jueves, 15 de diciembre de 2011

IT'S TIME OF PROTESTER





Que la revista Time haya elegido como personaje del año al manifestante y haya publicado, entre otras, fotografías de algunos de los miembros de la plataforma 15-M, es un signo muy significativo. No en vano, en los EEUU se está librando la batalla política por decidir si los más ricos pueden tener mayor poder que los demás ciudadanos. Es cierto que esa batalla se ha librado en la historia reciente de los EEUU durante al menos los últimos cien años. Pero también es cierto que en este momento los ricos y poderosos parecen estar más cerca que nunca de la victoria pese a la crisis económica que azota el globo. Esa victoria nos acercaría a una nueva Edad Media en donde los más ricos volverían a tener más poder que los Estados. Pese a que los Estados son corruptos y la política asquea, en esa situación el ciudadano no tendría el margen para la implicación y el debate político del que están haciendo uso los manifestantes de medio mundo. Por esa razón, el posicionamiento de Time es valiente.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Tras la quimera de la ciencia en la literatura

Tras la quimera de la ciencia en la literatura

No, no se asusten por la portada del último ejemplar de Quimera. Se trata de un homenaje a la biografía de Messi que pronto va a salir publicada y nada más. De lo que de verdad trata el número de noviembre de esta revista literaria, entre otras cosas, es de la relación entre la ciencia y la literatura a partir de un excelente dossier dirigido por el escritor y matemático Javier Moreno (de quién ya analizamos su anterior novela, Click). En el texto introductorio, Moreno intenta huir de los espacios comunes entre ciencia y literatura que han tenido lugar en los últimos tiempos en distintos ámbitos literarios, también en la narrativa española peninsular. Él aboga por una interacción más allá del uso vacío de las formas científicas para lo escrito. Pretende un diálogo entre iguales (la ciencia y la literatura) tal como lo postulara Roland Barthes en 1967. Y a fe que los artículos que acompañan esta introducción abordan ese intercambio: un escrito de Jimena Prieto sobre el doctor y poeta Gottfried Benn; otro de Forrest Gardner acerca de las siempre fecundas relaciones entre ciencia y poesía en el ámbito de la creación que encuentran su complemento en el texto posterior de Germán Sierra, quizá el mejor (aunque aquí temo que mi admiración por el escritor gallego me impida una total objetividad), que indaga en el uso de la experimentación en ese intercambio para acabar planteándonos un horizonte futuro más sugerente, donde ciencia y literatura se practiquen con miras más amplias; y para finalizar, un muy interesante artículo de Marta del Pozo, que ya realizara otras investigaciones sobre la interacción entre ciencia y literatura en la poesía española, lástima que no vaya un paso más adelante y prefiera transitar alguno de esos lugares comunes como son el caos y la incertidumbre. En definitiva, temas casi tan interesantes como la plástica de los goles de Messi tratados con rigor.
Quedan pocos días para finalizar el mes de noviembre. Les recomiendo ir a su quiosco más cercano a buscar el último número de Quimera antes de que aparezca el siguiente y sea demasiado tarde.

sábado, 12 de noviembre de 2011

La ciencia-ficción como drama

La ciencia-ficción como drama

Que la ciencia-ficción ha dejado de ser un género menor es algo que se sabe desde hace tiempo. Concretamente, desde que las tramas de este tipo de novelas se alejaron de un futuro idílico y maravilloso en donde las máquinas y el progreso iban a dotarnos de una felicidad completa. H. G. Wells se encargó de ponernos en nuestro sitio ya en la época victoriana. Pero cuando la psicología del ser humano entró a formar parte del argumento, la cosa dio una considerable vuelta de tuerca. Nos enfrentábamos a un futuro en el que los contextos tecnológico y ambiental cambiaban y, sin embargo, el drama interior del hombre seguía siendo el mismo. La esencia humana no podía librarse de sus propias carencias.

De ese tipo de limitaciones sabía bastante Stanislaw Lem (a partir de ahora, el maestro Lem), como deja claro en Solaris, su obra cumbre, al introducir como protagonista principal de la novela a un astropsicólogo: Kris Kelvin. Un psicólogo especializado en la influencia del cosmos en la psique humana que tratará de solventar los problemas de la tripulación de una estación orbital en torno al que parece ser un planeta vivo, Solaris (el otro protagonista), en lo que podría ser el primer contacto de la humanidad con otros seres vivos del universo. Ahí es nada.

Tras un argumento propio de la ciencia-ficción se oculta un análisis de la imperfección del alma humana a través de sus sueños y sus fantasías. Como si William Faulkner, en vez de escribir novelas policíacas, hubiera narrado ciencia-ficción. A fin de cuentas, si no existe un progreso moral, la narrativa de Faulkner puede utlizarse para escribir una obra de ciencia-ficción, pues los problemas del ser humano siguen siendo los mismos. Y eso que el papel de la ciencia en el libro es importante, no solo por nombres como el de Kelvin, sino también por la utilización de experimentos cruciales para hacer avanzar la trama. Pero muy especialmente, por la estructura de la Solarística (la ciencia que estudia el planeta Solaris), una metáfora del funcionamiento de la ciencia, con su forma de acumular conocimiento (a veces absurda e improductiva) y el exceso de hipótesis que compiten por explicar lo mismo y que en la novela no permiten solucionar los problemas. Una ciencia que, como el narrador explica, acaba degenerando en otra cosa.

Este libro, obra del maestro Lem, excelsamente cuidado en su traducción y edición por parte de la Editorial Impedimente (incluido el diseño, que no se circunscribe solo a la vistosa portada, sino a la sobreportada que le acompaña en un concepto más global de diseño), es un texto precursor del enfrentamiento del hombre con lo inhumano (y lo poshumano, por tanto). Una perspectiva superior para imaginar lo universal. Todo ello narrado con un estilo visual y detallado, algo muy loable cuando se describen espacios fantásticos.

sábado, 15 de octubre de 2011

De la libertad, la ciencia y el canon

De la libertad, la ciencia y el canon

Acaba de aparecer la traducción al castellano (Salamandra) de la última novela de Jonathan Franzen (Western Springs, 1959), Libertad (del original Freedom) y ha vuelto a reactivarse el ya manido debate acerca del canon, de cuáles deben ser las obras centrales de este y si el éxito de público conlleva acarreado entrar por la puerta grande de ese canon. Son varias lasreseñas elogiosas de la novela que parecen dar el visto bueno a Libertad para que acceda al altar de las grandes novelas del siglo XXI y al reducido listado de títulos definidos con el tag “Gran novela americana”. Sin embargo, también han aparecido los reseñistas que consideran que pese a ser Freedom una novela excelente, no alcanza el nivel de calidad que se exige a las que componen el polémico canon.

Parece que la posmodernidad y sus postulados estéticos poco a poco van quedando atrás. También parece que hay un cierto gusto por retornar a formas narrativas que daba la impresión que estaban superadas en los momentos más histéricos del posmodernismo. Esta tendencia ya se observó con la concesión del premio Nobel del año pasado a Vargas Llosa, ferviente defensor del realismo decimonónico pese a sus inicios vanguardistas. Y este aliento estético es el que empuja la obra de Franzen.

Curiosamente, lo que se suele desfasar más pronto en una obra literaria clásica es la visión conceptual que subyace de la poética del autor. Vamos, el punto de vista del mundo que este compartía con sus contemporáneos. Así, las descripciones, los versos, las imágenes y el poético lenguaje utilizado en La Ilíada nos siguen arrebatando hoy igual que lo hicieron con los primeros lectores de ese gran poema épico. Nos choca, sin embargo, esa epistemología de los dioses del Olimpo, hacedores del destino, que el lector debe truncar en figura poética para seguir adelante en la lectura (ya Virgilio se tuvo que enfrentar a ese dilema). En este sentido, aunque Franzen no es la primera vez que utiliza modelos narrativos propios de la literatura del siglo XIX, en una obra tan lograda como Las correciones (2001) su episteme sale muy bien parada por el uso adecuado de elementos propios de la ciencia. Solo después de la década de los años 90 se puede entender a un narrador que se permita narrar en tercera persona los estados de ánimo de uno de los personajes a partir de su química cerebral y que además, utilice este recurso como un sarcasmo del lenguaje científico. De esta forma, una narración que parecía clásica se convierte en algo sumamente contemporáneo. De recursos como este adolece por momentos Libertad. Y eso que la lógica del narrador omnisciente queda notablemente bien justificada (reactualizada) con el excelente recurso de la biografía en tercera persona de Patty, uno de los tres vértices de la historia, verdadera narradora de la novela junto a sus vecinos, que describen a la perfección la vida de los Berlung, la familia protagonista, como si de un cuento de John Cheever se tratara. Pero aparte de esos pilares expresivos, Franzen trabaja esta vez mucho más cerca de los postulados que utilizara Tólstoi para componer sus grandes novelas. De ahí la dificultad del autor en introducir el argumento científico por excelencia en Libertad: los problemas medio ambientales y los derivados de la superpoblación. Como si fuera el conde ruso en Guerra y paz, prepara al lector para el momento central de la novela citando precisamente ese gran texto del XIX. Sale bien parado del intento. No en vano, Franzen es un maestro al introducir tramas complejas que simulen el funcionamiento del mundo en sus novelas. Ya lo hizo con gran maestría en las relaciones entre enfermedades neurodegenerativas y economía financiera en Las correcciones. Aquí el cóctel lo conforman los combustibles fósiles, la guerra de Irak, las reservas naturales y las especies en vías de extinción. Todos temas de la más rabiosa actualidad. Es en este tipo de engranajes de fino ensamblaje donde aparece la influencia de su pasado como investigador científico en Harvard. Y también el legado del Don DeLillo de Submundo, no en vano, son varios los críticos que han comparado ambas novelas.

Sin embargo, Franzen se aleja del posmodernismo. Eso no es malo (para el firmante de este post, al menos, no lo es). Lo peligroso es que el autor no arriesgue más en una novela por otro lado magnífica. A fin de cuentas, el gran Tólstoi (en quien se puede comparar por el excelente uso que Franzen hace de la escena en la narración) no fue solo un escritor realista, también fue el precursor del flujo de conciencia (técnica nada realista, como Joyce pusiera en evidencia). Lo peligroso es que un autor tan autoexigente como Franzen (a veces difícil de leer por no dar concesiones como comentaba Javier Avilés al reseñar Las correcciones) esté demasiado interesado por llegar a todo el mundo y no por crear diferentes niveles de lectura para abarcar distintos tipos de público. Es cierto que el texto encierra un mensaje de esperanza hacia la sociedad americana, pero un lector no avezado lo puede confundir con otra cosa. Y resulta peliagudo que esta novela pueda a veces leerse como una del siglo XIX y no como una del XXI que reactualiza las técnicas del realismo como a veces sí sucede (por suerte).

Carlos Gámez

sábado, 8 de octubre de 2011

¿Qué puede hacer un escritor europeo?

¿Qué puede hacer un escritor europeo?

“Empieza a ser peligroso dejar Europa en manos de políticos, economistas y banqueros. Muy peligroso”. Con esta frase inicia el periodista Claudi Pérez un interesante reportaje sobre la crisis que azota a la Unión Europea. La sentencia es del insigne escritor John Banville (el gran estilista como recuerda Javier Aparicio que inician los reseñistas de medio mundo los artículos sobre sus libros). No es de extrañar que Banville esté preocupado por el futuro de Europa. No en vano, en muchos de sus libros se habla del espíritu que forjó esa Europa, ahora en decadencia (ahí está su trilogía sobre algunos de los hombres que participaron de la revolución científica: Copérnico, Kepler y Newton). Desgraciadamente, lo que está sucediendo con los estados europeos y su lucha por no ser controlados por las corporaciones es menos de la novela histórica y más del ciberpunk de William Gibson. Parce que la ciencia ficción distópica predijo el presente mientras la novela histórica se adormecía en los laureles de un pasado glorioso que a día de hoy no sirve para nada. Sin ir más lejos, el relato de J. G. Ballard, “Días maravillosos”, incluido en la colección de relatos Mitos del futuro próximo, datado en 1982, es una disección perfecta del colapso económico de la Unión Europea.

Qué le queda al escritor del Viejo Continente ante esa tesitura. Desde luego no callarse, tal como hace Banville con su comentario, no vaya a suceder que al escritor europeo le pase como a Stefan Zweig (y eso que él no cayó), otro europeo ilustre que acabó amargado recordando las luces de su Austria Imperial hasta suicidarse en Brasil (un símil perfecto del fin de otra época). Pero tampoco escribir al dictado de los grupos de presión, ni alinearse con las protestas sin ese espíritu crítico que siempre ha caracterizado a la creación literaria.