del libro, pero que plasma a la perfección la complejidad de las relaciones entre las personas. De la misma forma que queda plasmada la corrupción del ser humano cuando uno de los testimonios explica cómo Isidro Levi urde el plan para la supervivencia de Los Enfermos: tratar de cambiar el sistema desde dentro, estrategia que acabará con el cambio, pero no del sistema, sino de esos jóvenes idealistas que pretendieron la revolución y acabaron integrados, como corroboran varios de los testimonios utilizados por Salomón para reconstruir la historia: “ahí están, los cabrones, en los partidos políticos, en los gobiernos, como si no hubieran matado una mosca” (285).
Así, la novela contiene mucho de crítica a aquellos episodios confusos de la historia reciente de México. Sin embargo, el tema principal es en todo momento la escritura, la obligación moral del escritor, que no es otra que escribir. De la desidia inicial del narrador al comienzo de la historia se pasa a una implicación total, en parte influencia de las palabras de Orígenes: “Ese es nuestro trabajo, Salomón, nuestro destino es continuar el libro de los otros, no dejar que se borre con el tiempo, que nadie lo borre” (78); Orígenes es el mismo que en los momentos críticos de Los Enfermos afirma: “Hay que salvar los libros” (424); y que va a acabar pasando su testigo a Salomón:
“Estamos recuperando la enfermedad, Salomón, primero fue el Ensayo de Insurrección, hace años, décadas, cuando éramos jóvenes; luego vino el Ensayo de Resurrección, que es lo que estamos haciendo: recuperar los libros, recuperar las palabras que siempre nos hicieron falta, y pronto, cuando terminemos, vendrá el Ensayo de Redención: el final de todo, el relevo, y usted, muchacho, usted es el relevo” (456).
Y ciertamente, por su ambición, por el tratamiento audaz de temas complicados, por el uso de una nueva perspectiva que incluye una puntuación y un sangrado muy personales, creo que nos encontramos frente al relevo de las letras mexicana, de Poniatowska, de Sada, de Rulfo. Un relevo magnífico, por cierto. Compruébenlo ustedes mismos.