La denominada tercera cultura surgió con fuerza a partir de la década de 1990 como una alternativa al pensamiento intelectual, auspiciada por la iniciativa del conocido agente literario, editor científico y promotor de iniciativas que ponían en contacto el arte con la ciencia, John Brockman La idea principal que defiende Brockman es que:
“La tercera cultura está formada por aquellos científicos y otros pensadores del mundo empírico quienes, a través de su trabajo y sus escritos, están ocupando el lugar de los intelectuales tradicionales en tratar de hacer visible el profundo significado de nuestras vidas, redefiniendo quiénes y qué somos.” (traducido de http://www.edge.org/3rd_culture/)
En 1995 Brockman publicaba precisamente, The Third Culture, un libro donde 23 destacados científicos especializados en las ramas más punteras de la ciencia escribían artículos de divulgación. En dicho libro Brockman volvía a insistir en una nueva intelectualidad capitalizada por científicos que relevaría a los hasta entonces intelectuales al uso (buena parte de los postulados de Brockman se pueden leer el la página web de la fundación EDGE, creada por él mismo para promocionar sus ideas http://www.edge.org/).
El libro era la respuesta de Brockman al famoso artículo «The Two Cultures and the Scientific Revolution» de C. P. Snow, físico y novelista que en 1959 ponía sobre la mesa el problema de la separación entre las ciencias y las humanidades (“intelectuales de letras” los definía Snow) en el contexto anglosajón de la guerra fría. La polémica se resumía afirmando que muchos humanistas tendrían serios problemas para explicar la segunda ley de la termodinámica, que sería equivalente a preguntarle a un científico si había leído alguna obra de Shakespeare.
La polémica que provocó la conferencia y el posterior artículo de Snow, tuvo lugar en plena Guerra fría, y la respuesta por parte de los “intelectuales de letras” a la propuesta de Snow fue de rechazo. Lo cierto es que después de la segunda guerra mundial, la perspectiva que muchas personas (no sólo los intelectuales) tenían de la ciencia era bastante negativa (a diferencia de lo que había sucedido en buena parte del siglo XIX y principios del XX). Fenómenos como las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki o el uso de aparatos tecnológicos y saberes científicos en los campos de exterminio nazis habían manchado la imagen altruista de la ciencia. Si a ello añadimos el papel de la física en la carrera armamentística, no es de extrañar que muchos de esos intelectuales se alejaran del paradigma científico. De hecho, cabe relacionar el notable descenso de estudiantes de doctorado de física atómica y nuclear a finales de la década de 1960, con la imagen negativa que la sociedad norteamericana tenía de la ciencia durante la guerra del Vietnam. Lo que demuestra que los productos de la ciencia pueden ser neutros, no así sus usos. Y que las relaciones entre ciencia y poder son algo complejo y difícil de explicar. Aunque de ahí a una separación tan extrema como la que denunciaba Snow media un abismo como demostraría posteriormente el fenómeno literario de la ciencia ficción.
En este sentido, no deja de ser curioso que la respuesta de Brockman, identificando a los nuevos intelectuales con los divulgadores científicos, haya tardado 36 años en producirse. Un tiempo cuando menos prudencial si no se tiene en cuenta que la década de 1990 coincide con la caída del bloque comunista, el final de la guerra fría y la libertad de los colectivos científicos para trabajar en campos mucho más pacíficos que los desarrollados hasta entonces. Es la década dorada de la investigación biológica (clonación, neurociencias), y el inicio de la decadencia de la física de partículas y los aceleradores, que sólo se salvan gracias al reenfoque de la física de partículas hacia la astrofísica y el notable interés que temas como la formación del universo despiertan en la opinión pública (véanse las campañas mediáticas que la NASA realiza de todos sus proyectos). Cabe afirmar que estos son mecanismos que utiliza la ciencia para obtener financiación en las sociedades democráticas, donde la divulgación cobra un papel fundamental para convencer al ciudadano de la necesidad de utilizar sus impuestos en favor de una determinada investigación. En este sentido, algunas de las obras de divulgación cumplen esta función que no tiene porque ser peyorativa ni desmerecer los resultados científicos obtenidos, sino que se trata del funcionamiento propio de una sociedad democrática. Pero con ello se desvela el desconocimiento que Brockman y sus acólitos tienen de la actividad científica o, lo que sería mucho más grave, conocen esos mecanismos pero los ocultan con una pátina de universalismo altruista.
CONTINUARÁ
lunes, 20 de abril de 2009
lunes, 30 de marzo de 2009
DECISIÓN PERSONAL
Al final es muy pequeño el margen de nuestra decisión personal.
Todo lo que hacemos es intuir que será lo mejor para nosotros. Pero siempre nos hayamos a medio camino entre la carga cultural de las personas con las que hemos crecido y (lo que creemos que son) nuestras aptitudes.
Y son tantas las veces que cometemos un error de apreciación.
Todo lo que hacemos es intuir que será lo mejor para nosotros. Pero siempre nos hayamos a medio camino entre la carga cultural de las personas con las que hemos crecido y (lo que creemos que son) nuestras aptitudes.
Y son tantas las veces que cometemos un error de apreciación.
lunes, 2 de marzo de 2009
EL ASTRONAUTA ANALIZARÁ EL PROGRESO
Sí, así es. Lo hará en su nave camino de la estación espacial donde trabajará durante dos circunvalaciones al Sol.
Consultará su enciclopedia digital en red y observará que el progreso tecnológico ha avanzado invariable con la Humanidad y ha cambiado inexorablemente el entorno del hombre. Sobre el otro progreso, el moral, le será más difícil afirmar su existencia. Sin embargo, después un buen rato contemplando la inmensidad del universo pensará:
"Es cierto. Estamos condenados a repetir nuestros errores, como en la Ilustración, como con el marxismo-leninismo, como con la Revolución Ecologista, o como con el cristianismo, el Islam y hasta el budismo y el confucianismo.
Detrás de cada revolución, de cada programa teórico para mejorar la condición humana, se infiltrarán seres movidos por sus propios intereses que lo corromperán todo, o los mismos agentes del cambio se transformarán y ayudarán a extender la tiranía mientras piensan que extienden la buena nueva. Pero ese es el destino del ser humano, la falsa ilusión por construir un futuro mejor, un progreso moral que enmiende los errores del pasado. Esa ilusión es nuestro verdadero motor moral aunque fracasemos en el intento. La eterna búsqueda infructuosa de la justicia. Ya lo dijo Camus al hablar de Sísifo (aunque antes lo había dicho Platón)."
Consultará su enciclopedia digital en red y observará que el progreso tecnológico ha avanzado invariable con la Humanidad y ha cambiado inexorablemente el entorno del hombre. Sobre el otro progreso, el moral, le será más difícil afirmar su existencia. Sin embargo, después un buen rato contemplando la inmensidad del universo pensará:
"Es cierto. Estamos condenados a repetir nuestros errores, como en la Ilustración, como con el marxismo-leninismo, como con la Revolución Ecologista, o como con el cristianismo, el Islam y hasta el budismo y el confucianismo.
Detrás de cada revolución, de cada programa teórico para mejorar la condición humana, se infiltrarán seres movidos por sus propios intereses que lo corromperán todo, o los mismos agentes del cambio se transformarán y ayudarán a extender la tiranía mientras piensan que extienden la buena nueva. Pero ese es el destino del ser humano, la falsa ilusión por construir un futuro mejor, un progreso moral que enmiende los errores del pasado. Esa ilusión es nuestro verdadero motor moral aunque fracasemos en el intento. La eterna búsqueda infructuosa de la justicia. Ya lo dijo Camus al hablar de Sísifo (aunque antes lo había dicho Platón)."
lunes, 16 de febrero de 2009
LOS PECADOS DE LA TERCERA CULTURA
Cicerón se vio obligado a aprender en profundidad el griego para poder extender el vocabulario del latín y, de esta manera, convertirse en el gran orador y pensador que fue e introducir las complejas discusiones de los filósofos griegos en la cultura romana. Necesitaba de un vocabulario más rico y conciso para poder expresar mejor reflexiones e ideas complejas. Hoy en día se sabe que hasta que una lengua no alcanza su grado de madurez, especialmente una importante riqueza de vocabulario, no puede elaborar productos culturales de una cierta profundidad.
Es por esta razón que el día en que vi por la pantalla al señor Eduard Punset diciendo que sólo requeríamos de 4000 palabras para expresarnos, o que habíamos inventado el lenguaje tan sólo para poder conseguir nuestros objetivos sexuales (como si la danza o la comunicación no verbal no fueran importantes en ese ritual milenario) y perlas por el estilo, comencé a tomarme con escepticismo las emisiones de Redes, el programa de vulgarización de la ciencia dirigido por él que emite la 2.
No se confunda el lector, no estoy en contra de la ciencia. Estudié físicas, los cursos de doctorado de historia y filosofía de la ciencia, y soy un apasionado de las investigaciones que ha realizado la neurociencia en la última década. Pero el reduccionismo científico me irrita porque su manera simplista de ver al hombre le hace incapaz de comprender la compleja esencia del ser humano, esencia que sí llega a alcanzar la buena literatura, donde la forma de expresar las historias a partir del lenguaje es una parte tan fundamental de la obra como el contenido. Además, la ciencia requiere de una mirada más pluridisciplinar que analice su verdadera y compleja dimensión. Curiosamente, la mayoría de estos fanáticos reduccionistas no tiene una sólida formación científica (Punset es licenciado en Derecho y economista), tal vez sea esa la causa de su cerrado punto de vista.
Sin embargo, debo reconocer que algunas veces, los científicos entrevistados en Redes tienen un discurso interesante, alejado del talibanismo científico que practica su presentador. Ese fue el caso de la entrega titulada “Los siete pecados de la memoria”, nombre homónimo al libro de divulgación del neuropsicólogo de la universidad de Harvard, Daniel L. Schacter, y grabado con evidente interés promocional.
http://www.smartplanet.es/redesblog/?p=71
No sé si fue la impresión de las palabras de Schacter después de escucharle en Internet o el buen gusto que su anterior libro, En busca de la memoria, dejó en mi pecadora memoria. Pero el caso es que a los pocos días ya estaba leyendo el nuevo libro, ese que se titulaba igual que el capítulo del programa. Es decir, éste:

Desgraciadamente, aunque el texto se lee bien, algunos ejemplos son amenos y las carencias de la memoria que se describen no dejan de ser interesantes, adolece de la ambición explicativa global que tenía su anterior obra (altamente recomendable, por cierto) en donde se hacía una completa disección del funcionamiento de la memoria humana en un lenguaje inteligible para cualquier lector medio.
En este caso se trata de un libro plagado de anécdotas que pretende acercar al gran público a esos pequeños problemas de memoria que sufrimos todos. Precisamente por eso, por ese afán de construir un producto para el mercado, se pierde poder explicativo, que es lo que algunos lectores buscamos cuando abrimos un libro de divulgación (o vulgarización científica) en estos tiempos de mostrenca especialización que nos impiden contemplar la pintura en su totalidad. Tan sólo los dos últimos capítulos pueden saciar el apetito intelectual. En el penúltimo se analizan los problemas memorísticos derivados de los traumas. En el último el autor ilustra el debate científico en torno a los defectos de la memoria humana y su relación con el evolucionismo darwinista. Ese instante final es el único en que se trata de esbozar una teoría global y fue en el que se inspiró la entrevista de Punset.
Resulta preocupante que autores de la talla del señor Schacter se dejen llevar por los cantos de sirena del mercado editorial de la divulgación científica, construido en torno a eso que algunos han dado en llamar tercera cultura, y malgasten su talento en textos plagados de interesantes anécdotas para una tertulia en la barra de un bar pero carentes de la profundidad de obras de divulgación como El gen egoísta, las obras de Carl Sagan o Lynn Margulis o el mismo En busca de la memoria del propio autor.
Publicado en salonKritik (http://salonkritik.net/08-09/2009/02/los_pecados_de_la_tercera_cult.php#more)
Es por esta razón que el día en que vi por la pantalla al señor Eduard Punset diciendo que sólo requeríamos de 4000 palabras para expresarnos, o que habíamos inventado el lenguaje tan sólo para poder conseguir nuestros objetivos sexuales (como si la danza o la comunicación no verbal no fueran importantes en ese ritual milenario) y perlas por el estilo, comencé a tomarme con escepticismo las emisiones de Redes, el programa de vulgarización de la ciencia dirigido por él que emite la 2.
No se confunda el lector, no estoy en contra de la ciencia. Estudié físicas, los cursos de doctorado de historia y filosofía de la ciencia, y soy un apasionado de las investigaciones que ha realizado la neurociencia en la última década. Pero el reduccionismo científico me irrita porque su manera simplista de ver al hombre le hace incapaz de comprender la compleja esencia del ser humano, esencia que sí llega a alcanzar la buena literatura, donde la forma de expresar las historias a partir del lenguaje es una parte tan fundamental de la obra como el contenido. Además, la ciencia requiere de una mirada más pluridisciplinar que analice su verdadera y compleja dimensión. Curiosamente, la mayoría de estos fanáticos reduccionistas no tiene una sólida formación científica (Punset es licenciado en Derecho y economista), tal vez sea esa la causa de su cerrado punto de vista.
Sin embargo, debo reconocer que algunas veces, los científicos entrevistados en Redes tienen un discurso interesante, alejado del talibanismo científico que practica su presentador. Ese fue el caso de la entrega titulada “Los siete pecados de la memoria”, nombre homónimo al libro de divulgación del neuropsicólogo de la universidad de Harvard, Daniel L. Schacter, y grabado con evidente interés promocional.
http://www.smartplanet.es/redesblog/?p=71
No sé si fue la impresión de las palabras de Schacter después de escucharle en Internet o el buen gusto que su anterior libro, En busca de la memoria, dejó en mi pecadora memoria. Pero el caso es que a los pocos días ya estaba leyendo el nuevo libro, ese que se titulaba igual que el capítulo del programa. Es decir, éste:

Desgraciadamente, aunque el texto se lee bien, algunos ejemplos son amenos y las carencias de la memoria que se describen no dejan de ser interesantes, adolece de la ambición explicativa global que tenía su anterior obra (altamente recomendable, por cierto) en donde se hacía una completa disección del funcionamiento de la memoria humana en un lenguaje inteligible para cualquier lector medio.
En este caso se trata de un libro plagado de anécdotas que pretende acercar al gran público a esos pequeños problemas de memoria que sufrimos todos. Precisamente por eso, por ese afán de construir un producto para el mercado, se pierde poder explicativo, que es lo que algunos lectores buscamos cuando abrimos un libro de divulgación (o vulgarización científica) en estos tiempos de mostrenca especialización que nos impiden contemplar la pintura en su totalidad. Tan sólo los dos últimos capítulos pueden saciar el apetito intelectual. En el penúltimo se analizan los problemas memorísticos derivados de los traumas. En el último el autor ilustra el debate científico en torno a los defectos de la memoria humana y su relación con el evolucionismo darwinista. Ese instante final es el único en que se trata de esbozar una teoría global y fue en el que se inspiró la entrevista de Punset.
Resulta preocupante que autores de la talla del señor Schacter se dejen llevar por los cantos de sirena del mercado editorial de la divulgación científica, construido en torno a eso que algunos han dado en llamar tercera cultura, y malgasten su talento en textos plagados de interesantes anécdotas para una tertulia en la barra de un bar pero carentes de la profundidad de obras de divulgación como El gen egoísta, las obras de Carl Sagan o Lynn Margulis o el mismo En busca de la memoria del propio autor.
Publicado en salonKritik (http://salonkritik.net/08-09/2009/02/los_pecados_de_la_tercera_cult.php#more)
lunes, 19 de enero de 2009
EL ASTRONAUTA SALVAJE
El astronauta leerá algún día mi anterior post. Utilizará su sistema de visualización preferente y, después de unos segundos, se carcajeara de nuestras complejas teorías luego contrastadas en condiciones experimentales. Y no lo hará por su contenido, porque no estarán exentas de la complejidad de las teorías de su tiempo, ni de las técnicas experimentales coetáneas, sino de nuestra miopía para ver que esas "complejas teorías" y sus experimentos se obtuvieron gracias a los progresos técnicos para almacenar las experiencias de las generaciones anteriores y realizar otras nuevas (papiro, papel, imprenta, reloj, telescopio, tinta, fotografía, microscopio, ordenador, acelerador). Porque, como él pensará para concluir:
"Esta gente no estaba tan alejada de las sociedades tribales como creía. Al menos muchos de sus comportamientos así lo demuestran."
En fin.
"Esta gente no estaba tan alejada de las sociedades tribales como creía. Al menos muchos de sus comportamientos así lo demuestran."
En fin.
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