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domingo, 27 de octubre de 2019

Homenaje periférico - Suburbano

Homenaje periférico - Suburbano


No es buena noticia pero requiere de homenaje. El pasado mes murió Julián Rodríguez (1968-2019). Conocido galerista en el ámbito extremeño, se había destacado como escritor a principios del siglo XXI: Lo improbable (Debate, 2001) o Cultivos (Mondador, 2008) formaron parte de una obra que fascinó a sus lectores. Pero, sin duda, su texto más aplaudido fue Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (Caballo de Troya, 2004). En él desmenuzaba de una forma aséptica pero hermosa su relación con el padre, con la tierra y con esas conversaciones que conforman nuestras identidades cambiantes. Junto con Cultivos, ese libro era parte de un ciclo de “escritos de resistencia”. Se trataba de un proyecto que pretendía reconstruir la biografía personal y emocional del autor a partir de un lenguaje contenido pero no carente de valores estéticos. Era lógico que lo autobiográfico tuviera un peso importante en sus actividades futuras, conforme se fue alejando de su carrera de escritor y se fue acercando a la de editor. Esa profesión, junto a Paca Flores, al frente de Periférica, ocupó su trayectoria profesional durante la última década. Así lo conocieron muchos. Así lo reconocimos los que lo habíamos descubierto como escritor.

Ese proyecto editorial evitaba los tradicionales centros culturales españoles. Periférica se gestionó desde Extremadura y esa geografía de extrarradio no supuso obstáculo para que Rodríguez y Flores descubrieran una serie de escritores hoy imprescindibles en castellano: Yuri Herrera, Carlos Labbé, Rita Indiana... Su labor de recuperación de algunos títulos y algunos nombres injustamente olvidados en la historia reciente de la república de las letras ha sido también encomiable: Henry James, Thomas Wolfe, Angelika Schrobsdorff, Mary Kerr —las dos últimas en colaboración con el sello que codirigía su pareja: Errata Naturae—. Rodríguez sabía de arte contemporáneo. Se adelantó a muchos al entender que la creación contemporánea iba a surgir desde la periferia. No solo me refiero a la producción. El origen periférico de Rodríguez —hijo de campesino, de la tierra, de ese silencio— no fue freno para que este creador y gestor cultural alcanzara un gusto exquisito.

Como digo y ya di cuenta en una entrada anterior, su editorial cuidaba con especial interés las obras de contenido autobiográfico. A modo de homenaje, repasaré la obra de los últimos escritores que han dado que hablar en el contexto de las literaturas del yo, en consonancia con la naturaleza de esta serie. He elegido a dos: Vicente Valero (Ibiza, 1963) y Valentín Roma (Ripollet, 1970). Al primero lo descubrí gracias a la sugerencia del crítico Ignacio Echevarría en torno a Los extraños (2014). Al segundo le seguía la pista desde que publicó El enfermero de Lenin (2017), por ser la crónica autobiográfica de una periferia que yo también compartí. No me equivoqué, aunque para componer este escrito haya echado también mano de sus últimas obras: en el caso de Valero, Duelo de alfiles (2018), y Retrato del futbolista adolescente (2019) para Roma.

La prosa de Valero tiene una deuda con la de W. G. Sebald. Pero también atesora notas particulares de la particular biografía del autor, además de una prosa deliciosa:

Tuve por primera vez noticia de nuestro tío Alberto solamente una semana antes de conocerlo, cuando yo tenía once años y el estaba a punto de cumplir los sesenta, y si mi padre, hasta entonces, no me había hablado de aquel hermano suyo, o hermanastro, o medio hermano, o como quiera que haya de llamarse a la persona que comparte con otro únicamente a uno de sus progenitores, en este caso al padre —es  decir, a mi abuelo paterno, también llamado Alberto—, no había sido, estoy seguro, porque existiera alguna turbia razón para ocultarlo (Los extraños, p. 49).

El primero de los libros traza una genealogía de los extraños personajes que pueblan el histórico familiar de Valero, con la que se entronca. En Duelo de alfiles es el ajedrez, en cambio, el hilo conductor que va vertebrando la sabiduría de Valero sobre la obra de Benjamin, su relación con Brecht y Kafka, junto a los viajes de Valero por Alemania o Italia, entre otros lugares. En este último no hay más estructura que la de la vida.

Por lo que respecta a Roma, su prosa es mucho más directa. No hay más que ver el arranque del primero de los libros que se tratan aquí: “Mi padre enloqueció durante veintiún días en el verano de 2011, tras una operación rutinaria cuyas complicaciones siguen siendo, aún hoy, inexplicables” (p. 5). Allí se disecciona la relación del narrador con su progenitor desde la autoficción. Pero más allá de la simplificación del estilo, el grado de erudición que maneja es mayúsculo. No hay más que ver la lista de libros que el narrador refiere en la página 33 de esta novela. Así es como viste una biografía muy peculiar este profesor universitario de arte, originario de la periferia de Barcelona y, a la vez, de un pueblo de La Mancha, como se observa en la tensión que se desprende de su primer libro. Si Amélie Nothomb tuvo una vida peculiar a la sombra de su padre, diplomático, Roma nos revela otra realidad, oculta también a la mayoría de los mortales, pero más sórdida: la de las jóvenes promesas del fútbol. No en vano, Roma llegó a debutar en categorías inferiores de la selección española. De eso trata Retrato de un futbolista adolescente: de la tensión de un joven que se debate entre el camino sordo de los libros o el éxito sonoro del futbolista contemporáneo. Hablamos, por tanto, de una novela de formación.

Ambos proyectos, brillantes y diversos, influidos por autores del panorama internacional y a la vez claramente autóctonos, constructores de edificios personales complejos, sutiles, hubieran sido humo fútil sin la labor de Periférica. Hoy son huella del trabajo de dos editores dedicados, del que ahora solo queda uno. No es buena noticia pero merecía este homenaje.

Metafísica de una obra - Suburbano

Metafísica de una obra - Suburbano


Esta entrada debería haberse dedicado a analizar el gran éxito de la escritora Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966): Nada se opone a la noche (Anagrama, 2012). Se trata de una de las novelas más mencionadas de entre la notable producción autobiográfica francesa. Sin embargo, no pudo ser. Fui incapaz de terminar el libro. Las anodinas aventuras de esa familia burguesa tan propia de Francia, presentadas como la gran aventura, se me hicieron interminables. Decidí cambiar. Me interné en la obra autobiográfica de una autora que acumula una extensísima producción literaria, no solo autobiográfica, pero siempre centrada en la literatura del yo. Se trata de la belga Amélie Nothomb (Etterbeek o Kobe [esto no está claro y es importante que no lo esté], 1967).

Para mi escrito, me focalicé en sus dos libros más autobiográficos: Metafísica de los tubos (Anagrama, 2000) y Biografía del hambre (Anagrama, 2004). El primero narra su infancia en Japón. El segundo parte de Japón, continúa con la niñez y se adentra en la adolescencia de la autora recorriendo medio mundo (China, Nueva York, Bangladesh) tras su padre, diplomático.

Debo reconocerlo, me ha fascinado la narrativa autobiográfica de Nothomb, aunque dado que se inscribe en la tradición francesa, asumo que hay mucho de autoficción en sus libros. En especial, me han encandilado sus pasajes sobre Japón, su elección de una identidad japonesa (de ahí la confusión con su lugar de nacimiento, alentada por la propia autora) frente a sus orígenes europeos, la relación con su niñera: Nishio-san, y con el viejo Japón en la figura de Kashima-san, su conciencia de que la elección de esa identidad no será respetada en la crisis de Metafísica de los tubos, de que deberá abandonar Japón, deberá renunciar a lo que ella considera sus orígenes, como una revelación que da pie a la segunda parte en Biografía del hambre, al crecimiento de esa niña, a su viaje a China, a sus problemas con los chinos y su afán por las golosinas, a la llegada a Nueva York y el descubrimiento de la amistad y la perfección, para caer en la despedida de nuevo, y en la observación del hambre en uno de los países más míseros del planeta: Bangladesh, primer destino del padre de la autora como embajador, coincidiendo con los problemas de crecimiento de la adolescente precoz que la arrastran a la anorexia, a los problemas alimentarios, protagonistas del libro, y que cierra con un retorno a Japón junto a su hermana. Es decir, la autora despliega una suerte de análisis histórico de la geopolítica desde los ojos de una niña.

Si hay algo que caracteriza la obra autobiográfica de Nothomb es la originalidad. No lo digo por una vida tan original como la suya, producto de la carrera diplomática de su padre, sino por la componente añadida de originalidad que propone la autora. Metafísica de los tubos arranca con la narración del nacimiento de Dios. Ese Dios no es otro sino la propia autora, consciente del egocentrismo que envuelve la inconsciencia del bebé. Biografía del hambre, lo hace hablando de Vanuatu, el archipiélago del Océano Pacífico en donde no se pasa hambre. Y, a partir de ahí, todos los momentos clave en la biografía de la narradora se presentan de una forma original: el chocolate blanco de la abuela para la identidad, las primeras palabras, el conflicto con algunas de ellas en la escuela (Biografía del hambre, p. 115)… Ese matiz de originalidad que desarrolla se observará también en otras obras de la autora que se apoyan en su particular autobiografía, como Una forma de vida (Anagrama, 2010), en donde narra su relación epistolar con un soldado estadounidense destinado en Irak.

Y sin embargo, pese al placer de la lectura, entiendo que me enfrento a una obra antigua, una obra en donde la originalidad y la individualidad del escritor como valor de juicio fundamental ha pasado a mejor vida. Se trata de un paradigma estético ya caduco, y así es como pienso que se deben leer los libros que menciono. También entiendo que la obra autobiográfica contemporánea debería leerse desde las directrices de lo común, de la colectividad, sino a partir de la aburrida de Vigan, al menos, desde el exhaustivo Karl Ove Knåusgard.

sábado, 6 de abril de 2019

La vida en tercera persona - Suburbano

La vida en tercera persona - Suburbano



La literatura es siempre una pulsión. Pero dentro de todas las corrientes que pretenden gobernar esa pulsión, no queda nada claro por qué una persona empieza a escribir sobre su vida, se utiliza a sí misma como objeto narrativo. Ese viaje maravilloso en submarino hasta las entrañas de la identidad, de difícil explicación, es el que están sustentando toda esta serie de narrativas del yo.

John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940), premio Nobel de literatura, en 2003, con una decena de ensayos y más de 10 novelas a sus espaldas, algunas con el reconocimiento unánime de crítica y público, como Desgracia (1999), no lo necesitaba. Y, sin embargo, se puso a escribir sobre su existencia. Lo hizo en 3 volúmenes: Infancia (1997), Juventud (2002) y Verano (2009). Lo hizo, también, alejándose del yo narrativo. Los dos primeros libros están escritos en tercera persona. El último riza el rizo: un biógrafo académico del autor se entrevistas con las personas que, al parecer, marcaron su vida. Toma notas y a partir de ahí transcribe sus testimonios. Agárrense, en toda la tercera narración: ¡el autor está muerto! Literal, no en el sentido de Roland Barthes.

De todos los escritores contemporáneos, Coetzee es quizá el que con más crudeza disecciona los sentimientos, los anhelos y las contradicciones humanas, además de hacer uso de un fino análisis intelectual de la realidad. Basta con leer Hombre lento (2005). En la narración novelada de sus memorias tampoco hace concesiones, esta vez consigo mismo. De ahí la razón de sus recursos. Con la tercera persona logra llegar a unos niveles de autocrítica a los que pocos escritores serían capaces de llegar. Y con los múltiples narradores de su última entrega, se distancia por completo de sí mismo. Es más fiero que Per Olov Enquist, también tratado en esta serie, que utiliza el mismo recurso narrativo, y mucho más incisivo.

En el primer volumen, el tratamiento del niño que ignora a su padre y ama a su madre, pero no puede demostrárselo por esa sociedad machista en la que vive es conmovedor por lo de terrible que se oculta tras las palabras de ese narrador distante. De la misma forma, la dictadura infantil que imponen los afrikaners en el colegio se muestra como una suerte de dominación cultural racista y cruel. El autor pertenece a ese grupo étnico por parte de padre, aunque este ha luchado en la gran guerra al lado de los ingleses. Pero a la hora de definir su religión se equivoca y se menciona católico. Es entonces cuando sufre en carnes la persecución que los protestantes de origen neerlandés ejercen sobre judíos y católicos. También se lee la mirada curiosa, inquisitiva, afectuosa hasta cierto punto del niño Coetzee por la gran comunidad sudafricana: los africanos de origen, los negros (pp. 93 y 101), tan maltratados en aquellas tierras. A grandes rasgos, esas son las tramas del primer volumen, junto con el descubrimiento de la lectura (de Enid Blyton a los clásicos) y la tensión entre la vida en el campo y en la ciudad, a la que regresan los Coetzee para que el padre intente una carrera de abogado en solitario y fracase estrepitosamente. Con ese fracaso se cierra la primera narración.

La segunda: Juventud, se inicia de nuevo en Sudáfrica. Pero enseguida cambia el foco de la acción a Londres. Las ansias por convertirse en un bohemio (pp. 10-11), un poeta, son el motor que lleva al joven Coetzee a dejar su país y embarcarse en la aventura europea. No es para nada lo que él esperaba. Se convierte en un eficiente y aburrido programador informático que trabaja primero para IBM y después para la más flexible empresa que colabora con el Ministerio de Defensa británico, mientras realiza un doctorado para la Universidad de Ciudad del Cabo sobre Ford Madox Ford y es incapaz de poner en limpio su vida sentimental (pp. 66-70). Aquí reaparecen sus filias por los rusos y sus fobias por los ingleses en plena crisis de los misiles de Cuba (p. 84), además del cricket, omnipresente en la primera parte de su vida. Aunque esta es la historia de formación del joven Coetzee como escritor en un mundo cambiante y revolucionario, como es el de la década de 1960, y aunque la tensión entre el matemático que deja de serlo y el poeta que se transforma en narrador es tema de máximo interés para mí por mi mochila personal, este es el volumen que menos me ha interesado; tal vez porque se fundamenta en un estilo triste y notarial que no es el que suelo esperar de este viejo escrito sudafricano, ahora australiano, y que tanto admiro, no solo por su escritura y su altura intelectual, también por su honestidad, que tal vez esté detrás de sus decisiones artísticas aquí también.

Y llegamos así al castillo de fuegos de artificio que supone la última de las tres entregas: Verano. El relato de la amante judía casada con un importante hombre de negocios del que se libera con Coetzee como sujeto interpuesto, de la tía cariñosa que trata a ese miembro especial de la familia, de la madre brasileña de una joven alumna del profesor Coetzee, de dos antiguo colegas del autor, un hombre y una mujer, que lo conocieron en circunstancias diferentes, junto con una amalgama de notas y fragmentos confusos que inician y cierran el relato. Voces de otros para componerse a uno mismo, en sintonía con la construcción de personajes que realiza Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. Todo compuesto por un biógrafo con veleidades artísticas que hace ejercicios de composición. Pero que, con todo, acaba armando un retrato vital del Coetzee adulto muy veraz.

sábado, 2 de marzo de 2019

Las clavículas de las niñas prodigio - Suburbano

Las clavículas de las niñas prodigio - Suburbano



En la última entrada hablaba de la literatura del yo desde una perspectiva femenina. Lo hacía a partir de la autora que más espacio ha ocupado en el ámbito internacional reciente. Pero no puedo obviar la transformación que la sociedad española ha experimentado en los últimos tiempos con la mujer en el centro, también en el ámbito de la literatura, mucho más en la del yo.

Es larga la tradición literaria feminista hispana, en especial en su rama latinoamericana. Pero he querido centrarme en la literatura española peninsular por el impulso social que ha tomado allí el discurso feminista, hasta el punto de convocar manifestaciones multitudinarias el pasado 8 de marzo, y generar movimientos de ultraderecha dispuestos a enfrentar sus tesis, como Vox.

Para mi texto de hoy he elegido dos novelas recientes, muestras del signo de los tiempos. La primera es una joven promesa, Sabina Urraca (San Sebastián, 1984), contrastada periodista que debutó literariamente con Las niñas prodigio (Fulgencio Pimentel, 2017), una autoficción en la que sintetiza su existencia. La segunda es una solvente escritora que se ha convertido en una de las voces de referencia en la literatura española: Marta Sanz (Madrid, 1967). Sanz suele trabajar la crítica social desde la hibridación de géneros. Ha practicado la novela negra y el relato de época. Pero en Clavícula (Anagrama, 2017) se enfrenta de manera explícita con su autobiografía, con su enfermedad y con su condición de mujer.

La primera de las dos novelas es un arrebato de visceralidad. Urraca nos introduce en una infancia a la par traumática y fascinada por los traumas. Por la violencia mental de los niños (“Cuchillitos” [p. 71]). Por la emergencia de una sexualidad siniestra. Por la relación con Chori, ese chico gallego con el que se cartea. Y, sobre todo, por su amor a Henri, un amigo vasco-francés de los padres que vive con ellos en la isla (Tenerife), en una narración donde los límites entre la sexualidad y el tabú quedan borrosos. Lo hace desde el cortijo semiabandonado en el que se ha recluido para escribir la narradora. Las letras que surgen de esas muñecas, plasmadas sobre un teclado que se alimenta como puede de la electricidad que llega, están impregnadas por esa infancia y por un sentimiento ambivalente: el deseo y el rechazo a la maternidad, que se plasma desde el inicio, cuando la narradora asiste a un parto (p. 9). Ese recorrido femenino ,desde la infancia hasta la edad adulta, pasando por los episodios en la pubertad, la narradora lo traza con el tono del terror, con el amenazante aliento de la sangre menstrual de las vírgenes, con la mirada del sadismo, con una combinación entre el testimonio y la extrañeza, y con un estilo brillante. Se trata de un ejercicio de empoderamiento de la autora después de que la narradora nos haya mostrado a personajes como Sara (p. 114), siempre a manos de las decisiones de los hombres. Solo al final se me hace un poco largo un libro que he leído con intensidad. Y después de reflexionar sobre su ambición, que no es poca, pues pretende sintetizar ese manojo de nervios, sentimientos, deseos y frustraciones que es una persona, me pregunto cuál será la próxima obra de la autora tras haber dejado el listón tan alto.

Clavícula es un escrito muy diferente. La narradora levanta acta de una parte muy especial de la intimidad: las dolencias, la enfermedad. Lo hace de una forma tan desgarrada que me recuerda a Stendhal. La suya es una declaración “en carne viva” (p. 50), que por momentos le hace sentirse culpable, como sucede cuando una narración habla sin pudor de personas vivas, en la que intercala otros textos, en su mayoría extraídos de experiencias viajeras. La narradora se siente la única culpable, una privilegiada que es infeliz. Suerte de su esposo, que es el bastón en el que se apoya la enferma para seguir caminando hasta el cierre del libro, cuando en la mención a los padres emerge, sutil, la figura del marido (p. 201); porque los médicos que se representan en el texto no parecen ser un alivio. También hay espacio para la identificación con los obreros que es una constante en su obra  (p. 22). Pero, especialmente, la hay con todas aquellas mujeres que sufren, con todas aquellas mujeres que enferman, con todas las mujeres que se enfrentan con la humillación de sus médicos, no importa el sexo de estos. Se encara, en definitiva, al patriarcado desde la enfermedad (p. 98). De ahí la mención a Elvira Navarro y su novela: La trabajadora (p. 35). La voz narradora ataca el escrito desde la experimentación, poniendo hincapié en que no va a hacer uso de las estructuras del suspense (pp. 164-165); solo que no entiendo que entonces requiera mentar al lugar manido que es la autoficción al inicio del libro (“Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado [p. 11]). En cierta forma, estas letras son un reencuentro: el reencuentro con la persona que conocí para una entrevista que salió publicada en Quimera. Acababa de publicar Daniela Astor y la caja negra (Anagrama, 2013). Yo llegué como todo entrevistador que se precie, con algunas preguntas punzantes camufladas en una serie de interrogaciones reflexivas. Ella desmontó mi leve campo de minas con una inteligencia y una sutileza apabullantes. Fue entonces cuando mis sentidos se abrieron a la persona que tenía delante. Me había documentado para ese encuentro no solo con escritos, también había consultado las imágenes de la autora. La persona que hablaba delante mío con esa increíble perspicacia aparecía muy desmejorada. Se trataba de una autora que se consumía por su literatura, por hacer de su literatura un ejercicio de excelencia. Pues bien, Clavícula es el documento que certifica ese sufrir. En definitiva, y a modo de conclusión, el feminismo está ofreciendo en España buenas semillas para las persona lectoras. He aquí dos buenos ejemplos.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

La memoria durmiente de Modiano - Suburbano

La memoria durmiente de Modiano - Suburbano



Qué duda cabe que la literatura del yo va a estar notablemente dirigida por la memoria en buena parte de los escritores que la practican. Es el caso de muchos de los autores tratados aquí: Thomas Bernhard, Philip Roth, Karl Ove Knausgård, Javier Marías, Manuel Vilas. Pero en los últimos años el autor que ha destacado como un constructor sin paragón en la investigación de la memoria para la escritura es Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), premio Nobel de literatura en 2014 y novelista de larga producción.

La de Modiano es una memoria confusa, que se ambienta en París y se inicia en una época fundacional que el autor es incapaz de recordar: la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. En ese período ominoso de la historia francesa es cuando se conocen el padre de Modiano, un judío de origen italiano cuya familia había emigrado a Francia, y la artista belga Luisa Colpeyn. Es más que evidente que la pareja tuvo que esconderse de los ocupantes. En esa tensión fue engendrado el niño Patrick y sus tres primeros libros hablan de la ocupación como el lugar donde se engendra al autor y su mito de origen: El lugar de la estrella (1968), La ronda de noche (1969) y Los bulevares periféricos (1972). Aunque el autor se distanciará en parte de esa temática en sus siguientes trabajos, en muchas ocasiones volverá a ese espacio temporal, mítico para él, dado que inicia una larga etapa en la que el centro de su producción es la familia y donde abundan los relatos autobiográficos. No en vano, hay otro suceso en la vida de Modiano que lo determinará por completo y, por consiguiente, a su obra: la muerte de su hermano Rudy, dos años más joven que él, fallecido en 1957. A él es a quien dedicará toda su producción literaria.

De esta etapa, la de mayor interés para esta serie, destacan Libro de familia (1977), Más allá del olvido (1996) y Un pedigree (2004), y la obsesión por recuperar la elusiva figura paterna, aquel judío siempre inmerso en negocios extraños, con personajes extraños, como al inicio de Recuerdos durmientes (2017), su primera novela después de la consecución del Nobel, recientemente aparecida en castellano en Anagrama, con excelente acogida.

La novela podría considerarse el prototipo de las composiciones de Modiano en su exploración de la memoria familiar. En extrañas circunstancias, el autor, que escribe en primera persona, conoce a una mujer misteriosa y, por los breves rasgos que matiza y las efímeras descripciones, la persona lectora advierte que es atractiva, si bien no queda claro que esa atracción se deba a ese halo misterioso que la envuelve. En Recuerdos durmientes, es Mireille Urúsov, la hija de un enigmático empresario ruso amigo de su padre, quien le lleva hasta la Sra. Hubersen. Entonces aparece el conflicto, que en Modiano siempre es noir o tiene matices noir: un hurto, una fuga, una muerte. Se trasmite muy poca información del hecho, lo que rodea a la trama de enigmas. En este caso se trata de un asesinato. Ludo F., otro opaco personaje de los muchos que pueblan las páginas escritas por el narrador francés, ha aparecido muerto en extrañas circunstancias. Todas las sospechas apuntan hacia la Sra. Hubersen, y es con ella con quien el autor se mantiene en perpetuo contacto hasta el desenlace que, como resulta lógico, no revelaré.

Se trata de textos metarreferenciales donde Modiano reflexiona sobre el proceso de construcción de la memoria: “Intento ordenar los recuerdos. Cada uno es la pieza de un puzle, pero faltan muchos, así que la mayoría se quedan aislados. A veces, consigo juntar tres o cuatro, pero no más. Entonces anoto retazos que vuelven en desorden, listas de nombres o de frases muy breves.” (Recuerdos durmientes, p. 56)

Uno de los elementos que más me gustan de las novelas de la memoria de Modiano son los reencuentros. Aproximadamente en el tercio final de muchas de sus novelas existe un salto en el tiempo. El autor no nos traslada ni al pasado remoto que nos ha contado, ni al presente desde el que escribe, sino a un punto intermedio, en la década de 1990 o 10 años después de los sucesos, como ocurre en Recuerdos durmientes, y mediante un elemento narrativo realmente brillante: la misma maleta que el autor había llevado a su amiga, que vuelve a sus manos 10 años más tarde, en el reencuentro fortuito. En ese espacio temporal intermedio, narrador y personaje tratan de reconstruir una parte de ese relato, sin éxito porque el tiempo ha borrado la memoria y queda el autor solo dispuesto a tener que avanzar hasta el final con apenas unos pocos asideros escondidos en su mente. Esa recuperación de lo vivido desde el yo es el reto literario que Modiano ha resuelto con gran brillantez en la abrumadora extensión de su obra.

martes, 2 de octubre de 2018

Diarios cotidianos - Nagari Magazine

Diarios cotidianos - Nagari Magazine



Todos los períodos de entre siglos son convulsos, y están plagados de cambios significativos y propuestas sugestivas en el plano artístico. Entre esas últimas tendencias, una de las que más interés me suscitan es la autoría colaborativa. Eso que se ha discutido en las grandes tribunas académicas desde la emergencia de la denominada “inteligencia colectiva” a partir de los trabajos de Jacques Rancière o George Yúdice. Eso que tan cerca está de los recientes movimientos políticos que convulsionan las democracias liberales de la actualidad mediante las redes sociales, twitter, los smartphones y también, desgraciadamente, las compañías de gestión de datos como Cambridge Analytics, que se ponen a los pies del político que más pague —esa sería una actitud nada innovadora y sí muy perenne en los juegos del poder—.

No cabe duda de que la autoría colaborativa es de difícil aplicación en el ámbito literario. La narración escrita suele ser obra de una autora o un autor, una persona, en todo caso, a la que le gusta significar su individualidad desde el surgimiento de la literatura moderna. Sin embargo, en el entorno literario se le está dando cada vez más importancia a las obras amateur. No llegan a alcanzar la consideración de las obras de los escritores profesionales, pero se las tiene en cuenta. Es una tendencia con mucha visibilidad en los estudios literarios pero no tanta en el mercado editorial, donde la marca del autor sigue siendo un seguro para los departamentos de prensa.

Esta tendencia tiene especial fuerza en Francia, donde Philippe Lejeune: escritor y académico, lleva años recopilando autobiografías y diarios personales, y todo aquello que refleje una narrativa de la cotidianidad —esa línea ha tenido notable resonancia en España gracias al riguroso trabajo del académico Manuel Alberca, aunque en el ámbito de la narrativa publicada y no la privada—. Lejeune ha llegado a fundar una asociación para recopilar y proteger ese patrimonio, producido en buena medida por gente corriente, gente de la calle: la Association pour l'autobiographie et le patrimoine autobiographique.

Una de sus discípulas: Françoise Simonet-Tenant, publicó en 2004 un interesante libro que resumía sus investigaciones en el género diarístico: Le Journal Intime: Genre Littéraire et Écriture Ordinaire. El libro pone el énfasis en el hecho de que, aunque autobiografía y diario no suponen el mismo tipo de producción literaria, ambas se complementan y encuentras vías de diálogo. Es más, a partir de la introducción del diario en la autobiografía, Simonet-Tenant afirma que se pueden incorporar las emociones a una relación contemporánea de los hechos (p. 22). Ese es el punto a partir del cual se puede introducir la literatura de todos, pues todo el mundo puede relatar su propia vida, los momentos emotivos, o llevar un diario que le permita registrar su cotidianidad, y puede hacerlo desde la afectividad que generan sus propios recuerdos. Son esas “écritures ordinaires” de las que habla Lejeune. Se trata de un proceso catártico, personal pero compartible.

El libro de Simonet-Tenant realiza un recorrido por la historia de la literatura diarística no solo la escrita en francés, para pasar a diseccionar las partes y las funciones de un diario. Es ahí donde se describen los distintos tipos de diarios posibles. A modo de complemento, en el capítulo siguiente se exponen las distintas categorías de lectores de diarios. Se trata de una sección que toca el tema de los diarios que se publican, la intervención de los editores y la reacción de los lectores. El libro finaliza hablando de la producción diarística de hoy: de la proliferación de diarios y autobiografías entre los escritores contemporáneos, ya sean estas obras autoficticias o no; de la institucionalización de los diarios tanto en los estudios académicos como en la enseñanza de las lenguas; y de las diferentes posibilidades entre, por ejemplo, el diario de una persona adolescente y el de un escritor profesional.

La autora finaliza su trabajo hablando del tour de force entre la experiencia y el lenguaje que supone toda obra diarística. Aunque menciona los diarios colectivos, no entra a valorar el sacrificio que se requiere para, partiendo de los parámetros de la literatura moderna, alcanzar una nueva forma de creación colectiva a partir de los diarios: el de la imaginación. Si bien los diarios pueden ser escritos de una forma tremendamente imaginativa, como muy bien se demuestra en los de Franz Kafka, repletos de esas visiones que después trasladaría a su muy fragmentaria ficción, es cierto que la imaginación se ha convertido en una marca de clase del autor. Aquel escritor que tiene talento produce obras con una imaginación muy particular, muy propia, individualizada. Y no, no es eso lo que se busca en los diarios cotidianos, y eso debería hacernos reflexionar sobre una nueva forma de valorar la imaginación, y sobre los parámetros estéticos que regirían en una literatura de autoría colectiva por venir.

sábado, 1 de septiembre de 2018

El quinteto de Bernhard - Suburbano

El quinteto de Bernhard - Suburbano



Si nos ponemos a escribir sobre narrativas autobiográficas, por narices hemos de hablar de Thomas Bernhard (1931-1988) y su magnífico quinteto de narraciones del yo: El origen (1975), El sótano (1976), El aliento (1978), El frío (1981) y Un niño (1982) —algunos lectores y críticos incluyen dentro de este conjunto autobiográfico El sobrino de Wittgenstein, pero la publicación editorial reciente parece haberse ceñido a estas 5 obras—, magníficamente vertidas al castellano por Miguel Sáenz, traductor de los más insignes escritores alemanes contemporáneos. Si la magna narrativa autobiográfica de Karl Ove Knausgård (1968), aquí reseñada, está bien, sobre todo por su ambición, pero deja que desear en aspectos estilísticos, la obra de Bernhard es simplemente brutal. No en vano, existe una jerarquía. El primero cita al segundo varias veces en la novela que inicia Mi lucha: La muerte del padre.

Bernhard, nacido accidentalmente en los Países Bajos (Heerlen) como hijo ilegítimo de un campesino austríaco al que nunca conoció y la hija de un escritor socialista austríaco, vierte en sus textos autobiográficos toda su dura infancia, en algunos momentos extrema, hasta la mayoría de edad. El autor se inició como poeta, para pasar con posterioridad a la novela y el teatro. Cuando inicia su trabajo autobiográfico, en 1975, está en la plenitud de su carrera, y eso se observa a las claras en la alta calidad de su quinteto del yo.

En el primero de los libros: El origen, habla de su paso por Salzburgo para estudiar la secundaria y recibir lecciones de canto por consejo de su abuelo, el también escritor Johannes Freumbichler. Allí se refleja la desesperación de Bernhard en el internado Johanneum al no apreciar diferencias entre la educación nacionalsocialista anterior al final de la guerra, y la posterior educación católica (Relatos autobiográficos, p. 83). Su resentimiento hacia la ciudad de Salzburgo es notable, llegando a incidir en su carácter destructivo para la creación, hasta el punto de afirmar: “la ciudad ya no es para él una hermosa naturaleza y una arquitectura ejemplar sino nada más que una impenetrable maleza humana, hecha de abyección y vileza y, cuando camina por sus calles, no camina ya rodeado de música, sino que se siente nada más que repelido por el lodazal moral de sus habitantes” (p. 18). En Pútrida patria, W. G. Sebald (1944-2001) habla del papel de la destrucción en el proyecto de Bernhard, como una consecuencia lógica del desmoronamiento del proyecto ilustrado. Y es cierto que, a través de descripciones como la citada, el escritor austríaco se aplica a llevar las incongruencias de la modernidad hasta su último extremo.

En El sótano, Bernhard narra su abandono de los estudios para empezar a trabajar con un comerciante en el peor barrio de Salzburgo, el poblado de Scherzhausefeld, un lugar que los habitantes de la ciudad consideran como una leprosería (p. 143). Ese descenso al sótano del comercio que se menciona ya en el título se convierte en la salvación de Bernhard según las palabras del autor. Su relación con su abuelo que, desde el primer volumen autobiográfico, se presenta como el gran aliado de Bernhard, por encima de la madre, se resiente por un momento en su nueva vida de comerciante. Pero la solidez de las convicciones del autor, el rédito que saca de su experiencia con los más desfavorecidos, estrato al que a partir de entonces asumirá pertenecer, y su retorno a las clases de música, en este caso, de canto, lo reconcilian con el abuelo y con la vida. Este es el texto en donde más se plantea la tensión entre lo inventado y lo recordado, imprimiendo tintes de autoficción en su autobiografía (p. 140).

La emergencia vital queda truncada en El aliento. Allí se narra el ingreso en el hospital de Bernhard por unos problemas respiratorios que lo acompañarán hasta su muerte. Coincide con la recaída del abuelo, que también tiene que ser ingresado en Grossgmain, el mismo centro hospitalario en el que se encuentra Bernhard, aunque en otro pabellón del hospital, y con la reconciliación con la madre, que viene a visitarlo esporádicamente al hospital. El escrito narra los problemas de Bernhard con los médicos y su rebeldía innata. La parte más sobrecogedora del libro es su testimonio de la muerte, al ser ingresado en la habitación del hospital para enfermos terminales, dada la supuesta gravedad con la que accede al centro médico. Por los ojos del narrador autobiográfico van apareciendo figuras que abandonan esta vida de una forma que compunge el corazón del muchacho que comparte lecho al lado. Para colmo de dramatismo, el libro finaliza con la muerte inesperada del abuelo.

Bernhard prepara a la persona lectora para lo que tiene que venir. El frío es el culmen del dramatismo. El texto se inicia con las consecuencias de la muerte del abuelo y, en seguida, sin apenas dar tiempo al lector, anuncia la desgracia: el cáncer que ha contraído la madre. Este es el libro de reconciliación entre la madre y el hijo, también es la parte del total que trata de indagar en el padre, sin apenas éxito. En paralelo, los problemas pulmonares del autor se recrudecen. Es ingresado en Grafenhof, una institución exclusivamente para enfermos de pulmón y para tuberculosos. Allí tiene que someterse a un férreo tratamiento. Piensa que morirá, pero se recupera por el poder de la fuerza de voluntad y por el recuerdo del abuelo. No podrá asistir a la muerte de su madre, que agoniza en otra institución médica. Pero será capaz de reunirse con ella antes de que esta fallezca para mostrarle sus primeros poemas. Ha decidido seguir la obra de su abuelo una vez este ha fallecido, aunque, como afirma: “Mi abuelo había dicho siempre la verdad y se había equivocado totalmente” (p. 340), lo que abre la puerta al absurdo en su obra. Es el inicio de una vocación que Bernhard honrará, haciéndola llegar hasta cumbres muy elevadas. Ese hecho atenúa la tragedia.

Un niño, la última de las 5 entregas, es una síntesis. Se trata de mi favorito entre los 5, si es que se puede crear una comparación en un trabajo tan excelso. Se inicia a partir de un recuerdo, el del niño que, con 7 años, arrebata la bicicleta a su tutor, aprende a mantener el equilibrio sobre ella y se lanza hacia Salzburgo sin éxito. Ese fracaso, cuyas consecuencias teme el niño, le sirve al autor para rememorar su infancia junto a sus abuelos a través de Viena, la Alta Austria y Baviera, y su difícil relación con su madre por el notable parecido con su padre (p. 412). Los recuerdos del niño que se transmiten a través de la palabra son muy vistosos. Las narraciones sobre los orígenes familiares de los abuelos resultan amenas (p. 417). También hay momentos dramáticos, como los problemas escolares o la incorporación a un centro para niños difíciles en el oeste de Alemania. Pero, en general, este es un texto iluminador, que incluye el retorno a los estudios musicales, finaliza la serie y alumbra ya el nacimiento de un escritor.

Esta breve sinopsis de las temáticas de los 5 volúmenes no permite incluir lo más impactante de la lectura de la obra autobiográfica de Bernhard. No es otra cosa que el estilo, la escritura, la capacidad del autor de recrear en la persona lectora una vida a partir de la continua repetición de unas palabras que se convierten en motivos musicales, que se repiten en el oído del lector a partir de frases largas y un único párrafo que una vez tras otra se enfrenta con el detalle del recuerdo para volver a las mismas escenas, los mismos traumas, los mismos recuerdos. Esa técnica es fundamental para afrontar la distancia entre lo que se piensa y lo que se vivió, que Bernhard se plantea una y otra vez (p. 17). Lástima que esa musicalidad de las palabras siempre se pierde en parte en una traducción, pese al excelente trabajo de Sáenz. En todo caso, no es excusa para dejar de sumergirse en esta espléndida lectura, el quinteto autobiográfico de Bernhard.

lunes, 30 de julio de 2018

Grande Vilas. Grande Ordesa - Suburbano

Grande Vilas. Grande Ordesa - Suburbano



La secuencia lógica de mi serie, que rompí en la pasada entrega, pretendía comparar la literatura del yo escandinava, a la que dediqué mis dos primeras entradas, con el mismo fenómeno en España, a partir del enorme éxito que ha acarreado la publicación de Ordesa, de Manuel Vilas (Barbastro, 1962). Philip Roth, el azar de su muerte, se cruzó por medio, como la muerte de los padres de Vilas se cruza por la trayectoria literaria del autor aragonés para que acabe escribiendo esta novela.

El libro de Vilas es un huracán, un terremoto en una literatura tan pudorosa y católica como la española, donde los que practican la autoficción siempre esconden su intimidad. Lo deja claro el mismo autor en este artículo. Lo explicita en Ordesa: “No me importa exhibir la vida de mi padre. Aunque en España nadie quiere exhibir nada. Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó.” (p. 127) Eso es mucho decir en un libro que parece no tener estructura más allá de los recuerdos del autor=narrador (en este caso), con los que la persona lectora tropieza de forma caótica.

Desde la cita inicial y la primera frase: “Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas” (p. 9), este lector se ha encontrado un escrito arrebatador. No soy el único que lo ha dicho a estas alturas, así que solo puedo sumarme a las múltiples voces que han quedado subyugadas por el verbo de Vilas.

Es largo el camino que ha recorrido el autor desde aquella discusión con el también escritor Diego Doncel (Malpartida de Cáceres, 1964). En Lausana. Allá por 2012, en un congreso en homenaje a Juan Goytisolo donde el malogrado escritor expatriado no apareció por motivos de salud. En aquella ocasión, Vilas afirmaba que el mercado siempre acaba acogiendo al buen escritor, y lo ejemplificaba en la figura de Roberto Bolaño. Ahora su perspectiva ha cambiado. No hay más que ver las duras críticas que vomita sobre el capitalismo (pp. 14-18). La crisis económica le ha pasado factura. Pero también la vida, a partir de las experiencias que él mismo relata, algunas arrebatadoras, como la borrachera que coge cuando le conceden el crédito con el que comprará su piso; o el encuentro con el campeón español de boxeo ya fallecido: Perico Fernández. Sus borracheras, su alcoholismo, se detallan en la narración, a veces con imágenes muy hermosas: “Quien ha bebido sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo” (p. 91) Pero siempre acompañadas del dolor del que se sabe enfermo.

Vilas construye desde la poesía, de ahí esa supuesta desestructuración, que ilustra muy bien a partir del personaje real de la madre, una persona caótica y desordenada, como el propio narrador, en su caso, a la hora de exponer los hechos. En realidad, Vilas siempre mantiene el mismo proyecto desde sus primeros libros en prosa, como España (2008). Fue una forma de escribir que se inició con él y con la obra narrativa de Fernández Mallo (A Coruña 1967), tal como postuló en su momento Eloy Fernández Porta. Se basaba en utilizar la poesía como una guía para la narrativa, a partir de una estructuración poética de las novelas. Que la prosa de Vilas bebe de su poesía está más que claro. Eso se observa a la perfección en el epílogo de este libro que hoy reseño, donde los lectores encuentran numerosos poemas escritos con anterioridad a Ordesa, pero de los que mama Ordesa. Por eso cuesta encontrar la estructura interna del relato. Pero existe. Es poética.

Lo que sucede en Ordesa es que el yo de Vilas ha llegado al centro de ese proyecto para relatar la historia de sus padres desde la memoria. A partir de ese entramado reconstruye la vida de la clase media española durante el franquismo. Pero es una historia poética, o donde la poesía se convierte en la protagonista y los padres en símbolos líricos, como simbólicos son los nombres que da a las personas que aparecen en el texto, todos grandes de la historia de la música clásica. Vilas funda el mundo a partir de esos nombres y de las palabras de su padre, como si fuera un Dios (p. 97). Interpela a los que ya no están presentes, pese a que: “El hecho de que jamás pueda volver a hablar con ellos me parece el acontecimiento más espectacular del universo, un hecho incomprensible” (p. 121). Y construye la vida de las personas de forma simbólica a partir de los objetos de consumo: el aceite de oliva de la madre, el coche del padre. Son siempre objetos baratos y, sin embargo, sobrenaturales (p. 175). A fin de cuentas: “El pasado son muebles, pasillos, casas, pisos cocinas, camas, alfombras, camisas. Camisas que se pusieron los muertos.” (p. 218) Resulta un recorrido lógico. Pero es, además el camino a través del que Vilas acaba dando una vuelta al calcetín que llevaba en Lausana, en su discusión con Doncel. Ahora es el buen escritor quien acaba domando al mercado con esos recuerdos, aderezados con hermosas imágenes, un mercado gris y deprimente como era el de la clase media-baja durante el franquismo.

Y todo este recorrido sirve para comprender que el verdadero Vilas, si es que eso existe, dada la complejidad de las personalidades humanas, es alguien que tiene miedo: “en lo más hondo de mi psicología reina el miedo.” (p. 40) Ese miedo se huele página a página, imagen a imagen, en Ordesa: “No puedes renunciar a la catástrofe, es el gran orden de la literatura, el viento de la maldad y el viento de todas las cosas que han sido.” (p. 197)

En conclusión, por la fuerza de las palabras del texto, y la inteligencia en el uso del lenguaje, de la sintaxis, que rompe cuando le da la gana con una potencia abrumadora, de las metáforas, de las imágenes, Ordesa es el libro del año. La grandeza de Vilas, que se reinventa a cada paso, sigue creciendo. Eres grande, Vilas, muy grande.

jueves, 28 de junio de 2018

El Nobel del Yo - Suburbano





Interrumpo la secuencia lógica de mi serie por culpa de la muerte de Philip Roth (1933-2018). No creo que podamos hablar de literaturas del yo sin detenernos en la obra de Roth, un autor del que la crítica ha dicho que toda su obra podría ser considerada como testimonial.

Eso salta a la vista en Patrimonio, en donde el escritor judío-americano narra los últimos días de su padre tras serle diagnosticado un tumor cerebral. A partir de ahí, reconstruye la vida de su progenitor. La incapacidad de ayudar a su padre, la impotencia del autor, al que el padre le reprocha que sea incapaz de dejar de escribir ni siquiera por un momento en esos instantes tan difíciles, se destila de cada página del escrito, convirtiéndolo en un testimonio del duelo. La escritura se revela como el bálsamo al que se aferra el autor para superar el trago. También es el medio a partir del que relata una vida, la de su padre, de una forma sincera y directa, recuperando su carácter controvertido, mostrándolo capaz de flirtear con mujeres mayores una vez viudo, pese a su situación.

Patrimonio es un canto a la vida pese al duelo, pero no se trata de la única forma en la que Roth enfrentó el hecho autobiográfico. Lo hizo también mediante otras estrategias más tangenciales. En La conjura contra América, Roth vuelve a utilizar la figura del padre, pero lo hace mediante un recurso propio de la ciencia ficción. El autor imagina la derrota de Franklin D. Roosevelt en las elecciones presidenciales frente a Charles Lindbergh, reconocido simpatizante del nazismo, y contrasta este hecho con las experiencias vividas en el colegio. La consiguiente radicalización del gobierno de los EEUU y el posterior ascenso del antisemitismo en América son las excusas para levantar una nueva semblanza del padre y de su dignidad humana.

También la experiencia autobiográfica es la que guía el argumento de Indignación. La novela narra la historia de un joven estudiante judío que cambia de universidad para alejarse de la tiranía paterna. Allí inicia una relación sexual con una compañera de estudios que lo descolocará. Eso y los encontronazos con el nuevo decano lo acabarán enviando a la Guerra de Corea, donde muere. En esta novela corta, Roth recupera su juventud en Newark en un entorno familiar judío, así como sus años en la universidad, trazando un relato de uno de los temas principales de su literatura: la influencia de la geopolítica, el biopoder y la autoridad en el destino de nuestras vidas individuales. La novela no la narra Roth, sino un tal Marcus Messner, pero esta no es la única voz interpuesta que utiliza Roth para narrar la experiencia biográfica, tampoco es la principal. El narrador preferido de Roth para explicar su biografía, aunque sea de manera indirecta, es su alter ego: Nathan Zuckerman. Es este quien toma la voz en una de las obras más brillantes de Roth: Pastoral americana. La novela vuelve a enfrentar al individuo con la potencia de la geopolítica en la figura de Seymour Levoy, un empresario judío de éxito que se arruina por la radicalización y posterior transformación en terrorista de su hija durante las protestas por la Guerra del Vietnam, lo que conlleva el derrumbe familiar, que coincide de forma cronológica con los hechos del Watergate. Zuckerman reconstruye la vida de Levoy, ya fallecido, así como los acontecimientos que le llevan a la desgracia. El libro está inspirado en un personaje real: Seymour Masin que, como el protagonista, se apodaba “el Sueco” y había sido una figura en el instituto, brillando especialmente en atletismo. Triunfó posteriormente en los negocios, siendo muy admirado entre la comunidad judía de Newark. Que su final haya sido tan dramático como el del personaje de Roth ya es cosa que solo el autor sabrá, pero el uso de elementos autobiográficos resulta evidente.

En definitiva, se nos va uno de los grandes de la literatura, un autor que no lo sería tanto si no hubiera sido fiel a la tradición judía de la memoria, haciendo muy buen uso de las narrativas del yo desde muy distintas perspectivas y a partir de diferentes estrategias; la muestra de que la experiencia personal es la mejor fuente de inspiración literaria. Descanse en paz.

lunes, 4 de junio de 2018

Un homenaje para W. G. Sebald - Nagari Magazine

Un homenaje para W. G. Sebald - Nagari Magazine


Aunque el libro se titula Un final para Benjamin Walter, otro autor alemán es quien planea por toda la obra. Se trata de W. G. Sebald. No en vano, Sebald fue el escritor que dio voz a las víctimas de la cultura judía que fueron perseguidas por los nazis, como Benjamin. Que en el título se haya intercambiado el orden del pensador judío-alemán de la Escuela de Frankfort es un juego irónico del autor, Álex Chico. En las páginas de su libro nos explica cómo ese fue el nombre que figuró en su certificado de defunción (p. 139).

Sebald es el aliento tras el cual crece la prosa de Chico, que es de carácter reflexivo como la del escritor alemán, más narrativa que novelesca, que le permite identificarse con el pensador al que le sigue los pasos y descubrir el enclave en el que acabó con su vida: el peculiar pueblo de Portbou. A Sebald nos lo encontramos citado en la página 25. Y el recuerdo de Campo Santo, libro póstumo de Sebald y palabra citada en la página de 43, le viene al lector a recorrer con los ojos la descripción que hace el autor del cementerio de Portbou. Hay capítulos que arrancan como un guiño al genial autor alemán, como: “Me cuesta, aún hoy, describir el estado actual, aunque las haya visitado en varias ocasiones y vuelva a ver las fotos una y otra vez.” (p. 60) Y hay reflexiones a la pintura. Tal es la mención al Angelus Novus de Paul Klee (p. 93) y, muy especialmente, a Mathias Grünewald, unos de los pintores de cabecera de Sebald, citado de forma extensa en el poema en prosa que fue su primer libro: Del natural. Es más, se puede considerar a este libro como un homenaje al malogrado autor germano y su proyecto literario cuando, refiriéndose a los restos de Benjamin, se leen frases como: “ahí no solo reposa lo que queda de un hombre, sino la suma de restos y de personas que alguna vez huyeron de la barbarie.” (p. 47) Sin embargo, al incluir a los refugiados de Siria y otras personas que sufren la persecución que padeció Benjamin en otros contextos, Chico amplía el ámbito histórico que trabajo Sebald.

También es un homenaje a Portbou, ese pueblo que se construyó aceleradamente con la llegada del ferrocarril a la frontera y que, en las descripciones de Chico, parece que va a acabar engullido por el paso del tiempo, porque, como Sebald, el autor entreteje el relato de viaje en la narración —de ahí la cita de Jorge Carrión (p. 109)—. Chico se detiene en sus habitantes, en los artistas que han recorrido sus calles buscando la huella de Benjamin, como Dani Karavan, o que habían iniciado allí su propia carrera artística, como Frederic Marès. Es en esa parte del relato, donde Chico se separa del homenaje y construye su propia lírica. Utiliza frases encadenadas hermosas y profundas: “Aún no sabía que existen territorios que sí se crean y se destruyen. Pueblos, como Portbou, que nacieron de la nada y se encaminan hacia ella. Lugares que desaparecen de la misma forma que llegaron, sin que nadie lo note, como si comenzaran a borrarse de un lienzo que volviera de su estado anterior y se quedara otra vez en blanco” (p. 65). Me gustan especialmente las disquisiciones que Chico hace respecto a la narración (p. 133 y p. 191), más allá de la novela, porque eso es lo que me parece el libro, una narración novelada que utiliza técnicas de la ficción, mucho más que una novela que utiliza técnicas narrativas de la no ficción. Y es en este plano, el de la descripción de Portbou, donde encontrará al personaje que sustituirá a Benjamin en su imaginario como un nuevo pensador errante en la figura de Sílvia Monferrer.

Se llega al epílogo: “La densidad del círculo”, que para mí es la cúspide del libro, en donde volvemos a encontrarnos con el fantasma de Sebald. Como este, Chico menciona su primera publicación, un poemario, y como el autor alemán, Chico trata de cimentar su prosa desde ese poema. Allí, en dos párrafos finales que no citaré para evitar spoilers, se nos revela la naturaleza del escrito, y todo el mensaje que que encierra esta búsqueda: la búsqueda de Benjamin, la búsqueda del arte…

viernes, 27 de abril de 2018

Su lucha - Suburbano

Su lucha - Suburbano



En su Diccionario de las artes, Félix de Azúa utiliza una historia para ilustrar la categoría “artista”. Recurre a una anécdota, la de los judíos que eran transportados en largos trenes de mercancías hasta los campos de concentración del Tercer Reich. Los viajeros forzosos se organizaban en aquellos compartimentos opacos, sin ventanas, para que uno de ellos pudiera llegar hasta lo más alto del vagón. Allí había unas rendijas que permitían ver el exterior. El elegido narraba el trayecto. Solo aquellos que capturaban la atención de los demás con su narración permanecían en esa posición de privilegio. Azúa compara a estos elegidos con el concepto de artista, con la función del artista en la sociedad.

Es importante retener esta imagen a la hora de valorar la producción desde la literatura del yo que está teniendo lugar en este momento. De la misma forma que no se puede hablar de ese tipo de literatura en 2018 sin hablar de Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968), el escritor noruego que, en 2009, a sus cuarenta años recién cumplidos, decidió poner negro sobre blanco toda su vida en una autobiografía en seis volúmenes que abarca más de tres mil páginas, y que ha recorrido con un éxito prodigioso las audiencias literarias mundiales, aunque con una recepción no exenta de polémica.

El recurso fundamental que utiliza Knausgård es el no recurso. No hay máscaras tras las que esconderse. El autor se presenta al lector exponiendo su intimidad de forma peligrosa, presentando sus amores y desamores, sus borracheras, sus actitudes, su vida familiar y, sobre todo, la conflictiva relación con su padre. Todo ello le ha granjeado una serie de quejas públicas —de su primera mujer, de otros escritores— y alguna demanda judicial —de la familia de su padre—, además de un éxito literario sin precedentes para un autor noruego. Ha vendido casi medio millón de ejemplares de la primera entrega de su lucha: La muerte del padre, en un país de cinco millones de habitantes. Aunque se vendieron poco más de treinta mil ejemplares en EEUU, un país donde el consumo de libros es elevado, ha conseguido la admiración de nombres tan destacados como Zadie Smith, Jeffrey Eugenides o Jonathan Franzen. Sus obras se han traducido con notable resonancia a varios idiomas, en castellano en Anagrama, que el mes que viene publicará la sexta y última entrega, la que más relaciona la polémica cita que titula la saga con el escrito histórico de Hitler.

Pero una obra tan extensa que se publica en tan poco tiempo —el escritor necesitó tan solo de dos años, escribiendo más de diez, a veces hasta veinte páginas al día— también ha encontrado detractores. A partir de la metodología del autor, resulta evidente que se trata de una prosa sencilla, que solo por momentos brilla con comparaciones poéticas del tipo:

“Lo que yo percibía de las habitaciones era lo muerto, lo que se me resistía, y no como la muerte en el sentido de vida que se interrumpe, sino como ausencia, de la misma manera que la vida está ausente de una piedra, un vaso de agua, un libro. La presencia de nuestro gato Mefisto no era lo bastante fuerte como para reprimir este aspecto de las habitaciones, yo sólo veía el gato en la habitación vacía, pero si entraba algún ser humano, aunque sólo fuera un bebé, eso desaparecía. Mi padre llenaba las habitaciones de desasosiego, mi madre las llenaba de dulzura, paciencia, melancolía, y, a veces, cuando volvía muy cansada de trabajar, también de una suave y sin embargo notable subcorriente de irritabilidad. Per, que jamás pasaba de la entrada, la llenaba de alegría, ilusión y sumisión. Jan Vidar, que hasta ahora era el único de fuera de la familia que había entrado en mi habitación, la llenaba de terquedad, ambición y camaradería. Lo interesante surgía cuando había varias personas juntas, porque no cabía más que una, máximo dos huellas de voluntades en una habitación, y no siempre la más fuerte era la que más se notaba. La sumisión de Per, por ejemplo, la cortesía que mostraba hacia las personas adultas, resultaba a veces más fuerte que ese carácter lobuno de mi padre” (La muerte del padre, pp. 121-122).

También es lógico que apenas haya trama en la historia normal de un hombre normal, tal como la ha definido el propio autor. Pero eso conlleva monotonía. Algunos lectores desengañados se han quejado del aburrimiento que les provoca la lectura de las obras del noruego. Sin embargo, ¿se puede considerar que la escritura de Knausgård es un bluf? ¿No se encuentra ningún tipo valor literarios en su literatura?

Para responder a estas preguntas solo puedo echar mano de mi experiencia lectora, como el autor noruego echa mano de su experiencia vivida para escribir sus libros. Debo decir que la primera entrega de la serie me pareció difícil. Cuesta entrar en un libro que empieza reflexionando sobre la muerte en la sociedad contemporánea para pasar de un salto a algunas vivencias infantiles del autor. Ese es el volumen en que a este lector le queda la impresión de la aburrida existencia de Knausgård, sobre todo, en el fragmento en el que narra su primera borrachera, un fin de año. ¿Quién no ha pasado por lo mismo? ¿Es ese un acto existencial heroico que merezca una narración? Sin embargo, la segunda parte, donde narra el descenso a los infiernos del padre, muerto por una complicación médica tras unos años de absoluta dejadez etílica, junto a la dramática decadencia de la abuela paterna, da algunas pistas del estructurado plan que el escritor noruego tiene y anima a continuar la lectura.

Por suerte para este lector, la segunda entrega es completamente distinta. Empieza con un ritmo endiablado en el que se observan desde primera fila las vivencias de un matrimonio con tres hijos en sus vacaciones. Es una escena sencilla pero no exenta de las tensiones en las que se reflejan la ansiedad, la rabia y el resentimiento de la vida cotidiana. Cualquier padre se vería reflejado en ese extenso pasaje. En el tercero de los libros, Knausgård se sumerge en su infancia y en la desgarradora existencia con un padre maltratador. Para las siguientes entregas, el autor evoca su experiencia como docente en el norte de Noruega con apenas dieciocho años —la cuarta— y deja sus inicios como escritor para la quinta.

De todas las posibles virtudes literarias de la autobiografía de Knausgård, yo resaltaría la planificación que desarrolla a lo largo de ella. Ese plan mental que mencioné previamente. El autor elije los recuerdos de forma que acaban convirtiendo los textos en novelas. Y estructura los volúmenes de manera que hasta que la persona lectora no está bien entrada en la mitad de la saga, no descubre el grado de crueldad que el autor sufrió de su padre. Con anterioridad apenas ha ido dejando adelantos. No debe ser fácil cuando estás contando tu vida de corrido. Has de tenerlo todo ya muy claro en tu cerebro. También resaltaría la construcción de los personajes, en especial, la del padre, que no solo protagoniza la primera entrega con su muerte y la tercera con las palizas de la infancia, sino que aparece desde distintos prismas en todos los libros. Es así como el autor nos da una visión poliédrica de un personaje fascinante pero terrible, un ser que se consume en una agonía que se sintetiza en la rigidez y la arbitrariedad durante la infancia y adolescencia del narrador, para pasar a atenuarla mediante la autodestrucción a partir de la separación de su mujer y el posterior compromiso con el alcoholismo pasados los 40 años. Se trata de una respuesta individualizada a lo insoportable de la existencia que el autor solo describe sin entrar en juicios más profundos en una narrativa que, por otra parte, está plagada de juicios.

La obra de Knausgård es un reflejo de la reacción social que, ante el simulacro de ficción que parece querer copar la realidad, ha empezado a emerger en la literatura y entre los lectores. Es un hecho del que ya advertía el escritor Miguel Ángel Hernández a raíz de su reseña sobre la última novela de Delphine de Vigan: Basada en hechos reales, que abunda en este debate, una realidad que en su momento me pasó desapercibida a la hora de valorar La mala sangre, la novela de Gabriel Goldberg, escritor argentino radicado en Miami, que es otro gran exponente de esa literatura. Otra cosa es que esa narración “auténtica” lleve a la monotonía y, en el caso de Knausgård, esté escrita con una sencillez que no será del gusto de los lectores estilísticamente más exigentes.

En conclusión, lo que más me gusta de Mi lucha no es la voz del narrador, sino la mirada a través de la cual nos presenta una vida particular, que todos sabemos que se inspiran en la realidad sin ambages. Esa mirada entronca con el valor estético más reseñable: la capacidad de elevar esa monotonía a un nivel superior, tal como hace el narrador de la anécdota de Félix de Azúa, el hombre que va camino de su holocausto, pero es capaz de narrar de forma poética aquello que pasa por delante de sus ojos.

sábado, 31 de marzo de 2018

Juegos de memoria - Suburbano

Juegos de memoria - Suburbano


Y llegamos a la última. Unos proyectos se acaban y comienzan otros. Aquí termina mi serie sobre literatura española y cultura pop. Aquí se inicia una nueva serie sobre literaturas del yo. Ambos campos convergen en Juegos reunidos, de Marcos Ordóñez, periodista y escritor, crítico de teatro en Babelia.

Por un lado, Juegos reunidos es el libro en el que el autor trata sus años jóvenes, a partir de un híbrido entre la autobiografía y las técnicas de autoficción. Estamos hablando otra vez de Barcelona. Estamos hablando de los años 70. El final del franquismo. El inicio de la transición. Es el desembarco sin cortapisas de la cultura pop en la geografía española. Eso se observa muy bien en el libro. La voz narradora hace mención al verano del amor (1969), y lo junta con citas a Agatha Christie, Simon & Garfunkel, los helados Camy, los tebeos de Ibáñez o las radioseries. Es una radiografía de la fiesta del consumo que se inició en España con el desarrollismo, y que resulta la antesala del desembarco pop. La carga de melancolía es notable. Todas esas menciones se notifican en el escrito como pérdidas en este relato de formación. También se notifica otro tipo de influencias más cultas, que parecen trazar el recorrido intelectual, como la colección completa de premios Nadal (p. 40).

Con la muerte del dictador, los movimientos contraculturales empiezan a campar a sus anchas. Con ellos arriba la cultura pop de los hippies, que el protagonista abraza con ganas, junto a la literatura de Manuel Vázquez Montalbán, en esa serie de paralelismos que traza de continuo el libro entre la cultura literaria y las otras culturas, más o menos populares, como el cine francés, mientras el protagonista se va convirtiendo en el periodista que luego será. En ese camino de formación se cruzarán producciones como American Graffiti, la primera película de George Lucas, o el recuerdo de los seriales radiofónicos, o la figura de Jaime Gil de Biedman (1929-1990), o las revistas de tendencias de una adolescencia precoz (la revista Fans).

Como arqueología de una Barcelona que desgraciadamente ya no existe, y como testimonio de los hábitos de consumo cultural de aquella generación, la novela me parece magnífica. Donde le veo peros es en el uso de la literatura del yo. Manuel Alberca ya menciona a Ordóñez en El pacto ambiguo como un autor ambivalente en el uso de la autoficción y la autobiografía refiriéndose a un libro anterior: Una vuelta por el Rialto. Alberca habla de un autor valiente que se atreve a narrar su propia vida, pero a partir de toda una serie de artificios que acaban descolocando al lector. Esa carencia también la encuentro en Juegos reunidos. Parece que el autor le tenga miedo a su propio yo. Por ejemplo, en el fragmento en que narra su llegada al mundo de la juventud y su salida de casa, lo hace a partir de otra voz narradora, la del primo del supuesto protagonista, que no se llama Marcos, como cabría esperar, sino Mario. Así, el autor está narrando su vida y, a la vez, no está narrando su vida. Está narrando la de un tal Mario que no es más que un trasunto del autor, y lo hace a partir de una voz interpuesta que debería dotar estos episodios de una mayor objetividad. Para qué, si páginas más tarde volverá la voz en primera persona, Patricia será de nuevo la Pepita que era al inicio de la narración, y Mario es de imaginar que vuelve a convertirse en Marcos con su misma voz. Se me antoja que todo el esfuerzo y la valentía que Ordóñez pone en desnudarse y narrarnos con gracia los episodios más importantes de su vida se difumina con este tipo de estrategias. Eso podremos contrastarlo con las futuras entregas de esta serie, cuando descubramos a autores que se enfrentan y resuelven de otra forma ese tipo de conflictos. Esto no ha hecho más que comenzar. Bienvenidos.

domingo, 4 de febrero de 2018

Muy buen intento - Nagari Magazine

Muy buen intento - Nagari Magazine



En una entrevista a Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) en el blog de Vicente Luis Mora: Diario de lecturas, el primero echa en falta “una gran novela acerca de la inmigración”, que para la fecha de la entrevista es ya una realidad cotidiana en la sociedad española. Desconozco si otros autores han hecho caso de las palabras de Menéndez Salmón. Pero puedo asegurar que la primera novela de Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977): Intento de escapada (Anagrama, 2013), trata de eso. Lo hace a partir de una clara propuesta estética que se presenta al lector sin ambages y desde el plano artístico, que es el que mejor domina el autor.

Qué puedo decir de esta obra, sino que es un ejercicio de estilo excelente de altísimo nivel. Se trata de una obra con un lenguaje muy cuidado y a la vez sencillo, en donde apenas se utilizan metáforas, pero que se desarrolla a partir de un léxico muy rico y muy bien seleccionado.

La novela se desenvuelve a través de la voz en primera persona de un crítico de arte que rememora el final de su etapa formativa en la Facultad de Bellas Artes de Murcia —más adelante se sabrá que esa voz es el alter ego del autor—. Y en la historia tiene un papel fundamental la relación del protagonista y narrador: Marcos, con su profesora de arte contemporáneo: Helena.

El escrito empieza fuerte, con menciones a autores contemporáneos conocidos por su estilo transgresor para con el arte y reflexiones profundas al respecto:

“El arte contemporáneo es contemporáneo del mundo digital y es ahí donde hay que ir a buscarlo. El problema es que la información está dispersa y, en ocasiones, es contradictoria. Es uno mismo el que tiene que construir el texto, como si fuera un DJ, montando las diversas páginas en un orden, cortando, pegando y reestructurándolo todo. Conocer, más que nunca, se ha convertido en un acto de montaje.” (p. 30)

Resulta el caso de Bob Flanagan y Santiago Sierra, citado en el texto como Jacobo Montes según ha reconocido el propio autor. Pero la intención final de esta novela es narrar lo sucio y vacuo del mundo del arte que el narrador en un principio sublima, tal como muestra el propio Montes en sus juicios, y como la idealizada Helena reflejará con sus actos. Se trata de una novela de formación o un Bildungsroman.

El narrador articula su tesis a partir del mundo de los emigrantes. Montes quiere realizar una acción artística en la galería de arte que dirige Helena, y quiere que la tragedia de los emigrantes sea protagonista. Para ello eligen a Marcos como asistente de artista. Será él quien se enfrentará a los emigrantes y, a la vez, al proyecto artístico que idea Montes.

Este lector debe reconocer que en un principio no le gustó el primer acercamiento al fenómeno migratorio que realiza el autor, cuando el protagonista se está documentando para asistir a Montes. En concreto, me refiero a la visita al locutorio que hace el narrador (pp. 86-90). En esta escena se representa al emigrante con una imagen idealizada, como un objeto que contemplamos —en especial, la imagen de la madre boliviana mirando a su hija a través de la pantalla, en silencio, que se me antoja cursi, azucarada—. Sin voz y, por tanto, incapaz de errar. Reconozco que ahí me asusté. La literatura que trata a los desfavorecidos corre el riesgo de objetivarlos en su idealización. Eso sucede con los negros de Joseph Conrad, a los que pretende defender pero nunca da voz, como denuncia Edward Said, tan alejados de los negros de William Faulkner que tanto incomodan al lector porque nadie les defiende —la brecha de calidad entre Conrad y Faulkner es considerable, mal que le pese a muchos escritores contemporáneos en español—. Para el caso de la emigración, ese es un discurso peligroso, pues solo convence al convencido y es incapaz de erosionar el discurso anti-emigratorio frontal de la extrema derecha, que presenta al emigrante como alguien que viene a aprovecharse. Solo desde una fenomenología de los hechos, en la que se juzgue a cada individuo por sus actos, independientemente de su origen, se pueden generar encuentros éticos y así romper esta dicotomía.

Por suerte, si alguien domina la frontera entre objeto y sujeto a partir de su formación teórica es Hernández. Todas mis dudas en el tratamiento de los emigrantes se disiparon de un plumazo en la primera interacción “real” del narrador con un grupo de emigrantes. Se trata de la escena en que Marcos quiere entablar conversación con un grupo de subsaharianos y estos entra a la fuerza en su vehículo pensando que pretende darles trabajo (pp. 104-108). La narración es tan hilarante y absurda, y muestra un grado tan elevado de incomunicación, que plasma a la perfección la dificultad de esos encuentros éticos que mencionaba en el párrafo anterior. Eso supone el paso del objeto al sujeto en la novela, y prepara a la persona lectora para el verdadero encuentro ético, que se desarrolla entre Omar y el narrador (pp. 109-113). Ahí el personaje de Omar se humaniza, escuchamos su voz de escritor y podemos llegar a comprender sus polémicas decisiones posteriores. Es en este proceso posterior de Omar donde tiene lugar el desengaño del narrador con el arte, cuando observa que está vacía y que se aprovecha de vidas en franca situación de desespero. Este desengaño corre en paralelo con el desengaño sentimental que Marcos sufre con Helena, un personaje que se revela de lo más cínico. A partir de ahí la tensión que dominará el libro será la de saber qué le ocurre a Omar.

Es de agradecer que un escritor como Miguel Ángel Hernández, que atesora un elevado nivel teórico, dé pistas a este lector de sus fuentes, con la mención, entre otros, del teórico del arte Hal Foster, y su obra: El retorno de lo real (p. 128), para permitir una interpretación de sus coordenadas estéticas más adecuada. Es así como resulta fácil interpretar la iconostasis que el narrador cita repetidas veces, para explicar el proceso que utiliza Sierra para distanciarse del dolor real que desprenden sus obras. Es la pantalla-tamiz lacaniana que protege al artista de la abyección que muestra su obra (Foster, p. 153).

El libro se cierra con la descodificación metaliteraria del texto. El narrador nos confiesa que ha inventado “[n]ombres, lugares, situaciones, personaje” (p. 230), para poder narrar lo que de verdad ocurrió sin comprometerse. Se trata, por tanto, de un producto artístico, una novela. El autor ha tenido claro en todo momento que el artista finge. Él también ha fingido por boca del narrador. Solo así puede mostrar que él también se volvió cómplice de la farsa del arte contemporáneo sin engañar a quien lee esta novela. Ahí radica la verdad de esta mentira. Ese es el proyecto que parece iniciar Hernández, el de la recreación artística de la realidad a partir de una verosimilitud fingida: el retorno de lo real. El autor lleva tan a rajatabla su plan en esta primera novela que su narrador hasta se despide haciendo explícito su agradecimiento al ficticio Jacobo Montes, a su inexistente fundación y a la imaginaria Helena Román. Todos los agentes que han orquestado su desengaño. Así se cierra esta magnífica primera novela que, al entender de quien esto escribe, cumple con creces las peticiones de Menéndez Salmón aunque desde una voz autóctona. Lo hace desde un proyecto estético muy definido.

sábado, 28 de octubre de 2017

El hilo musical del Pop español - Suburbano

El hilo musical del Pop español - Suburbano


Dos cosas hay en Hilo musical (Alpha Decay, 2010), la primera novela de Miqui Otero (Barcelona, 1980) y la protagonista de la nueva entrega de esta serie sobre literatura española y cultura pop, que me gustan por encima de todo: la construcción naif del personaje narrador, y la manera cómo el autor recupera fragmentos de su pasado.

La primera estrategia se percibe desde el minuto uno, con el fulgurante arranque del muchacho que trabaja de guardia de seguridad en una nave industrial y debe huir ante el inminente robo que se está perpetrando allí. La construcción de ese personaje se complementa con el relato de su historial laboral (págs. 40-41), y su notable ingenuidad frente al personaje femenino principal: Alma.

En su fuga inicial, el narrador llega hasta Villa verano, un parque temático en la costa del Mediterráneo en el que los trabajadores van disfrazados de animales en su mayor parte. Alma es la encargada de esos disfraces. Allí se desarrolla la segunda estrategia, a través de las conversaciones con Nemo: “el Capitán”, más conocido con posterioridad como Inocente, aunque de inocente no tenga nada. Es a través de estas conversaciones como el narrador: Tristán, evoca su pasado. Habla de sus años de fracaso en la universidad junto a Valentín, de la cinta de las lentas y las rápidas, y de su infancia friqui.

Es también a través de ese personaje poliédrico: “el Capitán”, como Otero hilvana una historia del pop que hasta ahora no se había narrado, la del pop ibérico. Inocencio no es más que un vestigio de aquellos tiempos. Era el cantante y compositor de los míticos, por inexistente, Los Famosos. Y a partir de ese grupo ficticio, recupera la historia de un pop que emergió en las catacumbas del franquismo contra el poder dominante, el de Los Salvajes, Los Bravos, Los Relámpagos o Los Canarios. También se rescata la narración de locales míticos, como la Sala Price de Barcelona o Les Golfes de Vilanova i la Geltrú, o de prehistóricos concursos radiofónicos como el de Radio Madrid. Se trata de un pop en castellano que está hermanado con el que se hacía al otro lado del charco, en los países de habla hispana, como el de Los Impala, de Venezuela, que también se citan.

Hay otras referencias a los orígenes del pop en España, como los bolsilibros (libros de bolsillo de temática pulp que corrieron como la pólvora en la España de la época), la ciencia ficción, las varias citas intertextuales a Francisco Casavella (El triunfo en pág. 54), primo del autor y protagonista principal de esta serie cuando hizo su llegada a Barcelona, además de menciones a los dibujos animados de Los Picapiedra y Los Imposibles (págs. 23 y 88), aunque sean referencias anglosajonas.

Del estilo de Otero, que se me antoja muy gallego por la subordinación y el uso del humor, aunque también sea catalán, destaca el desparpajo en el uso de las metáforas: “de quien canta bingo cuando le han desahuciado y quitado la custodia de los hijos” (pág. 85). Y también el buen oído para el lenguaje de la calle. La frase: “tengo más hambre que el perro de un afilador” (pág. 48) se la oí cientos de veces a mi padre, que no era gallego sino andaluz. Además, destaca el tono de los diálogos, en donde se habla con un nítido sonido de barrio de temas como “meterse” o de los “nens” (págs. 55 y 56). Eso no supone un problema para incluir en la narración elementos más experimentales, como el uso gráfico del espacio en la página (en pág. 127 o en pág. 290).

Así que esta primera obra de Otero, se me antoja un muy buen principio y un libro fundamental en esta serie. Cierto que cualquier crítico siempre puede encontrar peros a una obra, e Hilo musical no es la excepción. Hay un momento, el de la crítica al mundo del trabajo y a los parques temáticos, que me recuerda mucho, quizá demasiado, a George Saunders, con la salvedad de que aquí se resuelva con cierta precipitación, cuando Saunders se puede pasar hasta 14 años para finalizar alguno de sus relatos. Es cierto que la trama del hilo musical resulta ingeniosa, pero la crítica social podría haberse resuelto de otra forma. Eso no es óbice para reconocer la maestría de Otero al componer, que se observa no solo en este libro sino en los siguientes (La cápsula del tiempo [Blackie Books, 2012] y Rayos [Blackie Books, 2016]). Soy un lector irredento de la obra de Rodrigo Fresán, llegando a rozar el fanatismo. Gracias a él conocí a uno de sus autores de cabecera: Kurt Vonnegut (a través de Vonnegut llegué a Saunders). Fue tras esas lecturas cuando incubé la posibilidad de narrar mi vida desde un mundo irónico y parcialmente fantástico. El hecho de que yo haya fracasado en mi intento no me incapacita para darme cuenta de que Otero sí lo ha conseguido. Lo ha hecho, además, con gran brillantez, como se observa en el arranque de Rayos, su última novela. Hilo musical es la primera entrega de ese proyecto que desde estas líneas aplaudo con ganas.