lunes, 16 de julio de 2012

FERNÁNDEZ MALLO, SIERRA Y LA TECNOLOGÍA


Aquí os dejo la versión castellana de una ponencia que presenté el sábado pasado en la Reunión Anual Internacional de ICOHTEC sobre la visión de la tecnología en la narrativa de Germán Sierra y Agustín Fernández Mallo. Mañama cuelgo la versión en inglés (que fue la que leí):

AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO and GERMÁN SIERRA: Two Points of View of Postindustrial Society

Introducción
La visión de la tecnología ha estado siempre muy presente en la literatura, al menos en la literatura universal, como se observa en las grandes obras de cada período. La Ilíada, La divina comedia, El Quijote, Bouvard y Pécuchet o el Ulises de James Joyce son algunos ejemplos al respecto. Sin embargo, y pese a que una de las obras citadas pertenece a la literatura española, en el caso español peninsular esta interacción de la literatura con la tecnología solo se ha vivido en momentos puntuales y muchas veces no ha seguido una línea evolutiva. Cabe recordar la conflictiva relación de la sociedad española con la ciencia y la tecnología, como se puede observar si se estudia en profundidad la denominada “Polémica de la ciencia española”, tema central de la historiografía de la ciencia española. Un debate ideológico en torno al conflicto entre fe y razón y sus papeles en la sociedad que acabaría produciendo perlas como el famoso “Que invente ellos” de Miguel de Unamuno. Una muestra clara del desinterés de algunos intelectuales españoles de primera fila por la innovación tecnológica. Por suerte, movimientos como la Generación del 27 sí se interesaron por la tecnología, igual que hicieron sus contemporáneos de las vanguardias históricas fuera de España. Juan Benet, uno de los mayores renovadores de las letras españolas en la posguerra, también se interesó por el desarrollo tecnológico para mejor mostrar en sus libros el paso del tiempo. Un discípulo suyo, Javier Marías, desarrolló en la década de 1990 un proyecto narrativo en dónde la influencia de la tecnología en las relaciones humanas resulta fundamental para entender el éxito de sus novelas.
Pese a estas trazas discontinuas que se observan en la interacción de la tecnología con la literatura española peninsular, cabe decir que en el momento presente, en el siglo XXI, la literatura española peninsular es una de las que con mayor interés trata la influencia de la tecnología en la sociedad española contemporánea y, consecuentemente, de la lectura de los libros de algunos de estos autores se puede derivar una visión particular de la tecnología. Ese es precisamente el objetivo de esta comunicación, que se articula en torno a las visiones de la tecnología en esta sociedad posindustrial que se destila de los escritos de dos autores contemporáneos, considerados “mutantes” por la crítica especializada: Germán Sierra (A Coruña, 1960) y Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967).


Visiones posmodernas de la tecnología: el poshumanismo y la literatura española contemporánea´

Como muy bien diagnostica Vicente Luis Mora en varios de sus ensayos (La luz nueva y El lectoespectador), el uso de las nuevas tecnologías esta a la orden del día en la nueva narrativa española peninsular. Eso ha configurado un nutrido grupo de autores que no solo reflexionan sobre la tecnología en sus obras de ficción, sino que la utilizan para componer sus páginas (pantpáginas según las palabras de Mora).
Precisamente, muchos de esos autores tiene una perspectiva posmoderna de la tecnología que podríamos llegar a considerar poshumana, tal como la definió Katherine N. Hayles. Lo que no queda claro es si esa visión proviene del uso sistemático de las nuevas tecnologías en la creación o de una inmersión en los postulados teóricos del poshumanismo. El caso es que una gran mayoría de escritores españoles contemporáneos se circunscriben a esa visión de la sociedad posindustrial donde la convivencia con las máquinas ha dado lugar a sociedades no estrictamente humanas. En esa perspectiva coinciden Sierra y Fernández Mallo. Pero como veremos más adelante, ese punto de partida común da lugar a visiones muy distintas de la tecnología.


Germán Sierra y la tensión del uso de la tecnología

Germán Sierra, autor de cinco obras de narrativa (El espacio aparentemente perdido, La felicidad no da el dinero, Efectos secundarios, Alto Voltaje e Intente usar otras palabras), es uno de los introductores de la versión más anglosajona de la posmodernidad en España. Fue uno de los primeros en citar a J. G. Ballard en la literatura española peninsular, y la influencia de Don DeLillo y el ciberpunk ha sido determinante en su obra. Evidentemente, la visión que estos autores tienen de la tecnología también se ha dejado notar en sus obras.
Se trata de una perspectiva en la que la tecnología se comporta de una forma agresiva con el medio, y este comportamiento conlleva una existencia en un entorno peligros, como en el caso de los accidentes de tráfico en Ballard, las fugas químicas en grandes complejos industriales en el caso de DeLillo, o la amenaza de las grandes corporaciones industriales de William Gibson. Esto se hace patente en el relato “Alto voltaje”, que forma parte de la colección del mismo título. En él, Sierra cuenta la historia de un investigador metido a periodista divulgativo en un medio sensacionalista que debe visitar un pueblo en el que, al parecer, una serie de torres de alta tensión están produciendo enfermedades cancerígenas entre sus habitantes. El relato en ningún momento resuelve la relación de causa y efecto entre las torres de alta tensión y el cáncer. Sin embargo, da buena cuenta de la vulnerabilidad del ser humano en la sociedad tecnocientífica en la que vive inmerso. Esta es precisamente, la visión de la tecnología que preside las narraciones de Sierra: un mundo posindustrial complejo, con entornos opresivos en los que la tecnología no proporciona el prometido progreso de épocas pasadas sino que, junto a otros factores, contribuye a una mayor vulnerabilidad del ser humano, junto a una manipulación del individuo por parte de los poderes económicos.
Este escepticismo de un posmoderno de corte conceptual que relativiza el conocimiento tecnocientífico como es Sierra, puede observarse en otras de sus obras. En La felicidad no da el dinero el bombardeo de elementos y contenidos tecnocientíficos es constante. Y en Efectos secundarios el autor presenta la tecnología como ente agresor del medio, tal como se observa en la primera frase de la novela (página 9):

La vibración telúrica de las excavadoras y martillos neumáticos se difunde –como se extiende el líquido inyectado en el músculo glúteo- por las anfractuosidades de la corteza, aprovecha la elasticidad de las rocas pulverizadas y los apelmazados residuos orgánicos que componen la capa más externa de la Tierra para viajar hasta las puertas del infierno y rebotar contra las rocas silicoaluminosas, más densas y compactas, regresando a la superficie deformada en seísmo casi imperceptible, silencioso y continuo como el crecimiento del cabello”

Visión que vuelve a observarse en otros pasajes como cuando habla de una ciudad que “se construyó imitando el orden dictado por los dioses, obedeciendo a la matemática celeste plagada de triángulos y obediente a los círculos” (página 13). Metáfora en la que describe a la urbe como un organismo vivo que fagocita incluso a los individuos que la habitan. Punto de vista negativo que entronca con elementos mitológicos para significar esas ínfulas de los humanos para creernos dioses gracias al uso de la ciencia y la técnica, pero que conlleva “militares medidas de seguridad”, “códigos digitales”, “videocámaras” y “pistolas automáticas” 
 
En Intente usar otras palabras, una novela que trata sobre nuestros anhelos egocéntricos ante lo panóptico (el hecho de ser observados continuamente gracias a Internet), la tecnología cumple un papel de clara alienación. El entorno informatizado en el que se mueven los personajes es una de las causas de su inacción. Esa metáfora se hace más sutil al presentar a la numerosa tecnología que nos rodea como un entorno yermo y frío: “Carlos Prats pierde el tiempo escuchando el casi imperceptible zumbido del aire acondicionado, las voces vecinas amortiguadas por los tabiques de Pladur, el chirrido del fax cada vez que evacua sus planas deyecciones blancas y negras” (página 25). Precisamente, en el sentido de la alienación creo que debería entenderse la “panoptofilia”, “el deseo de que alguien observe cada instante de nuestra vida” (página 145); o la aparición de “hombres-locomotora”, ventanas-máquina o escuchas telefónicas. Precisamente al teléfono se le califica como “la máquina de las mentiras” (página 285).
Sin embargo, dado que Sierra es un escritor que articula sus textos en torno a tensiones de signos opuestos, junto a esa contribución a la complejidad del mundo por parte de la tecnología convive un interés por la ciencia y la tecnología en ámbitos como el arte. El ciberartista es uno de los personajes habituales en las ficciones de Sierra. Ya sea un escritor como el Arturo de Efectos secundarios; o un artista gráfico como el fotógrafo Pablo Melchor en Intente usar otras palabras; o un artista plástico que utilice elementos biológicos, trasunto del artista Eduardo Kac, como el Álex de La felicidad no da el dinero, que llega a proponer la “transgénesis”, inspirada en la genética molecular y que pretende una simbiosis entre ciencias y artes.
Curiosamente, y en relación con lo mencionado en el segundo apartado de esta ponencia, Sierra es uno de los autores españoles que más ha utilizado los formatos tecnológicos para completar a la escritura (ha llegado incluso a escribir sobre el tema). La felicidad no da el dinero se estructura a partir de una serie de direcciones de Internet. Los correos electrónicos desentrañan una parte de la trama científico-tecnológico-económica de Efectos secundarios. Y ya hemos hablado de la influencia de la informática en Intente usar otras palabras, en donde Sierra llega a utilizar los formatos habituales de Google (el título está sacado de un mensaje de alerta del buscador) para incrustrarlos en las páginas de la novela, junto a fragmentos de blogs o traducciones pedestres extraídas del traductor del famoso motor de búsqueda en Internet.
La clave fundamental de ese juego de tensiones la encontramos en el enfrentamiento entre el entorno ultratecnológico que nos rodea y la vuelta a un pasado natural bucólico e idealizado. Pese al ambiente altamente tecnificado en el que se desarrollan sus ficciones, suele haber en algún instante del relato un retorno a un pasado relacionado con el medio natural. En El Espacio aparentemente perdido con los recuerdos de la vocación científica del narrador (página, 61):

La naturaleza estaba llena de una poesía que se podía observar, experimentar, y de esa sensación provenía probablemente la afición por la biología que se desarrollaría hasta llevarme a los estudios universitarios, y esa necesidad de observar y de experimentar me llevaría también a una honda decepción en la universidad y, sobre todo, la inquietud, el deseo de novedades que jamás me abandona.”

En La Felicidad no da el dinero, en el desenlace final de la trama, que tiene lugar en el pueblo de nacimiento de uno de los personajes y donde hay una escena sexual narrada a partir de metáforas relacionadas con la naturaleza, en contraste con todo el bombardeo científico tecnológico de los medios que acompaña a la novela. En Efectos secundarios, en la figura del suplantador de Valcárcel, que vive en un pueblo frente a lo agresivo de la ciudad. En el relato «Alto Voltaje», con las diferencias entre tecnología vieja representada por el tren y tecnología nueva representada por la electricidad y la energía que, como afirma el protagonista “ha cambiado por completo nuestras vidas” y donde la posible presencia de un elemento ancestral, un fantasma, se desvanece ante la aparición de la máquina que lo fagocita todo, el automóvil. Aunque es una percepción falsa porque el medio ambiente ya está manipulado, con elementos como los peces de piscifactoría de La felicidad no da el dinero, lo que intensifica aún más esa tensión, esa contradicción: el retorno a un pasado natural bucólico frente a la fascinación por la cibernética, contradicción que en mi opinión todos llevamos dentro y que no hace más que demostrar el carácter complejo del pensamiento poshumano de Sierra. 
 
La tensión entre “buena tecnología” y “mala tecnología” queda delimitada claramente en los libros de Sierra por el uso que se hace de ella, otorgándole un tono en principio neutro, que solo el hombre con su utilización carga de contenido. La ética de la tecnología, al menos en la narrativa de Germán Sierra, pertenece al hombre, a sus decisiones.


Agustín Fernández Mallo y la tecnología amoral y atemporal
Por el contrario, en Agustín Fernández Mallo tecnología y naturaleza nunca son puras, están en continua interacción y no pueden ser disociadas. Consecuencia de la influencia del pensamiento posmoderno tardío y la poesía posmoderna norteamericana, dados al presentismo y a una fascinación estética por la tecnología. Aunque este punto de vista recorre todas sus obras de narrativa, como veremos en ejemplos posteriores extraídos de sus primeras novelas, donde mejor se observa su actitud hacia el medio tecnológico es en la tercera entrega de la trilogía Nocilla, Nocilla Lab.
Nocilla Lab también se divide en tres partes. La primera está narrada en una forma convencional. Se utiliza un monólogo continuo al estilo de Thomas Bernhard y se relata el pasado del autor, así como sus influencias, en un guiño a la cultura humanista. Las referencias a la física de partículas se combinan con feroces críticas a ese sector intransigente del ecologismo que tienen continuidad en la segunda parte del libro, donde utiliza el formato más habitual en la narrativa de Fernández Mallo, microtextos fragmentarios ordenados numéricamente. La crítica al ecologismo es contrastada con la realidad artificial de nuestro medio natural y con una serie de elementos artificiales y tecnológicos: ordenadores, jardines de plástico, fotografías de sonidos o el humo del tabaco. La parte final, construida a base de retazos, se encuadra en un mundo claramente poshumanista, donde crecen árboles y raíces de plástico y el narrador esta rodeado de elementos tecnológicos propios de nuestra cotidianidad: tarjetas de crédito, ordenadores y basura. Tras páginas y páginas de luchar contra sí mismo, el narrador decide escapar. La huida finaliza en formato de novela gráfica sobre una plataforma petrolífera, en la cual la versión ilustrada de Enrique Vila-Matas le cuenta al autor historias sobre relojes y celdas cúbicas de hormigón, y donde los únicos elementos naturales que aparecen son el mar y una amenazante tormenta. En este libro es donde se observa más claramente que Fernández Mallo niega la existencia de algo como el medio natural y lo considera siempre en interacción con la tecnología. A ese punto de vista debe mucho el posicionamiento atemporal de Fernández Mallo ante los productos de la tecnociencia. Por ejemplo, en el parágrafo 22 de Nocilla Dream encontramos a Niels, un zoólogo danés que investiga con perros enanos para tratar de desactivar minas antipersona. El proyecto, siniestro de por sí, muestra que Fernández Mallo no gira la cabeza ante las prácticas poco éticas de la ciencia. Cuando Niels resuelve el problema con ratas del desierto gracias a otro personaje, Frank, contemplamos la cara tragicómica de la ciencia. Sin embargo, en ningún momento se dice que las minas antipersona no existían hace doscientos años. La perspectiva de Fernández Mallo es atemporal. Sus personajes interactúan con los objetos ya existentes en el mundo. Esto se hace más evidente en el parágrafo 67 del mismo libro, donde el autor nos presenta la imagen del japonés que contemplaba el hongo nuclear de Hiroshima protegiéndose con un paraguas. De las tres posibilidades del destino del hombre ante la bomba (el negativo, el neutro y el positivo), el autor se decanta por el positivo, que consiste en una fascinación estética por el hongo nuclear y su mímesis performativa. Es decir, que Fernández Mallo no obvia la existencia de la bomba, no desconoce el drama nuclear (primera posibilidad), ni la relación con el poder que conlleva (segunda posibilidad). Simplemente, decide quedarse con la tercera posibilidad. Asume la existencia del armamento nuclear como algo dado en la realidad que él habita (algo que existe de antemano) pero prefiere quedarse con su componente estética. Y esta es una decisión artísitica, que define su poética como entusiasta y siniestra al mismo tiempo. 
 
Esa decisión se hace de nuevo más evidente en las primeras páginas de Nocilla Lab. Allí el autor inicia su relato transitando un lugar común en la narrativa mutante española como es Chernóbil. Pero, en vez de regodearse en el drama del desastre a que dio lugar el accidente nuclear de la central en la figura de la víctima de la tragedia que vuelve a visitar el lugar, Fernández Mallo decide alinearse con lo que podríamos definir sus espíritus afines: los solitarios, los “casos clínicos”, como afirma el autor que los definía Cioran. Y, después de haber hecho explícito que existían otras posibilidades, como una literatura más costumbrista, o más concienciada de los peligros de la tecnociencia, realiza una serie de analogías entre ciencia y sociedad. La justificación poética de su punto de vista es también la que le hace decantarse por describir un palacio del parchís en ruinas en la antigua Unión Soviética, frente a todos los posibles complejos tecnocientíficos que poblaban la ex URSS. Esa es la apuesta de Fernández Mallo con la tecnociencia, la de la atemporalidad del posmodernismo tardío, la de la fascinación estética y la asunción de su presencia pese a tratarse de un saber que puede ser terrible. Esa poética es la que le lleva a considerar que algunos enunciados de la ciencia son poéticos e inalterables por encima de lo humano, como cuando afirma que el peso y la masa son cosas tan importantes que ni la muerte las anula (Nocilla Lab, página 45), o como la paradoja del aumento de entropía que genera vida en vez de muerte (Nocilla Lab, página 63); o cuando nos habla de las amorales fuerzas que nos mantienen unidos (Nocilla Lab, página 19). Juicios que sobrevivirían a un mundo posthumano. 
 
En el mundo narrativo de Agustín Fernández Mallo no existe la ética con relación a la tecnología, tan solo la estética. El individuo no puede posicionarse ante una utilización positiva o negativa de la tecnología, y menos aún en lo que respecta a su interacción con el medio natural. Esta es una visión muy aceptada en aquellas sociedades que han alcanzado el desarrollo tecnológico recientemente, como en la década de 1950 en los Estados Unidos de América. Solo que Fernández Mallo además, la carga de un tono siniestro propio del conocimiento que nos ha suministrado la posmodernidad tardía, en donde no tendría sentido una visión sumamente ingenua. Fernández Mallo no tiene una visión ingenua de la tecnología. 

 
Conclusión
Pese a partir de presupuestos teóricos muy parecidos, no solo filosóficos, sino también estéticos, como son el post humanismo, la asunción de estar viviendo una etapa histórica post industrial, y el hecho de considerar que la tecnología es algo fundamental en nuestras vidas, tanto que llega a ser un recurso fundamental para complementar la escritura, la perspectiva que Germán Sierra y Agustín Fernández Mallo tienen de la tecnología es diferente.
Ambos consideran que la tecnología es un producto moralmente neutro. Pero mientras que para Sierra la utilización de esta tecnología es fundamental para definir las prácticas éticas que interactúan con ella (un uso destructivo conlleva una visión negativa de la tecnología, un uso constructivo conlleva una visión positiva), para Fernández Mallo la tecnología es amoral incluso en su uso. 
 
Esta diferencia en las perspectivas parece estar influenciada por el bagaje personal de ambos autores. Mientras Sierra está notablemente influido por la narrativa posmoderna anglosajona, donde la crítica al mal uso de la tecnología es muy potente, Fernández Mallo ataca la cuestión desde la posmodernidad tardía, especialmente la de los filósofos europeos y los poetas posmodernos. Su visión, atemporal y estética, le obliga a tomar los elementos tecnológicos del entorno tal como han sido creados. O dicho de otra forma, mientras en Sierra es evidente la influencia de las críticas a la tecnología que tuvieron lugar durante la Guerra Fría, Fernández Mallo crece en un entorno ya sumante tecnológico en donde los peligros por un enfrentamiento entre bloques militares se van atenuando en favor de la creación de un capitalismo global.