Al salir de la obra El encuentro de Descartes con Pascal joven, uno de los famosos encuentros entre personajes históricos imaginados y escritos por Jean-Claude Brisville para el teatro y dirigida por Josep Maria Flotats en el Teatre Lliure de Barcelona, uno tiene la impresión de haber presenciado un desencuentro. Y es que los diálogos entre René Descartes (1596-1650) y Blaise Pascal (1623-1662) no son más que eso, dos monólogos de dos personalidades incapaces de entenderse. En la obra el primero es el viejo racional que representa la lógica, el ocio, la frialdad de la razón y el mundo moderno que en esos instantes se está conformando. El segundo, el joven enfermo, simboliza la vehemencia, las pasiones del alma, el fanatismo religioso, la desesperación de la existencia. En definitiva, la eterna dicotomía entre pensar y sentir que en Europa ha ocupado más de cinco siglos de discusiones desde el inicio de la revolución científica hasta nuestros días y sin solución.
La obra trata a Descartes como una persona sumamente desinteresada y lúdica. Se mencionan aspectos más viscerales de su personalidad en su juventud. Pero nada se dice de su afán por construirse un nombre propio en el ámbito del pensamiento ocultando adrede el origen árabe de muchos de los datos científicos que manejó para elaborar sus teorías. El hecho refleja la construcción de la autoría en la sociedad moderna, que durará hasta hoy (con todos los problemas comerciales derivados de la propiedad intelectual) y muestra una clara intención en desmarcarse de los conocimientos del pasado (especialmente si no forman parte de la tradición cultural que se reivindica) aunque se beba de sus fuentes.
En cambio, en todo lo que atañe a la situación histórica de la ciencia en el momento en que tiene lugar el hipotético encuentro, el texto es impecable: los experimentos sobre el vacío de Pascal, su invención de una primera máquina para el cálculo aritmético (un objeto que un cartesiano imaginaría como algo ideal), las razones pragmáticas de las matemáticas y su relación con el comercio que llevan a Pascal a construir dicha máquina para hacerle a su padre, comerciante, el trabajo más sencillo, la tensión entre la teología y las teorías científicas, la situación del conocimiento científico en la época y su relación directa con la filosofía. Incluso se detallan las polémicas religiosas entre jesuitas y jansenistas que tanto ocuparon a Pascal.
En este sentido, la obra hace especial hincapié en los límites de la ciencia para el conocimiento del hombre o la soberbia que acarrea el conocimiento científico como es el caso de alocuciones del estilo de “el infinito no entra en los números” o la que compara la ciencia con “una sombra atada durante un breve instante a un rincón de la tragedia”. Pero también muestra la belleza épica de la búsqueda del conocimiento, ridiculiza el saber teológico y deja claro que la pasión es tiránica y la vehemencia religiosa pecará siempre de intransigencia.
Por lo que respecta a la representación, cabe decir que la puesta en escena es austera, que el escenario se recrea en un costumbrismo histórico bastante fiel, que los actores actúan ciñéndose a sus personajes, resultando lo mejor de la obra al acertar con el tono. Josep Maria Flotats (Descartes) comedido y racional y apasionado por la verdad, Albert Triola (Pascal) exaltado, atormentado y errático. Si bien en algunos pasajes el personaje de Descartes es demasiado engolado, podría decirse que sobreactuado. Aunque temo que eso forma parte de la marca de la casa.
La obra le hace a uno reflexionar que, desgraciadamente, sólo parece resultar atractiva aquella filosofía que es capaz de conferir de cierta aureola al poder como es el caso de la filosofía moderna y el poderío europeo futuro. El triste final, por su parte, muestra como todo, pensamiento y sentimiento, está en nosotros.
Tal vez haya aspectos de la representación que son mejorables como los que se han comentado en esta reseña. Pero en mi opinión sólo es criticable la mala educación de una parte del público que aún no ha aprendido a apagar los teléfonos móviles en una representación teatral. Eso sí es un desencuentro, en este caso lamentable.
Ya ha salido el primer número de la revista presspectiva. Excelente diseño, imágenes impactantes y buenos textos, tanto de creación como de crítica en donde he tenido la suerte de participar con un relato, mi ensayo de la relación entre la ciencia y la literatura de Fernández Mallo y dos artículos sobre literatura norteamericana (Dave Eggers y George Saunders). La verdad es que todas las secciones de la revista tienen interés.
El astronauta considerará en ese futuro etéreo en el que el vive, que aquellos que criticaban a la telebasura, el símbolo de la decadencia de las sociedades tecnológicas, se olvidaron de que era la versión mediatizada de las viejas cotillas que tanto habían esclavizado la vida de provincias como había reflejado un siglo antes la novela realista. Entonces recibirá una invitación a formar parte de un nuevo círculo mediatizado de comadres y pensará que la naturaleza chismosa del hombre no conoce el paso del tiempo. Sólo se adapta a las diferentes formas de comunicación y convivencia.
Los Simpson puede ser considerada una de las grandes narraciones de la América de la década de los 90, con esa pléyade de personajes que configuran el universo de un Springfield imaginario y animado a la manera de las novelas decimonónicas. Es cierto que no existía un guión previo de ese universo, como suele ocurrir con las series de televisión, animadas o no, sino que se construyó capítulo a capítulo gracias al favor de las audiencias. Y que tiene sus evidentes claroscuros, pues los guionistas están demasiado abonados al final tierno o al protagonista simpático y bonachón encarnado por Homer Simpson. Pero hay que recordar que Los Simpson se emite en el prime-time estadounidenses desde hace veinte temporadas y que lo hace en FOX, el canal del conservador Rupert Murdoch.
No es de extrañar que en esta gran narración de un microcosmos social, la ciencia también esté representada. Sobretodo si tenemos en cuenta que su protagonista principal, Homer, trabaja en una central nuclear. Tampoco choca que eso suceda en el tercer capítulo de la primera temporada a partir de una visita de la clase de Bart a la central donde trabaja su padre. Lo que si resulta sorprendente es que lo haga con una explicación didáctica no carente de ironía y sarcasmo sobre la energía nuclear y sus usos civiles a partir de un vídeo muy naïf titulado “Nuclear Energy: Our Misunderstood Friend” (Energía nuclear: nuestra incomprendida amiga).
Se trata de una explicación divulgativa no estrictamente necesaria para el normal desarrollo del argumento del capítulo y que, sin embargo, está ahí para mostrar el afán por explicar el mundo contemporáneo de los guionistas de Los Simpson donde el uso del tono y el punto de vista en esa explicación del funcionamiento de una central nuclear resultan excelentes. Primero por la certera plasmación que se hace de nuestra gran dependencia de la energía. Después, por el análisis de la recepción que el público tiene de la energía nuclear (resulta apoteósico cuando los niños prorrumpen en vítores ante la visión en pantalla de un hongo nuclear). Finalmente, y a partir de un muñeco con forma de núcleo llamado Sonrisas Joe Fisión que ejerce de elemento didáctico, en la breve pero eficiente explicación del funcionamiento técnico de una central nuclear.
El recurso de la ironía que se utiliza en la explicación para comentar el tratamiento de residuos, que se repite en las leyendas de los letreros de peligro de las puertas de seguridad y en el posterior paseo de los niños por la planta cuando aparece en el río el pez mutante con tres ojos que dará lugar al capítulo cuarto de la segunda temporada donde se tratará el uso mediático de la contaminación nuclear y su relación con la política, muestra a las claras que nos encontramos ante una narración posmoderna influida por, entre otros, el Ruido de fondo de Don DeLillo.
A mi modo de ver, es un muy buen tratamiento del tema. Describe la realidad gracias al uso del sarcasmo sin necesidad de relativizar la utilidad y la importancia de la energía en nuestras sociedades contemporáneas. Y se detalla el conocimiento técnico que se requiere para su producción. Curiosamente en este momento la energía nuclear sigue produciendo peligrosos residuos radiactivos y polémicas como la que está ocurriendo en España a raíz de la futura ubicación de un acumulador de residuos. Aunque es evidente el alto consumo de energía de nuestras sociedades. Estamos por tanto, ante una narración muy adecuada y poco idealizada de como funcionan la ciencia, la técnica y por extensión, la sociedad.
En este sentido, es un gran colofón que Homer se convierta en el supervisor de seguridad de la central al final del capítulo. Ya demostrará ya, sus dotes para salvar la central en el capítulo cinco de la tercera temporada, cuando tenga que decidir cual es el botón que debe apretar. Pero esa es otra historia. Como la que relata este video.