lunes, 20 de junio de 2016

Fiebre de un padre muerto - Suburbano

Fiebre de un padre muerto - Suburbano


La peor de las pesadillas consiste en despertarse desgraciado, habiendo perdido todo aquello que nos importaba y sin saber cómo ocurrió. Pues bien, eso es lo que le sucede a, Caníbal, el protagonista-narrador de Fiebre, la primera novela de Matías Candeira (Madrid, 1984), publicada por Candaya con el apoyo de la Fundación Han Nefkens. Fruto de la segunda edición de la Beca de Creación Literaria que se desarrolla en torno al Máster de Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra, y que tan buenos resultados diera en su primera convocatoria con la edición de la novela Anatomía de la memoria, del mexicano Eduardo Ruiz Sosa.

Fiebre se inicia con un narrador que asiste a la muerte del padre. Un padre nunca presente y al que la voz narradora odia más que ama. Lo hace mediante un estilo efectivo, utilizando un lenguaje común. Pero les aseguro que resulta muy difícil, por no decir imposible, encontrar una palabra repetida o una cacofonía, por cuanto cabe afirmar que nos encontramos con un narrador que conoce a la perfección su oficio. Además de tratarse de la mejor forma estética para presentar el triángulo que conforman los padres y el narrador.

Este hecho, el de que nos encontramos ante un narrador de fuste, se corrobora a partir de la segunda parte de la novela: “La autopsia blanca”, con el padre ya fallecido y Caníbal iniciando una relación sentimental compleja con la enfermera que hasta ese momento había cuidado del progenitor. En esa parte del libro es cuando nos enteramos de que el narrador trabaja en una empresa de publicidad, aunque el juicio de Caníbal sobre la publicidad resulta demoledor: “los publicitarios […] hacen que la belleza, terminada y empaquetada, sepa a brebaje medicinal” (105). Resulta lógico que en esta parte descubramos sus gustos literarios, en especial, su devoción al relato “Los muertos”, de James Joyce. Y que, de forma progresiva, el texto se vaya plagando de metáforas y poesía tras la contención de la primera parte como cuando el narrador se da cuenta de que cierta “escena familiar está contaminada con raíces y anomalías que le crecen por los costados” (152). También nos enfrentamos al trauma, no ya del padre ausente, sino de la pareja que muere en extrañas circunstancias y que condiciona la vida de Caníbal, así como sus relaciones futuras. Y también del trauma de la madre, de la concepción y la crianza de un niño en soledad. Esa es, a mi entender, la apuesta más fuerte del libro, la que apunta a que todas las relaciones humanas están condicionadas por el trauma. Esa es la realidad que conforma a los personajes en este texto. Hasta el punto de que aquí es donde se resuelve el trauma que Caníbal sufre por culpa de su padre, y que le lleva a quemar todos sus recuerdos, escondidos en una oculta cabaña: “Si un padre enferma y contamina cuantas vidas puede, el hijo limpia y restaura. Si un padre miente, el hijo hace una hoguera, tan grande como ambos, para decir la verdad.” (229)

Sin embargo, aún quedan flecos. Así llegamos a la tercera y última parte del libro “¿Quién soy yo?”, en donde tiene lugar la pesadilla. Tres años borrados en la existencia de una persona. El sinsentido en el que se ha convertido la vida de Caníbal, sin apenas pistas para el lector más allá de la síntesis de los distintos motivos que han aparecido en la novela. Por encima de todo, la paternidad no resuelta pese al fuego, y su simbología planeando por encima de las demás figuras, incluido el lenguaje, que en esta parte se debate entre el texto conciso capaz de describir la crudeza y la metáfora surrealista, que aúna elementos en principio inconexos: “Llovía en todo el hospital y llovía sobre nosotros, los enfermos.” (296) El delirio se inicia desde el sueño y, dada la referencia literaria principal, desde la muerte. Y a partir de ahí se desarrolla como un virus que pretende infectar todo el argumento, cosa que a mi juicio consigue. Fantasía para la que el narrador nos ha preparado al hablarnos de fiebre y delirio unas páginas antes (179), y con la cita de Coleridge que da inicio a esta parte.

Hasta ahora, Candeira se había revelado como un excelente cuentista y un perfecto dominador de los géneros no realistas. De ahí la importancia que el narrador da a “Los muertos”. Pero tras leer Fiebre, se me antoja que el autor da un salto de calidad. Así, además de incentivarme las ganas de volver a las páginas del famoso relato de Joyce, muestra que es capaz de armar una excelente novela.