miércoles, 4 de mayo de 2016

Facundo o los preámbulos del evolucionismo - Nagari Magazine

Facundo o los preámbulos del evolucionismo - Nagari Magazine


Inicio hoy, desde mi columna mensual en Nagari, una serie de entradas sobre la—estrecha—relación de la ciencia y la tecnología con la literatura hispanoamericana. Si bien realizaré alguna mención a la literatura española, me voy a concentrar especialmente en la literatura hecha en Latinoamérica. Alternaré esta serie con mis habituales reseñas y otros comentarios, aunque mi intención es construir un cuerpo sólido en torno al tema. También mencionar que no incidiré de forma profunda en los temas científicos que trataré, apenas apuntaré las ideas y así, el lector curioso podrá seguir ese hilo por su cuenta. Son muchas y buenas las publicaciones sobre divulgación científica que se están editando en los países de habla hispana, y a mí me interesa más hablar sobre literatura. El primero de los libros que trataré, será el Facundo, de Domingo Sarmiento (1811-1888).
Si bien el Facundo, un texto fundacional de la literatura argentina, está influido por la figura de Alexander von Humboldt (1769-1859), de quien se copia la estructura del libro de viajes científico moderno, y por la frenología, también está emparentado con las teorías de Charles Darwin (1809-1882) sobre la selección natural. Este ensayo histórico, que va a resultar fundamental para entender los motivos gauchísticos en Jorge Luis Borges y la literatura ambientada en Entrerríos que practica Ricardo Piglia, que recibe el título alternativo de Civilización o barbarie, es una crítica frontal al gobierno de Juan Manuel Rosas, y para ello se basa en la biografía de uno de sus caudillos: Juan Facundo Quiroga. 
En su libro, Sarmiento plantea que existe una raza civilizada y capaz de civilizar, por tanto superior, como es la europea, que estaría representada en Humboldt, y otra raza bestial y salvaje, capaz de destruir la labor civilizadora de los primeros, representada por Quiroga y, por ende, por Rosas. Existe en el autor el convencimiento de una superioridad europea frente al legado indígena, de talante claramente racista, no solo con las poblaciones indígenas americanas (“[e]sto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido.” [28]) Es decir, la sociedad civilizada—en contraposición a la bárbara—es aquella que en el momento de escribir Sarmiento ostenta el poder en el mundo, y esta es la europea, tal como se puede ver por el poderío demostrado por Gran Bretaña o Francia. Por tanto, hay que copiar sus modelos e imponer sus instituciones, incluida la democracia liberal, para lograr un grado parecido de poder geopolítico, y esa imposición es ideológica.
Para transmitir esa ideología, Sarmiento realiza una estrategia literaria muy significativa, identificada por J. Andrew Brown en el libro Test Tube Envy. Se estructura un texto no científico como el Facundo, como si de un texto divulgativo de la ciencia y no estrictamente científico se tratara. Para ello se utiliza la frenología para describir físicamente al personaje. Se trata de una teoría pseudocientífica postulada por el médico alemán Franz Joseph Gall, que establecía que el cerebro era el órgano de la mente y que las distintas aptitudes mentales estaban representadas por diferentes partes del cerebro, de forma que era posible determinar el carácter de una persona, en especial, sus posibles tendencias criminales, gracias a su forma del cráneo y sus facciones. Esta supuesta teoría científica, ahora en desuso, arribó a la Argentina de la mano de la labor divulgativa de la revista La abeja argentina en la década de 1820, si no es que era ya conocida antes entre las élites culturales, mostrando los caminos que solían recorrer las teorías científicas para divulgarse por el territorio latinoamericano. Divulgativo es también el uso que le da Sarmiento, pues en muy breve espacio expone la teoría y su aplicación, no solo a la fisonomía de Quiroga, conocido como “el Tigre de los Llanos” (77-78), sino también a la estructura social y territorial de la Argentina (30), en donde se observaría más detalladamente la influencia estilística de Humboldt, por cuanto me atrevo a sugerir su uso como discurso divulgativo mucho más que como discurso científico.
El rédito que se obtiene al utilizar el recurso de la frenología es el de dotar de autoridad al texto. Este es uno de los puntos que destaca Brown. A partir de aquí, todo lo que se deriva del texto es esa aplicación de autoridad, en donde va a quedar claro que la cultura europea es superior a la indígena y esa es la razón por la que se debe imponer políticamente. Y la que explica “esa falta supina de capacidad política e industrial” (9) de los pueblos hispanoamericanos y el uso de metáforas científicas (“la pampa es un malísimo conductor.” [25]) Así, en la primera parte del texto se desarrolla esa autoridad argumentativa, para pasar a exponer la dicotomía ciudad/pampa, Europa/América indígena, progreso/retraso y, en definitiva, civilización/barbarie. Evidentemente, Sarmiento se postula por la ciudad: “el centro de la civilización argentina, española, europea.” (29) Nos encontramos con un texto de corte positivista que, una vez científicamente autorizado, justifica todas sus afirmaciones desde el ideario moderno (escuela, industria, progreso, democracia liberal, Europa), critica al romanticismo, respalda el afrancesamiento del grupo político al que pertenece, y deja para la última parte del libro la muerte de Quiroga y la demostración de que Rosas está tratando de eliminar esa supremacía europea en la Argentina, sustituyéndola por la barbarie.
El Facundo sale publicado en 1845 mientras que la obra fundamental de Darwin, On the Origin of Species, lo hace 14 años después, en 1859. Así que difícilmente haya podido influir de forma directa a Sarmiento. Sin embargo, sí encontramos una conexión en el contenido ideológico del Facundo, a partir de las mismas redes divulgativas que introdujeron la frenología en el Río de la Plata, que harán lo mismo con conceptos como evolución, raza o selección natural. Esto se explica porque las teorías de Darwin aparecieron inmersas en un debate que se había iniciado a principios del siglo XIX sobre la clasificación de los seres vivos y las bases de una nueva ciencia, la biología,[1] en donde se incluían los conceptos de raza, supremacía y evolución. Esta última es una palabra que, precisamente, necesitó de su propia “evolución” en el sustrato cultural europeo hasta llegar a Darwin, pues el término “evolución” aparece por primera vez para referirse a especies biológicas en la década de 1830, y el de selección natural es un neologismo acuñado por Darwin, según Beer.
Precisamente, de todas las premisas utilizadas por Darwin en su teoría, es la de la selección natural, que no es otra cosa que el hecho de que los individuos menos adaptados a un medio ambiente concreto tienen menos probabilidades de sobrevivir y reproducirse, y así dejar sus rasgos de forma hereditaria a las generaciones venideras, la que va a dar lugar a mayores interpretaciones en el campo de las ciencias sociales.

Lo que pone en contacto al Facundo con la teoría de Darwin es cierta interpretación que se dio a esta última a partir de esa supuesta selección natural y su aplicación al concepto de desarrollo para las poblaciones humanas. Tal como expone Gillian Beer en el ensayo Darwin’s Plots: Evolutionary Narrative in Darwin, George Elliot and Nineteenth Century Fiction, la idea de desarrollo extraída de las teorías de Darwin conllevó que se considerara a los europeos como a los humanos que habían adquirido el más alto grado de desarrollo. El resto de culturas fueron concebidas como sociedades retrasadas que debían ser educadas como a un niño para alcanzar el grado de desarrollo adecuado (111). 
Encontramos aquí la misma ideología que preside el Facundo, con la preminencia de la cultura europea y la necesidad de corregir las otras culturas de forma prescriptiva, si bien no se les acaba tachando de bárbaros. De esta forma, a partir de ese debate sobre la superioridad de unas especies sobre otras que se inició antes de la publicación de On the Origin of Species, y que la obra de Sarmiento muestra que llego a Latinoamérica, las ideas evolucionistas influyeron a Sarmiento a la hora de escribir el Facundo, como se demuestra al analizar la ideología del texto y cotejarla con algunas ideas derivadas de las teorías de Darwin.




[1] Jean-Baptiste Lamarck acuña el término “biología en 1802.

jueves, 21 de abril de 2016

Marina Perezagua: “El lenguaje del horror es fundamental” - Suburbano

Marina Perezagua: “El lenguaje del horror es fundamental” - Suburbano


La que fuera gran promesa de la literatura española con la publicación del libro de cuentos Criaturas abisales (Los Libros del Lince, 2011), pero sobre todo, de la colección de relatos Leche (Los Libros del Lince, 2013), es ya una realidad. Con la publicación de su primera novela: Yoro (Los Libros del Lince, 2015), desarrolla todo un universo narrativo en torno a la crueldad, el amor y el dolor del que ya habíamos dado cuenta en nuestro anterior número. Hemos charlado con ella de esta y otras cosas en la siguiente entrevista:

PREGUNTA- No sé si debo preguntar esto a su autora pero, ¿cuál es la verdadera criatura que se gesta en Yoro, la criatura imaginaria que se encuentra en la psicología de la narradora, la niña desaparecida que esta busca, cuyo nombre coincide con el título del libro, o la novela en sí?

RESPUESTA- Pienso que lo interesante es pensarla como la gravidez de estas tres circunstancias. El embarazo psicológico deja de ser psicológico cuando se revela el final de la historia, y al mismo tiempo pensar en la novela en sí como criatura responde a un proceso metaficcional que en este texto en concreto tiene más sentido, pues se cuenta un embarazo a través del embarazo mismo, no sólo a través de la novela como trasunto del embarazo.

P- ¿Cuál es el grado de documentación para una obra tan exhaustiva como la tuya, que pretende abarcar buena parte de la historia de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI? En este sentido, ¿podrías citarnos cuáles han sido las fuentes más útiles para tu trabajo narrativo?

R- En realidad pienso que la documentación fue anterior al proceso de escritura, y que por ello salió la novela. Ya tenía el material y se formó naturalmente. Había vivido en Japón y tuve la oportunidad de contar con testimonios de hibakushas. Anteriormente también había leído bastante sobre el proyecto Manhattan, así que ambos lados de la historia se fundieron sin demasiada dificultad. Leí sobre todo no ficción, desde los clásicos HIROSHIMA o DEATH IN LIFE, hasta informes militares del proyecto Manhattan.

P- Me ha sorprendido tu perspectiva sobre la ciencia del siglo XX. La literatura española suele moverse entre la condescendencia, la ironía o la ignorancia del sujeto científico. ¿De dónde crees que has sacado tu personal punto de vista?

R- Qué risa, no sabía que tenía un personal punto de vista. Pues la verdad es que no lo sé. Imagino que haber tenido un padre científico podría influir, o estudiar en la academia norteamericana, donde las humanidades, mal que bien, tienen a una visión algo más plural de las letras.

P- Después de dos libros de relatos (Leche y Criaturas abisales) con gran éxito de crítica, te acabas de enfrentar a una narración de largo aliento. Aunque se observan en ella rasgos característicos de tu literatura, como tu obsesiva relación con Japón o la reelaboración de experiencias biográficas desde la ficción, ¿qué diferencias observas entre la construcción de una novela y la de un libro de relatos?

R- Principalmente, en la novela tenía dos preocupaciones: el crecimiento de los personajes y el buen manejo de la tensión. La tensión es necesaria en el cuento, pero más fácil de manejar por la menor longitud. Pero, en general, por mi carácter más bien obsesivo, me he sentido más libre con la novela. Todo es siempre mejorable, pero en un cuento uno tiene la sensación de que puede alcanzar la perfección, y quizá sea una quimera, pero ésa es la sensación, mientras que en una novela larga la perfección es claramente un espejismo, y esto me ha relajado un poco.

P- Háblanos de Japón. ¿Por qué es un espacio tan recurrente en tus textos?

R- Desde pequeñita mi madre me contaba historias populares japonesas. Mi familia por parte de padre es de Coria del Río, descendientes lejanos de japoneses. Una vez un vecino del pueblo me dijo que su padre se había muerto queriendo volver a Japón, aunque nunca había ido. Me pareció maravilloso, porque yo crecí con esa misma sensación de pertenecer un poquito a esa cultura, de querer regresar aunque nunca hubiera estado. No fue hasta años más tarde cuando me fui con mi pareja en aquel momento, japonés, a vivir allí por un tiempo.

P- Y ya puestos, háblanos de las cosas que de verdad te importan cuando escribes.

R- Me importan mis personajes, quererlos mucho, que sean libres, que sean honestos, que no piensen en lo que yo quiero, ni mucho menos en lo que quiere un lector determinado. Que tengan vida por sí mismos porque ellos son mi gran compañía. Es como quien construye robots, llega a tener una relación muy personal con ellos, y a mí me pasa algo parecido, son bastante reales en mi vida, por eso no tiene sentido que se parezcan a mí o tengan mi voz, porque yo los creo para no tener que hablar conmigo misma.

P- Por un momento, cuando había superado la mitad de la novela, ante la mezcla de géneros pero la ausencia de parodia o pastiche, me dio la impresión de que estabas proponiendo una estética que superara el posmodernismo. Una propuesta en donde pudiera tener lugar el compromiso político. ¿Podrías detallar cuál es tu apuesta estética y cómo participa Yoro de ella?

R- Ay ay ay… yo no sabría responder a eso. Realmente no sé leerme a mí misma, y cuando escribo tampoco tengo una apuesta concreta. Sí imagino que el compromiso político es parte de ella, pero no lo es de un modo consciente. Quizá la rabia contra las Naciones Unidas vino en parte por haber pasado por una época en la que conocí a varios de sus miembros y quedé profundamente decepcionada, y luego una época en la que conocí a varias de sus víctimas. No sé si eso es político, quiero decir, era una rabia muy personal que se coló en el texto, pero no estoy segura de haber querido denunciar nada.

P- Tú novela se presenta con un subtítulo que reza: “Un viaje al corazón de la crueldad y del amor”. En este sentido, y enlazando con la pregunta anterior, ¿qué papel juega el lenguaje del horror en tu novela y en tu proyecto narrativo?

R- Ese subtítulo, en realidad, lo escribió mi editor, Enrique Murillo, pero sí, el lenguaje del horror es fundamental, y lo es por esa parte de la temática que podría ser un melodrama si el lenguaje no lo salvara. A veces todo es una cuestión de lenguaje. El melodrama es un drama al que se le ven las costuras, y hay que evitar esas costuras. Por momentos YORO es muy dura con temas de la cotidianeidad, reales, pero por momentos, y si no fuera por el lenguaje, podría ser una historia de amor incluso cursi. El amor es lo que salva a la novela de caer en el último infierno, pero al mismo tiempo el lenguaje es lo que salva al amor de caer en la cursilería que, en un mundo así, sería más que nada una impostura.

P- ¿Qué proyectos literarios tienes para el futuro?

R- Estoy muy emocionada con mi nuevo proyecto. Si todo sigue como hasta ahora se publicará en septiembre. Es una idea muy simple, por eso prefiero no decir nada, porque con una palabra ya lo diría todo, pero me emociona mucho porque para mí es un reto lingüístico. Se trata de una novela humorística.

10- Para finalizar, ¿me podrías dar el nombre de tres escritores/as que te hayan influido especialmente, al menos uno de ellos iberoamericano?


R- Céline, Jose María Arguedas, José Watanabe.

sábado, 2 de abril de 2016

Conversación con Sergio Ramírez. Carlos Gámez Pérez - Nagari Magazine

Conversación con Sergio Ramírez. Carlos Gámez Pérez - Nagari Magazine

Foto de Glenda Galán

“Yo era un escritor o un intelectual que hizo lo que pudo por servir a la revolución en la que creía. Y lo hice desde mi propio terreno”

Con motivo de la concesión del reciente premio Carlos Fuentes en su segunda edición al escritor nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe 1942) y la publicación de su último libro: Juan de Juanes (La Pereza y Alfaguara México), tuve una charla con este narrador de largo aliento que ha publicado más de cuarenta libros a lo largo de su vida, entre novela, relato, ensayo, misceláneas y cuento infantil, de los que cabe destacar Margarita, está linda la mar, Sombras nada más y Adiós muchachos. Teniendo en cuenta su pasado como vicepresidente de Nicaragua tras el triunfo de la revolución sandinista, resulta evidente que la política, el poder y la literatura se entremezclan en esta charla.

PREGUNTA: Querría empezar hablando de su libro de memorias y ensayos breves, Juan de Juanes (La Perea Ediciones). Me interesan mucho esas experiencias que relata usted en el libro sobre el escritor. Por ejemplo, el pasaje en el comenta su distancia con las armas y el hecho de que usted no es comandante ni nada parecido cuando lo presentan como tal. ¿Cómo observa un escritor, o un escritor en ciernes, la violencia que se sufre y la violencia que se ejerce en procesos políticos como los que le tocó vivir?

RESPUESTA: Yo siempre vi la revolución como un llamado a filas, y cada uno hacía lo que podía. A fin de cuentas, en esas situaciones el prestigio lo adquieren los que empuñan las armas. Y aunque no las hayan empuñado, se disfrazan de militares, con esa aura heroica que da el verde olivo. Yo conozco a varios, conozco a comandantes de la revolución en Nicaragua que no habían pegado ni un tiro y simplemente se vestían de verde olivo. Quizá yo pasé más riesgos que algunos de ellos, porque yo me pasé la clandestinidad en Nicaragua desarmado varios meses, porque yo no sabía disparar. Qué hacía con armas. Y quizás si hubiera llegado a matar a alguien todavía tendría ese cargo de conciencia como el Aureliano Buendía de García Márquez. Yo siempre me vi como un civil, y ahora veo que yo no era militar. No tenía esa vocación, ni tenía esa atracción. Yo era un escritor o un intelectual que hizo lo que pudo por servir a la revolución en la que creía. Y lo hice desde mi propio terreno.

P: En Juan de Juanes también me chocó observar que es paradójica la atención que el poder tuvo por algunos de los escritores del Boom, como todo lo que relata usted en torno a la figura de Gabriel García Márquez, al que acudían a escuchar presidentes y hasta reyes. ¿Qué cree usted que coincidió en ese caso para que se diera la paradoja de que la literatura fuese la novia a la que todos querían agasajar?

R: García Márquez fue un escritor que tuvo más poder político en América Latina que muchos políticos sin haber ejercido ningún cargo público. A lo largo de su carrera desfilaron ante él presidentes y presidentes y yo bromeaba con él diciéndole que era el único presidente vitalicio rodeado de expresidentes. Él era un imán. Los presidentes contemporáneos lo buscaban para tomarse la foto con él. Era un prestigio. No es que él quisiera estar a la altura de ellos, era al revés. Y él disfrutaba de esa situación. Le satisfacía mucho que el poder lo buscara. Disfrutaba mucho de ese ambiente. Se habla mucho de la relación de Gabo con Fidel Castro. Pero es que la relación de Gabo con Fidel Castro no fue única. No fue con el único jefe de estado, con el único caudillo con quien él se relacionó. Torrijos le tenía una gran admiración. Hablando con Gabo de esto, yo recuerdo que me dijo: “Mucha gente piensa que mi personaje político es Fidel. Y no es así, mi personaje político es Torrijos. Yo algún día voy a escribir sobre Torrijos”. Nunca lo hizo. Pero él tenía una gran empatía con Torrijos. Yo recuerdo que una vez llegó Gabo de visita a Panamá y el presidente se acercó al aeropuerto a recibirlo, y lo montó en su carro, y lo llevó de visita por toda la ciudad. Estas situaciones se derivaban del prestigio que Gabo tenía.

P: Ahondando más en la relación entre el poder y la literatura, usted siempre ha tenido una posición muy equidistante en el tema del poder. No ensalzó la revolución como escritor cuando usted estaba implicado en ella, y tampoco la defenestró cuando se salió de la política. Desde España siempre se le ha considerado a usted como un intelectual, un escritor que estuvo muy implicado en política pero llegado el momento la dejó y se dedicó en exclusiva a su carrera literaria. Sin embargo, me interesa mucho su perspectiva del análisis del poder, como la que realiza en su novela Sombras nada más, o en Adiós muchachos. Me interesa mucho más Adiós muchachos por los diversos destinos de la generación de jóvenes latinoamericanos que se rebelaron en 1968. Porque me pareció muy curioso observar que usted pertenecía a una generación de jóvenes que pretendía cambiar el mundo, que en España tuvo sus problemas con el franquismo. Pero lo que me pareció más interesante del libro es que mientras ustedes, los jóvenes nicaragüenses, alcanzaron el poder en 1979, sus compañeros, los jóvenes mexicanos, acabaron duramente represaliados. Y años después, dos de esos jóvenes, que son Daniel Ortega y usted mismo, terminan teniendo conversaciones con el presidente de México. Me pareció paradójico observar cómo ustedes están negociando con un político que, sin ser el culpable directo de la matanza de Tlatelolco, porque entonces no era quien estaba al frente del gobierno, sí es un representante del partido político desde el que salieron esas órdenes. Pero este señor está intentado apoyarlos a ustedes, quiere ayudar al joven gobierno nicaragüense. Y me pareció una de las paradojas del poder: gente que forma parte de la misma generación, depende cómo se desarrollen los acontecimientos, se encuentra en unos circuitos que, si hubieran ido las cosas de manera distinta no hubieran frecuentado. ¿Vio el germen de cómo analiza usted el poder en sus novelas?

R: Eso tiene mucho que ver con lo que es la historia del PRI en México. La evolución misma del PRI como partido. El PRI consolida a las distintas fuerzas que han peleado la Revolución, después de la purga de Zapata y de Villa. Los caudillos de la Revolución al final se ponen de acuerdo y forman un solo partido, que es la maquinaria política que elimina a Vasconcelos, el intelectual, cuando este se quiere oponer a Obregón, el caudillo, y Calles, su ayudante. Se trata de un caudillo con atributos militares. No podía ser entonces de otra manera. El PRI sigue evolucionando a lo largo de los años, con gobiernos de derechas, con gobiernos de izquierdas. Llega al gobierno el general Cárdenas, uno de los mejores gobiernos que ha tenido México nunca. Será recordado entre otras cosas por nacionalizar el petróleo y por acoger a toda la emigración republicana española. Es un hombre que hasta su muerte tuvo posiciones muy de izquierdas. Luego vienen otros gobiernos corruptos, se van alternando. Con el PRI pasa lo mismo que pasa hoy en Cuba, que de repente hay intelectuales muy críticos que hablan del pasado, cuando se reprimía a los homosexuales, cuando el caso Padilla, como si hubiera sido otro gobierno, como si se hubiera tratado de un régimen completamente diferente. Pero la verdad es que se trata del mismo. Yo conozco a muchos escritores cubanos que caen en esta posición crítica hacia el pasado. Pero por supuesto, no se atreven a meterse con el presente, aunque ese es otro tema. Pero eso pasa también en México, en México hay distintos gobiernos, siempre vemos intelectuales en cargos de gobierno, no en cargos políticos verdaderamente, pero como embajadores: Octavio Paz, Carlos Fuentes. Luego renuncian porque el siguiente gobierno ya no les parece adecuado. Es un solo partido dividido en distintos rostros, en distintos espejos. Si vamos al gobierno de Echeverría, por ejemplo. Echeverría es el ministro del Interior, el secretario de Gobernación cuando Díaz Ordaz da la orden de disparar contra los estudiantes en Tlatelolco. Luego es el sucesor de Díaz Ordaz. Pero cuando Echeverría llega al gobierno, su política es antipinochetista. Directamente rompe relaciones con Pinochet, acoge a los exiliados chilenos, después acoge a los exiliados uruguayos y argentinos. Es decir, hay una especie de esquizofrenia. No podemos decir que el gobierno de Echeverría sea un gobierno de izquierdas hacia lo interno. Pero lo es hacia lo externo. Es decir, su posición hacia el exterior simpatiza con la izquierda. Y se necesita todo esto para poder explicar cómo nosotros somos bien recibidos por López Portillo. López Portillo fue absolutamente solidario con la revolución nicaragüense, hasta el punto de la complicidad, y esto lo cuento en el libro. México nos prometió que rompería relaciones con Somoza cuando nosotros lo decidiéramos. Y así lo hizo. Y luego, cuando triunfó la revolución, su ayuda fue ilimitada. Siempre estuvo dispuesto a apoyarnos. Y esa es la realidad de la historia. Mucha gente puede decir que Carlos Andrés Pérez era un corrupto, que es una de las bestias negras de la historia de Venezuela, y yo no puedo decir lo mismo. Carlos Andrés Pérez fue un hombre muy generoso con la revolución. Él estuvo siempre apoyándonos.

P: Ya para finalizar, y dada la temática de su último libro, Juan de Juanes, en el que realiza una disección de los egos de los escritores, ¿me podría dar algunos consejos para los lectores de cómo domesticar el ego?


R: ¡Ja, ja, ja! Eso depende de la personalidad de cada quien. Yo creo que lo primero que hay que hacer, y eso uno lo tiene o no lo tiene, es reírse frente a la vanidad. Sobre todo porque al que no se ríe se lo come la vanidad, se lo come la soberbia, que son perros muy bravos que pueden acabar devorándolo a uno. Entonces, yo creo que la risa es un buen intermediario. Yo siempre me he reído de la vanidad, de la solemnidad. Me he reído de la gente que se toma muy en serio. Hay escritores que se toman muy en serio y eso de tomarse tanto en serio es una verdadera vaina. La primera cura es eso: desprenderse de uno mismo, poderse ver a distancia y poder reírse de uno mismo para no caer en las tentaciones de la vanidad y la vanagloria que siempre son muy fuertes.

lunes, 21 de marzo de 2016

Hiroshima en el corazón de las tinieblas - Suburbano ediciones

Hiroshima en el corazón de las tinieblas - Suburbano ediciones


El momento álgido para abandonar mi carrera científica tuvo lugar cuando inicié estudios de doctorado en ingeniería nuclear. En uno de los cursos que tomaba entonces, el dedicado a dosimetría, que no es otra cosa que la medida de la cantidad de radiación nuclear que pueden soportar los seres humanos, el profesor contó un chiste. Explicó cómo, después de muchos años calculando las radiaciones que afectaban a los trabajadores de las centrales nucleares de todo el mundo, siempre habían pensado que esa radiación llegaba de forma directa, en una única trayectoria rectilínea. Nunca se habían planteado que las partículas radiactivas rebotan—contra el suelo, contra el techo o contra vaya usted a saber—y también alcanzan su destino sobre los tejidos humanos. Este hecho, que había obligado a revisar todos los tiempos de exposición a radiación nuclear de los trabajadores y de la población en general utilizados por los organismos científicos internacionales, reduciéndolos a la mitad, arrancó la risa descontrolada y enloquecida del profesor, que compartieron varios de los alumnos. Teniendo en cuenta que se trataba de uno de los máximos responsables de la central nuclear de Ascó, en Tarragona, a mí no me hizo ni pizca de gracia. Ese mismo día decidí colgar mis estudios.

La anécdota, que sirve para mostrar la irresponsabilidad y la inhumanidad que atesoran algunos científicos, me permite ilustrar el objetivo principal de Yoro (Los libros del lince), primera novela de la escritora Marina Perezagua (Sevilla, 1979). El libro es un relato de reconciliación histórica entre Japón y los EEUU, países muy importantes en la trayectoria literaria de la autora. El primero por la fascinación que Perezagua siente por él, el segundo porque es su lugar de residencia. Esa reconciliación se construye a partir de la historia de la energía nuclear, y del sufrimiento compartido entre una víctima de la bomba de Hiroshima y un excombatiente de las fuerzas de ocupación estadounidenses al que su gobierno ha dejado en custodia una niña que luego le es arrebatada.

La novela, versión extendida y autorreferencial de “Little Boy”, la narración corta que inaugurara su anterior libro: Leche, se estructura a partir de nueve capítulos que son los nueve meses imaginarios del embarazo psicológico de la narradora, y culmina con un encuentro muy ansiado que no adelantaré. Pero a este lector le da la impresión de que lo que realmente se gesta es el libro, que la estructura es una metáfora de la construcción de una historia de largo aliento que culmina como lo hacen los nacimientos, dando a luz una dolorosa pero también deseada criatura. Para corroborar este punto de vista, la narradora se pone de mi parte y afirma en un momento dado: “Kafka era una madre como cualquier otra.” (236)

La historia de H, la narradora, su relación con Jim, nombre de evidentes ecos conradianos, y la búsqueda de Yoro, la niña a la que se entrega en custodia es un repaso de todo el mal que ha asolado la historia de la sociedad occidental durante la segunda mitad del siglo XX. Describe, en especial, cómo se ha gestionado esa invención prometeica que es la energía nuclear, y acaba siendo un testimonio de cómo esas mismas miserias se han exportado al Tercer Mundo, concretamente a África, territorio natural de una novela que debe tanto a El corazón de las tinieblas, a través de las Naciones Unidas y otros estamentos internacionales. No en vano, como afirma la narradora: “Esa historia no vale nada si no está escrita desde un sentimiento de dolor universal.” (21)

Así, como ya se avanzaba en “Little Boy”, somos testigos de todas las atrocidades que sufrieron las víctimas niponas de la bomba atómica, como si de Lluvia negra, de Ibuse Masuji, se tratara, para pasar a contemplar todos los silencios que sufrieron los norteamericanos contemporáneos a la Guerra Fría: la ocultación de identidades y el desarrollo de proyectos armamentísticos y científicos atómicos reales, que tuvieron lugar durante aquella época de plomo, y que hacen que el Proyecto Manhattan parezca un juego de niños. Todas esas complejidades conspiratorias obstaculizan la búsqueda que realizan la narradora y Jim, mientras descubrimos la problemática identitaria de una persona hermafrodita en un mundo como el nuestro, quizá la parte más compleja y profunda de la historia, pues ahí es donde se desgrana la estructura del libro. Lo hacemos a través de un texto que al principio parece un testimonio en primera persona, después una novela de aventuras, por momentos un libro de crónicas o una novela de cf, más tarde un relato conspiratorio de la Guerra Fría a la manera de Pynchon, aunque también una historia queer sobre la identidad sexual y un texto postcolonial, siempre con una elevado estilo y un alto grado de lirismo.


Pero pese a la amalgama de géneros que acaban cohabitando en sus páginas, cabe concluir que esta novela no es posmoderna. En el núcleo de su denuncia del mal que pervive en nuestra sociedad capitalista y heteronormativa no se encuentra ni una gota de parodia. Se trata, además, del primer texto español que contiene una crítica expresa a los efectos de la ciencia en el siglo XX. Aspira por tanto, a sentar las bases de algo nuevo, tanto en el contenido como en la forma. Algo tan sólido como la misma novela.

viernes, 4 de marzo de 2016

Una bella catástrofe contemporánea - Nagari Magazine

Una bella catástrofe contemporánea - Nagari Magazine

La anécdota real, citada en el libro, de la pareja en crisis que decide acudir por separado a las plataformas cibernéticas para encontrar nuevas parejas, y donde finalmente ambos terminan por reencontrarse tras enamorarse en la red, ilustra a la perfección la estrategia de la última novela de Javier Moreno (Murcia, 1972): Acontecimiento (Salto de Página).

Uno de los rasgos característicos de algunas de las novelas de Moreno es el arranque de sus narraciones. Si en Click el narrador empezaba el relato con una pistola en la sien, a punto de suicidarse, Acontecimiento se inicia así: “Si deseas que lo nuestro siga adelante tendrás que buscarte una amante” (y las cursivas no son mías). El lector piensa que se encuentra con un conflicto sentimental, una crisis de pareja, y eso es lo que parece en las páginas iniciales de un texto que se narra principalmente en primera persona, lo que favorece la perspectiva subjetiva de ese narrador. Pero la arquitectura estructural de la novela es mucho más sutil, ya que la crisis sentimental y el aburrimiento propiciado por la rutina son tan solo una excusa para el verdadero plan del autor implícito. Dicho plan se organiza en torno a dos líneas argumentales que se mimetizan con la trama principal.

La primera sigue la línea de libros anteriores de Moreno y constituye un detallado ensayo de nuestra sociedad contemporánea, hipermediatizada y digitalizada, a través del estado que el narrador publica en Facebook para compartir su crisis de pareja, y que le sirve al narrador para embarcarse en un ensayo muy ácido y acertado de nuestra sociedad. A esta línea pertenecen juicios como: “Mi carne sufriente y anhelante va dejando en su tránsito por internet una multitud de huellas. Con ellas las empresas me fabrican un alma. El paraíso o el infierno dependen de mi cuenta bancaria. Puedo comprar mis deseos, luego estoy salvado. Big Data se ha convertido en La Divina Comedia” (61).

Como en la obra previa del autor, la tecnociencia y sus productos están presentes y se analizan a conciencia en esta novela: “La tecnología y la carne joven son la única prueba de que la vida avanza hacia alguna parte.” (29) Hasta el punto de que el desenlace final de la aventura del narrador protagonista, una tórrida escena sexual, se narra con la participación activa de las pantallas y los dispositivos electrónicos en ese goce: “Me bajo mis pantalones mientras ella frota mi iPhone contra su sexo rasurado” (168).

Los juicios del narrador, un publicista de éxito, no por subjetivos dejan de ser una disección realizada con bisturí de la estupidez y las contradicciones del sistema en que vivimos, que el narrador borda al explicar la reciente crisis económica de esta guisa: “Simplemente los que tenían el dinero se asustaron y de repente querían asegurarse de que sus inversiones volverían a su bolsillo. Habían invitado a su juego a demasiada gente y ahora tocaba decirles que no, que ya no era divertido.” (42-43) Hasta el punto de que el protagonista acaba a cargo de la campaña publicitaria en las redes sociales del más conocido terrorista, curiosamente llamado Urdazi, y que en realidad parece más un nombre tras el que se esconde un colectivo que el apelativo de un individuo. Especial mención requieren los comentarios dedicados al arte en el contexto contemporáneo, como el análisis de la obra performativa de la artista Leyla Guerrero o los patrones meta-artísticos del creador Ikeda (145).


La otra línea argumental, la que se esconde tras toda esa sociedad hipermediatizada, tras los conflictos de género y las tensiones sociales, tras los deseos y los enfrentamientos que surgen en estas relaciones, la que hace a Moreno un narrador único, irrepetible, ya que varios son los nombres de otros escritores que al lector se le ocurren cuando asimila la crítica a la sociedad contemporánea, pero ninguno cuando analiza esta parte, más allá quizás de Tolstoi, no es otra que la transformación emocional que experimenta un hombre cuando se encuentra de golpe, en plena madurez, con la paternidad. Algo que a simple vista puede parecer menos transformador que esta sociedad tecnificada en la que vivimos, pero que gracias a la pericia expresiva del narrador, surge como el verdadero conflicto que subyace en la narración. Un conflicto, por otra parte, muy bien resuelto literariamente, como se observa en esta hermosa frase, que se lee al principio, pero que yo he reservado para el final de esta reseña: “Un polvo duraba unos minutos, pero el resultado podía ser una catástrofe bellísima y perdurable.” (27)