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domingo, 27 de octubre de 2019

Homenaje periférico - Suburbano

Homenaje periférico - Suburbano


No es buena noticia pero requiere de homenaje. El pasado mes murió Julián Rodríguez (1968-2019). Conocido galerista en el ámbito extremeño, se había destacado como escritor a principios del siglo XXI: Lo improbable (Debate, 2001) o Cultivos (Mondador, 2008) formaron parte de una obra que fascinó a sus lectores. Pero, sin duda, su texto más aplaudido fue Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (Caballo de Troya, 2004). En él desmenuzaba de una forma aséptica pero hermosa su relación con el padre, con la tierra y con esas conversaciones que conforman nuestras identidades cambiantes. Junto con Cultivos, ese libro era parte de un ciclo de “escritos de resistencia”. Se trataba de un proyecto que pretendía reconstruir la biografía personal y emocional del autor a partir de un lenguaje contenido pero no carente de valores estéticos. Era lógico que lo autobiográfico tuviera un peso importante en sus actividades futuras, conforme se fue alejando de su carrera de escritor y se fue acercando a la de editor. Esa profesión, junto a Paca Flores, al frente de Periférica, ocupó su trayectoria profesional durante la última década. Así lo conocieron muchos. Así lo reconocimos los que lo habíamos descubierto como escritor.

Ese proyecto editorial evitaba los tradicionales centros culturales españoles. Periférica se gestionó desde Extremadura y esa geografía de extrarradio no supuso obstáculo para que Rodríguez y Flores descubrieran una serie de escritores hoy imprescindibles en castellano: Yuri Herrera, Carlos Labbé, Rita Indiana... Su labor de recuperación de algunos títulos y algunos nombres injustamente olvidados en la historia reciente de la república de las letras ha sido también encomiable: Henry James, Thomas Wolfe, Angelika Schrobsdorff, Mary Kerr —las dos últimas en colaboración con el sello que codirigía su pareja: Errata Naturae—. Rodríguez sabía de arte contemporáneo. Se adelantó a muchos al entender que la creación contemporánea iba a surgir desde la periferia. No solo me refiero a la producción. El origen periférico de Rodríguez —hijo de campesino, de la tierra, de ese silencio— no fue freno para que este creador y gestor cultural alcanzara un gusto exquisito.

Como digo y ya di cuenta en una entrada anterior, su editorial cuidaba con especial interés las obras de contenido autobiográfico. A modo de homenaje, repasaré la obra de los últimos escritores que han dado que hablar en el contexto de las literaturas del yo, en consonancia con la naturaleza de esta serie. He elegido a dos: Vicente Valero (Ibiza, 1963) y Valentín Roma (Ripollet, 1970). Al primero lo descubrí gracias a la sugerencia del crítico Ignacio Echevarría en torno a Los extraños (2014). Al segundo le seguía la pista desde que publicó El enfermero de Lenin (2017), por ser la crónica autobiográfica de una periferia que yo también compartí. No me equivoqué, aunque para componer este escrito haya echado también mano de sus últimas obras: en el caso de Valero, Duelo de alfiles (2018), y Retrato del futbolista adolescente (2019) para Roma.

La prosa de Valero tiene una deuda con la de W. G. Sebald. Pero también atesora notas particulares de la particular biografía del autor, además de una prosa deliciosa:

Tuve por primera vez noticia de nuestro tío Alberto solamente una semana antes de conocerlo, cuando yo tenía once años y el estaba a punto de cumplir los sesenta, y si mi padre, hasta entonces, no me había hablado de aquel hermano suyo, o hermanastro, o medio hermano, o como quiera que haya de llamarse a la persona que comparte con otro únicamente a uno de sus progenitores, en este caso al padre —es  decir, a mi abuelo paterno, también llamado Alberto—, no había sido, estoy seguro, porque existiera alguna turbia razón para ocultarlo (Los extraños, p. 49).

El primero de los libros traza una genealogía de los extraños personajes que pueblan el histórico familiar de Valero, con la que se entronca. En Duelo de alfiles es el ajedrez, en cambio, el hilo conductor que va vertebrando la sabiduría de Valero sobre la obra de Benjamin, su relación con Brecht y Kafka, junto a los viajes de Valero por Alemania o Italia, entre otros lugares. En este último no hay más estructura que la de la vida.

Por lo que respecta a Roma, su prosa es mucho más directa. No hay más que ver el arranque del primero de los libros que se tratan aquí: “Mi padre enloqueció durante veintiún días en el verano de 2011, tras una operación rutinaria cuyas complicaciones siguen siendo, aún hoy, inexplicables” (p. 5). Allí se disecciona la relación del narrador con su progenitor desde la autoficción. Pero más allá de la simplificación del estilo, el grado de erudición que maneja es mayúsculo. No hay más que ver la lista de libros que el narrador refiere en la página 33 de esta novela. Así es como viste una biografía muy peculiar este profesor universitario de arte, originario de la periferia de Barcelona y, a la vez, de un pueblo de La Mancha, como se observa en la tensión que se desprende de su primer libro. Si Amélie Nothomb tuvo una vida peculiar a la sombra de su padre, diplomático, Roma nos revela otra realidad, oculta también a la mayoría de los mortales, pero más sórdida: la de las jóvenes promesas del fútbol. No en vano, Roma llegó a debutar en categorías inferiores de la selección española. De eso trata Retrato de un futbolista adolescente: de la tensión de un joven que se debate entre el camino sordo de los libros o el éxito sonoro del futbolista contemporáneo. Hablamos, por tanto, de una novela de formación.

Ambos proyectos, brillantes y diversos, influidos por autores del panorama internacional y a la vez claramente autóctonos, constructores de edificios personales complejos, sutiles, hubieran sido humo fútil sin la labor de Periférica. Hoy son huella del trabajo de dos editores dedicados, del que ahora solo queda uno. No es buena noticia pero merecía este homenaje.

martes, 30 de enero de 2018

Un adiós agridulce al Llop - Suburbano

Un adiós agridulce al Llop - Suburbano


Me gustaría no tener que escribir este texto. Seguir con mi serie sobre literatura española y cultura pop. Componer las dos últimas entradas que cerrarán la serie. Pero las cosas son como son y la vida transcurre como lo hace, sin orden ni concierto. Así que tendré que dedicar este escrito a un suceso que no me gusta, como es la desaparición de la editorial El LLop Ferotge, radicada en Girona y dirigida por el poeta y agitador cultural chileno Jorge Morales. A la espera de la fiesta de despedida, que tendrá lugar en primavera, la editorial cerró la persiana el pasado 1 de diciembre con la presentación del que será su último título: Palamós, l’últim bosc(h), del poeta Esteve Bosch de Jaureguízar (Palamós, 1964).


Girona, una ciudad idealizada hoy, era un desierto cultural hace unos años, como demuestra el testimonio de Roberto Bolaño. Hoy día, es un hervidero de recitales poéticos, pases documentales, presentaciones de libros y otros eventos que han colocado la ciudad en el mapa cultural catalán. De ese hecho es artífice, entre otros actores, Morales, que pergeñó una red de recitales poéticos periódicos en distintos espacios de la ciudad, visibilizó nuevas voces, fundó una revista con el también poeta Albert Compte (1960-2007) y, posteriormente, creó un sello editorial en el que aparecerían algunos de esos poetas junto a otros autores consagrados como Antoni Casas Ros o Ponç Puigdevall.

Hablo con Morales en la que será su última presentación en la ciudad de Girona, la del poemario de Josep Domènech Ponsatí, Preqüela, celebrada el 16 de noviembre en la Casa de la Cultura de Girona. Me dice que se trataba de eso, de recuperar el espíritu de las vanguardias, de construir realidad desde el arte, de seguir los consejos del Arturo Belano de Los detectives salvajes. Sabe bien de lo que habla. No en vano, Morales fue el artífice del homenaje que el ayuntamiento de Girona dedicó a Roberto Bolaño, con la inestimable ayuda del librero Guillem Terribas. El homenaje consistió en la inauguración de una calle con su nombre. Fue un acto que no estuvo exento de problemas. Se tuvo que posponer porque en la primera fecha que se había reservado aquello era un erial. El día en que finalmente se inauguró, el 18 de junio de 2011, a punto estuvo de fallar toda la infraestructura. Pero al final ahí estaban Salomé Bolaño, hermana del autor, Jorge Herralde, Ignacio Echevarría, Rodrigo Fresán. Bruno Montané (Felipe Müller en Los detectives salvajes) y Patti Smith, que se presentó por sorpresa para agradecer la obra de Bolaño y cantar a pelo (aquí el vídeo del acto).

Otro ejemplo de las dificultades que tiene la cultura para expansionarse por estas tierras había sucedido antes, en 2008. Aquel día Morales, que ya había echado a andar su revista, se extrañaba ante el hecho de que un escritor de tanto vuelo como Bolaño no fuese lo suficientemente importante como para bautizar el nombre de la biblioteca de la población en la que residió durante 18 años: Blanes. Tan solo daba para poner su nombre a una sala de lectura. El mismísimo Enrique Vila-Matas levanta acta de esta escena.

Y ahora, aquella iniciativa cultural que Morales comenzó junto a Albert Compte, y que siguió cultivando para tapar el vacío de su marcha, ha llegado al final. En palabras de Morales en otra conversación reciente, el trabajo al frente de El Llop Ferotge “exige muchas horas” y en su situación actual no se lo puede permitir. Pero hay más razones para abandonar ese sacrificio. Después de haber “logrado publicar obras importantes, -como la de Ponç, valores emergentes, como Eva Bussalleu, o incluso dar cabida a autores minoritarios pero con una caja de resonancia suficientemente potente, como Albert Soler-, necesitaba imperiosamente dar un salto adelante.” Era un salto que requería de una mayor distribución, unas finanzas consolidadas y cierto capital.

“[N]o podíamos continuar viviendo a expensas de las subvenciones públicas, muy caprichosas”, afirma Morales. Y sigue: “Entre ventas y ayudas públicas los números salían solo para cubrir los gastos básicos de producción (impresión, maquetación y diseño), pero el trabajo del editor y de los correctores se ha visto no remunerado, o remunerado muy por debajo del valor en horas del trabajo realizado.” Sé que él no lo quiere decir públicamente pero lo digo yo. El Llop Ferotge salió adelante todos estos años gracias al sacrificio personal de Morales y a la ayuda de sus colaboradores, en especial los correctores que, y eso sí lo afirma Morales: “ofrecieron su colaboración a sabiendas de que no serían remunerados o que cobrarían muy poco.”

En mi opinión, es una mala noticia que este poeta y promotor cultural latinoamericano afincado en Girona haya decidido plegar velas. Desde luego, han faltado apoyos, de tipo institucional pero no solo, también desde otros puntos del tejido cultural catalán. Pero Morales quiere tener un recuerdo positivo de su tarea: “por las publicaciones, por la calle Bolaño que empieza con una escuela y está llena de jardines”, y por la celebración, que vendrá en primavera. Y no quiero contradecirle, así que solo queda agradecerle los 11 años de trabajo, los también 11 números de la revista, los cientos de recitales poéticos y los 37 libros publicados. Pero no puedo evitar despedir al Llop Ferotge de forma agridulce.