lunes, 8 de octubre de 2012

SOLO MCBTH

Solo un escritor como Shakespeare es capaz de narrar el mal absoluto como una contingencia. De esa forma, el personaje tiránico es alguien con quien nos podemos identificar. El “mal absoluto” esta en todos nosotros, al menos potencialmente. Esa es la grandeza de Macbeth, un buen noble, fiel a su rey que, tras el encuentro sobrenatural con unas brujas, se convierte en un traidor y un tirano.

 
Solo un director teatral como Àlex Rigola es capaz de representar Macbeth como si de una instalación de arte se tratara (influencia de su interacción con ese mundo desde la Biennal de Venecia). En dos escenas, una inspirada en Twin Peaks y la otra en un matadero con aires de manicomio y cielo a partes iguales. Con elementos propios de la cultura de consumo, como las camisetas de míticos equipos de fútbol o las máscaras de Mickey Mouse. Con solo seis actores y en casi hora y media. De ahí el nombre reducido del montaje: MCBTH.

Resulta curioso observar que los dos últimos trabajos de Rigola se centran en la misma problemática: el hombre brillante, reconocido por sus congéneres, que decide el asalto al poder. En Coriolà existía cierta ambigüedad, derivada de su interpretación política (un poder corrupto), que nos permitía simpatizar con el protagonista. Aquí se trata de un tirano sanguinario y, sin embargo, en algunos momentos el espectador puede empatizar con su vulnerabilidad y su sufrimiento pese a la crueldad que preside el texto.

La puesta en escena de MCBTH es conceptual, compleja y muy exigente con los actores, especialmente con Joan Carreras, que debe masturbarse y hasta revolcarse en sangre desnudo junto a su parterner, Alícia Pérez. De ahí que salgan todos los actores a escena un tanto acelerados. Por suerte, el savoir faire de Lluís Marco, rey Duncan en el Averno, ralentiza un montaje que probablemente se recibirá con opiniones divididas. Sin embargo, tengamos en cuenta que, como afirma Jorge Carrión en Teleshakespeare, debemos reactualizar los arquetipos shakespirianos para adaptarlos a los tiempos que corren. Y eso es lo que intenta Rigola en esta obra: actualizar el arquetipo de Macbeth a la sociedad actual, bombardeada por las teleseries y rota por la crisis económica, algo tremendamente ambicioso.