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martes, 4 de septiembre de 2018

La red de todos - Nagari Magazine

La red de todos - Nagari Magazine



Hoy he dejado la literatura a un lado y he sacado al teórico que también llevo dentro para hablar de redes, comunicación y cultura digital. A fin de cuentas, tengo un doctorado en estudios culturales con mucha tinta dedicada a la cultura digital española; así que no me vendrá mal reflexionar sobre el último libro de Javier López Menacho: SOS. 25 casos para superar una crisis de reputación digital.

¿Por qué?
Porque se trata de un libro ameno a la par que profundiza en la realidad social de las redes digitales y la sociedad que subyace a ellas, además de estar avalado por el sello editorial de la UOC, siempre prestigioso en este tipo de contenidos.

¿Pero quién es ese tal Javier López Menacho para hablar de redes sociales y reputación digital?
Pues, además de ser un reconocido escritor nacido en Jerez de la Frontera en 1982, con varios títulos y premios literarios en su haber, de los que destaca el libro de crónicas Yo, precario (Libros del Lince, 2013), ha colaborado en medios como La Marea, CTXT o Qué leer. Además, codirige el medio digital La Réplica: Periodismo incómodo. También se desempeña como Community Manager.

¿Eso qué significa?
Que, por una parte, es un autor capaz de desarrollar un estilo ágil, claro y ameno, que engarza frases como “Poco deja poso, y el poso que deja es poco” (p. 13); y, por la otra, su experiencia en los medios y como profesional digital le permite analizar los casos que presenta de una forma amplia, que ameniza con unos gráficos personalizados.

¿Y de qué trata el libro?
Pues, a través de 25 casos en que diferentes personas y empresas sufrieron distintas crisis de reputación digital, López Menacho describe lo que sucedió y cómo reaccionaron los implicados. La tesis general, tal como explicita el autor en el prólogo, consiste en “reflexionar sobre el ámbito digital y las repercusiones sociales y económicas que genera intervenir en el mismo.” (p. 18) López Menacho aboga por una sociedad regida por valores solidarios, que rechaza mensamente economicistas. Y la verdad es que se extrae una idea global de lo que ha sido la red en estos últimos años. A partir de ahí, el autor reflexiona sobre la forma en que hubiera debido reaccionar un profesional de la comunicación digital en cada caso, y expone lo que para él resulta la clave de cada uno de estos casos prácticos. Un experto en marketing digital debería leer todos los ejemplos que aparecen. Yo no lo soy, y puedo permitirme elegir los que me parecen más impactantes para este análisis. Por ejemplo, el Celebgate, el caso del robo de imágenes privadas que sufrió Apple y que afectó a actrices famosas como Emma Watson o Becca Tobin.

¿Y qué otros casos figuran?
Pues muchos y variados. Algunos los desconocía por completo, y que visibilizan los valores de la franja más joven de la sociedad y sus hábitos de consumo, como en el caso de Dave Carroll con United Airlines, compañía que le rompió la guitarra e ignoró sus reclamaciones, uno de los que más me han gustado, lo que muestra mi desconocimiento de algunos fenómenos que han tenido lugar recientemente en la esfera digital. Otros han sido muy conocidos a nivel global, como el ciberacoso que sufrió Justine Sacco por una broma de mal gusto sobre el SIDA, África y el color de piel, que muestra las barreras invisibles que existen entre el mundo privado y el de las redes sociales. O el enfrentamiento que llevó a una discusión más global entre la marca de alimentos para niños Hero y la periodista Samanta Villar, a raíz de un tuit de esta última sobre su experiencia como madre. O el favorito de López Menacho, el de la marca de calzado Pompeii para afrontar un problema en la distribución de sus ventas, que en el análisis destila los valores del autor. En este sentido, el libro es un dechado de documentación, con numerosas referencias a enlaces que permiten entender el contexto de la situación y complementan las explicaciones de López Menacho.

¿Crees que debería leérmelo?
Pues desde una columna como esta, donde la percepción del mundo de la cultura se realiza en red, y que lleva por título enlaces, para enfatizar que la cultura actual se basa en los enlaces que la conectan con otros ámbitos, me parece imprescindible.
En este libro no encuentras únicamente controversia cibernética. También te topas con un sólido análisis del discurso en medios, no solo digitales, no solo en redes sociales, también en cabeceras periodísticas como El País. o magazines culturales como Jot Down y la polvareda que levantó un tuit de esta publicación sobre el asesinato del embajador ruso en Turquía. A ello cabe añadir las polémicas generadas por cadenas de TV como Cuatro o Telecinco.

¿Pero es tan magnífico como dices?
Bueno, cualquier lector encontrará puntos en los que no coincidirá, como suele pasar en estos casos. Yo creo que todos los ejemplos que trata resultan pertinentes y muestran el abanico de conflictos con los que alguien se puede encontrar en internet. Pero, por otro lado, me gustaría que tratara fenómenos como Cambridge Analytics o la emergencia de usuarios que hacen del odio su marca digital y, en vez de una crisis de reputación, lo que obtienen es un notable éxito de audiencia y público, como Donald Trump. Los cambios del futuro son muy volátiles. En una columna reciente, el catedrático de economía Antón Costas escribía sobre el hecho de que en este período histórico estamos asistiendo al fin de la aristocracia del dinero, una aristocracia que se posicionó tras el final de la Segunda Guerra Mundial y se acabó consolidando con el final de la Guerra Fría, con instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, cuando se impuso a los regímenes comunistas europeos. Internet es el lugar donde se están jugando la reputación para convertirse en la nueva aristocracia los distintos candidatos al poder futuro, como muy bien demuestran la figura y la obra de Steve Bannon, ex asesor de Trump, y el papel de las marcas ahí resulta fundamental. Por eso son tan necesarios los análisis de López Menacho para el futuro, más allá de la lectura de los profesionales del marketing. Espero que el autor siga investigando en adelante casos que relacionen estas controversias.

Pues gracias.
Las gracias, en todo caso, al autor, Espero que esta reseña sea la mitad de entretenida que la lectura del libro lo ha sido para mí.

viernes, 3 de marzo de 2017

Terror, porno y futuro en Miami (y el mundo) - Nagari Magazine

Terror, porno y futuro en Miami (y el mundo) - Nagari Magazine


Miami es una ciudad donde los trenes circulan a la altura de los rascacielos, algunos pilotados por robots. Donde se realizan complejas operaciones de cirugía por ingentes sumas de dinero en hospitales exclusivos. Es un espacio en el que tienen lugar ocultas transacciones comerciales entre poderosas corporaciones empresariales. Y un buen número de profesionales latinoamericanos llegan cada día con la esperanza de una vida holgada. Esto último, junto a las distintas oleadas de emigración cubana que arribaron a la ciudad en el pasado, es la clave para entender el español que se usa en Miami. Todos esos elementos se dan cita en Mandrágora (SED 2016), la última novela de Camilo Pino (1970), escritor de Venezuela que habita la urbe del sur de la Florida desde 2000.

Se trata de una historia en la que los géneros se contaminan los unos a los otros y se organizan según los dos planos en los que se desarrolla la narración. El presente, que tiene lugar entre Miami y Londres en el año 2013, se puede leer como futuro, dados los aparatos de última tecnología que aparecen y las formas de comunicación que ahí se operan. En esa parte, la novela se entronca con la ciencia ficción en ese argumento que enunciara William Gibson: “Future is now”. El pasado, en cambio, el de 2004 para ser exactos, aunque camuflado tras una trama médica, se presenta a partir de la elección del autor entre el vampiro y el hombre lobo. El narrador se decanta por el hombre lobo, y esa parte del texto, hasta entonces con tintes de novela de terror y suspense, se convierte en una muestra de relato real maravilloso con la ayuda de Internet. Todo ello se conjuga en lo que el narrador considera el arte por antonomasia para el siglo XXI: la pornografía (p. 87). Ese guiño, como nos enseñara Bolaño, es posmoderno.

La novela cuenta la historia de M (apelativo muy kafkiano), un ejecutivo de una opaca compañía capitaneada por el misterioso Míster Gamble, que cree haber contraído una enfermedad venérea tras un encuentro con una prostituta en Buenos Aires. A través de los dos planos antes mencionados, la persona lectora presencia la ascensión profesional de M desde 2004 hasta 2013, y los cambios en su vida familiar, mientras crece su deseo por rodar una película X. Descubre entonces un film porno casero protagonizado por un conocido: Sebas, hijo de su amigo Eddie, que vive en Londres, y la novia de este. Ahí se enreda el argumento hasta converger las distintas tramas en un sorprendente pasaje final en Londres, que culmina en un más sorprendente epílogo futurista en el desierto de Nevada.

El narrador, omnisciente, desarrolla toda la trama de forma precisa, como si operara con un bisturí. El mismo bisturí que parece manejar el doctor Badur en la escena más espeluznante de la novela, cuando este toma una muestra del tejido del pene del protagonista (p. 129), y el lector, si gasta ese tipo de protuberancia, se estremece de los pies a la cabeza. Antes se ha podido experimentar la angustia del emigrante en sus repetidas entradas a un país cada vez más estricto con esta condición y su vulnerabilidad:

“M aprendió que la mejor manera de salir bien de los interrogatorios consistía en seguir tres reglas sencillas: 1) Pensar lo que iba a decir antes de abrir la boca. 2) Hablar lento y parco. 3) No responder preguntas que no le hubieran hecho, y aunque siguiera esas reglas, aunque se supiera inocente de crimen alguno, cada vez que lo interrogaban se sentía a punto de perderlo todo, se daba cuenta de lo frágil de su condición de emigrante, de cómo el antojo de un funcionario lo podía dejar en la calle con un mar de deudas, presa de los abogados de bancarrota que salen en los comerciales de los canales de televisión latinos y venden sus servicios con acentos de parodia.” (p. 85)

Precisamente, esos acentos, los medios de comunicación y las formas dialectales del español que conviven en Miami son los que acaban de dar la forma de esta mirada, muy actual, a Miami y al mundo.

domingo, 21 de agosto de 2016

Los jóvenes tecnos - Suburbano

Los jóvenes tecnos - Suburbano


Una de las razones principales por las cuales la ciencia y la tecnología han entrado a formar parte del imaginario de la literatura española contemporánea radica en el hecho de que un nutrido grupo de escritores actuales se formaron en algún momento de su vida en ciencias y/o tecnología. Eso se debe, principalmente a dos razones. La primera sería que en una sociedad como la española, que se ha desarrollado de una forma transversal y vertiginosa en el ámbito cultural desde el advenimiento de lo que se ha dado en llamar el período democrático, una formación tecno-científica no requería del sustrato cultural que hace falta para iniciar una carrera humanística —para la época de la que estoy hablando, una biblioteca personal era algo necesario y no todo el mundo podía acceder a ello—. La segunda resulta ser el prestigio que los estudios científico-técnicos tienen ya desde la educación secundaria, y que han llevado a muchos a iniciarse en los misterios matemáticos y positivos del lenguaje de la naturaleza para acabar volviendo al redil de la literatura.

Es el caso de Gómez, el hijodelRana, uno de los personajes principales de la novela La edad media (Candaya) junto a Fauró y Moya. Y también es el caso de su autor: Leonardo Cano (Murcia, 1977), que se vale de ese recurso cuando, ya hacia el final de la novela, el personaje inicia estudios de telecomunicaciones en Madrid, y los enunciados de los examen que le atormentan la existencia pasan a formar parte del texto, como en el caso de la serie de Fourier que se cita en la página 292 junto a la gráfica correspondiente. Ya por este detalle, además de por los elementos digitales que aderezan el texto, como la conversación en chat que permite cierta experimentación, como en la página 91, podría conectarse esta novela con los textos de la denominada literatura mutante, que en su versión Nocilla también se inició en Candaya. Pero a mi entender, teniendo en cuenta que la trama principal del libro es el relato generacional de un grupo de jóvenes de una ciudad española de provincias que, pese a asistir a los colegios más prestigiosos de la región no llegan a alcanzar las expectativas de vida de su padres, con la excepción del hijodelRana, hijo de un profesor, se me antoja que es un texto más acorde a la Generación X. Es precisamente la falta de expectativas de una generación lo que definió el fenómeno en los EEUU a partir de la novela de Douglas Copeland, y en el libro de Cano se observa en frases como “no podríamos darle lo que mis padres me dieron a mí” (100), refiriéndose a un hijo. Si a ello se añaden las escenas de sexo explícito, los elementos violentos: una violación, varias palizas, los abusos sexuales de uno de los religiosos; además de los elementos propios de la cultura pop, se encuentra que el texto se comunica con algunos elementos propios de lo que se dio en llamar Generación X española, capitaneada en su momento por Ray Loriga, Jose Ángel Mañas y Lucía Etxebarria.


Sin embargo, se trata solo de la genealogía de la que proviene la novela. El texto tiene una propuesta diferente y la presenta con elementos propios. Es además, la primera piedra de un proyecto narrativo que se inicia, el de Cano. Para empezar, la novela se presenta en tres planos: el chat ya mencionado entre Fauró y su novia, la narración en tercera persona de un funcionario de justicia, que no es otro que Moya, y el relato en primera persona del plural de toda la generación desde la escuela primaria hasta la cena final de reencuentro con la que finaliza el libro. El autor acierta en los recursos narrativos que utiliza y en las voces que les otorga a estos recursos. Mezcla conversaciones frívolas con la descripción de la mediocridad de un funcionario y la tragedia de una generación. Es por tanto, una reflexión sobre ese supuesto grupo de personas y no una narración juvenil como las que caracterizaron el fenómeno X. Un relato de madurez sobre una generación que accede con crueldad a ese momento de su vida en que deberían acceder a un hipotético bienestar.

sábado, 2 de julio de 2016

¿La era del audiolibro? - Nagari Magazine

¿La era del audiolibro? - Nagari Magazine



Este texto supone un parón en la serie que hasta ahora estaba dedicando a las relaciones entre tecnociencia y literatura en el caso latinoamericano. Merece la pena porque también se trata de analizar un fenómeno tecnológico que puede influir en la lectura y su consumo.

Desde hace unos pocos años, la plataforma Seebook ha intentado comercializar ebooks con soporte físico a partir de tarjetas que conservan la carátula y permiten descargar el fichero digital mediante un código QR o uno alfanumérico. De la misma forma que como está sucediendo con la industria discográfica, Seebook combina lo digital con lo físico en un formato híbrido muy del gusto de quien esto escribe. Ahora, con la misma apuesta por la hibridez, han decidido atreverse con los audiolibros. Esta reseña trata de dialogar con ese formato a partir de la escucha del audiolibro Colección Grandes de la Literatura Universal, que incluye las novelas: Bel Ami, de Guy de Maupassant, David Copperfield de Charles DickensCumbres Borrascosas de Emily Brontë y La dama de blanco de Wilkie Collins. Me alegra además, que esta reseña coincida con la Semana del Audiolibro, para  que se incorpore al debate que se va a formar en estos días en torno a este formato.

No hablo en ningún momento de un “nuevo formato” porque, consultándolo con académicos y lectores de mayor edad, más de uno recuerda las casetes con clásicos de la literatura y el pensamiento. En especial, en EEUU, donde este formato sirvió para ilustrar a varias generaciones en los kilométricos atascos que ya tenían lugar en la América de la década de 1970. Hablaré más bien de una reactualización al mundo digital, que puede ser muy positiva en una sociedad con unos modos de vida en donde el tiempo se está convirtiendo en el bien más preciado. Desde esta perspectiva es como he podido disfrutar de la audición de estos clásicos mientras conducía y preparaba la comida. Debo decir que ha resultado una experiencia satisfactoria dada la sensación de aprovechamiento que me invadía. Tiempo hacía que quería leer algunos de los grandes títulos de la literatura victoriana de los que he podido disfrutar y para los que nunca tenía ídem. En ese sentido, el producto cumple las expectativas al cien por cien. Cabe decir, desde un espíritu crítico, que la dramatización que se utiliza a veces resulta repetitiva e impostada, y ese es un aspecto que quizá debería mejorarse. De la misma forma, no tengo claro que la adaptación o reducción de un texto sea buena estrategia. Los potenciales consumidores de estos audiolibros, al menos los que estamos interesados en escuchar los clásicos, vamos a valorar más el producto original traducido que una síntesis. El gran público consumidor, ante la misma tesitura, siempre elegiría un formato visual del texto: la película o la serie, por cuanto no veo la ventaja comercial de reducir el texto. Bien es cierto que la adaptación no se da en todas las novelas sino en alguna.

Dicho esto, mencionar que la experiencia me ha servido, y mucho, para reflexionar sobre la literatura del siglo XIX. Desde hace algún tiempo, me preocupaban las afirmaciones de algunos autores contemporáneos sobre la importancia e influencia de la literatura británica del siglo XIX en su obra. Para mí, por formación, las grandes literaturas del siglo XIX eran, por orden cronológico, la francesa y la rusa, y más de una vez pensé que se estaba cometiendo el error de reescribir la historia de la literatura desde el bando de los vencedores. En este caso, de los vencedores culturales. Tras casi veinte horas de escucha de un audiolibro donde la producción anglosajona era mayoritaria, he comprobado porque muchos de mis colegas están más influidos por la literatura victoriana que por otras. Se trata de una literatura que ha envejecido mejor. Básicamente, a partir de un recurso que se puede encontrar tanto en David Copperfield, como en Cumbres Borrascosas y La dama de blanco: el uso de la primera persona para la narración. En el caso de las dos últimas, además, la utilización del narrador interpuesto, el uso de una voz en primera persona que se contrapone a otras en la misma narración a partir de diarios o declaraciones juradas, hace que estos textos tengan una completa actualidad formal.


En su brillante ensayo publicado en 2003: La conciencia y la novela (Counsciousness and the Novel en inglés), el narrador inglés David Lodge muestra que la literatura en primera persona le ha quitado el protagonismo al narrador omnisciente en la narrativa novelesca en las últimas décadas. Ese hecho se observa ya en la literatura victoriana a través de sus recursos. Siempre se puede analizar esta realidad formal como una victoria de la cultura anglosajona, y no por razones estilísticas. Pero se observa que el uso de un narrador omnisciente, tan común en la novela realista francesa y, por tanto, en Bel Ami, que se me ha antojado un pastiche mal elaborado de El rojo y el negro, ha envejecido mucho. El notable peso de la teoría y el pensamiento de su época en la sociedad europea continental, han ajado su producción cultural de hace dos siglos. Curiosamente, todas estas reflexiones han surgido de la escucha de una serie de clásicos compilados en un audiolibro a través de formato digital. Lo que muestra que las nuevas tecnologías y los modelos híbridos pueden ayudarnos a seguir reflexionando sobre las humanidades y la literatura, más que impedirnos su disfrute. 

viernes, 20 de mayo de 2016

Todas las familias de cereal no son iguales - Suburbano

Todas las familias de cereal no son iguales - Suburbano


La impresión más viva que me queda tras leer Familias de cereal (Candaya), de Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981), es que me acabo de enfrentar a la última entrega de una tradición centenaria. No es otra que la del cuento argentino, que tantos buenos relatos ha reportado a las letras hispanas, y que ha sido frecuentado por autores de tanto prestigio como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Horacio Quiroga o Rodolfo Fogwill.

Cuando menciono lo de mantener la tradición, no crean que hablo de escribir como se hacía hace cien años. La tradición debe reinventarse siempre. Me refiero a aplicar esa tradición al entorno social terriblemente tecnificado que ahora nos rodea. A utilizar las cámaras de vídeo, las computadoras, la televisión o Internet para, a través de ellos, estructurar textos que preservan unos valores literarios que todos podemos reconocer. Y a ello se aplica Sánchez Bellocchio a conciencia en este libro. 

Me refiero también a no inspirarse solo en la tradición propia, sino a tomar elementos de otras tradiciones literarias, como recomendara Borges en el famoso ensayo: “El escritor argentino y la tradición”. Y a fe que Iván Ilich ronda las páginas de “Hacedor de dinero”, de la misma forma que Miranda July fisgonea en “La nube y las muertas”.

También me refiero a utilizar la teoría literaria para construir las narraciones sin que el lector lo pueda percibir. Convertir cada cuento en un ensayo de la realidad que nos rodea mientras la historia fluye por sí sola, que fue la estrategia que universalizó tanto a Borges como a Cortázar, y que es la argucia que se encuentra en “Cuatro lunas”. Una historia en donde, a través de Michel Foucault, su arqueología del saber, y un relato sobre obesidad, identidad y satisfacción personal, el narrador se pregunta por la supuesta sociedad del éxito social en la que vivimos.

Se trata en definitiva, de una reactualización que mezcla elementos pasados e innovadores de forma ingeniosa y efectiva. Y el mejor ejemplo de lo que digo se muestra al leer, casi al final del relato “Historia de la caca”, una frase como la que sigue: “Vio hojas secas, ramas, vasos de plástico, un inodoro, pedazos de mampostería. Vio la cabeza de un elefante bebé disecado con sus colmillos rotos. Vio enormes marcos de espejos, monedas, tiras de pastillas, papel higiénico usado. Vio dentaduras postizas, una bicicleta, bombachas y las aspas de un ventilador o un helicóptero.” (39) Que evoca desde el presenta la famosa frase de página y media, únicamente sustentada con el verbo ver, en la que el narrador Borges describe su visión del aleph. Una broma dialógica que parte ya del título.

Este libro, además, me ha servido para reencontrarme con un viejo conocido, el relato que lleva por título “Interrupción del servicio”, incluido en la antología Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos, publicada también por Candaya, y en la que yo participaba. En una antología uno nunca puede decir cuál era el mejor de los relatos sin que deje de ser una afirmación subjetiva, condicionada por el bagaje literario y las lecturas previas—desde luego, el mío no lo era, al menos desde mi subjetividad—. No afirmaré por tanto que el cuento de Tomás Sánchez Bellocchio sobresalía del resto, aunque recordara tanto a “Casa tomada”, de Cortázar, como corroboraron varias críticas. Sin embargo, sí puedo afirmar que aquel texto corto en el que se ponían al descubierto las miserias de la sociedad argentina era un aviso de que nos encontrábamos ante un escritor que iba a dar que hablar. Familias de cereal es la prueba inequívoca de aquellas impresiones.

Por otra parte, esta colección tiene otros nuevos momentos álgidos. Sin duda, “Disco rígido”. Un texto en donde queda claro desde el principio que hay una muerte: la muerte de un hijo que no se ha superado, que se corrobora en el diálogo en el que el padre afirma que no desea borrar nada, que no pretende empezar de cero (60). Pero lo que el lector no espera son las circunstancias y el desenlace de esa muerte con los que se encontrará páginas más tarde.

También el cuento que cierra la colección: “La nube y las muertas”. En este relato, desde una entrañable historia sobre ancianas que se enfrentan a la tecnología más actual con la ayuda de la nieta de una de ellas, que ejerce de narradora, el autor enfrenta una historia de desaparecidos en la Argentina del siglo XX mediante una pirueta estilística muy parecida a las que hicieran famoso a Roberto Bolaño.

Pero permítanme que elija “Animales del imperio” como el texto que más me ha gustado. Sánchez se conduce principalmente desde el realismo, aunque incorpore los elementos tecnológicos más novedosos, tal como antes se ha mencionado. Sin embargo, en este relato el autor se acerca al género fantástico y a la fábula para describir cómo avanza la demencia en la mente del padre del narrador. Para ello utiliza ecos de los relatos más orientales de Borges—el mismo narrador habla de “influencia borgeana” en los escritos de su padre—y, por supuesto, del Libro de las maravillas de Marco Polo.

Permítanme también que mencione el buen hacer narrativo del autor, en especial en la elaboración de los finales. Especialmente destacable el de “Fidelidad de los perros”, donde el autor reflexiona sobre la amistad y la soledad. Y remarcable también el final de “Ciudad de cartón”. Un relato donde, como su mismo nombre indica, los protagonistas se enfrentan con las contradicciones de la burguesía para enfrentar el problema de los niños cartoneros que pueblan las calles de sus ciudades.

Pero más allá de las tensiones y las perspectivas sociales, como el propio nombre del libro indica, son los lazos familiares las vigas sobre las que se construye el entramado del libro, y también lo que permite un hilo conductor entre todos los relatos. En especial la relación con los padres, más que con las madres, como se observa en la conducta sádica y violenta del narrador de “Mitad de un hermano” para con su hermanastro, con la intención de vengar la actitud del padre que los abandonó. O en el cuento que da título a la colección: “Familias de cereal”. La historia de un conflicto familiar y una separación pese a la tecnología de la que echa mano el hijo, que se verá arrastrado por sus propias limitaciones, como es común en el resto de este puñado de buenos relatos.

viernes, 4 de marzo de 2016

Una bella catástrofe contemporánea - Nagari Magazine

Una bella catástrofe contemporánea - Nagari Magazine

La anécdota real, citada en el libro, de la pareja en crisis que decide acudir por separado a las plataformas cibernéticas para encontrar nuevas parejas, y donde finalmente ambos terminan por reencontrarse tras enamorarse en la red, ilustra a la perfección la estrategia de la última novela de Javier Moreno (Murcia, 1972): Acontecimiento (Salto de Página).

Uno de los rasgos característicos de algunas de las novelas de Moreno es el arranque de sus narraciones. Si en Click el narrador empezaba el relato con una pistola en la sien, a punto de suicidarse, Acontecimiento se inicia así: “Si deseas que lo nuestro siga adelante tendrás que buscarte una amante” (y las cursivas no son mías). El lector piensa que se encuentra con un conflicto sentimental, una crisis de pareja, y eso es lo que parece en las páginas iniciales de un texto que se narra principalmente en primera persona, lo que favorece la perspectiva subjetiva de ese narrador. Pero la arquitectura estructural de la novela es mucho más sutil, ya que la crisis sentimental y el aburrimiento propiciado por la rutina son tan solo una excusa para el verdadero plan del autor implícito. Dicho plan se organiza en torno a dos líneas argumentales que se mimetizan con la trama principal.

La primera sigue la línea de libros anteriores de Moreno y constituye un detallado ensayo de nuestra sociedad contemporánea, hipermediatizada y digitalizada, a través del estado que el narrador publica en Facebook para compartir su crisis de pareja, y que le sirve al narrador para embarcarse en un ensayo muy ácido y acertado de nuestra sociedad. A esta línea pertenecen juicios como: “Mi carne sufriente y anhelante va dejando en su tránsito por internet una multitud de huellas. Con ellas las empresas me fabrican un alma. El paraíso o el infierno dependen de mi cuenta bancaria. Puedo comprar mis deseos, luego estoy salvado. Big Data se ha convertido en La Divina Comedia” (61).

Como en la obra previa del autor, la tecnociencia y sus productos están presentes y se analizan a conciencia en esta novela: “La tecnología y la carne joven son la única prueba de que la vida avanza hacia alguna parte.” (29) Hasta el punto de que el desenlace final de la aventura del narrador protagonista, una tórrida escena sexual, se narra con la participación activa de las pantallas y los dispositivos electrónicos en ese goce: “Me bajo mis pantalones mientras ella frota mi iPhone contra su sexo rasurado” (168).

Los juicios del narrador, un publicista de éxito, no por subjetivos dejan de ser una disección realizada con bisturí de la estupidez y las contradicciones del sistema en que vivimos, que el narrador borda al explicar la reciente crisis económica de esta guisa: “Simplemente los que tenían el dinero se asustaron y de repente querían asegurarse de que sus inversiones volverían a su bolsillo. Habían invitado a su juego a demasiada gente y ahora tocaba decirles que no, que ya no era divertido.” (42-43) Hasta el punto de que el protagonista acaba a cargo de la campaña publicitaria en las redes sociales del más conocido terrorista, curiosamente llamado Urdazi, y que en realidad parece más un nombre tras el que se esconde un colectivo que el apelativo de un individuo. Especial mención requieren los comentarios dedicados al arte en el contexto contemporáneo, como el análisis de la obra performativa de la artista Leyla Guerrero o los patrones meta-artísticos del creador Ikeda (145).


La otra línea argumental, la que se esconde tras toda esa sociedad hipermediatizada, tras los conflictos de género y las tensiones sociales, tras los deseos y los enfrentamientos que surgen en estas relaciones, la que hace a Moreno un narrador único, irrepetible, ya que varios son los nombres de otros escritores que al lector se le ocurren cuando asimila la crítica a la sociedad contemporánea, pero ninguno cuando analiza esta parte, más allá quizás de Tolstoi, no es otra que la transformación emocional que experimenta un hombre cuando se encuentra de golpe, en plena madurez, con la paternidad. Algo que a simple vista puede parecer menos transformador que esta sociedad tecnificada en la que vivimos, pero que gracias a la pericia expresiva del narrador, surge como el verdadero conflicto que subyace en la narración. Un conflicto, por otra parte, muy bien resuelto literariamente, como se observa en esta hermosa frase, que se lee al principio, pero que yo he reservado para el final de esta reseña: “Un polvo duraba unos minutos, pero el resultado podía ser una catástrofe bellísima y perdurable.” (27)