domingo, 3 de enero de 2016

Centroamérica cuenta - Nagari Magazine



Centroamérica cuenta - Nagari Magazine

Cortés Nagari

El título de esta columna puede parecer de Perogrullo, pero es sin duda lo que más me gustaría destacar del muy notable ensayo: La tradición del presente, del escritor costarricense Carlos Cortés, publicado por la editorial La Pereza de Miami.

El libro, que tiene por subtítulo: El fin de la literatura universal y la narrativa latinoamericana, un lema que comparto plenamente, arranca con un análisis del agotamiento de la literatura del boom latinoamericano. En esta parte, el autor realiza brillantes juicios, como que: “[C]on el boom muere la literatura universal y nace la literatura global” (15), o que: “[E]l boom creó la literatura latinoamericana en el mundo, en singular, pero borró las literaturas latinoamericanas, en plural” (30), que le permiten realizar un análisis muy adecuado del pasado, el presente y el futuro de la literatura en América Latina. Sin embargo, aunque dé en la diana en la segunda parte de la afirmación: “Latinoamérica ya no existe: vivimos la emergencia de las literaturas nacionales y hasta regionales (y podemos ir más allá: tribales, locales, comunales)" (24), no tengo tan claro que las literaturas nacionales no hayan condicionado la literatura latinoamericana antes incluso del boom. Además, se echa en falta la incorporación y la influencia de las nuevas tecnologías al análisis. Si utilizamos la música como modelo comparativo de producción cultural, el fin de la música pop como modelo de promoción y consumo global no ha dado lugar a peor música aunque esta se desarrolle ahora a través de micro tendencias y en grupos y artistas que se organizan en torno a ellas de forma transnacional, también en Latinoamérica.

No puedo poner ningún pero, en cambio, a los distintos ensayos que aparecen más adelante, especialmente a aquellos dedicados a Centroamérica, región geográfica de la que Cortés realiza un detallado trabajo de redescubrimiento (descubrimiento para el lector profano). A Centroamérica dedica el autor una sección del libro, la cuarta y, a mi modo de entender, ese es el corazón de este ensayo. El autor nos hace preguntarnos lo mismo que se pregunta Rodrigo Rey Rosa y que parafrasea Cortés: “¿existe Centroamérica en tanto unidad cultural?” (105) Cuestión que el autor intenta resolver afirmando que: “la narrativa centroamericana plantea una permanente dialéctica entre la historia colectiva y la vicisitud individual” (107). En este sentido, “Centroamérica Cuenta”, un festival organizado por Sergio Ramírez, uno de los nombres que más aparecen en el texto, con la intención de conectar la narrativa de una región olvidada pero rica en historias, es sin duda el fragmento elegido para dar título a esta columna. Pero no solo Ramírez y el cuento centroamericano aparecen en las páginas del ensayo de Cortés, sino también la problemática de las traducciones en Centroamérica, las trayectorias consolidadas de escritores como Horacio Castellanos Moya y Gioconda Belli, las nuevas voces emergentes como Rodrigo Soto, Eduardo Halfon o Claudia Hernández, la existencia de docuficciones en la región, o el descubrimiento de una serie de voces desconocidas para mí, como José Marín Cañas o Yolanda Oreamuno, pero que en palabras de Cortés acrecientan la curiosidad del lector por conocer su obra.


Después de ese repaso, con pleno sabor centroamericano, el autor acaba el libro con una serie de retratos de diversos autores, de los que me gustaría destacar el escrito dedicado a Ernesto Sábato, por su crítica a la ciencia desde la literatura que entronca plenamente con mis intereses académicos, aunque las otras historias tampoco desmerecen. Y así finaliza este libro, conformado por un puñado de reseñas y comentarios sobre buena literatura en donde Centroamérica también cuenta y aporta, tal vez sin necesidad de pensar ya en un boom en el que también participó aportando en este caso precursores como Miguel Ángel Asturias o Augusto Monterroso.