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domingo, 27 de octubre de 2019

Las memorias de Richard Ford - Suburbano

Las memorias de Richard Ford - Suburbano



¿Cuál es la frontera que separa lo vivido de lo imaginado o lo supuesto? ¿Es siempre clara esa separación para el que escribe? ¿Dónde acaban las memorias y empieza la ficción? ¿Condicionan estas preguntas los métodos, la voz, la elección de los recuerdos? Sobre estas 3 preguntas, fundamentales en la literatura del yo, que se desarrolló por mucho tiempo al abrigo de la autoficción, aunque cada vez son más las opiniones que exigen más cercanía entre la voz narradora y el autor, se erige el libro-testimonio Entre ellos (2017) de Robert Ford (1944), dedicado a sus padres.

Ford ya era un conocido autor realista cuando se decidió a publicar estas memorias —una de ellas, la de la madre, elaborada mucho tiempo antes, aunque en el libro figure en la segunda mitad—. Se le consideraba uno de los puntales del dirty realism junto a Tobias Wolff (1945) y Raymond Carver (1938-1988). Había publicado la trilogía protagonizada por Frank Bascombe: El periodista deportivo (1986), El Día de la Independencia (1990) y Acción de Gracias (1996), todas ellas con una notable carga autobiográfica, su particular contribución a la gran novela americana desde una perspectiva autoficcional.

Y, sin embargo, en el texto que dedica a sus padres se decanta por quedarse con los hechos y alejarse de las suposiciones, o de las invenciones de la ficción. Delimita claramente la frontera entre la ficción y la no ficción. Y nunca se adentra en el terreno de la imaginación para narrar la historia de los recuerdos de sus padres. Elige las preguntas justas que le permitan reconstruir la historia y no inventarla (p. 17). Adopta una serie de consideraciones previas que alcanzan hasta el epílogo: “he tratado de no hacer grandes reivindicaciones de mis padres. En todo caso, he intentado ser cauto, de forma que mi propio acto de contar sus cosas y su influencia en mí no distorsione quiénes eran realmente.” (p. 155) Y las lleva a la práctica: “caer en la cuenta de que no se sabe todo es una actitud respetuosa, […] Mientras que si uno no sabe o solo se conjetura acerca de la vida del otro, se libera esa vida para que pueda ser más de lo que en realidad es.” (p. 28) Y eso le lleva a lúcidas reflexiones sobre la naturaleza de la memoria: “El tiempo recordado suele moverse y vagar.” (p. 52) Y de la vida: “es lo que sucede lo que importa, mucho más que lo que la gente, incluido uno mismo, piense sobre lo que sucede antes o después. Solo importa, o importa más que nada, lo que hacemos.” (p. 122) Y a darse cuenta de las limitaciones: “Lo gozoso que podía resultarle yo, lo gozoso que era para él tener un hijo, es algo que no puedo saber.” (p. 69) Además de la relación con los progenitores: “Los padres —por encerrados que estemos en nuestras vidas— nos conectan íntimamente con algo que no somos, y forjan una «ajenidad unida» y un misterio provechoso, de tal suerte que aun estando con ellos estamos solos.” (p. 90)

Esta soledad es la clave, el punto culminante de su escritura, lo que le permite a Ford describir las escenas que conforman una existencia, un carácter, una personalidad y, con ellas, una forma de mirar y de narrar tan propias: el infarto del padre, la muerte anunciada de la madre, las alegrías y las tristezas de dos vidas narradas sin aspavientos, y con una contención prodigiosa. Son las señas de identidad de uno de los principales autores estadounidenses vivos en su vertiente más biográfica.

viernes, 4 de octubre de 2019

Ahora contemplaremos la frialdad - Nagari Magazine

Ahora contemplaremos la frialdad - Nagari Magazine



Roberto Bolaño pasó los últimos años de su vida condicionado por la enfermedad que acabaría con su vida. Aunque Rodrigo Fresán afirma que en sus conversaciones personales nunca hablaron de la muerte, la salud y su ausencia siempre están presentes en los últimos escritos del autor chileno. Llegó hasta a dar charlas en el programa de Kosmópolis sobre las relaciones de la narrativa con la (falta) de salud.

Parece que en una época en la que se esconde al enfermo y se evita hablar de sufrimiento, la literatura sigue manteniendo el tipo. Y es de agradecer, ahora que han proliferado enfermedades que antes ni conocíamos y otras que creíamos extinguidas han vuelto. La literatura debe estar al lado del sufrimiento por lo que de humanidad tiene. Por eso quiero alternar mis habituales columnas con una serie de artículos dedicados a la imagen de la enfermedad en la literatura. Hoy empezaré con el tratamiento del Alzheimer en narrativa, para pasar a otras obras que, o bien presentan una perspectiva novedosa sobre la relación entre literatura o salud, o forman parte del corpus clásico.

De todas las novelas que han tratado recientemente el Alzheimer, Ahora tocad música de baile (Anagrama, 2004), el cuarto libro de Andrés Barba (Madrid, 1975), destaca por su calidad. Es un texto muy sólido, en el que la enfermedad de la madre: Inés, revela toda la miseria que rodea a esa familia de clase media. Santiago, el hijo cruel, criado a imagen y semejanza de la madre pero desde la autosuficiencia. Bárbara, la hermana mayor, eclipsada por la belleza y el carácter de la madre. Y Pablo, el padre de familia resentido. Buena parte de los personajes de la novela están muy bien trabajados. Excelsa resulta la construcción de Santiago, la vergüenza que le provoca su familia (p. 151), su misoginia y el desprecio por las mujeres que no sean Inés, que parece resolver la colombiana Paloma, compañera de trabajo, tras la crisis que supone para el hijo la enfermedad de la madre idealizada, pero que no evita el terrible, dramático final. Entre el andamiaje de voces también se percibe la bondad de Pablo (p. 182), pese a ese resentimiento que ha incubado durante décadas. De hecho, Barba se dio a conocer como un excelente constructor de personajes por novelas como La hermana de Katia, finalista del Premio Herralde en 2001. Sin embargo, el personaje de Bárbara, la hija, y su relación lésbica con Elena, la asistenta, no acaba de percibirse como un arquetipo real sino literario. Es cierto que gracias a ella recupera el tema de la honra en la literatura española de una forma brillante (p. 93). Pero muchos pasajes se observan injustificados si no es que apelamos a la historia de la literatura y a la figura de Virginia Wolf, también presente en la construcción de muchos monólogos junto a Henry James, y en el profundo discurso feminista que encierra esta novela (p. 142). Más allá de ese apunte teórico, no me parece que Bárbara pueda ser un personaje con cara y ojos.

En cuanto al tratamiento de la enfermedad de la protagonista, inicialmente no se utilizan escenas sórdidas en la representación del Alzheimer. Pero este elemento va in crescendo con cada movimiento o parte —hasta formar un total de 4—. De las escenas centradas puramente en la incapacidad de la mente de la enferma del primer movimiento (p. 70), se pasa a la necesidad asistencial por parte del marido en el segundo (p. 83) y a las intervenciones del neurólogo (pp. 85-86); para pasar en la tercera y la cuarta parte a escenas mucho más centradas en la degeneración física y mental de la enferma (pp. 159-160), la asistencia profesional (p. 189) y lo escatológico. En este último término, la obra se emparentaría con Las correcciones, de Jonathan Franzen. También encuentro un paralelo en el hecho de que la enferma nunca tiene voz. Son los otros los que describen a Inés, la Inés anterior, la que no estaba enferma. Pero a diferencia de en la novela del autor norteamericano, aquí el Alzheimer se presenta siempre como una excusa para levantar el entramado del texto, las crisis de los otros personajes, porque el carácter dictatorial de la Inés sana impide empatizar con la enferma, lo que acaba convirtiéndolo en un escrito excesivamente frío.