viernes, 25 de diciembre de 2009

DE LA FE Y LA RAZÓN




Si he de ser sincero, confieso que en Ágora, la última película de Alejandro Amenábar, esperaba encontrar la típica idealización de la ciencia, con esa imagen distorsionada del pasado, heredera de la tradición ilustrada, plagada de científicos bondadosos y ecuánimes enfrentándose a una horda de religiosos malos y fanáticos que barrería Alejandría, quemaría su biblioteca y asesinaría a Hipatia en el mismo acto final. Y bueno, algo de eso hay, especialmente en torno a la figura de la protagonista (Raquel Weisz). Pero también cabe afirmar que la cinta está bien matizada, especialmente en ciertas escenas y personajes. Otra cosa son los guiños al gran público, propios de una gran superproducción –pese a ser española, quién lo diría- que hace que la película se convierta en una ficción histórica, con la consiguiente tergiversación de datos en favor de la trama.


En todo caso, cabe reconocer el impecable trabajo de documentación de Amenábar (véase la sección de asesoramiento histórico en la web de la película). La clase patricia, que había dirigido el Imperio romano hasta entonces, queda claramente retratada como un grupo de origen aristocrático y buena educación más preocupado por la posible sombra que los cristianos puedan hacerle, que por solventar los verdaderos problemas de la sociedad de la época: la esclavitud –y por tanto, el sistema económico-, y la moral.


En este sentido, se muestra la ciencia pagana con todos sus claroscuros, especialmente mediante la figura de Teón (Michael Lonsdale), el padre de Hipatia -al que cuidará la protagonista en su lecho de muerte-, un científico abnegado preocupado por la conservación de manuscritos científicos pero que, indignado por el fanatismo de los cristianos en el Ágora, castiga a su supuesto criado cristiano de la misma forma irracional que critica.


También se retrata la mísera vida de los esclavos y las condiciones infrahumanas en que vivían las clases más pobres, que fueron el ejército en que se apoyaron los líderes cristianos para tomar el poder en el seno del Imperio. Esto hará que el protagonista masculino, Davo (Max Minghella), abrace la fe al darse cuenta de que la ciencia y el estudio del cosmos son incapaces de ofrecerle una solución.


Ese giro político está muy bien plasmado, así como el transfuguismo, en este caso espiritual, de muchos antiguos paganos con ambiciones políticas, que acabaron comulgando con el cristianismo para mantener intactas sus oportunidades de promoción. Es en torno a esta tensión política que se estructura la película mediante la rivalidad entre Orestes (Oscar Isaac), que representa al poder político con un pasado religioso cuando menos sospechoso, y Cirilo (Sammy Samir), personificación del poder religioso que ambiciona el político y no escatima en echar mano del fanatismo para sus fines. Aunque es de agradecer que no todos los religiosos que aparecen en la película sean de ese estilo. Sinesio de Cirene (Rupert Evans), antiguo discípulo de Hipatia –como en la realidad fue-, se presenta como obispo y filósofo platónico interesado en la ciencia y la astronomía, pese a que también se le otorgue el papel del traidor. A él es a quien protege la protagonista durante el asedio y posterior destrucción del templo de Serapis y de su Biblioteca (decretada por el césar), que no de la famosa Biblioteca de Alejandría, arrasada mucho antes y que se desliga de la trama del asesinato de la astrónoma (siento el spoiler, aunque a estas alturas creo que todo el mundo conoce el final de la historia), alejándo a esta versión de otra visión idealizada de los hechos, la de Carl Sagan, gran divulgador científico, historiador de la ciencia poco riguroso.


Precisamente, muchos son los detalles sobre historia de la ciencia bien resueltos en el film: el grado de conocimiento del cosmos de la ciencia ptolemaica, la resolución de problemas matemáticos relacionados con las cónicas, o la desmitificación de la creencia de que la Tierra era plana para todos los antiguos en una escena dialogada que disecciona a la perfección las diferencias entre el conocimiento popular y el de las élites romanas. Sin embargo, finalmente Amenábar se deja llevar por el idealismo que siempre ha impregnado este relato y acaba convirtiendo a Hipatia en un ser imposible de tan perfecto, en la linea del Doctor Zhivago de David Lean.


El guión aleja a la protagonista de los problemas sociales y políticos de su época y la embarca en una apasionada investigación científica. La hace artífice de los experimentos que pensará Galileo en su Diálogo sobre los principales sistemas del mundo, de las mismas preguntas que se hiciera Kepler para su modelo del Sistema solar, y de la elaboración correcta de la teoría heliocéntrica 11 siglos antes de que la postulara Copérnico. Cómo si la ciencia no requiriera del avance de una tecnología que los romanos no tenían para la construcción de los instrumentos que permiten las mediciones y la elaboración de teorías. Cómo si la ciencia no necesitase de un bienestar económico para su desarrollo, del que empezó a carecer el Imperio romano durante el siglo IV. Esa condición, yo diría que necesaria y que en el fondo planea por toda la cinta, queda tergiversada por el habitual enfrentamiento entre fe y razón que pretende la película, que también esconde la verdadera pugna por el poder entre las ciudades de Alejandría y Constantinopla, y de la que Hipatia fuera una víctima política más que una mártir de la razón.


Me temo que el director se ha dejado influir por esa idea predominante en Occidente que afirma que las sociedades basadas en la razón son mucho más justas con las mujeres. Nada más lejos de la realidad véase la siguiente reseña de Sánchez Ron en Babelia). En la antigua Grecia la mujer no tenía derechos de ningún tipo. Y en la Europa racionalista no obtuvo el derecho a sufragio hasta pleno siglo XX (en Francia hasta 1944 y en Suiza hasta 1971), casi cinco siglos después de la denominada revolución científica. Por no hablar de las enormes dificultades de las mujeres para sacar adelante una carrera profesional en un mundo tan sumamente machista como el científico. Es más, la película no cuenta como, una vez considerado Cirilo sospechoso de la muerte de Hipatia, fue una mujer, Pulqueria, la hermana del emperador de Oriente, Teodosio II, quien le protegió ante las autoridades. Ni que las conversiones al cristianismo de muchos notables romanos se debieron a mujeres que eran fervientes cristianas. Sus madres y esposas, como en el caso de San Agustín o del emperador Constantino, quien legalizara el cristianismo en el seno del Imperio. Por cuanto la relación entre razón, ciencia y feminismo se tambalearía.


De hecho, Amenábar llega a hablar en la web de la película del traspiés de la civilización antigua con la llegada de la Edad Media y la paralización del mundo durante 1 500 años. Una visión eurocéntrica. Porque el mundo no se paralizó durante ese tiempo. Se detendría el Imperio romano, desgastado por las luchas internas o las invasiones bárbaras y con una economía agraria latifundista poco medioambiental ya agotada. No así en los lugares en que emergió la riqueza y donde las contribuciones a la ciencia y la matemática fueron muy importantes: China, India o el mundo del Islam, primera cultura en que los comerciantes alcanzaron el poder político. Justamente fue el Islam el gran damnificado por la Ilustración europea, pese a que en su seno se conservo la cultura clásica y que tuvo su propia revolución científica en torno a la Escuela de Maragheh, en la que se postuló nuevamente el modelo heliocéntrico que haría famoso Copérnico (a este respecto, muy interesante este enlace). Y es el Islam el invitado oculto de la película, al haber sido elegidos en el casting actores de origen árabe para realizar los papeles de los personajes más fanáticos, en clara referencia al gobierno de Irán y su conflicto con el mundo judío. Una simplificación que esconde la verdadera relación de un gobierno fundamentalista como es el iraní con la ciencia. En concreto, con el programa sobre energía nuclear que se lleva a cabo allí, y que refleja que fe y razón no tienen unas fronteras tan delimitadas como a veces se pretende creer y que ya tratamos aquí.


En definitiva, una película con importantes logros en los aspectos histórico y científico, y que retrata bien ciertas conductas de la naturaleza humana. Pero que peca de excesivo idealismo en los símbolos fundamentales de la trama en donde podría haber dado buenas respuestas en un momento tan crucial para el pensamiento crítico y la ciencia, cuando volvemos a enfrentarnos a conflictos de alta envergadura como ocurriera durante la decadencia del Imperio romano, tales como el calentamiento global, la contaminación, la escasez futura de recursos por culpa de un sistema capitalista excesivamente agresivo que está contemplando el techo de su crecimiento económico, y las enormes desigualdades entre países ricos y pobres. Una gran oportunidad para el conocimiento científico para justificarse como algo útil y encontrar soluciones racionales para la humanidad más allá del estudio del cosmos. Soluciones que no se obtuvieron en Alejandría pese a su magnífica biblioteca. A fin de cuentas y con la perspectiva del tiempo, no parece que el cristianismo fuera la única alternativa viable.

viernes, 4 de diciembre de 2009

MONSTRUOS LITERARIOS

Atractivo encuentro el de literatura mutante que tuvo lugar los pasados 27 y 28 de noviembre en La Casa Encendida de Madrid (Ctrl + Alt + Del. Reiniciando al mosntruo). Una suerte variopinta de escritores coordinada por Javier Moreno (autor del fascinante Click y que estuvo un tanto quisquilloso en sus observaciones como moderador) con al menos un punto en común, la utilización de otros formatos (visuales, tecnológicos) además del texto en sus escritos. Esa es la causa de que se les denomine mutantes (o pangeicos desde el punto de vista de Vicente Luis Mora). Aunque tras la impresión recibida con las ponencias y la noticia anunciada por el propio Mora en su blog, parece que hayamos presenciado el acta de defunción de los mutantes como grupo literario al uso. Otras cosas habrá que nos deparará el futuro.


Como es habitual en este tipo de reuniones, el resultado fue irregular. Frente a intervenciones impactantes, se pudo asistir a otras más planas, tal vez no en el contenido, pero sí en el formato expositivo.


En AUTOPSIA DEL MONSTRUO: EL CIENTÍFICO COMO FREAK, Germán Sierra hizo una genealogía del monstruo en la literatura apoyada por un magnífico soporte visual en Power Point. Sierra diferenció entre el monstruo metafísico del deseo de conocimiento que inspiraría el Frankenstein de Mary Shelley y que evoluciona en paralelo con la historia del pensamiento europeo, y el monstruo natural o inadecuado, simbolizado por el Dorian Gray de Oscar Wilde y donde se trata al monstruo como metáfora del experimento. Sierra finalizó su intervención con imágenes de bioarte sumamente impactantes. Javier Fernández, por su parte, hizo una disertación sobre el método científico desde una perspectiva epistemológica para que se tuvieran en cuenta las diferencias entre ciencia y literatura. El tema era interesante, pero la exposición oral resultó un tanto pesada y exigente para un público más interesado en la literatura que en aspectos de filosofía de la ciencia.


Jorge Carrión y Robert Juan-Cantavella nos deleitaron en un TALLER DE TRADUCCIÓN MUTUA cargado de humor mediante una biografía deconstruida del rival en que fuimos testigos de su proyectos pasados y futuros. Hubo perlas como las canciones punk-hardcore de la juventud de Robert o las anécdotas sobre el "ansia de poder" de Jorge para acabar dirigiendo una revista literaria por la que no se cobra y que da más quebraderos de cabeza que poder en sí mismo como es Quimera.


En la mesa dedicada a TRES NARRADORES SINGULARES, Óscar Gual hizo una interesante disertación sobre tecnología y literatura en la que alertó del peligro de utilizar la ciencia y la tecnología en las narraciones únicamente por motivos estéticos cuando habría que buscar razones más profundas. En este sentido, diferenció entre malas praxis que lo único que hacen es salvar el culo de los malos escritores frente a buenas praxis como la llevada a cabo en la serie televisiva The Wire o en la última novela de German Sierra, Intente usar otras palabras. En el turno de preguntas pudimos escuchar como un programador contrastado como Gual considera que la palabra es el formato más eficiente a la hora de expresarse mientras que muchos de los escritores presentes en el acto están deseando que los lenguajes informáticos entren a formar parte del texto. Lástima que Gual no utilizara un soporte más mediático para apoyar una intervención tan sugerente. Doménico Chiappe, por su parte, presentó su proyecto narrativo, Tierra de extracción, en donde intentó construir una serie de planos narrativos aprovechando la informática. Reconoció que la tecnología les superó en este caso y que más que hablar de narradores mutantes cabría hablar de escritores híbridos entre el ordenador y el libro. Sin embargo, al final de su exposición se descolgó con una propuesta muy sugerente, la elaboración de una literatura que no requiera de texto y se apoye en la tecnología. Nada menos. La última contertulia, Mercedes Cebrián, hizo una disertación sobre poética, originalidad y plagio a partir de su charla sobre las relaciones entre fotografía y literatura. Puso de relieve la tensión entre manido y original a partir de sus propias instantáneas de viaje y las muy interesantes fotografías de Michael Hughes y Martin Parr, demostrando que la línea entre amateurismo y profesionalidad es cada vez más difusa.


La jornada del sábado se inició con la furiosa sesión TEORÍA DEL MONSTRUO: EL CRÍTICO COMO FREAK. Y digo furiosa tanto por las intervenciones de Eloy Fernández Porta y Vicente Luis Mora, como por las furiosamente interesantes ideas que se cotejaron en el turno abierto de palabras. Fernández Porta, que parecía sobreexcitado, hizo una disertación cargada de ironía a partir de dos artículos de crítica aparecidos en el suplemento cultura|s de La Vanguardia. Uno de Masoliver Ródenas y el otro de Kiko Amat. Uno escrito desde la emotividad del honesto labriego castellano, el otro desde la de un punk-mod-rocker. Uno desde la madurez, el otro desde un romanticismo proadolescente. Pero ambos excluyendo la sensibilidad de las mujeres, de los gays, de las lesbianas. Mora, por su parte, se apoyó en una entrada de su blog con imágenes de relojes para diseccionar las relaciones del tiempo en nuestra sociedad (el tiempo y la propiedad privada, el tiempo y la propiedad del cuerpo, el tiempo como explicación, las teorías de instante final) para acabar concluyendo que todo va unido a un interés comercial, que siempre hay alguien que se aprovecha de eso para hacer que nuestras jornadas laborales actuales sean de 24 horas. E hizo la propuesta de tratar de detener el reloj del monstruo del sistema. En el debate posterior, y a instancias de la intervención del público, surgieron temas tan variopintos como el de la censura, la imagen de los apóstoles en la Santa Cena, primera comunidad de amigos al estilo de las redes sociales según Javier Moreno o la presentificación del futuro. Pero sobretodo, hubo un debate sobre la novedad y la obsesión con la innovación en literatura entre varios miembros del público y que puso en evidencia la tensión de los mutantes con otros sectores literarios que dicen perseguir la calidad y en el que me quedaría con la propuesta final de Mora de intentar construir una literatura para el siglo XXI, para los lectores del siglo XXI con su idiosincrasia. Hasta Fernández Mallo hizo una interesante intervención afirmando que él no buscaba la novedad cuando leía. Lo que no fue tan interesante fue la forma de intervenir, a destiempo, sin esperar a que el moderador le diera la palabra, en medio de un debate donde otra gente quería pedir la palabra. Puede ser que Fernández Mallo sea una de las voces más originales en la actualidad, puede ser que tenga demasiada presión por culpa de la resonancia que ha tomado su nombre, pero eso no le da derecho a saltarse las normas de un acto colectivo. Tal vez piense que con esa actitud su figura pública gana, yo creo que pierde.


En lo que Agustín Fernández Mallo si gana, es en sus lúcidas charlas públicas, esta vez en compañía del crítico Jordi Costa en la sesión MÁSCARAS MUTANTES: EL FREAK O EL MONSTRUO. Costa nos sorprendió con Harpya, de Raoul Servais, el corto ganador del Festival de Cannes en 1979.





Una parodia del terror clásico que se acaba convirtiendo en un corto de miedo que le permitió hablar de la simbiosos entre lo humano y la animación. De ahí a monstruos freaks como Michael Jackson o los modelos de las fotografías de Diane Arbus sólo había un paso. Fernández Mallo leyó un relato muy lírico, soporte gráfico incluido, en el que narraba su estupefacción tras encontrar en el suelo de su propia casa una rebanada de pan con un agujero en el centro y que le permitió definir su perspectiva de lo monstruoso: aquello que no está en su propia naturaleza. Nuevamente genial. Luego vino la batería de preguntas que se está volviendo habitual tras las intervenciones públicas de Fernández Mallo desde su éxito editorial con las nocillas y que ya cansa un poco. Cansa que un auditorio se llene de gente con la intención de polemizar con el autor porque ha tenido la suerte de destacar por su originalidad en el panorama literario, para que después desaparezcan y no tengan el mínimo interés por las otras sesiones de un evento que se supone colectivo. En fin.


La recapitualción del fenómeno monstruo estuvo a cargo de Juan Francisco Ferré y Manuel Vilas en la sesión MONSTRUOS S.A.: EL NARRADOR MUTANTE, ilustrada por los dibujos del artista Jesús Andrés en torno a la figura de Gregor Samsa y donde Ferré desplegó una oratoria espléndida y Vilas fue sumamente divertido con su ironía sobre el futuro y los relatos con que nos deleitó. Escuchamos algunas de sus referencias como Tarantino, Cronenberg, Shelley, el Universo, Rabelais o el Carrefour. Ambos llegaron a la conclusión de que los mutantes tienen futuro (¿?), y que lo monstruoso es otra cosa: la propia vida, la naturaleza, la pobreza, las viejas glorias del rock aún vivas, la racionalidad extrema, eso es lo monstruoso.


Para finalizar, una nueva sesión de Fernández&Fernández:





Y eso es todo amigos.

sábado, 21 de noviembre de 2009

EL JAZZ DIGITAL

Dentro del ciclo de tertulias en el Palau de la Virreina, MIRADES ENTRE CIÈNCIA I ART, ayer tuvo lugar la sesión dedicada al jazz digital, con la presencia de Ramon López de Mántaras y Laura Simó. Se trató de como la inteligencia artificial puede desarrollar programas que, a partir del análisis de partituras, permiten combinar segmentos armónicos a partir de criterios de similitud, recombinando las notas y creando nuevas melodías. Aunque también quedó claro que la voz humana, de momento, todavía es insustituible, por mucho robot musical que se invente.


Para la mente del astronauta será un shock. Él me explicará que en el futuro todos los instrumentos serán electrónicos, y eso revolucionará la composición misma. Me revelará que la impresión de un contemporáneo mío al viajar en el tiempo hasta su estación orbital para contemplar su estudio de grabación será más fuerte que la misma operación hecha por un discípulo de Pitágoras a Salzburg para presenciar una orquestación de Mozart. Al parecer, la mayoría de los instrumentos de la música clásica tienen un pasado también clásico, aunque de un clasicismo grecolatino. Mientras que la electrónica es un nuevo paradigma por descubrir. Y eso que la voz seguirá siendo humana.



jueves, 5 de noviembre de 2009

CIENCIA Y LITERATURA: EL PROYECTO NOCILLA

A estas alturas de un proyecto tan bien publicitado por su propio autor, no seré yo quien revele la clara influencia de la ciencia en la poética de Agustín Fernández Mallo (AFM). Tampoco pretendo realizar una crítica literaria al uso de toda la trilogía. Para eso existen reseñistas que ya han hecho su trabajo a la perfección coincidiendo con el lanzamiento de cada uno de los volúmenes. Esto es un ensayo sobre esas conexiones entre la ciencia y la literatura y la visión del mundo de AFM a partir del Proyecto Nocilla que, pese a ser conocidas, no suelen tener espacio para un análisis más profundo en las reseñas periodísticas. Mi contribución a intentar comprender un fenómeno que está teniendo lugar en las letras españolas y donde los temas científicos interesan notablemente a los escritores.


Lo de la influencia de la ciencia y la tecnología en la narrativa de AFM, a día de hoy, es de perogrullo. Han sido muchos los lectores –críticos o no- que lo han comentado y no seré yo quien insista en el tema. En todo caso, haré una ligera apreciación. Existe en su obra una influencia que es visible, imbricada en su poética y que vamos a llamar ciencia visible. Y otra más profunda, casi metafísica, relacionada con la estructura formal de sus novelas y la visión del mundo que tiene el autor -que evidentemente, no está desconectada de su poética y muestra que las relaciones siempre son complejas-, que llamaremos ciencia invisible.




Ciencia visible


Esa influencia directa se observa a partir de los contenidos de sus textos: las citas científicas de Nocilla Dream (ND), la aparición en los relatos de fórmulas y constantes físicas que se llegan a colgar de una azotea en Nocilla Experience (NE), la introducción de conceptos de física de partículas elementales en el monólogo de la primera parte de Nocilla Lab (NL), el uso de números decimales y escalas, la obsesión en la cuantificación de las micronaciones, los muchos científicos que figuran como personajes, los muchos personajes no científicos interesados por la ciencia, los laboratorios y objetos científicos, las referencias a la ciencia ficción o la combinación entre fragmentos de Rayuela y teoremas de topología matemática, por enumerar algunos elementos de lo que se observa una larga lista.


Estos contenidos se presentan en una mixtura que parece espontánea con elementos de la cultura pop, el pensamiento o la literatura. El fragmento 18 de NE, donde se mezclan agronomía, sociología, física de partículas, filosofía, cultura pop y arte conceptual en un mismo texto es paradigmático. Mucho más importante resulta esa presencia en la primera parte de NL, donde el autor pretende revelarnos su mundo interior y cómo se ha fraguado su Proyecto. Sólo con esos fragmentos podemos afirmar que AFM supera en sus textos la polémica de las dos culturas. De hecho, el autor no se identifica para nada con esa separación en dos culturas, que considera “el gran timo de Nuestra Era”. Podemos afirmar pues, que la ciencia forma parte intrínseca de la poética del autor.


Por otra parte, AFM siempre ha defendido la cita fuera de contexto posmoderna como uno de sus métodos de creación predilectos. Hay por tanto, razones posmodernas y de interdisciplinariedad –cuidado con la palabreja- en la utilización de estos contenidos. También existe una razón de convivencia cotidiana del autor, físico de profesión, especializado en radiología. Para AFM la ciencia forma parte de la cotidianidad y del saber general de manera “natural” (no en el sentido ecológico, obviamente). Pero además, los conocimientos científicos que relatan los personajes de sus no-novelas se sacan del cualquier parte -de la televisión, de Internet, de un libro o una revista y hasta de un diálogo- y no sólo de la formación del protagonista. A fin de cuentas, así es la sociedad occidental contemporánea: la ciencia, la cultura pop, los libros, los edificios, el consumo, el arte y las personas coexisten diariamente. Sin embargo, eso era algo impensable para muchos de los literatos españoles del XIX o el XX –excepción hecha de Benet, Martín Santos o Echeagaray- cuando apenas si existían profesionales de la ciencia más allá de la universidad, o la divulgación científica interesaba tan sólo a unas determinadas élites. Ese sería de por sí un factor que ilustra el cambio de los tiempos y la aparición de un escritor como AFM.






Ciencia invisible


Si se analizan las obras del Proyecto Nocilla en profundidad, se observan diferencias más allá de contener la misma poética. En ND la ciencia está presente inicialmente en forma de citas de otros científicos. No es hasta la entrada 22, con la aparición de Niels, el zoólogo danés, y la 25 con una reflexión sobre la Teoría de Catástrofes, que podemos apreciar textos del propio autor sobre ciencia y tecnología. En cambio, en NE la apuesta por elementos científicos se observa desde el principio. De las 20 primeras entradas, 9 tienen relación con elementos propios de la ciencia y sólo la primera es una cita. Precisamente, las citas en este volumen se vertebran en torno a otros elementos culturales: Apocalipse Now y el libro El pop después del fin del pop. En NL, la física de partículas y la energía nuclear aparecen en la primera parte; temas de ecología y biología en parte de la primera y más abundantemente en la segunda, y numerosos elementos tecnológicos en la tercera. El hecho de estas diferencias en mi opinión está condicionado por la estructura formal que el autor ha querido dar a cada uno de los volúmenes, que paso a exponer a continuación, y que demuestra que las razones que mueven a AFM son eminentemente estéticas –poéticas diría yo. En este sentido, me parece relevante decir que los distintos libros están estructurados en formas que suponen una influencia de la ciencia más invisible y que contienen las concepciones del autor.

En el primer libro, como ya algunos críticos han comentado, la estructura tiene forma de árbol. La imagen que sustenta el texto es un árbol plagado de zapatos colgados de sus ramas. La explicación de ese fenómeno supone el clímax de la narración y las conexiones ramificadas sin una jerarquía clara son las que vertebran las distintas historias del texto. La ciencia es una rama más de ese árbol aunque también sea un modelo explicativo que ayuda a comprender la imagen del árbol. Algunos lectores críticos lo han tachado de superficial y poco narrativo. Yo pienso que si la idea es reconstruir el mundo como un árbol, las historias sólo deben estar ligadas por un nudo en una rama, un pequeño punto en común, y lo importante es la imagen global, que AFM elabora de forma muy sugerente. Se trata del sueño del escritor tal como se puede contemplar en la portada del libro –que el autor suele cuidar en detalle para que esté en consonancia con el mensaje-, su imagen del mundo donde el espacio es el desierto posmoderno, y la plasmación de sus inquietudes (la estética, la soledad) predomina en los relatos, que son su representación particular del rizoma. Existen pues, razones conceptuales que justifican esta estructura. La analogía con el rizoma de Deleuze y Guaitari es evidente. Pero tampoco debemos olvidar que tanto el árbol como la red neuronal son organismos sujetos al estudio científico.







En
NE se habla de parchís por su simbolización del caos. En esencia, el mundo es como un gran tablero de juego, un experimento (como demuestran sus personajes, todos experimentadores). Ahí radica la importante presencia de la ciencia, paradigma de la experimentación, en el arranque del libro. De nuevo, es reveladora la portada, una nevera (superficie plana) con un juego para construir frases a partir de palabras magnéticas, otra vez idea del propio AFM. En ese tablero la ciencia pretende introducir unas reglas del juego en el plano pero adscritas al azar (parchís vs ajedrez). El autor trata a la ciencia con una perspectiva no determinista de las cosas que suceden en esa rayuela global. Pero se trata de una red dinámica de personajes, objetos y hasta del mismo autor, que colisionan entre ellos de forma inverosímil y se transmiten información (Julio Cortázar, Internet, Sgt Peppers, el parchís). En este sentido, y por culpa de esta era cibernética que registra tantos comentarios –las cosas del directo-, uno tiene que tragarse sus propias palabras cuando en un conocido blog de crítica literaria en Internet (el Diario de Lecturas de Vicente Luis Mora) recriminó a AFM no conocer las Actor-Networks de Bruno Latour. No sólo las conoce (y si no es así las intuye muy bien), sino que va más allá. Las convierte en redes dinámicas donde tanto los objetos como los personajes se desplazan, lo cual se adaptaría mucho mejor a esta complejidad que nos rodea.





Para AFM, al menos en
NE, el mundo es plano. De hecho, el espacio donde se sucede toda la no-novela es una imagen bidimensional de la realidad. El libro simboliza la interacción del autor con el mundo una vez publicado su sueño, un elemento más en ese tablero dinámico mundial. A mi me parece que es como una gran mesa de billar donde las bolas van chocando en un modelo estocástico, una simulación de Monte Carlo, un caos ordenado. De ahí la existencia de un clímax mucho más narrativo que en el caso de ND donde dos personajes se encuentran por casualidad en sus historias personales de búsqueda y dolor (símbolización de esos choques estocásticos caóticos que pueblan el libro) por las necesidades formales del texto y no tanto por razones de narratología como han apuntado algunos críticos (y más si tenemos en cuenta que las novelas, al parecer, ya estaban escritas de principio). Son en realidad las formas de cada uno de estos libros las que condicionan la narratividad.

La entrega que finaliza la trilogía,
NL, está plagada de referencias a la física atómica y a las partículas elementales en su primera parte, ya desde la cita inicial. Es un texto en el que aparecen todas las referencias culturales que están presentes en los textos de AFM y donde la figura y la voz del escritor son predominantes a diferencia de las otras entregas. Se trata de la esencia del escritor, su estructura íntima como si de partículas elementales se tratara (la segunda cita es de Sr. Chinarro, el grupo-artista favorito de AFM). Esa “mística total” de la que habla en la página 59. Por eso el espacio es una isla, la isla interior de la que acaba huyendo.

El texto se divide en tres partes. La primera está narrada en una forma más convencional que en anteriores entregas. Se utiliza un monólogo donde se relata el pasado del autor y sus referencias, en un guiño a la cultura humanista. Las referencias a la física de partículas se combinan con feroces críticas a ese sector intransigente del ecologismo que tienen continuidad en la segunda parte del libro, donde utiliza el formato más habitual en la narrativa de AFM, fragmentos cortos ordenados numéricamente. La crítica al ecologismo es contrastada con la realidad artificial de nuestro medio natural y con una serie de elementos artificiales y tecnológicos: ordenadores, jardines de plástico, fotografías de sonidos o el humo del tabaco. Todo acompañado de la poética habitual de AFM. La parte final, construida a base retazos, se encuadra en un mundo claramente poshumanista, donde crecen árboles y raíces de plástico y el narrador esta rodeado de elementos tecnológicos propios de nuestra cotidianidad: tarjetas de crédito, ordenadores y basura. Tras páginas y páginas de luchar contra sí mismo, el narrador decide escapar. La huida finaliza en formato cómic sobre una plataforma petrolífera en la cual Vila-Matas le cuenta al autor historias de relojes y celdas cúbicas de hormigón y donde los únicos elementos naturales que aparecen son el mar y una amenazante tormenta.
NL es el libro que representa la identidad del narrador desde su esencia y la disolución de esa identidad con la huida de uno mismo a la par que finaliza el Proyecto. De ahí el tránsito desde las formas humanistas hacia un horizonte posthumanista con distintos tipos de narración, desde el monólogo al cómic pasando por la fragmentariedad y el collage. Como era de esperar, la portada se asocia a esta road movie narrativa a partir de un collage de AFM sobre una imagen de la película italiana La aventura cuyo argumento esta muy en consonancia con el contenido de la no-novela.




Maridaje entre ciencia y artes

Es reveladora la obsesión de AFM por observar el mundo como un espacio en dos dimensiones tal y como da cuenta de ello la cita de Jacob D. Bekenstein del fragmento 36 de ND y por las superficies que aparecen en sus textos: el desierto, la piel, el “horizonte de sucesos”, el tablero, la rayuela, la isla. Este tipo de influencia de la ciencia en las formas es más que conceptual. Obviamente, se trata de una metáfora poética. Así no se explica detalladamente la realidad, más bien se poetiza. Encierra la idea de que la ciencia puede ser una herramienta muy poderosa para simbolizar artísticamente el mundo que nos rodea. Como el mismo autor ha afirmado en infinidad de entrevistas, piensa los libros como poemas, y ahí se encuentra la relación entre esas imágenes y lo que he dado en llamar ciencia invisible, en una sugerente combinación entre ciencia y arte. Esa apuesta decidida por un diálogo entre ciencias y artes, donde la poesía cobra un papel fundamental, se observa en los tres volúmenes y en la omnipresencia de la arquitectura en los textos como síntesis de ambas con la técnica. Pero en NE se explicita con la pareja Sandra-J y los postulados de la narrativa transpoética. Y en NL esa interacción se observa como elemental en el yo del autor –a fin de cuentas, el verdadero AFM está casado con una artista.

La apuesta de AFM sería impensable en el siglo XIX, cuando los filósofos más esteticistas estaban claramente enfrentados con los positivistas (el largo divorcio entre el racionalismo y el romanticismo, entre razón y emoción). Aunque también es cierto que ese divorcio no fue tal en muchas obras literarias, donde la influencia de la ciencia es más que matizable (pienso en
Madame Bovary o en el Ulises).

La obra de AFM se podría ver como una influencia del denominado fenómeno de la tercera cultura, pero aquí se trata de una interacción, no de una dominación o una preponderancia de la ciencia como es el caso de Brockman (curiosamente, Brockman se dedicó durante un tiempo a promocionar actividades que reunieran ciencias y artes). En cambio, en la narrativa de AFM la ciencia está supeditada a la poética. El árbol es superior conceptualmente a las citas científicas de
ND. Y la física puede dar una serie de reglas al juego de azar, pero el tablero resulta más importante. De ahí la existencia de una agronomía fantástica o de la ciencia del parchís (aunque ese concepto no me guste tanto) en NE y de árboles de plástico en NL. Al escribir, la imaginación, la poesía, están por encima de la ciencia, la supeditan. Algo muy lógico si hablamos de la construcción de un objeto poético como es un libro de narrativa (una no-novela en este caso). Imagínense que AFM hiciera al revés y ustedes fueran sus pacientes. ¿Les gustaría que tratara su grave tumor con metáforas? Bueno, hay gente que lo hace, pero con enfermedades tan graves y dramáticas creo que a mí no me haría mucha gracia.


Los peligros conceptuales 

En el reverso de la moneda de que todo lo que uno comenta en una bitácora quede registrado está el hecho de que se puede seguir siendo coherente con -o mejor dicho, evolucionar a partir de- las convicciones propias. Siempre me ha chocado en la obra de AFM la defensa sin fisuras de la ciencia que se desprende de la lectura de sus textos desde una narrativa que se autodefine como posmoderna. El problema de la concepción posmoderna de la ciencia estriba en que existe una fuerte crítica a su sostén a la modernidad. Es difícil hacer literatura posmoderna sin tratar a la ciencia con ironía como hace DeLillo en Ruido de fondo o Jonathan Franzen en Las correcciones. AFM lo consigue en parte, aunque a mi se me antoja que estos relatos están construidos después de la posmodernidad, en una suerte de transmodernidad relacionada con su transpoética, como en el relato global de las dos primeras entregas. Se asume que la ciencia es algo que se practica porqué resulta útil, aunque no se concibe a partir de verdades absolutas sino que está en continua mutación como los choques estocásticos que tienen lugar en NE. El autor ha afirmado en varias ocasiones (en alguno de esos debates participé, espero que de una forma más constructiva) que para él la ciencia es “una ficción verosímil” en el sentido de que funciona Es una ficción al ser una construcción humana que pretende narrar la realidad, y es verosímil porque siempre se puede contrastar empíricamente, falsacionar y hasta cambiar colectivamente cuando deja de funcionar. Una visión así supera la posmodernidad y todos sus conflictos con la ciencia.

Aunque esa perspectiva a mi parecer sea un acierto, y aún reconociendo que en los debates cibernéticos que he tenido con el autor he estado más de acuerdo con sus afirmaciones y sus intuiciones que en desacuerdo, flota en el ambiente el peligro del olvido de un pasado moderno de la ciencia (la ciencia y la razón fueron los pilares del sueño de la modernidad, no lo olvidemos), que conlleva una representación naïf que puede adolecer de falta del espíritu crítico que no nos recuerde que la ciencia también construye bombas atómicas, que puede ser neutra, pero no así su utilización. Sé que AFM, desde su posicionamiento posmoderno, busca tener un pasado ahistórico más allá de sus propios recuerdos, y artísticamente resulta muy loable. Pero la ciencia no es sólo algo práctico y sin historoa, también proporciona poder (y la historia nos recuerda lo que hicieron con ella los gobiernos de los EEUU y la URSS durante la guerra fría, o lo que hace el actual gobierno iraní).

Me gustaría finalizar, en cambio, resaltando el hallazgo del personaje de
NE, Antón el Bacterio. El tipo que descubre la ciencia del mundo por pura intuición, por su cotidianidad al atrapar percebes en las costas gallegas. Un caso ejemplar de que existe otra visión de la ciencia de la cual han hablado los antropólogos pero que se tiene poco en cuenta, y de ahí el acierto de AFM. La ciencia desde la perspectiva popular, desde la práctica diaria de un percebeiro que le hace entrar en contacto con esos seres vivos que los especialistas, en sus laboratorios, mirarán con otros ojos, a veces menos sensatos, y que tiene mucho de intuición en busca del conocimiento, y de poética.

En fin, lean las Nocillas, léanlas. Desde la perspectiva de la ciencia o desde la que les de la gana. Seguro que encontrarán elementos de análisis interesantes como me ha ocurrido a mí. Tal vez ahí resida el éxito de la trilogía.

lunes, 2 de noviembre de 2009

TERTULIAS DE CIENCIA EN LA VIRREINA

En los próximos días tendrán lugar una serie de charlas en el Palau de la Virreina de Barcelona (Rambla, 99), organizadas por la fundación Ciència en Societat y l'Institut de Cultura de Barcelona, donde se tratarán las relaciones de la ciencia con distintas disciplinas artísticas. El programa es el siguiente:

Martes 10 de noviembre. La metàfora a través de la ciencia. Germán Sierra y Carlos Gámez + MEIOSI: Art i ciència en un diàleg radicalment jove, sense complexos, arriscat, lliure...

Miércoles 11 de noviembre. L'art de la vida. Simon Park y Anna Dumitriu

Miércoles 18 de novembre. El jazz digital. Ramon López de Mántaras y Laura Simó

Y el link de la organización es este.

Nos vemos.